MENDIKOSOLO O LA DINAMITA

La naturaleza está ahí, solo debemos acercarnos a ella, respetarla, cuidarla, amarla, sentirla…ella nos dará todo lo que necesitamos.
A pocos kilómetros de Bilbao, en el pueblo de Arrigorriaga, existe un pequeño oasis entre la jungla de cemento, al que me dispongo a llevaros.
En un aparcamiento a la entrada del parque estacioné el coche y me dirigí al cartel que da la bienvenida a todo aquel que se acerque hasta aquí para deleitarse con la gran variedad de plantas y animales que conviven en armonía.

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En sus cuarenta y cinco hectáreas podemos apreciar robles, arces y fresnos entre otros árboles autóctonos y una gran diversidad de arbustos.

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El parque de Mendikosolo también es conocido como parque de “La Dinamita”, debido a que aquí estuvo ubicada una de las fábricas pertenecientes a la empresa de explosivos Rio Tinto.
Todavía quedan huellas de entonces, como una chimenea, pequeños túneles o restos de algún edificio.

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Incluso hubo una pequeña línea férrea por donde se transportaba en vagonetas el explosivo hasta la estación de Arrigorriaga que, hoy en día, son utilizados como senderos por donde pasear, hacer jogging o, si quieres andar un poco más, subir hasta la ermita San Pedro de Abrisketa a una distancia de un kilómetro más o menos desde el lago.

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Yo no subí, ya que el camino, debido a las lluvias recientes, estaba lleno de barro y se hacía dificultoso avanzar.
El parque dispone de una gran área recreativa con mesas, bancos, barbacoas, fuentes…y una zona infantil que hace las delicias de los más pequeños con sus columpios de cuerdas y su zona de arena.

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En el lago hay mucha vida; los cisnes parecen darse cuenta de que les observamos y nos obsequian con acrobáticos vuelos y nos deleitan con imágenes cariñosas entre ellos.

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Una de las cosas más atractivas del parque son las pedalinas que se pueden alquilar para goce de niños y adultos.

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Después de dar un largo paseo alrededor del lago, tomar fotografías, observar las curiosas formas de algunos árboles e imaginar cómo era este paraje hace cien años, decidí sentarme en la gran terraza de la taberna Mendikosolo a tomar un refrigerio.
Fue un acierto. El lugar se hallaba bastante tranquilo, con unas diez o quince personas en ese momento, por lo que pude disfrutar del refresco y de la paz, escuchando únicamente el trino de algún pájaro.
FOTOS: ANDONI RENTERIA

CUEVAS DE BALTZOLA

Hoy me cargo la mochila para llevaros a un lugar mágico en un entorno maravilloso rodeado de montes y donde abunda una exuberante naturaleza.
Nos vamos a las cuevas de Baltzola en el pequeño municipio de Dima.
A 29 kilómetros de Bilbao se encuentra este núcleo rural de apenas 1500 habitantes.
Para llegar hasta las cuevas se puede acceder por dos caminos después de pasar el pueblo hacia Otxandio: Una entrada por el barrio de Indusi, donde hay un pequeño aparcamiento y está señalizado. Y el otro camino desde el cruce, en el pueblo, que indica Oba o Baltzola, y os lleva hasta la ermita San Lorentzo, donde podéis estacionar el coche.
Yo elegí la primera opción.
Al salir del coche miro al cielo preocupada; el aspecto grisáceo presagiaba lluvia. Aun así me animo a recorrer el camino hasta estas cuevas mitológicas del valle de Arratia; unas gotas de lluvia no iban a estropear mi excursión.

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Al lado del pequeño aparcamiento varias casas imponentes con sus cuidados jardines me hacen pensar la vida tan relajada de estos vecinos alejada del estrés de la ciudad.

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A los pocos metros me topo con un panel informativo donde explica, de una manera clara, el sendero que debo seguir.

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Esta cueva, enclavada en el parque natural de Urkiola, es de fácil acceso para familias con niños, aunque también es muy interesante para los profesionales de la espeleología; esa es, precisamente, una de las principales características que la hacen tan especial.
Mientras camino voy observando la naturaleza a mi alrededor; un pequeño arroyo que atravieso sobre unas gran piedras, la gran variedad de arbustos (reconozco algún endrino)…

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De repente, aparece ante mí un arco de piedra formado durante miles de años por la erosión, al que se le conoce como Jentilzubi; según cuenta la leyenda fue construido por unos seres gigantes que transportaban grandes piedras. Allí la foto es obligada.

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Ya queda menos para mi objetivo.
Al alcanzar una pequeña cima, el paisaje se presenta más espectacular, si cabe.
Las nubes que anunciaban lluvia se hacen notar soltando su carga. Previsoramente, llevo en la mochila, un pequeño paraguas para emergencias.

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Una señal me avisa de que ya queda menos para disfrutar de estas cuevas descubiertas a mediados del siglo XIX aunque, no fue hasta un siglo después, cuando le dedicaron la atención que merece.

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Por un pequeño sendero hacia la izquierda desciendo con mucho cuidado; una mano en el paraguas, otra en el bastón.

Unas enormes rocas me dan la bienvenida; es una de las entradas a la cueva.

