POR LA VÍA VERDE DE GÜEÑES A SODUPE

Las vías verdes son una buena opción para pasear entre naturaleza,  no requieren un gran esfuerzo, al menos no tanto como alcanzar la cumbre de un monte.

Hoy os llevo hasta Güeñes a diecisiete kilómetros de Bilbao.

Hace unos días, me dirigí a esta población encartada y aparqué el coche cerca de la estación.  A pocos metros, cruzando las vías, comencé mi excursión hasta Sodupe.

El camino es lo suficientemente ancho como para que circulen vehículos, aunque afortunadamente para los paseantes, son pocos los que lo utilizan, por lo que se puede andar con tranquilidad.

El día soleado invitaba a realizar un ejercicio suave como el senderismo por este antiguo trazado de los FFCC de la Robla.

Me crucé con muchas personas con ropa deportiva que se les notaba muy acostumbradas a caminar por aquí. También vi a familias con niños y bastantes ciclistas.

A la izquierda del sendero me saqué una foto en un área de recreo con bancos y mesas que, por la espesa vegetación que había, no debe de ser muy utilizada.

Continué mi ruta por la margen derecha del río Herrerías observando los caseríos que aparecían ante mí; Algunos deteriorados y otros muy bien conservados y reformados.

En el barrio de Santxosolo dos construcciones de piedra salen a mi paso: la ermita y el albergue. Según se cuenta, el Ayuntamiento instauró un impuesto sobre el consumo de vino para sufragar la construcción de la ermita de San Martín de Iturriaga, más conocida como de Santxosolo por el lugar donde está ubicada.

Antes de llegar a Sodupe se encuentra una presa con los restos de la central hidroeléctrica Landalucía, actualmente cerrada.

A la altura de Sodupe, decidí dar la vuelta y regresar por el mismo camino hasta el lugar donde había estacionado el coche, total doce kilómetros de paseo entre árboles, caseríos y mucha naturaleza. Os lo recomiendo.

FOTOS: ANDONI RENTERIA

 

OTZARRETA, PURA MAGIA

Mi destino hoy es el hayedo de Otzarreta y, para ello, me dirijo por la N240 desde Bilbao hasta el alto de Barazar, donde me desvío hacia la derecha siguiendo un cartel que indica PARQUE NATURAL DEL GORBEA.
Un kilómetro después, en otra bifurcación, giro hacia la izquierda y enseguida veo otro cruce a la izquierda.
Llego a un aparcamiento donde me apeo del coche en busca de este lugar mágico del que tanto he leído y del que tanto me han contado.

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Situado en las estribaciones de uno de los cinco montes bocineros de Bizkaia, sus hayas presumen de una peculiaridad que no pasará desapercibida a todo aquel que se adentre en este bosque. En este idílico lugar las ramas de las hayas ascienden como si quisieran tocar las nubes, ansiando la luz del sol, en vez de crecer en sentido horizontal.

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Hace más de 50 años estos magníficos árboles eran sometidos a podas para obtener carbón con la leña.
Hoy en día ya no sucede; actualmente se ha convertido en un paraje protegido.
Observo con calma la naturaleza a mi alrededor.

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El suelo alfombrado con hojas secas le da al lugar más encanto; quizá más embrujo.
El musgo parece querer tapar los troncos y adueñarse de unas raíces que derrochan robustez.

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Zubizabala es el nombre del pequeño riachuelo que transcurre silencioso, sin molestar, sin que se note su presencia.

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Unos cien hayas hacen las delicias de todo aquel que lleva una cámara en la mano. Otzarreta es un espacio muy fotografiable, sobre todo, en épocas como el otoño y el invierno que le confieren ese aspecto misterioso y ocre que, tan bien queda plasmado en las fotografías.

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Muy frecuentado por fotógrafos, tanto profesionales como aficionados, en busca de la mejor imagen que represente el conjunto de este capricho de la naturaleza.

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Como siempre hago os recomiendo una visita al hayedo, pero tened en cuenta que durante el fin de semana encontraréis a mucha gente ávida de observar, admirar, respirar y sentir este majestuoso y misterioso paraíso.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

MENDIKOSOLO O LA DINAMITA

La naturaleza está ahí, solo debemos acercarnos a ella, respetarla, cuidarla, amarla, sentirla…ella nos dará todo lo que necesitamos.
A pocos kilómetros de Bilbao, en el pueblo de Arrigorriaga, existe un pequeño oasis entre la jungla de cemento, al que me dispongo a llevaros.
En un aparcamiento a la entrada del parque estacioné el coche y me dirigí al cartel que da la bienvenida a todo aquel que se acerque hasta aquí para deleitarse con la gran variedad de plantas y animales que conviven en armonía.

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En sus cuarenta y cinco hectáreas podemos apreciar robles, arces y fresnos entre otros árboles autóctonos y una gran diversidad de arbustos.

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El parque de Mendikosolo también es conocido como parque de “La Dinamita”, debido a que aquí estuvo ubicada una de las fábricas pertenecientes a la empresa de explosivos Rio Tinto.
Todavía quedan huellas de entonces, como una chimenea, pequeños túneles o restos de algún edificio.

