VISITA AL PALACIO FORAL

El Palacio Foral es uno de los edificios emblemáticos de nuestra villa. En todas las guías sobre nuestra ciudad aparece cuando se habla de la Gran Vía o de las construcciones importantes de Bilbao.
Su grandeza arquitectónica, su elegancia y su majestuosidad le confieren ese encanto de las grandes obras maestras.

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La Academia de San Fernando seleccionó a seis arquitectos para ejecutar este proyecto.
Entre todos, la Diputación Foral, fue la encargada de decidirse por uno de ellos. En este caso el elegido fue Luis Aladrén.
Fue así como este profesional se convirtió en el artífice de uno de los edificios más admirados y reconocidos de la villa.
En 1890 comenzó su construcción y, diez años después, se inauguró como sede de la Diputación Foral de Bizkaia.
Bien es cierto que el señor Aladrén hubiera preferido otro emplazamiento para albergar su obra, pero el Ayuntamiento no llegó a un acuerdo para adquirir los terrenos en los Jardines de Albia como hubiera sido su deseo y terminó comprando esta parcela a pocos metros de la plaza Moyua.
Los que sí veían bien el sitio y el edificio eran los bilbaínos de la época, quienes aseguraban que la nueva sede de la Diputación con su variada y abundante ornamentación de la fachada, otorgaba esplendor a la ciudad y le confería una imagen de bonanza económica.
Pero no solo se puede admirar por fuera, también dentro se admiten visitas guiadas previa reserva y de una manera gratuita. Fue así como yo entré el Palacio de la Diputación Foral de Bizkaia.
Una tarde de un día de labor cualquiera, un grupo de unas veinte personas nos hallábamos en la puerta mostrando nuestros DNI a la guía que iba tomando nota de nuestros datos personales.
Una vez formalizados los trámites de acceso, comenzamos el ascenso a la primera planta por una elegante escalinata flanqueada por dos obras de Lucarini: La Pesca y La Industria, talladas en piedra blanca.

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Arriba, lo primero que llamó mi atención, fue una espectacular vidriera realizada por Antonio Rigalt con el boceto de Anselmo de Guinea, que representa momentos de la historia de Bizkaia.

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En este vestíbulo, la guía nos habla de la cúpula de 29 metros de altura y de los mármoles utilizados tanto en el suelo como en las columnas, así como el mármol rojo de Ereño con el que realizaron las balaustradas.

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El Salón de recepciones es el lugar donde los visitantes más ilustres son recibidos por el Diputado General y donde se organizan actos como entregas de premios o celebraciones oficiales.
Uno de los momentos más esperados por todos fue cuando la guía nos abrió una puerta de este salón y nos mostró la terraza encima de la entrada principal de la Gran Vía.
Esta terraza ha sido escenario de muchos momentos históricos como recepciones de los jugadores del Athletic Club o de personalidades de la política.

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Continuamos la visita por otro salón; esta vez se trata del Salón de Plenos, el cual, nos indica la guía, no se utiliza ya con el fin que se creó. Actualmente solo los actos institucionales que requieren una gran solemnidad tienen lugar aquí.

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El despacho del Diputado es una estancia de apenas 15 metros cuadrados con bastantes objetos de gran valor, como los tres jarrones de porcelana de Sévres que Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, regaló a la Diputación Foral en 1857.

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Esta palacio es muy grande pero solo vemos el primer piso, ya que el resto son oficinas donde por la mañana los funcionarios acuden a sus trabajos.
Al terminar el recorrido nos sentimos muy agradecidos por las buenas explicaciones y el agradable trato de la guía que, además, nos obsequió con un librito creado para todos los visitantes.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

ATYLA, DE NUEVO EN BILBAO.

Atyla ha vuelto. No, no estoy diciendo ninguna barbaridad. Me refiero al barco escuela internacional Atyla que, desde el pasado 21 de noviembre, se encuentra amarrado en el muelle exterior del Museo Marítimo Ría de Bilbao.

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En el año 2014, tanto el museo como el armador del barco, firmaron un acuerdo por el cual, el museo bilbaíno, sería su puerto base para atracar y desarrollar diferentes actividades educativas.
Partió de aquí hace seis meses y ha regresado tras recorrer 10 000 millas náuticas visitando trece países; además de participar en varios festivales de grandes veleros.
La Fundación Atyla, gestora del barco, recibe donaciones con las que sufraga becas para aquellos jóvenes que quieran aprender el arte de la navegación.
Pero, no solo navegación se enseña en esta aula flotante. La Fundación ha ideado un programa educativo en el que la coach letona, Laura Tiersen, imparte cursos en inglés sobre comunicación intercultural, inteligencia emocional, concienciación medioambiental, pensamiento crítico y liderazgo.
Durante el último año han sido 130 los alumnos que han participado en estos talleres.
Hasta el 18 de abril del próximo año, el Atyla se podrá visitar los sábados, domingos y festivos para los particulares, abonando dos euros o con la entrada si se visita también el museo.
Los miércoles, jueves y viernes serán los escolares y grupos los que podrán acceder al barco.
Hace unos días tuve la suerte de visitar este maravilloso barco de dos mástiles cuyas dimensiones son 31 metros de eslora y 7 metros de manga y, allí, mientras observaba todo, y me sentía cual pirata del Caribe manejando el timón, me explicaron su historia.

