ÁNGELA FIGUERA, PASIÓN POR ESCRIBIR.

Ángela Figuera, nació tal día como hoy, un 30 de octubre de 1902 en nuestra villa de Bilbao.
Desde niña amaba las letras; era una infatigable lectora y escritora.
Sus primeros estudios los realizó en el colegio del Sagrado Corazón y, de allí, pasó al Instituto Provincial, siendo una de las primeras mujeres en España en obtener el título de Bachiller.
Comenzó sus estudios de Filosofía y Letras como alumna libre y, para finalizar la carrera, se trasladó a Madrid.
En 1931, una vez conseguido el título universitario, encontró trabajo de maestra en un colegio privado allí, en Madrid.
Dos años más tarde se casó con el ingeniero Julio Figuera Andú, con quien se mudó a Huelva donde ella consiguió el puesto de profesora de instituto.
Durante la Guerra Civil el matrimonio se desplazó por varias ciudades de la geografía española, ya que ella iba enlazando trabajos como profesora en diferentes institutos o colegios.
A pesar de las dificultades ella siempre encontró tiempo para dar rienda suelta a su pasión de escritora. Siempre escribía, en cualquier lugar y en cualquier momento.
En 1948, su esposo le animó a que publicara su primer libro que tituló MUJER DE BARRO. Un año después publicó otro titulado SORIA PURA. Sus temas principales giraban en torno a la libertad, a la miseria, a la guerra…
Durante un tiempo también trabajó en la Biblioteca Nacional de Madrid y, en 1954, colaboró con un servicio de bibliobuses que acercaban en autocar, la literatura a los barrios periféricos.
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Su estilo como escritora se vio influenciado por autores como Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Su lenguaje era muy sencillo con el fin de que el mensaje llegara a más gente.
Sus poemas, algunos muy críticos con el régimen político, se tradujeron a muchos idiomas.
Blas de Otero y Gabriel Celaya eran más que colegas, ya que les unía un vínculo de amistad.
El dos de abril de 1984 falleció en Madrid tras una larga temporada enferma.
Su marido, durante diez años hasta su fallecimiento, se dedicó a enaltecer su memoria.
La Gabriela Mistral de Bilbao, como la llamaban sus compañeros, pasó a la historia por su compromiso con la política, el feminismo y la educación.

Algunos de sus títulos fueron:

  • Mujer de barro (1948).
  • Soria pura (1949). Premio Verbo. Poemario ilustrado con dibujos de su hermano el pintor Rafael Figuera.
  • Vencida por el ángel (1951).
  • Poema “Destino”. Premio de la revista Ïndice de las artes y las letras
  • El grito inútil (1952). Premio Ifach
  • Los días duros (1953).
  • Víspera de la vida (1953).
  • Belleza cruel (1958). Premio de poesía Nueva España con prólogo de León Felipe.
  • Primera Antología, Caracas (1961)
  • Toco la tierra. Letanías (1962).
  • Cuentos tontos para niños listos. Libro dirigido al público infantil (1979).
  • Otoño (1983).
  • Canciones para todo el año. Poesía infantil (1984). Póstumo.
  • Obras completas (1986).

FOTO: INTERNET.

CASA DE SOCORRO

El incremento de la población en el Bilbao de finales del siglo XIX hizo necesaria la creación de un hospital más grande y con mejores condiciones sanitarias que el existente en Atxuri.
Al mismo tiempo se pensó en la posibilidad de crear una Casa de Socorro en la zona del Ensanche para atender a aquellos enfermos con necesidades urgentes, para los que el desplazamiento al hospital se convertía en un problema.
Se presentó una moción en el pleno del Ayuntamiento y fue aprobada por unanimidad.
Sin embargo, tuvieron que pasar dieciocho años hasta que el arquitecto Enrique Epalza se encargó de la obra en un terreno propiedad del consistorio, en Abando, cercano a la iglesia de San Vicente.

