CASA DE SOCORRO

El incremento de la población en el Bilbao de finales del siglo XIX hizo necesaria la creación de un hospital más grande y con mejores condiciones sanitarias que el existente en Atxuri.
Al mismo tiempo se pensó en la posibilidad de crear una Casa de Socorro en la zona del Ensanche para atender a aquellos enfermos con necesidades urgentes, para los que el desplazamiento al hospital se convertía en un problema.
Se presentó una moción en el pleno del Ayuntamiento y fue aprobada por unanimidad.
Sin embargo, tuvieron que pasar dieciocho años hasta que el arquitecto Enrique Epalza se encargó de la obra en un terreno propiedad del consistorio, en Abando, cercano a la iglesia de San Vicente.

Casa Socorro Ensanche
Además de Casa de Socorro también fue laboratorio químico.
Actualmente se utiliza como sede de los Servicios Médicos Municipales.
La fachada de este singular edificio combina la piedra con el ladrillo, muy habitual en la manera de trabajar de Epalza. El estilo es modernista; huyendo, así, del eclecticismo de la época.
Consta de un semisótano sobre el que se asientan cuatro plantas.
FOTO: ANDONI RENTERIA

LOS BILBAINOS EN EL TEATRO

Hubo una época hace cien años que el teatro parecía de todo menos un teatro. Al menos, como lo conocemos hoy en día.
El comportamiento de los bilbaínos en las salas de teatro era muy diferente al de la actualidad.
Os pondré algunos ejemplos de las costumbres de aquellos espectadores de principios del siglo XX.
En el teatro Campos se formaban las conocidas como “piñas”; un grupo de personas que venían juntas y ocupaban las plateas. Eso sí, según testimonios en la prensa de entonces, era bastante caro formar parte de aquellas piñas. Por todo debían pagar; por el diván donde se sentaban, el whisky que tomaban o los gemelos para observar mejor la representación o para fisgar al público asistente.
Otra de las curiosidades que se permitía en las salas de cine o de teatro era el uso de grandes sombreros. La mayoría de las mujeres se adornaban con estas prendas y no se las quitaban cuando entraban en el teatro.
En los periódicos se publicaban artículos de personas que se quejaban del uso de los aparatosos sombreros de las damas pero, nada decían de los que fumaban; a pesar de ser una práctica peligrosa que podía provocar un incendio.
Los argumentos esgrimidos por las damas en contra eran, sobre todo, el fuerte olor del tabaco y que el humo no les permitía ver lo que sucedía en el escenario.
Las quejas también se dirigían a los teatros; por ejemplo, el hecho de que no hubiera escaleras metálicas, que fuesen viejos, que las butacas tuvieran poca separación entre ellas…
Pero, no servían de mucho todas estas manifestaciones en prensa. Y, como era previsible, en 1914 el teatro Arriaga quedó completamente destruido por un incendio provocado, según se aseguró, un cigarrillo mal apagado.


Hubo, también, protestas por temas más banales como la falta de luz en el patio de butacas y, de esta manera, imposibilitar a los asistentes distinguir los vestidos de las señoras. Ya que, al teatro se iba, además de a disfrutar de la obra, a ver y a ser visto.
Por eso se exigía que se iluminara el patio de butacas con la misma intensidad que el escenario.
Otro elemento desaparecido hace mucho tiempo fue la “claque”; un grupo de personas elegidas para aplaudir y vitorear a los actores o las escenas de la obra. Se trataba de aficionados al teatro a los que se les regalaba una entrada con el compromiso de aplaudir cuando el jefe de la “claque” se lo indicara.
Eran otros tiempos. Otros tiempos de teatro.

UNA MAÑANA DE PREMIOS EN ASTE NAGUSIA

Esta mañana he asistido a dos eventos dentro de la ASTE NAGUSIA 2017.
Por un lado, a las 12 del mediodía se han entregado en el Hotel Abando los premios de la V edición del Certamen Literario Astenagusia.
Al llegar, el inconfundible sonido del txistu de Mikel Bilbao, me ha recibido en la puerta del establecimiento.

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Beatriz Marcos y yo con Iñaki Uriarte, promotor del certamen.

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Los galardonados han agradecido sus reconocimientos con emocionadas palabras y con mucha ilusión.

Al finalizar el acto y, como manda la tradición, los felices escritores han posado para los medios de comunicación.

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De allí me he dirigido hasta otro hotel; esta vez el Carlton en la plaza Moyua, donde ha tenido lugar otro acto txirene: Premio Villanos de Honor 2017.

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El alcalde, Juan Mari Aburto, acompañado de varios ediles han asistido al acto y lo han disfrutado, incluso se han atrevido a cantar una bilbainada mientras Iñaki Basabe tocaba la guitarra.

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Los Villanos de este año han sido:
Jon Ortuzar, ex director del Palacio Euskalduna
Felix G. Modroño, escritor
La Revista RÍA DEL OCIO
y WALK ON PROJECT.

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Como presentador, el periodista Patxi Herranz, con su simpatía y buen humor.
Ha sido muy emotivo el recuerdo al desaparecido Txetxu Ugalde, quien también fue nombrado, hace justo un año, Villano de Honor.

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El hotel nos ha agasajado con unas bebidas y unos canapés.
En estos actos es habitual la charla animada con amigos y las risas. Muchas risas.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA.

HOSPITAL EN EL CLUB DEPORTIVO

El Club Deportivo situado en Alameda de Rekalde, fue concebido para albergar un centro deportivo donde, además de natación, boxeo o gimnasia se promocionaban otras iniciativas como el ajedrez, el montañismo o el famoso Circo Amateur del Club Deportivo.
Pero, en este post, os quiero contar algo menos lúdico sobre este emblemático lugar.
En diciembre de 1936 se instaló en este club el Centro de Venereología, Epidemiología, Parasitología y Especialidades.

EDIFICIO GENERAL
Los médicos Ezequiel Porto y José Luis Gallano Gondra dirigieron esta lucha contra estas infecciosas enfermedades junto con un equipo formado de otros dos médicos, parasitarios, practicantes, camilleros, enfermeras, radiólogos o técnicos de laboratorio entre otros.
Lo primero fue asistir a los cientos de militares aquejados de enfermedades venéreas y alejar a aquellas mujeres que consideraban fuente de contagios.
Otra de sus actividades fue la de controlar a las prostitutas, ya que se entendía que era la población de mayor riesgo.
Contaban con equipos sanitarios que trataban a los militares en sus posiciones contra los piojos, además de suministrarles una vacuna contra el tifus.
Más de seiscientos enfermos al mes eran atendidos en este centro deportivo reconvertido en hospital. Contaban con doscientas camas para aquellos que necesitaban hospitalización.
En la zona de la piscina se ubicaron a los infectados con parásitos.
También, los pacientes, eran tratados de otras dolencias como asma, bronquitis, neumonías, úlceras o diarreas.

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La picaresca era cosa habitual en este sanatorio provisional. Llegaban hombres que aseguraban encontrarse enfermos para librarse de sus obligaciones militares.
Los médicos debían evaluar su mal y no era una tarea agradable, ya que llegaron a condenar a alguno de los supuestos pacientes, por amenazas a los profesionales para que falsearan los informes.
Como veis, lo de “escaquearse” viene de lejos.

Fotos tomadas del blog de César Estornes.