QUEDADA EN EL KARAOKE. 22-11-14

Ayer día 22 de noviembre celebramos una fiesta de amigos del Facebook en el KARAOKE CARS GIL de Bilbao y quiero dejaros aquí la crónica del evento.

A las cinco y cuarto Andoni y yo cruzamos la puerta del Karaoke donde ya nos esperaba Alberto.
Yo ya iba un poco nerviosa, pero me puse mucho más cuando Andoni sacó el pendrive donde llevaba el powerpoint de la presentación de mi blog para mostraros a todos en primicia y, aquello no funcionaba, ya que el ordenador de allí no tenía instalado un programilla necesario para tal función.
Pasaban los minutos y yo cada vez más nerviosa.
Salí a la calle a contestar una llamada y varios Whatsapps y, cuando faltaban diez minutos para las seis, Andoni me confirmó que ya habían conseguido ponerlo en marcha.
¡¡Bien!!
Empezaron a llegar los primeros invitados; Primeros besos, primeros abrazos, primeros saludos, primeras presentaciones.
Después de unos minutos ya estaban todos hablando entre sí como viejos amigos. Yo me sentía feliz.
En la puerta recibí a varios de los asistentes y, casi todos, me comentaban lo mismo: lo que les había costado aparcar y que yo era más guapa al natural (Esto último me encantó, jaja)


Las primeras canciones comenzaban a sonar. Alguna chica cantaba y bailaba como si no hubiera un mañana (No daré nombres, jaja)

“Un beso y una flor” “la chica ye-yé” “Juntos” … fueron algunas de las que coreamos en buena armonía y entre risas.
Seguían viniendo amigos. Más besos, abrazos, piropos y quejas por el aparcamiento.
Algunos de los que habían llegado a las seis tuvieron que marcharse a las siete porque tenían compromisos familiares.
Muchos fueron los que se acercaron hasta el karaoke a saludarme pero no se pudieron quedar.
Otros vinieron de lejos, de diferentes pueblos de Cantabria o de pueblos de nuestra provincia.

A todos ellos, sin excepción, les agradezco y agradeceré siempre que dedicaran su tiempo en hacerme feliz y acompañarme en una tarde tan especial.
Yo canté trocitos de algunas canciones, acompañada por mi gran amigo Andoni Renteria o por mis entrañables y queridas Cincoquetas.
La conversación fluía entre los asistentes, tanto dentro del local como fuera. Hubo momentos en que éramos más los que charlábamos en la calle que los que cantaban dentro.


Así transcurrió la tarde. Unos iban despidiéndose, otros llegaban a última hora pero todos, absolutamente todos trajeron ganas de pasarlo bien y disfrutar de una tarde diferente.
Se creó muy buen ambiente, todos teníamos algo en común: Nuestro amor por Bilbao.
Yo me acercaba a los diferentes grupos, charlaba, me reía, cantaba, me hacía fotos…
En un momento dado, tomé el micrófono para pronunciar unas palabras de agradecimiento y presentar el blog en las pantallas del local.

 


Al terminar sonó la canción de Roberto Carlos “Un millón de amigos” que yo había pedido a Alberto.
Seguimos cantando, bailando, riendo, charlando hasta que poco a poco nos fuimos despidiendo.

Todos se iban pidiéndome la siguiente, buena señal, habían disfrutado mucho.
Confieso que me lo pasé “bomba”
MUCHÍSIMAS GRACIAS A TODOS. VOLVEREMOS A VERNOS.