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La cavidad es muy amplia y, lo primero que llama mi atención, son los enganches clavados en muchas de las paredes de esta gran gruta que sirven para practicar escalada.
Son varias las galerías y necesaria la luz de una linterna. Yo no pensaba ni por lo más remoto adentrarme más. Aquello era suficiente para mí.

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Se cuenta que entre estas piedras cohabitan seres mitológicos como Sugoi, una culebra macho o Mikeltaz, el temido hijo de la diosa Mari, con veloces murciélagos. He de confesar que no vi ni a unos ni a otros.
Debo andar con cuidado, ya que el terreno es resbaladizo e irregular debido a la humedad reinante y a las goteras.

En un panel explica cómo el sacerdote y antropólogo Don Jose Miguel de Barandiarán, visitó este yacimiento en el año 1932 y realizó un estudio exhaustivo sobre esta cavidad que luego publicó en la revista de la Sociedad de Estudios Vascos.

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El silencio sepulcral impone, intimida, te hace imaginar…pero, a la vez, relaja.
Después de unos minutos y unas cuantas fotografías, decido que era el momento de abandonar esta caverna y volver a la realidad, dejarme de fantasías y regresar al coche.
Una bonita excursión que, como siempre, os recomiendo pero, eso sí, con precauciones.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

MONTEFUERTE, DE LAS MINAS AL OCIO

Bienvenidos al área recreativa de Montefuerte.
Hoy os he traído a este bello lugar para que disfrutéis de uno de los parques metropolitanos del Cinturón Verde que rodea nuestra villa.
Realmente este parque pertenece al municipio de Arrigorriaga y depende de la Diputación Foral de Bizkaia.
Para llegar hasta aquí podéis hacerlo en el autobús número 50 o en el 56, en el metro hasta Bolueta o en coche, como hice yo, cruzando el barrio de la Peña y, dirección Buia, encontraréis un desvío a la izquierda, al lado del campo de fútbol de Montefuerte.
El coche se puede estacionar unos metros más arriba, al final de la cuesta.
Lo primero que veo al entrar en este parque es un gran panel informativo donde se explica muy bien los recorridos y lo que me voy a encontrar dentro.

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Unos metros más adelante, una zona con columpios me atrae como un imán.

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Después de unas fotos continuo el sendero y llego a un cruce que tomo a la derecha.
Comienza la ascensión mientras me cruzo con varias personas que se nota vienen habitualmente a relajarse en este maravilloso entorno.

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Entre los años 1890 y 1910 a esta zona se la llamaba Mehatzeta debido a la cantidad de minas que hubo durante el esplendor de la industria minera.
Este bucólico espacio se encuentra en la ladera del monte Gaztelu donde, en su cumbre, hubo un castro de la Edad de Hierro.
En caso de querer hacer senderismo no tendréis ninguna pega, ya que a lo largo del recorrido hallaréis diferentes tablones y señales que os van informando de las direcciones y distancias.

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Además, no requiere gran esfuerzo físico y se puede realizar con niños y personas poco acostumbradas a grandes pendientes.
En los días calurosos se disfruta de una buena sombra bajo árboles como abedules, álamos, arces, robles o castaños.

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En mi ascensión me encuentro unas ruinas de una antigua granja agrícola que sirvió, durante una época, para alimentar a los trabajadores de la Fundición Santa Ana.

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A lo largo del recorrido son muchos los bancos que están estratégicamente colocados para que te sientes a deleitarte con una magnífica panorámica del Botxo.

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Hay varios lagos o balsas que se han formado en las cavidades de las antiguas minas.

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También dispone de varios elementos para realizar ejercicios de gimnasia.

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Después de dos horas paseando y tomando fotografías de este parque, me atrevo a afirmar que se trata de uno de las mejores áreas recreativas que he visitado nunca.
Os recomiendo una excursión a la zona.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

LA ACEÑA, GALDAMES.

En el pueblo de Galdames, concretamente en el barrio de La Aceña, existe un parque llamado Atxuriaga donde hace muchos años las minas Tardía y Berango daban trabajo a cientos de hombres y mujeres.
Se trata de un área recreativa provista de mesas y bancos donde relajarse. Así como barbacoas para preparar una sabrosa comida campestre.

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Una mañana de primavera decidí darme una vuelta por allí. En el aparcamiento estacioné el coche y comencé mi exploración observando el monte de donde, muchos años atrás, los mineros extraían el mineral de hierro y que, actualmente, son los pinos los que han ocupado el lugar de las betas.

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La paz y la limpieza son las dos características que más llamaron mi atención.
El nombre del parque se debe a la torre medieval Atxuriaga que existió hasta principios del siglo XX y que desapareció cuando comenzó la actividad minera.
Todavía quedan vestigios de aquella época como el camino que, antaño, fue un trazado del ferrocarril minero.

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La vegetación es frondosa y la variedad de árboles va desde arces, fresnos y hasta algún olivo solitario.

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No falta de nada, incluso un precioso caballo es parte del paisaje.

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Una gran balsa ocupa el lugar de una de las minas. Alrededor de este embalse han construido varios miradores que sirven tanto para pescar como para imaginar desde allí la actividad frenética que hubo bajo esa agua.

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Cerca de allí varias viviendas y algún restaurante completan este barrio tranquilo de Galdames.
Después de hora y media de paseo decido regresar a Bilbao feliz de haber conocido otro rincón de nuestra maravillosa geografía.
FOTOS: ANDONI RENTERIA