UN CINE EN EL FRONTÓN

Muchos han sido los cines que, desgraciadamente, han desaparecido del panorama bilbaíno en los últimos años.
En este post os quiero hablar de uno en la calle Esperanza, que pasó a mejor vida a finales de los sesenta del pasado siglo.
Anteriormente y, curiosamente, este lugar había sido un frontón donde solo jugaban señoritas de buenas familias.
En 1918 y debido a que las jóvenes no se sentían a gusto siendo observadas por muchos hombres que se acercaban al frontón, cambió de actividad y, fue así, como se convirtió en el Cinematógrafo Metropolitano; aunque no era como conocemos hoy en día los cines. Su interior tenía el aspecto de un vagón de tren y, por las ventanillas, los espectadores disfrutaban de unas panorámicas de lugares como Roma, París o Londres. Aquella idea que hoy nos parece rocambolesca fue importada de una sala de Madrid y, mientras que allí gozó de mucho éxito, aquí no gustó tanto.
Fue en 1923 cuando los administradores del Salón Vizcaya adquirieron el local y lo transformaron en el CINEMA BILBAO.
Por menos de una peseta los espectadores tenían la posibilidad de ver las películas en sesión continua.
Algo más de mil personas ocupaban sus butacas de madera los fines de semana.
Durante la Guerra Civil, el local fue intervenido; se acusó de rojo al propietario y, de la gerencia, se hizo cargo el organismo del régimen franquista llamado “Prensa del Movimiento”. Lo transformaron en el Cinema del Soldado donde los jóvenes militares lo utilizaban como lugar donde reunirse, tomar algo en el bar o, simplemente, descansar.
Aseguran las crónicas de entonces que con tanta afluencia de gente el hedor era insoportable.


En el año 1940 la empresa Trueba S.A. adquirió este cine con el objetivo de proyectar las películas que ya habían sido estrenadas en las salas del Buenos Aires o del Trueba. El precio de la entrada era más económico y a muchos bilbaínos no les importaba ver las películas nuevas quince días más tarde.
La decoración no había cambiado desde sus inicios y eso no fue del agrado del público, por lo que comenzó a decaer la asistencia de espectadores.
Para colmo de males, el 9 de junio de 1966, una tormenta se cernió sobre el cielo de la villa y descargó más de cien litros por metro cuadrado. Con tanta agua el muro del túnel de la línea de ferrocarril de Las Arenas se vino abajo causando numerosos destrozos en la sala y anegando completamente el cine.
Afortunadamente no hubo daños personales, pero el estropicio fue tal que ya nunca más volvió a abrir sus puertas.
Veinte años más tarde, el Alcalde José Luis Robles inauguró el frontón de la Esperanza en ese mismo lugar.
La foto la he cogido de INTERNET.

KAIFÁS, OTRO TXIRENE

Seguro que tenía nombre y apellidos pero era un dato desconocido para los bilbaínos de finales del siglo XIX, ya que todos le llamaban Kaifás.
Aquel personaje txirene frecuentaba la acera del Café Bulevar en el Arenal y se dedicaba a vender lapiceros a los que, a veces no se les podía sacar punta y cuando algún cliente se quejaba de ello, le decía sin pudor: “Pues, estás perdido; en esta vida para triunfar hay que sacarle punta a todo”.
Así era Kaifás, sin reparos.
Pero si algo le gustaba a este personaje de nuestra villa era, sin duda, piropear a las mujeres.
Eran muy famosos los dichos que se le escapaban cuando delante de él pasaba una guapa fémina. Si la dama en cuestión tomaba dirección a San Nicolás, Kaifás exclamaba con fervor: “Suuuu padre”; mientras que si se dirigía hacia La Ribera, la frase era: “Suuuuu madre”.
Ahora bien, si a la señorita se le veía un poco el muslo entonces era más vehemente y gritaba:” ¡¡¡Hija de mi vida!!!”.
Y, admirando mujeres, regalándoles piropos y vendiendo lapiceros, Kaifás se fue convirtiendo en un bilbaíno imprescindible en las calles de Bilbao hasta que a mediados del siglo pasado desapareció.
A pesar de ser poca la información de este personaje he querido darle su lugar en esta sección de personajes txirenes.


La foto es un dibujo del gran ilustrador y txirene K-Toño Frade, recientemente fallecido, tomada del periódico Bilbao donde él escribió sobre Kaifás.

COMANDANTE MAZARREDO

José de Mazarredo Salazar Muñatones y Gortázar nació en Bilbao el ocho de marzo de 1745 y falleció en Madrid a los 67 años.
Militar de profesión está considerado uno de los mejores marinos de España de su época y fue teniente general de la Real Armada.
A los catorce años ocupó la plaza de guardiamarina en Cádiz embarcándose en el chambequín Andaluz y demostrando su habilidad una noche que impidió que el buque se estrellara contra las Salinas de la Mata.
Aquella noche de tormenta consiguió con su bravura salvar a más de trescientos hombres.
Tras doce años de duro trabajo le nombraron ayudante de la mayoría del Departamento de Cartagena.
En 1772 embarcó en la fragata Venus con la que llegó hasta Filipinas. Tres años más tarde participó en la expedición contra Argel encargándose de los guardiamarinas de Cartagena. Él fue quien ideó los planes de navegación, fondeo y desembarco de más de veinte mil hombres del ejército.
El rey Carlos III le nombró alférez de la Compañía de Aguamarinas de Cádiz. También se dedicó a formar a jóvenes en el arte de la náutica y las maniobras además de escribir diferentes tratados sobre el tema como la “Colección de Tablas para los usos más necesarios de la navegación”.
En 1778, recién nombrado comandante del navío San Juan Bautista, realizó varios levantamientos hidrográficos en la península contribuyendo, de esta manera, a la creación del “Atlas Marítimo”.
Pocos meses después se convirtió en mayor general de la escuadra del general Gastón donde puso en práctica los “Rudimentos de Táctica Naval” y las “Instrucciones de señales” que había escrito durante su etapa de teniente de navío.
Con su valor y su inteligencia fue escalando posiciones y rangos dentro de la marina militar. Fueron muchas las campañas en las que participó activamente y eso le valió el reconocimiento de los altos mandos.