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La idea de su construcción surge hace sesenta años de Esteban Vicente Jiménez, soriano y piragüista profesional, cuya ilusión era dar la vuelta al mundo en un barco de madera.
En el año 1980 Esteban comienza el proyecto de su barco a la manera tradicional de los carpinteros de ribera.
Un ingeniero naval aprobó aquel diseño con influencias de las goletas del siglo XIX y, con ayuda de amigos y voluntarios, empezó a construir los mástiles y el interior del barco utilizando madera de los bosques de Vinuesa.

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Dos años más tarde, una flota de seis camiones, trasladó esas piezas de madera hasta la población bizkaina de Lekeitio, donde se ensamblaron y se dieron forma a otras nuevas.
El 15 de mayo de 1984, el Atyla fue botado en el puerto de Lekeitio. Pero, no hubo viaje alrededor del mundo; sino que, durante 19 años, el barco se dedicó a realizar excursiones por la costa de Lanzarote.
En el año 2005 fue contratado por el Gobierno de Cantabria para convertirse en buque imagen de la comunidad autónoma y, durante seis años, sirvió para formación de navegantes, avistamiento de aves y para realizar excursiones, entre otros usos.

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Fue en el verano de 2013 cuando Rodrigo, sobrino del creador del Atyla, tuvo la idea de convertirlo en un barco escuela donde se enseñara navegación de vela clásica.
Ochenta personas son las que pueden viajar en salidas por la costa y, un máximo de veintitrés, en travesías largas.
Dispone de cocina equipada, salón de reuniones, duchas y cuartos de baños como si de un pequeño hotel se tratara.
Vera, una joven finlandesa, cuyo cargo es de primera oficial tras realizar cuatro años de formación en su país, me explicó que, a partir de mayo, navegarán por Gran Bretaña, Irlanda y el Mar del Norte y que, la intención del Atyla es cruzar el Oceáno Atlántico.

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Los cursos, según me contó, duran desde una semana a tres meses, con un horario de nueve de la mañana a seis de la tarde.

También me mostró el libro que escribió Esteban cuando proyectó el barco; según me dijo, entre risas, es la biblia de a bordo.

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Salí del barco con la sensación de haber sido parte del sueño de Esteban. Un sueño que, su sobrino Rodrigo, ha convertido en realidad en forma de buque escuela.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA

UN BOTE PARA EL PORTU

No todos los días se puede decir que has visto “crecer” un barco de manera artesanal.
Me enteré de que en los talleres del Museo Marítimo de Bilbao estaban realizando un proyecto y decidí acercarme hasta allí para ver de qué se trataba.
Al llegar me recibió amablemente su director Jon Ruigómez, quien me presentó a Jon Ispizua y a su equipo, responsables de llevar a cabo esta idea: la construcción de un bote.
Lo primero que me explicaron estos trabajadores es que eran unos doce voluntarios los que día a día iban dando forma a esta embarcación con la técnica de carpintería de ribera; un método que trata de rescatar la manera en la que se construían los barcos hace más de un siglo.

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En una gran mesa reposaban diferentes objetos que yo jamás había visto; además de un gran plano del barco que data de los años 20 del pasado siglo. Jon, con mucha paciencia, aclaraba todas mis dudas.

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Este bote (llamado igual que el gánguil) recreará aquellos que se utilizaban en labores de mantenimiento y apoyo y facilitaban las maniobras de atraque.
El Portu fue el primer barco construido por los astilleros Euskalduna en 1902 para la compañía Altos Hornos de Vizcaya.
Me informaron de que un gánguil se dedica básicamente a recoger vertidos en un depósito en su interior en cuyo fondo hay una puerta que se abre para arrojar al mar su contenido.
El Portu arrojó la escoria de Altos Hornos durante 65 años. En 1968, la Naviera Peninsular lo adquirió y lo mantuvo activo unos años más con el nombre de Julio.
Tiempo después y, con el cierre de la compañía, el Portu fue abandonado en el canal de Deusto donde permaneció hundido hasta que el propio museo con la ayuda de la Autoridad Portuaria lo rescataron. Actualmente permanece en el dique seco del propio museo.
También me dieron datos técnicos como los tres tipos de madera que utilizan en su realización: el roble, el alerce de Siberia y la acacia.

