UNA MAÑANA DE PREMIOS EN ASTE NAGUSIA

Esta mañana he asistido a dos eventos dentro de la ASTE NAGUSIA 2017.
Por un lado, a las 12 del mediodía se han entregado en el Hotel Abando los premios de la V edición del Certamen Literario Astenagusia.
Al llegar, el inconfundible sonido del txistu de Mikel Bilbao, me ha recibido en la puerta del establecimiento.

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Beatriz Marcos y yo con Iñaki Uriarte, promotor del certamen.

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Los galardonados han agradecido sus reconocimientos con emocionadas palabras y con mucha ilusión.

Al finalizar el acto y, como manda la tradición, los felices escritores han posado para los medios de comunicación.

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De allí me he dirigido hasta otro hotel; esta vez el Carlton en la plaza Moyua, donde ha tenido lugar otro acto txirene: Premio Villanos de Honor 2017.

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El alcalde, Juan Mari Aburto, acompañado de varios ediles han asistido al acto y lo han disfrutado, incluso se han atrevido a cantar una bilbainada mientras Iñaki Basabe tocaba la guitarra.

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Los Villanos de este año han sido:
Jon Ortuzar, ex director del Palacio Euskalduna
Felix G. Modroño, escritor
La Revista RÍA DEL OCIO
y WALK ON PROJECT.

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Como presentador, el periodista Patxi Herranz, con su simpatía y buen humor.
Ha sido muy emotivo el recuerdo al desaparecido Txetxu Ugalde, quien también fue nombrado, hace justo un año, Villano de Honor.

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El hotel nos ha agasajado con unas bebidas y unos canapés.
En estos actos es habitual la charla animada con amigos y las risas. Muchas risas.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA.

LA CÁMARA DE EULALIA

Hoy en día todos llevamos una cámara de fotos en el bolsillo con la que tomamos imágenes dando, así, testimonio de todo aquello que nos rodea. Pero, hace cien años solo algún privilegiado podía hacerlo.
Eulalia Abaitua fue una adelantada para su tiempo; una mujer que observaba el mundo a través de un objetivo.
El 25 de enero de 1853 nació en Bilbao Elvira Juliana Abaitua Allende. Así fue bautizada, aunque adoptó el nombre de la madre muerta durante el parto.
Tanto ella como su hermano Felipe fueron educados en su hogar del Casco Viejo bilbaíno bajo la férrea disciplina de una nodriza.
Su padre quiso que abandonara su Bilbao natal a muy corta edad para realizar sus estudios en el colegio Sagrado Corazón de Jesús de Barcelona.
Siendo adolescente se enamoró de Narciso de Olano y Picavea de Usaca, un joven naviero con quien contrajo matrimonio a los 19 años y con el que tuvo cuatro hijos, colmándoles de felicidad.

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Durante la III Guerra Carlista la familia se trasladó a Liverpool donde Eulalia tomó contacto con el mundo de la fotografía por primera vez.
El puerto con los barcos y los trabajadores del muelle fueron sus primeros modelos.
Al volver a Bilbao se trajo en el equipaje todo el material que había adquirido durante su estancia en aquel país.
Residieron a pocos metros de la Basílica de Begoña, en una casa conocida como el Palacio del Pino donde Eulalia utilizó el sótano para instalar su laboratorio fotográfico.
Eulalia aprovechaba cualquier ocasión para tomar imágenes de la vida cotidiana como el paso por delante de su vivienda, de las lecheras con los burros y las cántaras con el preciado alimento.
Su pasión la desarrollaba a la misma vez que educaba y atendía a sus cuatro hijos.
En los ratos libres viajaba por los pueblos donde retrataba los rostros ajados de los trabajadores del campo quienes estaban, inexorablemente, expuestos a los efectos del sol y del frío. Era una especialista en captar las sensaciones de aquellos primeros planos.

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Para la historia quedan todas aquellas imágenes que reflejan las profesiones de entonces como sardineras, lavanderas, hilanderas y muchas otras más que ya han sido olvidadas.
También le sirvieron como modelos para sus fotografías todo lo relacionado con el mar como el puerto, la playa o las damas paseando con sus sombrillas por los arenales vizcaínos.