 

VISITA A LA TORRE IBERDROLA

El pasado 30 de mayo subí a lo más alto y no me refiero a ningún triunfo, aunque con las ganas que tenía de hacerlo, casi puedo llamarlo así.
Llevaba mucho tiempo mirando a la torre Iberdrola y preguntándome cómo conseguir el acceso a una de sus plantas altas para contemplar la Capital del Mundo desde allí.
La respuesta me llegó a través de Internet; me enteré de una exposición en la planta veinticinco de tan moderno edificio.
Llamé al teléfono indicado y me pidieron unos datos, instándome a recoger unas entradas allí en la recepción.
El día indicado acudí con expectación e ilusión y, por supuesto, con mi cámara fotográfica y mi cuaderno de notas.
Diez minutos antes de la hora me encontraba enseñando mi DNI a una señorita a cambio de entregarme una tarjeta que debería portar durante toda mi estancia en el edificio. Al dármela me indicó que me sentara a esperar.
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A las doce en punto el guía, un joven llamado Santi, apareció, nos saludó y allí nos explicó las obras de Cristina iglesias y Jesús Mari Lazkano que decoran el vestíbulo.
Minutos después nos indicó que debíamos atravesar el arco de seguridad para acceder a los ascensores.
Todo está muy vigilado, con mucha seguridad.
Varias azafatas ataviadas con el uniforme corporativo nos saludaban con sonrisas y se preocupaban de que todos fuéramos en grupo y por el camino señalizado.
En pocos segundos salvamos la distancia que separa la planta cero de la planta veinticinco.
Al salir del ascensor otras señoritas con sus trajes verdes nos esperaban con una sonrisa y palabras de bienvenida, a las que poco caso hicimos, ya que nuestro objetivo eran las ansiadas cristaleras.
Las veinte personas del grupo nos abalanzamos a aquellas magnéticas vistas de la Capital del Mundo, casi sin reparar en una magnífica maqueta de la torre.
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Yo sentí una emoción que se transformó en carne de gallina. Tanto tiempo soñando con ver mi ciudad a esa altura y, por fin, allí estaba. Se me materializaba un sueño.
Nos permitieron que durante tres o cuatro minutos disfrutáramos de las extraordinarias vistas. Pasado este tiempo, el guía nos reunió para indicarnos el camino hacia la exposición, ya que ese era el verdadero motivo de la visita.
El título era LA PIEL TRANSLÚCIDA. Una extensa colección de pinturas de diversos artistas como Guiard, Zuloaga, Arteta, Arrúe…y muchísimos más.
Yo iba (como siempre) con mi libreta tomando nota de todo, aunque no hubiera hecho falta puesto que, al salir, nos entregaron a cada uno un catálogo explicativo.
También pudimos admirar una muestra fotográfica muy curiosa e impactante.
Al terminar, nos permitieron regresar a las codiciadas cristaleras para observar Bilbao esta vez con más detenimiento.

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Había amanecido gris pero en ese instante lucía el sol, como si quisiera colaborar para que nuestras instantáneas salieran con buena luz.
El Museo Guggenheim es precioso desde el aire, Puppy parecía un juguete olvidado por algún niño.

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San Mamés, sin finalizar en aquella fechas,  fue otro de los objetivos de las cámaras de los afortunados visitantes y paseantes, en ese momento, de la planta veinticinco.

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Según íbamos rodeando el piso con la vista al otro lado del cristal, comentábamos los edificios, con sorpresa, curiosidad, risas y mucha emoción, sabiendo que, posiblemente, nunca volveríamos a subir tan alto.

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Esta torre es la más alta de Euskadi con sus 165 metros de frialdad y elegancia, a la vez.
De repente todo terminó, las señoritas de verde nos instaron a dirigirnos de nuevo a los ascensores para retornar al vestíbulo. Poco a poco nos iban llevando a la salida con mucha educación y con amplia sonrisa pero implacables; la visita había concluido y debíamos abandonar el famoso rascacielos.
Una vez abajo pasamos por los arcos de seguridad y nos acercamos al mostrador donde nos recogieron las tarjetas. Con este gesto terminó la visita a la Torre Iberdrola.

