COLEGIO DE CIEGOS Y SORDOS

A finales del siglo XIX proliferaron las instituciones benéficas en Bilbao. Así surgieron La Maternidad, el Hospital de Basurto, la Misericordia, el Asilo de Huérfanos… y el Colegio de Sordos y Ciegos.
Gabriel María de Ybarra fue quien impulsó este proyecto benéfico y, para ello, mandó construir este centro educativo destinado a la formación de personas con dificultades de audición y de visión.
En Deusto, cerca de Ibarrekolanda, en los terrenos del conde de Zubiria se colocó la primera piedra en el mes de marzo de 1894 con el arquitecto Luis Basterra al mando. Aquel día fue una fiesta en la anteiglesia de Deusto en la que se interpretaron varias canciones populares como el Gernikako arbola.
Al acto asistieron las personalidades políticas del momento, con el Alcalde a la cabeza, y no faltaron los fuegos de artificio y mucha alegría.
Desgraciadamente hubo que parar las obras por falta de recursos, para comenzarlos de nuevo en mayo de 1902 siendo el arquitecto José María Basterra quien tomó el relevo. Y, por segunda vez, se interrumpieron las obras por el mismo motivo; hasta que seis años más tarde vuelven los trabajos con la dirección del arquitecto Ricardo Bastida y, por fin, fue posible su inauguración en el año 1909.
Los costes corrieron a cargo del Ayuntamiento de Bilbao, la Diputación de Bizkaia y varios particulares que donaron su dinero, implicándose, así, en este proyecto benéfico considerado uno de los mejores de España en esta especialidad.


Un edificio principal, dos pabellones en ambos laterales y otro más por la parte trasera, formaban este colegio al que no le faltaba de nada; ya que disponía de servicios de lavandería, médicos, depósito de víveres y demás prestaciones necesarias para la atención de los miles de personas que pasaron por sus aulas.
El personal docente estaba compuesto por cuatro profesores y dos auxiliares; además, las hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl eran las encargadas de enseñar a las niñas tareas como costura, plancha y cocina.
La labor educativa era prioritaria, adaptando los procedimientos pedagógicos a cada alumno.
A mediados de los años sesenta, con la construcción del canal de Deusto, sufrió un deterioro que, poco tiempo después, terminó con la desaparición de aquel centro educativo.
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MALDECIR Y BLASFEMAR TENÍA SU CASTIGO

El lenguaje siempre ha sido un tema del que se ha hablado mucho, sobre todo cuando no se usa correctamente.
Pero, una cosa es no utilizar bien los verbos o las frases subordinadas y otra muy diferente es pronunciar palabras soeces y malsonantes.
Eso es lo que debió pensar a finales del siglo XIX el Gobernador Civil de Bilbao cuando, a través de una circular, explicó la necesidad de erradicar ciertas palabras del vocabulario de los habitantes de la villa.
En esa carta hacía alusión a que en Vizcaya, con larga tradición católica, algunas personas maldecían y blasfemaban, con lo que faltaban el respeto a los vecinos y a todos los ciudadanos.
Y, como el objetivo era reeducar a aquellos malhablados, decidió que una multa de un máximo de 500 pesetas, les haría pensar dos veces antes de proferir insultos contra Dios y contra los Santos.
En las tabernas de la época era muy habitual escuchar frases en las que se incluían menciones nada acertadas a la Virgen.
Aquel lenguaje ofensivo hacía años que se venía observando en las calles y locales de nuestra villa, acrecentado durante la tercera Guerra Carlista. En aquella guerra blasfemaban los soldados de ambos lados, no solo los liberales.
El escritor Antonio Trueba fue uno de los más preocupados por esta moda que, según él, había sido importada por soldados y trabajadores que venían a nuestra provincia de diferentes partes de España.
Las maldiciones deseando verdaderas atrocidades al interlocutor y las obscenidades más bárbaras también tuvieron cabida entre los bilbaínos y vizcaínos de finales del XIX.


Pero si algo sorprendía especialmente, era el lenguaje soez de las mujeres de los pescadores quienes presumían de conciencia casta y devota y asistían a misa con regularidad.
Aquella manera de expresarse en Vizcaya y en todo el País Vasco, no sería la más adecuada pero formaba parte de sus comunicaciones diarias.
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¡BUEN MENÚ, SEÑOR!