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El Museo Vasco-Euskal Museoa posee un importante fondo fotográfico de esta mujer y, algunas de sus imágenes, permanecen colgadas en sus paredes para disfrute de todos los visitantes.
El 16 de septiembre de 1943, habiendo cumplido 90 años, falleció en Bilbao la que pasará a la historia por ser alguien que supo captar los momentos y las escenas de la dura vida cotidiana de nuestros antepasados.

UN FORZUDO BIZKAINO

De sobra es conocida la fama de los vascos y, de los bilbaínos más concretamente, de forzudos, de hombres aguerridos, de chicarrones del norte.
Sin duda, a lo largo de la historia muchos son los personajes que han destacado por esta cualidad pero, uno en especial fue legendario.
Juan Bautista Artaza Iraolaga, más conocido como “Ansonekoa” por haber nacido en el caserío Ansone de Urduliz, quizá sea el gran forzudo bizkaino.
En 1827, a sus quince años, ya poseía una altura colosal con un cuerpo bien formado.
Muchos de sus vecinos le solicitaban ayuda para mover kupelas de mil kilogramos o para desplazar carros cargados con leña.
En 1832, en plena guerra carlista, quisieron obligar a Ansonekoa a alistarse pero, este no se prestaba a ir a ninguna contienda, por lo que un día que se encontró con un famoso reclutador y sus ayudantes, se enzarzó en una trifulca que terminó a tortas; motivo por el cual el joven tuvo que huir dirección Portugalete para enrolarse en la goleta Euskalduna, cuyo capitán era familiar suyo.
El barco puso rumbo al Pacífico y, cuenta la leyenda, que no pasaba un día a bordo sin que demostrara su fuerza con los diferentes aparejos, jarcias y demás objetos pesados.
Terminada la guerra, regresó al caserío, pero para poco tiempo, ya que le había cogido gusto a esto del mar y se embarcó de nuevo en otro bergantín que se dirigía a Liverpool.
Allí, nada más bajar a puerto, fue testigo de una pelea y, sin pensarlo dos veces, se metió en medio con tal mala fortuna que llegó la policía para detenerle, acto que le valió la deportación.

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De nuevo se enroló en el Euskalduna y, esta vez, arribó en Londres donde participó en algún combate en el que se admitían apuestas. Siempre ganaba dejando a su contrincante tirado en el suelo.
Él era muy consciente de su fuerza por lo que, a veces, le gustaba apostar como aquella vez que retó a doce hombres en sokatira y, dicen, que a consecuencia del esfuerzo falleció en su caserío.
Sin duda fue un tipo forzudo, tanto de complexión como de carácter.

COLLIN, GRANDULLÓN Y BONACHÓN.

La lista de personajes txirenes de Bilbao es larga y variopinta.
En este post os voy a contar la vida de uno de ellos.
Alejo Próspero Collin nació en el año 1808, fue bautizado en Vitoria y llegó a un Bilbao ocupado por las tropas francesas.
Se cuenta que sus padres, franceses, le abandonaron al finalizar aquella cruenta guerra de la Independencia.
Fue creciendo en nuestra villa y trabajando en lo que podía. Unas veces fue recadista, otras cigarrero, pero siempre andaba buscándose la vida. Una vida que no le fue fácil, abandonado a su suerte.
Se le describe como grande, gordo, de anchas espaldas y cuerpo inmenso. Se le hacían muchas bromas sobre su aspecto, ya que, debía parecerse al Gobernador Civil de aquella época.

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Aguantaba bien las chanzas ya que, aseguran, era un buenazo.
Su popularidad alcanzaba cualquier rincón de la villa y, en cualquier rincón, se le podía ver pasar las frías noches de invierno.
Sus lugares habituales, eran la iglesia de San Nicolás y la de Santiago, donde pasaba la noche en sus pórticos.
Su perdición era el alcohol, incluso dicen que ingirió unas copas de aguarrás y petróleo creyendo que eran un exquisito cognac.
Para los niños era el “coco” aunque jamás se metió con nadie, nunca blasfemó. Era muy honrado y jamás se supo de ninguna trifulca con nadie.
Murió una heladora noche a los 35 años, debido a una hipotermia. Fue encontrado por unos trabajadores de la línea de Bermeo y le trasladaron al hospital de Atxuri.
Alejo nos dejó una frase para el recuerdo. El mantenía que “La vida hay que pasarla a tragos”
Y, si, cumplía lo que predicaba.
Fue un personaje de Bilbao, sin duda, al que la historia le recordará siempre.