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Al salir iba feliz, miré hacia arriba y me dije a mi misma: “Lo has conseguido, has visto tu amada ciudad desde lo más alto”

AHORA SÍ QUE SOY TOTALMENTE BILBAINA

Siempre he presumido y presumo de bilbaina en cualquier lugar y ante cualquier ser humano.
Llevo por bandera mi ciudad, por las venas me corre agua de la ría, mi corazón es rojiblanco, he subido al Pagasarri y me encantan el bacalao y los bollos de mantequilla pero…hasta hace unas semanas mi expediente bilbaino tenía un punto negro.
Había algo que no cumplía dentro de los requisitos del bilbainismo. Digo había porque ya no existe.
Por fin lo he conseguido. Soy absolutamente bilbaina. Ahora sí que lo puedo gritar alto y claro.
Pero…os contaré a qué me estoy refiriendo.
Cuando era pequeña, con edad para caber en el Gargantúa, mis padres hicieron todos los intentos posibles y me dieron toda serie de explicaciones para que me introdujera en la bocaza de tan ilustre personaje. Sus esfuerzos fueron en vano. Yo me negaba e incluso me enfadaba. Aquel «tipejo» no me tragaría…¡Nunca!
¿Nunca? ¡¡Nooooooo!!
Llegó el momento en que desapareció el miedo, la angustia de ser comida por un grandullón de cartón piedra y la incertidumbre de si saldría viva de aquel cuerpo o no y, entonces, aparecieron los remordimientos por no haberme atrevido, la rabia de ser una cobarde y la envidia de ver a los txikis que se atrevían y que, por edad, permitían entrar.
Pero, la niña había crecido y ya no podía ponerse a la cola entre aquellos pequeñajos valientes.
Cada vez que se celebraba una fiesta en Bilbao y divisaba a lo lejos al Gargantúa, me acercaba con esperanzas de montarme. Llegaba y leía el cartel en el que se indicaban las edades permitidas. La mía no estaba entre ellas.
Todo cambió el pasado 11 de Octubre. Se festejaba el día de la Virgen de Begoña, nuestra Amatxu.
Acudí, como cada año, a la Basílica y, cuando iba acercándome desde la calle Zumalakarregi, lo divisé. Allí estaba tan ufano, con la boca abierta, con sus grandes ojos mirándolo todo, esperando…
Era muy temprano para que hubiera niños y solo el monitor se encontraba a pie de escalera.
No lo dudé.
“Yo no puedo montarme ¿Verdad?” –Interrogué sin esperanzas al joven.
“Pues claro que sí” –Me contestó, supongo que alucinado.
No lo pensé, no podía dejar pasar esta oportunidad, no debía perder tiempo y que el chico se arrepintiera o, peor todavía, que empezaran a venir seres diminutos que me miraran con mala cara.

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Dejé mi bolso y chaqueta a mi acompañante y subí con decisión las escaleras. Una vez arriba me asomé para comprobar que allí no «vivía» ningún monstruo y que el camino estaba despejado.

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He de explicar que en Bilbao son dos los Gargantúas que hacen las delicias de los niños, uno más grande que otro. En este caso, el que me iba a tragar sin compasión, era el pequeño.
Lo primero y lo más fácil fue introducir mi pierna izquierda.

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Ya estaba, ahora la derecha. Para esa maniobra tuve que agarrarme a sus grandes dientes y hacer un ejercicio de elasticidad ya que, como es lógico, está ideado para cuerpos más pequeños.

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Por fin, lo conseguí, ya me encontraba sentada en la lengua. Entonces el monitor levantó la mandíbula inferior del Gargantúa y éste, me tragó.
El interior es un tobogán más ancho que los habituales de los parques por lo que dentro cabía perfectamente.
El recorrido es de apenas tres metros y en un segundo ya vi de nuevo la luz saliendo por…bueno ya sabéis todos por dónde.
Mi cara de felicidad de la última foto lo dice todo.P1020558

Aquel día cumplí un sueño de mi infancia que me perseguía en cada fiesta o fecha señalada en nuestra villa.
¡Soy absolutamente bilbaína!