UN FORZUDO BIZKAINO

De sobra es conocida la fama de los vascos y, de los bilbaínos más concretamente, de forzudos, de hombres aguerridos, de chicarrones del norte.
Sin duda, a lo largo de la historia muchos son los personajes que han destacado por esta cualidad pero, uno en especial fue legendario.
Juan Bautista Artaza Iraolaga, más conocido como “Ansonekoa” por haber nacido en el caserío Ansone de Urduliz, quizá sea el gran forzudo bizkaino.
En 1827, a sus quince años, ya poseía una altura colosal con un cuerpo bien formado.
Muchos de sus vecinos le solicitaban ayuda para mover kupelas de mil kilogramos o para desplazar carros cargados con leña.
En 1832, en plena guerra carlista, quisieron obligar a Ansonekoa a alistarse pero, este no se prestaba a ir a ninguna contienda, por lo que un día que se encontró con un famoso reclutador y sus ayudantes, se enzarzó en una trifulca que terminó a tortas; motivo por el cual el joven tuvo que huir dirección Portugalete para enrolarse en la goleta Euskalduna, cuyo capitán era familiar suyo.
El barco puso rumbo al Pacífico y, cuenta la leyenda, que no pasaba un día a bordo sin que demostrara su fuerza con los diferentes aparejos, jarcias y demás objetos pesados.
Terminada la guerra, regresó al caserío, pero para poco tiempo, ya que le había cogido gusto a esto del mar y se embarcó de nuevo en otro bergantín que se dirigía a Liverpool.
Allí, nada más bajar a puerto, fue testigo de una pelea y, sin pensarlo dos veces, se metió en medio con tal mala fortuna que llegó la policía para detenerle, acto que le valió la deportación.

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De nuevo se enroló en el Euskalduna y, esta vez, arribó en Londres donde participó en algún combate en el que se admitían apuestas. Siempre ganaba dejando a su contrincante tirado en el suelo.
Él era muy consciente de su fuerza por lo que, a veces, le gustaba apostar como aquella vez que retó a doce hombres en sokatira y, dicen, que a consecuencia del esfuerzo falleció en su caserío.
Sin duda fue un tipo forzudo, tanto de complexión como de carácter.

EL FRONTÓN EUSKALDUNA

La calle Euskalduna fue el lugar elegido para inaugurar el catorce de Abril de 1895, el frontón de 2414 m2 del mismo nombre.
Originariamente, se practicaba cesta punta. Pero, al poco tiempo, se comenzó a jugar a pala; que, a pesar de no ser un juego muy de nuestra villa, enseguida se aficionaron los bilbaínos de entonces.

 

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El edificio que albergó esta cancha era muy elegante con almenas. Por dentro la decoración era de estilo árabe. Aseguraban, entonces, que copiado de la Alhambra de Granada.
Las piedras calizas eran de las canteras de Iturrigorri y Miravilla.
La cubierta de cristal de 6 milímetros de espesor paliaba un poco el efecto del sol.

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El suelo del frontón de losa arenisca se trajo desde las canteras cerca de Durango.
Aquí compitieron los mejores palistas de la época; hasta que llegó la guerra y lo destruyó una bomba en 1937.
Dos años después se reabre y, durante casi veinte años, se mantuvo en funcionamiento.

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Finalmente se cerró en 1957.

LECHEROS EN HUELGA

En asuntos de motines y protestas los bilbaínos de hace un siglo ya tenían sobrada experiencia.
Los motivos de sus quejas eran diversas y abundantes, pero especialmente preocupantes cuando afectaba al estómago de los habitantes de la villa.
Era un día de comienzos de diciembre de 1903, cuando alrededor de cincuenta vendedores de leche hartos de los impuestos exigidos por el Ayuntamiento, decidieron amotinarse en la plaza de los Santos Juanes e impedir a los aldeanos, que llegaban por Atxuri y Zabalbide, vender la leche que traían.
Hubo más que palabras y el saldo fue de cientos de litros derramados por el suelo y varios lecheros detenidos.
Tras este incidente, una gran parte de vendedores de los pueblos cercanos a la villa, se dieron cita en la anteiglesia de Begoña con la intención de advertir al Ayuntamiento que, mientras no decretara la anulación de los impuestos, ellos no se acercarían a Bilbao con sus productos agrícolas, su leche y que, incluso, dejarían de recoger la ropa sucia de los vecinos que solían lavar y entregarla después.

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Realizaron acciones con valentía y arrojo como cortar el paso al tranvía que llegaba de Durango a diario con un cargamento de leche para los enfermos del Hospital Civil.
Fue necesario que el Gobernador militar intercediera en este grave asunto para que los pacientes no se quedaran sin su suministro diario del producto lácteo.
El alcalde, dada la gravedad de estos hechos, decidió traer leche de Santander y poner a venderla a unos cuantos guardias municipales.
Aquello se estaba convirtiendo en un gran problema dado que la leche se consideraba un artículo de primera necesidad.

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La Guardia Municipal tuvo que actuar tanto para asegurar el reparto de leche en el hospital como controlando los accesos de la villa donde se apostaban algunos de los vendedores manifestantes para evitar que entrara a la villa la leche de Cantabria.
Como en todos los conflictos siempre surge la picaresca, en este caso, en forma de abuso, ya que hubo algún vendedor que la ofrecía el litro por el triple del precio.
Finalmente y, después de dos semanas de altercados, el Consistorio bilbaíno lo solucionó asegurando a los huelguistas que la exigencia del impuesto no era mensual como se creía hasta ese momento, sino anual.
No sabemos si realmente se habían equivocado o fue una manera de ceder a las presiones de los lecheros pero con la cabeza bien alta.
Sea como fuera, los bilbaínos volvieron a desayunar su tazón de leche.

EL MÁS ELEGANTE

Muchas veces he oído decir que la famosa canción de la elegancia del puente, se refiere al transbordador de la villa jarrillera.
Pues no; esta canción ya se hizo popular y era cantada por muchos bilbaínos antes de 1893, año en el que se inauguró el magnífico puente que une Portugalete y Las Arenas.
Corría el mes de junio de 1828 cuando Fernando VII y su esposa en ese momento, María Josefa Amalia, visitaron nuestra villa para realizar una inspección a los edificios más importantes con que contaba Bilbao. No dudaron en cruzar este nuevo puente de reciente construcción situado entre la Ribera y el ya desaparecido convento de San Francisco.
No era el primero de este tipo, ya que seis años antes, se levantó uno de similares características en Burceña.
Los dos puentes colgantes fueron obra de Antonio Goicoechea que fue el primer arquitecto europeo en utilizar esta técnica de construcción.
Al principio, esta pasarela de San Francisco que medía 60 metros de larga, se sujetaba con cadenas pero, con el tiempo, se sustituyeron por fuertes cables.

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Los bilbaínos estaban exultantes y orgullosos con este nuevo puente, tanto que popularizaron la ya famosa canción:
“No hay en el mundo puente colgante más elegante que el de Bilbao
Porque lo han hecho los bilbainitos que son muy finos y muy “salaos”.”
Era bonito y elegante, sí, pero no muy seguro; fueron varios los accidentes debido a su estructura y fue necesaria una continua labor de mantenimiento. Hasta que en 1874, en plena guerra carlista, una bomba terminó con él y con su elegancia.
Tiempo después fue construido otro de similar aspecto proyectado por Pablo Alzola.
Seguiremos escuchando la famosa canción y muchos seguirán asegurado que se refiere al Puente Vizcaya. No importa, hay suficiente elegancia para los dos.