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El bote tendrá 4.65 metros de eslora y lo están construyendo a tingladillo; una técnica que consiste en superponer un tablón encima de otro para una mayor conservación tanto con humedad, estando en el agua, o por la falta de ella.
Este proyecto tiene dos objetivos claros: por un lado dar a conocer la carpintería de ribera y por otro atraer a aquellas personas que, voluntariamente, quieran ayudar a conservar la colección de barcos del museo.

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Entre las personas que se encontraban en ese momento trabajando estaba Javier Sánchez Eguiluz, restaurador del Museo Vasco y artífice de que, el Mikeldi situado en su claustro, luzca tan bonito y tan limpio.

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Él fue quien me enseñó cómo dar forma a la quilla con una gubia y un martillo.

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Después de muchas explicaciones técnicas me contaron algo mucho más entrañable. En el codaste de popa han colocado una moneda y en el codillo de proa una imagen de la Virgen del Carmen y otra de la Virgen de Begoña. Esta es una tradición que ellos también han querido perpetuar en la futura embarcación.

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Una hora más tarde me despedí de Jon, Javier, Carmen, Joseba y Ander, los voluntarios carpinteros de ribera que me habían atendido tan bien, que prometí visitarles más adelante para admirar los avances en la construcción del bote.
Mila esker!!
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

ARNOTEGI, EL DESCONOCIDO

A pesar de ser de Bilbao y pasear por todos sus rincones, siempre hay alguno que se me escapa y, por eso, intento descubrirlos todos.
Eso fue lo que hice el otro día; quise conocer el Monte Arnotegi perteneciente al macizo de Ganekogorta.

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Mucha gente llega hasta las inmediaciones del monte andando, sin embargo yo decidí hacerlo en coche por la carretera de Larraskitu; de allí me dirigí hacia el aparcamiento que se encuentra a pocos metros de la barrera situada en la base del Pagasarri.
Allí estacioné el coche sin problemas ya que era un día de labor.
Comencé a subir la cuesta de la izquierda del aparcamiento y, a los pocos minutos, me paré ante una casa con jardín donde unos perros me ladraban vehementemente detrás de una verja.

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Seguí caminando y, en un alto, me detuve a observar frente a mí la ermita de San Roque en el camino al Pagasarri. También, desde este punto, la antena de este emblemático monte se erige majestuosa, como si de un símbolo se tratase.

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Al mirar al suelo, casi piso un limako grande y naranja que cruzaba el sendero sin importarle el hecho de que una humana podía haberle aplastado con sus zapatillas deportivas.

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El paseo no requiere gran esfuerzo y, el día soleado pero no caluroso, ayudaba a sentirse bien, a respirar el aire limpio que no encontramos en el centro de Bilbao y a escuchar los diversos sonidos que la naturaleza siempre nos ofrece.
Después de un rato andando llegué a un llano donde una construcción destaca entre tanto arbolado. Se trata de un refugio para guarecerse en esos días que subes al monte con nubes y llegas arriba lloviendo.

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Me resultó muy curioso ver en su fachada una típica placa bilbaína con el nombre de la calle, aquí, tan lejos del Botxo.
Fuera, unos bancos y unas mesas para sentarse a dar buena cuenta de un bokata o simplemente para descansar y contemplar el entorno.

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Mi meta era coronar la cima, así que continué el ascenso mientras, descubro que también aquí puedes depositar una tarjeta en uno de los buzones adecuados para ello, como si se tratara del Everest o cualquier monte de gran altura.

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Por fin, arriba, lo primero que vi fueron unas ruinas de lo que, en la época carlista, debió ser un fuerte defensivo y del que ahora solo quedan unas piedras abandonadas.

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Una de las mejores cosas que se pueden hacer cuando llegas a una cumbre es sentarse a deleitarte con las vistas y eso es lo que hice.
La villa desde esa altura ofrece una inmejorable estampa con sus edificios tan reconocibles por todos los bilbainos.

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Además de las ruinas del fuerte también hay un vértice geodésico de los tantos que existen en nuestra geografía y que sirven para la elaboración de mapas topográficos a escala.

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Mientras bajaba iba pensando en la diferencia de afluencia con el Pagasarri, ya que el Arnotegui no es un monte muy transitado; en todo el recorrido solamente me crucé con tres personas.
Algunos opinan de este monte que es muy modesto por no tener ninguna dificultad en su ascensión. Yo creo que es un maravilloso lugar para realizar una excursión con la familia y amigos sin preocuparte de las agujetas del día siguiente.
Os lo aconsejo, sin dudarlo.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.