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Incluso hubo una pequeña línea férrea por donde se transportaba en vagonetas el explosivo hasta la estación de Arrigorriaga que, hoy en día, son utilizados como senderos por donde pasear, hacer jogging o, si quieres andar un poco más, subir hasta la ermita San Pedro de Abrisketa a una distancia de un kilómetro más o menos desde el lago.

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Yo no subí, ya que el camino, debido a las lluvias recientes, estaba lleno de barro y se hacía dificultoso avanzar.
El parque dispone de una gran área recreativa con mesas, bancos, barbacoas, fuentes…y una zona infantil que hace las delicias de los más pequeños con sus columpios de cuerdas y su zona de arena.

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En el lago hay mucha vida; los cisnes parecen darse cuenta de que les observamos y nos obsequian con acrobáticos vuelos y nos deleitan con imágenes cariñosas entre ellos.

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Una de las cosas más atractivas del parque son las pedalinas que se pueden alquilar para goce de niños y adultos.

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Después de dar un largo paseo alrededor del lago, tomar fotografías, observar las curiosas formas de algunos árboles e imaginar cómo era este paraje hace cien años, decidí sentarme en la gran terraza de la taberna Mendikosolo a tomar un refrigerio.
Fue un acierto. El lugar se hallaba bastante tranquilo, con unas diez o quince personas en ese momento, por lo que pude disfrutar del refresco y de la paz, escuchando únicamente el trino de algún pájaro.
FOTOS: ANDONI RENTERIA

CUEVAS DE BALTZOLA

Hoy me cargo la mochila para llevaros a un lugar mágico en un entorno maravilloso rodeado de montes y donde abunda una exuberante naturaleza.
Nos vamos a las cuevas de Baltzola en el pequeño municipio de Dima.
A 29 kilómetros de Bilbao se encuentra este núcleo rural de apenas 1500 habitantes.
Para llegar hasta las cuevas se puede acceder por dos caminos después de pasar el pueblo hacia Otxandio: Una entrada por el barrio de Indusi, donde hay un pequeño aparcamiento y está señalizado. Y el otro camino desde el cruce, en el pueblo, que indica Oba o Baltzola, y os lleva hasta la ermita San Lorentzo, donde podéis estacionar el coche.
Yo elegí la primera opción.
Al salir del coche miro al cielo preocupada; el aspecto grisáceo presagiaba lluvia. Aun así me animo a recorrer el camino hasta estas cuevas mitológicas del valle de Arratia; unas gotas de lluvia no iban a estropear mi excursión.

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Al lado del pequeño aparcamiento varias casas imponentes con sus cuidados jardines me hacen pensar la vida tan relajada de estos vecinos alejada del estrés de la ciudad.

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A los pocos metros me topo con un panel informativo donde explica, de una manera clara, el sendero que debo seguir.

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Esta cueva, enclavada en el parque natural de Urkiola, es de fácil acceso para familias con niños, aunque también es muy interesante para los profesionales de la espeleología; esa es, precisamente, una de las principales características que la hacen tan especial.
Mientras camino voy observando la naturaleza a mi alrededor; un pequeño arroyo que atravieso sobre unas gran piedras, la gran variedad de arbustos (reconozco algún endrino)…

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De repente, aparece ante mí un arco de piedra formado durante miles de años por la erosión, al que se le conoce como Jentilzubi; según cuenta la leyenda fue construido por unos seres gigantes que transportaban grandes piedras. Allí la foto es obligada.

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Ya queda menos para mi objetivo.
Al alcanzar una pequeña cima, el paisaje se presenta más espectacular, si cabe.
Las nubes que anunciaban lluvia se hacen notar soltando su carga. Previsoramente, llevo en la mochila, un pequeño paraguas para emergencias.

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Una señal me avisa de que ya queda menos para disfrutar de estas cuevas descubiertas a mediados del siglo XIX aunque, no fue hasta un siglo después, cuando le dedicaron la atención que merece.

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Por un pequeño sendero hacia la izquierda desciendo con mucho cuidado; una mano en el paraguas, otra en el bastón.

Unas enormes rocas me dan la bienvenida; es una de las entradas a la cueva.

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La cavidad es muy amplia y, lo primero que llama mi atención, son los enganches clavados en muchas de las paredes de esta gran gruta que sirven para practicar escalada.
Son varias las galerías y necesaria la luz de una linterna. Yo no pensaba ni por lo más remoto adentrarme más. Aquello era suficiente para mí.

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Se cuenta que entre estas piedras cohabitan seres mitológicos como Sugoi, una culebra macho o Mikeltaz, el temido hijo de la diosa Mari, con veloces murciélagos. He de confesar que no vi ni a unos ni a otros.
Debo andar con cuidado, ya que el terreno es resbaladizo e irregular debido a la humedad reinante y a las goteras.

En un panel explica cómo el sacerdote y antropólogo Don Jose Miguel de Barandiarán, visitó este yacimiento en el año 1932 y realizó un estudio exhaustivo sobre esta cavidad que luego publicó en la revista de la Sociedad de Estudios Vascos.

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El silencio sepulcral impone, intimida, te hace imaginar…pero, a la vez, relaja.
Después de unos minutos y unas cuantas fotografías, decido que era el momento de abandonar esta caverna y volver a la realidad, dejarme de fantasías y regresar al coche.
Una bonita excursión que, como siempre, os recomiendo pero, eso sí, con precauciones.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.