Todos hemos escuchado o cantado alguna vez la canción que habla de diferentes y deliciosos platos que un camarero enumera a un cliente en un restaurante.
Calamares, gallos, pescadilla frita, almejas, trucha, langosta a la americana, sopa, huevos, liebre, natillas, mazapán, flan, fruta…y, sobre todo, pavo “asao” con ensalada.
Esa es básicamente la letra de la famosa canción que interpretan los otxotes y corales desde que fue registrada en la Sociedad General de Autores por el grupo donostiarra LOS XEY.
La verdadera historia cuenta que fue Karlos Federico Zöllner compositor alemán quien escribió, a mediados del siglo XIX, el tema original titulado Der Speisezettel. Este músico fue líder del movimiento coral masculino, muy afamado en aquella época por toda Europa.
Años más tarde, Miguel Arregui Trecet, organista natural de Sestao y enamorado de la música coral, andaba buscando partituras para ser interpretadas por la Coral del Ensanche de la cual era director, cuando se encontró el tema compuesto por el músico alemán.
Fue entonces cuando decidió adaptarla y ponerle una letra en castellano. Aquella idea se le ocurrió en el café Iruña de Bilbao donde solía tocar el piano. Comenzó a leer la carta de los platos que servían y, ayudado por Jesús Unzue sobrino del fundador del café y jefe de cocina, fue escribiendo la letra que hoy conocemos.


El estreno de la divertida canción fue el 19 de agosto de 1928, primer domingo de la Semana Grande bilbaína, a las ocho de la tarde en un concierto en el kiosko del Arenal, donde también actuó la Banda Municipal de Bilbao.
Pero, la historia de esta canción no había hecho más que comenzar.
En los años cuarenta, el exitoso grupo musical guipuzcoano LOS XEY, decidió incorporar la canción a su repertorio e interpretarla por diferentes lugares del mundo.
Con el paso del tiempo y los éxitos cosechados, este grupo llegó a considerar el tema como propio después de que José Lahuerta, hermano de uno de los componentes del grupo, lo registrara en la Sociedad General de Autores con sede en Madrid.
Miguel Arregui, comenzó entonces una batalla por los derechos del “Buen Menú” pero falleció sin conseguirlo en el año 1944. Su familia pleiteó hasta conseguir un acuerdo salomónico en el año 1961 por lo que la viuda del músico y José Lahuerta se llevarían cada uno el cincuenta por ciento de los ingresos generados por la controvertida canción.
Desde entonces muchos han sido los que han interpretado el tema que nos hace salivar con tan deliciosos platos, como el conjunto GOLDEN APPLE QUARTET.
En el café Iruña muestran con orgullo la letra de la canción que se inspiró en sus variados y sabrosos platos.

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OLA DE FRÍO EN CARNAVAL

Las fiestas de Carnaval en Bilbao suelen celebrarse pasadas por agua y con frío, eso no es nada nuevo para los bilbaínos.
Pero, si hay una edición que se recuerda especialmente por la adversa climatología, fue la de marzo de 1916.
Aquellos días, el ánimo de los vecinos de la villa se encontraba por los suelos. No paraba de nevar y, además, la situación económica del país no era nada buena.
La prensa local destacaba la poca alegría carnavalesca y el tiempo tan desapacible. Llegaron, incluso, a comparar Bilbao con Siberia.
Solo los bailes privados, resguardados del frío, consiguieron calentar el humor en aquellos carnavales.
La intensa ola de frío con nieve y granizo enfrió más, si cabe, el ambiente festivo en el que no se arrojaron confetis en los desfiles como otros años, ya que consideraban que era una costumbre cursi y anticuada. Sin embargo, se puso de moda sujetar entre varios jóvenes a un pobre desgraciado y, restregar en su cara, un puñado de estos papelitos de colores hasta introducírselos en la boca.
No fueron alegres los carnavales, ni los disfraces estuvieron a la altura, siendo estos de mal gusto.
Y, para remate, el último día llegó la triste noticia del naufragio del trasatlántico español “Príncipe de Asturias” en la costa de Brasil. En el barco viajaban bastantes pasajeros vascos que perecieron en aquella catástrofe.
Decididamente, aquel marzo de 1916 se congelaron los corazones de los bilbaínos debido al frío y a la tristeza.

Para ilustrar el texto he tomado de internet esta foto del trasantlántico PRÍNCIPE DE ASTURIAS.