Casa Socorro Ensanche
Además de Casa de Socorro también fue laboratorio químico.
Actualmente se utiliza como sede de los Servicios Médicos Municipales.
La fachada de este singular edificio combina la piedra con el ladrillo, muy habitual en la manera de trabajar de Epalza. El estilo es modernista; huyendo, así, del eclecticismo de la época.
Consta de un semisótano sobre el que se asientan cuatro plantas.
FOTO: ANDONI RENTERIA

LOS BILBAINOS EN EL TEATRO

Hubo una época hace cien años que el teatro parecía de todo menos un teatro. Al menos, como lo conocemos hoy en día.
El comportamiento de los bilbaínos en las salas de teatro era muy diferente al de la actualidad.
Os pondré algunos ejemplos de las costumbres de aquellos espectadores de principios del siglo XX.
En el teatro Campos se formaban las conocidas como “piñas”; un grupo de personas que venían juntas y ocupaban las plateas. Eso sí, según testimonios en la prensa de entonces, era bastante caro formar parte de aquellas piñas. Por todo debían pagar; por el diván donde se sentaban, el whisky que tomaban o los gemelos para observar mejor la representación o para fisgar al público asistente.
Otra de las curiosidades que se permitía en las salas de cine o de teatro era el uso de grandes sombreros. La mayoría de las mujeres se adornaban con estas prendas y no se las quitaban cuando entraban en el teatro.
En los periódicos se publicaban artículos de personas que se quejaban del uso de los aparatosos sombreros de las damas pero, nada decían de los que fumaban; a pesar de ser una práctica peligrosa que podía provocar un incendio.
Los argumentos esgrimidos por las damas en contra eran, sobre todo, el fuerte olor del tabaco y que el humo no les permitía ver lo que sucedía en el escenario.
Las quejas también se dirigían a los teatros; por ejemplo, el hecho de que no hubiera escaleras metálicas, que fuesen viejos, que las butacas tuvieran poca separación entre ellas…
Pero, no servían de mucho todas estas manifestaciones en prensa. Y, como era previsible, en 1914 el teatro Arriaga quedó completamente destruido por un incendio provocado, según se aseguró, un cigarrillo mal apagado.


Hubo, también, protestas por temas más banales como la falta de luz en el patio de butacas y, de esta manera, imposibilitar a los asistentes distinguir los vestidos de las señoras. Ya que, al teatro se iba, además de a disfrutar de la obra, a ver y a ser visto.
Por eso se exigía que se iluminara el patio de butacas con la misma intensidad que el escenario.
Otro elemento desaparecido hace mucho tiempo fue la “claque”; un grupo de personas elegidas para aplaudir y vitorear a los actores o las escenas de la obra. Se trataba de aficionados al teatro a los que se les regalaba una entrada con el compromiso de aplaudir cuando el jefe de la “claque” se lo indicara.
Eran otros tiempos. Otros tiempos de teatro.

HOSPITAL EN EL CLUB DEPORTIVO

El Club Deportivo situado en Alameda de Rekalde, fue concebido para albergar un centro deportivo donde, además de natación, boxeo o gimnasia se promocionaban otras iniciativas como el ajedrez, el montañismo o el famoso Circo Amateur del Club Deportivo.
Pero, en este post, os quiero contar algo menos lúdico sobre este emblemático lugar.
En diciembre de 1936 se instaló en este club el Centro de Venereología, Epidemiología, Parasitología y Especialidades.

EDIFICIO GENERAL
Los médicos Ezequiel Porto y José Luis Gallano Gondra dirigieron esta lucha contra estas infecciosas enfermedades junto con un equipo formado de otros dos médicos, parasitarios, practicantes, camilleros, enfermeras, radiólogos o técnicos de laboratorio entre otros.
Lo primero fue asistir a los cientos de militares aquejados de enfermedades venéreas y alejar a aquellas mujeres que consideraban fuente de contagios.
Otra de sus actividades fue la de controlar a las prostitutas, ya que se entendía que era la población de mayor riesgo.
Contaban con equipos sanitarios que trataban a los militares en sus posiciones contra los piojos, además de suministrarles una vacuna contra el tifus.
Más de seiscientos enfermos al mes eran atendidos en este centro deportivo reconvertido en hospital. Contaban con doscientas camas para aquellos que necesitaban hospitalización.
En la zona de la piscina se ubicaron a los infectados con parásitos.
También, los pacientes, eran tratados de otras dolencias como asma, bronquitis, neumonías, úlceras o diarreas.

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La picaresca era cosa habitual en este sanatorio provisional. Llegaban hombres que aseguraban encontrarse enfermos para librarse de sus obligaciones militares.
Los médicos debían evaluar su mal y no era una tarea agradable, ya que llegaron a condenar a alguno de los supuestos pacientes, por amenazas a los profesionales para que falsearan los informes.
Como veis, lo de “escaquearse” viene de lejos.

Fotos tomadas del blog de César Estornes.