MALDECIR Y BLASFEMAR TENÍA SU CASTIGO

El lenguaje siempre ha sido un tema del que se ha hablado mucho, sobre todo cuando no se usa correctamente.
Pero, una cosa es no utilizar bien los verbos o las frases subordinadas y otra muy diferente es pronunciar palabras soeces y malsonantes.
Eso es lo que debió pensar a finales del siglo XIX el Gobernador Civil de Bilbao cuando, a través de una circular, explicó la necesidad de erradicar ciertas palabras del vocabulario de los habitantes de la villa.
En esa carta hacía alusión a que en Vizcaya, con larga tradición católica, algunas personas maldecían y blasfemaban, con lo que faltaban el respeto a los vecinos y a todos los ciudadanos.
Y, como el objetivo era reeducar a aquellos malhablados, decidió que una multa de un máximo de 500 pesetas, les haría pensar dos veces antes de proferir insultos contra Dios y contra los Santos.
En las tabernas de la época era muy habitual escuchar frases en las que se incluían menciones nada acertadas a la Virgen.
Aquel lenguaje ofensivo hacía años que se venía observando en las calles y locales de nuestra villa, acrecentado durante la tercera Guerra Carlista. En aquella guerra blasfemaban los soldados de ambos lados, no solo los liberales.
El escritor Antonio Trueba fue uno de los más preocupados por esta moda que, según él, había sido importada por soldados y trabajadores que venían a nuestra provincia de diferentes partes de España.
Las maldiciones deseando verdaderas atrocidades al interlocutor y las obscenidades más bárbaras también tuvieron cabida entre los bilbaínos y vizcaínos de finales del XIX.


Pero si algo sorprendía especialmente, era el lenguaje soez de las mujeres de los pescadores quienes presumían de conciencia casta y devota y asistían a misa con regularidad.
Aquella manera de expresarse en Vizcaya y en todo el País Vasco, no sería la más adecuada pero formaba parte de sus comunicaciones diarias.
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