En 1789 pasó una larga temporada en Madrid escribiendo las “Ordenanzas” aunque debió dejarlas inconclusas porque se embarcó de nuevo, terminándolas cuatro años después.
Ante el propio Napoleón en París tuvo que luchar por los intereses de España, el francés disgustado le retuvo en la Ciudad de la Luz durante una temporada y consiguió que el Gobierno Español le cesase, conminándole a regresar a Cádiz.
A partir de ese momento fueron muchos los desencuentros con la corte y, por ello, fue desterrado primero a Santoña y después a Pamplona.
En 1812 vuelve a Madrid donde enferma de gota hasta fallecer el día 29 de julio de ese mismo año.
En Bilbao se le recuerda con una alameda.

 

Foto tomada de Internet

UNA FALSA ALARMA DESEMBOCÓ EN TRAGEDIA

La tarde del 24 de noviembre de 1912 fue, sin duda, una de las más trágicas de la historia de nuestra villa. Una tarde que, después de tantos años, seguimos hablando de ella con tristeza e incomprensión.
A principios del siglo pasado no había tantas posibilidades de ocio como disfrutamos actualmente y el Teatro Circo del Ensanche era un lugar donde evadirse de los problemas, donde reír, llorar, soñar o dejar volar la imaginación viendo una de aquellas películas que se proyectaban en este local construido en madera en el año 1895 y que se encontraba en la Gran Vía no muy lejos de la actual plaza Moyua.
Era un lugar de encuentro para todo aquel bilbaíno que le gustaban los espectáculos modernos y las tecnologías que, poco a poco, iban llegando a Bilbao. Aquella sala había albergado, también, espectáculos circenses e, incluso, deportivos. Pero, en 1924 se dedicaba únicamente a la exhibición de películas en sesión continua desde las tres de la tarde hasta las doce de la noche, al económico precio de 10 céntimos; lo cual era un aliciente más para atraer al público infantil.


Esa fría tarde, el salón rebosaba de gente ansiosa por ver el film italiano titulado “¿Quién ha robado el millón?”
Pasaban unos minutos de las seis cuando se oyó una voz (algunos dicen que femenina) que gritó ¡¡FUEGO!! Una de las hipótesis que se barajó es la de que una mujer estaba siendo acosada por un hombre en la galería alta y por eso gritó.
Esa voz de alarma se extendió como la pólvora por toda la sala, la gente corría sin control, desesperados, dirigiéndose a una de las tres salidas. Los mayores pisoteaban a los más pequeños, los gritos eran desgarradores. Un grupo de guardias que se encontraban allí intentaron tranquilizar a la multitud pero fue imposible. Los supervivientes declararon a los medios, días más tarde, que fue un infierno.
La confusión y el pánico se apoderaron de todos los asistentes. Dos de las tres salidas permanecían cerradas y, entre varios hombres, lograron tirarlas abajo. Ya en la calle, el caos crecía. Alguien alertó a los bomberos que se presentaron con sus innecesarias mangueras.
Por fin, pudieron salir y a los heridos evacuarlos a las Casas de Socorro y al hospital de Basurto. El drama comenzó cuando los padres se acercaban a los centros de salud en busca de sus hijos para verificar si estaban vivos o muertos.
Desde Garellano se enviaron a muchos soldados para ayudar; los propietarios de coches los usaron para ayudar en el desplazamiento de las víctimas, las tabernas de la zona se convirtieron en improvisadas salas de curas. Pero, aquello no impidió que esa misma noche el balance fuera de cuarenta y dos niños fallecidos y dos adultos. Al día siguiente perdieron la vida otros dos pequeños.
El Alcalde, Federico Moyua, junto a su equipo municipal convocó un pleno extraordinario esa misma noche que terminó de madrugada, donde se acordó sufragar los gastos de los funerales y traslados hasta el camposanto de Vista Alegre en Derio y construir un gran mausoleo. El funeral se ofició en la Catedral de Santiago.
Tres días después de la tragedia, la comitiva fúnebre salió desde la Casilla hasta el ferrocarril de Lezama. Cuarenta y cuatro féretros blancos y dos negros desfilaron bajo las tristes miradas de cuarenta mil bilbaínos que quisieron acompañar en el duelo a aquellas destrozadas familias.


Se escucharon gritos y llantos de dolor durante todo el recorrido, también hubo muchos desmayos.
El Teatro Circo del Ensanche fue demolido en 1914 por orden del Gobernador Civil. La investigación realizada concluyó que el local no cumplía las normas de seguridad y que había más personas de las permitidas en aquel momento, pero jamás se llegó a saber quién dio aquella falsa voz de alarma.
En 1916, con el patrocinio del Ayuntamiento de Bilbao, se erigió un imponente mausoleo cubriendo la fosa donde reposan los cuarenta y seis fallecidos. Varios arquitectos municipales fueron los encargados del proyecto que realizaron los alumnos de la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao.


Actualmente, es uno de los rincones emblemáticos del cementerio de Vista Alegre.
Las fotos las he tomado de INTERNET.