ENCUENTROS

Parece imposible realizar obras de arte con objetos rotos, estropeados, viejos… pero para la artista navarra Esperanza Yunta es muy fácil crear arte partiendo de objetos encontrados, en este caso, en la ría de Bilbao.
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Hasta el 17 de septiembre, en el Museo Marítimo Ría de Bilbao, se puede disfrutar de pequeños trozos de hierro y madera que, magistralmente, Esperanza ha convertido en arte, trasladándonos a la época industrial de nuestra villa.

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Estas joyas han sido creadas después de un laborioso trabajo de investigación por parte de la autora.

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Os recomiendo una visita a la exposición y, por supuesto, al museo.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

EL PRIMER PARTIDO

De sobra sabemos los bilbaínos que nos encantan las bilbainadas, y no me refiero a las canciones, sino a las fanfarronadas; como así se demuestra desde siempre en la historia de la villa.
A finales del siglo XIX, la colonia inglesa en Bilbao era bastante numerosa; la mayoría se habían afincado en nuestra ciudad para trabajar en las minas.
Estos súbditos británicos, en sus ratos libres, se dedicaron a enseñar a los locales un juego al que llamaban “foot-ball” y que practicaban con un balón.
Se les podía ver en la zona donde actualmente se encuentra el Paseo de Abandoibarra, conocido como “La campa de los ingleses”.


A los bilbaínos enseguida les enganchó el juego; tanto, que en Mayo de 1894, les lanzaron un desafío a sus maestros, los cuales aceptaron sin problema.
El “match” se disputó el 3 de mayo a las diez y media de la mañana. Los ingleses jugaron con una camiseta de color crema y los bilbaínos eligieron el color blanco para su equipación.
Desde el minuto uno era evidente la diferencia de juego. A los foráneos les sobraba soltura y fluidez con el balón; mientras que, los predecesores de los futuros leones, compensaban su inexperiencia con mucho orgullo y mucho esfuerzo físico.
El partido fue bastante duro en cuanto a ataques. Ataques que el público asistente no entendía y así lo demostraron con silbidos e, incluso, lanzándose al campo a protestar.
Se hizo necesario que los jugadores locales explicaran a estos enfurecidos espectadores que el juego era así y que los ataques estaban permitidos en el reglamento de aquel nuevo deporte.
En el descanso y, ganando por un 3-0 los ingleses, agasajaron a los bilbaínos con unos pollos asados. Aquello mitigó los ánimos de todos los presentes y retrasó el inicio del segundo tiempo hasta que hubieron comido los pollos.
Finalmente, los retados anotaron seis goles y los retadores ninguno.
Este fue el primer partido que, aunque se perdió, marcó el inicio de un deporte que pronto arraigó en nuestra villa y dio origen al equipo de nuestros amores: El Athletic Club de Bilbao.

Fotografía: Gil de Espinar

LA SOCIEDAD BILBAÍNA

Tantas veces he contemplado este edificio, tantas veces he caminado al lado de sus gruesos muros, tantas veces he imaginado cómo se vería Bilbao a través de sus grandes ventanales, tantas veces he fantaseado con las actividades de aquellos socios y, por fin, todas o casi todas mis dudas resueltas.
El edificio de la Bilbaína pertenece a la Sociedad Bilbaína, fundada en 1839 con la idea de ser un centro dedicado al recreo y a la cultura de los socios.
Los primeros 75 años de su existencia ocupó un edificio en la Plaza Nueva; hasta que, en 1913, se traslada al lugar que hoy conocemos en la céntrica calle Navarra.
Hace unas semanas recibí un mensaje de un buen amigo en el que me preguntaba si quería asistir a un evento en este, (para mí) misterioso lugar.
Por supuesto, ni lo pensé; mi respuesta fue un sí rotundo. No podía dejar pasar esta oportunidad de adentrarme en una sociedad que atesora una extensa herencia cultural y social.
A las doce del mediodía del día acordado, mi amigo ya me esperaba en la puerta principal que también es la entrada de coches.

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Nos dirigimos hacia un ascensor que, según me explica, es el original de cuando se construyó este edificio. Su interior de madera le da un toque de distinción.

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Pero yo prefiero subir por las escaleras y admirar la gran vidriera del techo.

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En la primera planta se encuentran las oficinas de la sociedad.
Ya en la segunda planta, en la planta noble, la elegancia es evidente con sus grandes puertas, techos altos profusamente decorados y columnas de mármol de Ereño.

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La biblioteca se encontraba vacía en ese momento. En un cartel se exige vestir con chaqueta para poder acceder a la zona de lectura. En varias vitrinas pude ver diversas publicaciones de la propia Sociedad Bilbaína.

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En esta planta, además de biblioteca, también se encuentran salas de juego, salas de baile, una peluquería y diferentes salones sociales donde poder descansar, charlar o leer.

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Mi guía y yo subimos a la tercera planta donde me explica, se encuentran los comedores y diferentes salas comunicadas entre sí.

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Me asomo por uno de los numerosos y grandes ventanales desde los que se observa la vida bilbaína y me imagino cómo la verían los socios de hace más de un siglo.
La sobriedad y elegancia de los cuidados sofás de piel, de la magnífica chimenea, de los pianos, los cuadros y demás decoración, me transportan a otro siglo.

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Aquí no falta de nada, incluso, disponen de una galería con los retratos de todos los presidentes que ha tenido la entidad hasta la fecha.

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Elegantes alfombras dotan a todo el conjunto de un toque de distinción y confort.

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Este edificio es mucho más grande de lo que me esperaba. Al decírselo a mi cicerone me sonríe y me asegura que solo me ha enseñado la parte más pública. Existen habitaciones, cocinas y más salones que tendré que imaginarlos.

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Antes de terminar mi visita entramos en el salón inglés, a pie de calle. Desde sus ventanas se puede ver a la gente pasar por la calle Navarra.

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Solo me queda agradecer a mi amigo este viaje al pasado. Ya no tendré que imaginar el interior de este emblemático edificio de nuestra villa.
FOTOS: ANDONI RENTERIA

EL CEMENTERIO BRITÁNICO

Casi noventa años llevan estas tumbas aquí, concretamente desde 1929.  Pero tenemos que remontarnos a la década de los setenta del siglo XVIII, cuando se decidió habilitar una campa en Bilbao para albergar un cementerio que acogiera a los británicos que no profesaban la religión católica y que, por lo tanto, no podían ser enterrados en nuestros camposantos.

Aquel lugar conocido como Campa de los Ingleses o Isla de los Siete Árboles estaba ubicado en la zona donde actualmente se encuentra el Museo Guggenheim.

Muchos de aquellos ingleses eran trabajadores de las minas o soldados caídos en las diferentes contiendas en las que participó la Commonwealth.

Al lado de la ría, las tumbas sufrieron muchos daños; tanto vandálicos como motivados por las inundaciones que, desde siempre, han asolado nuestra villa.

El estado de este santo lugar era lamentable y, la pequeña  colonia británica en Bilbao,  no podía hacerse cargo de los gastos que suponía su mantenimiento; por ello fue el propio cónsul británico quien tuvo que ocuparse de recaudar una considerable suma de dinero para adecentarlo.

Esto sucedía en el siglo XIX, pero pasaban los años y, cada vez, necesitaban más reparaciones y atención si querían conservarlo en buenas e higiénicas condiciones.

A comienzos del siglo XX se acordó su traslado fuera de la villa por razones de salubridad, además de que la Autoridad Portuaria deseaba adquirir los terrenos para acometer la ampliación del muelle.

Después de muchas negociaciones y, tras buscar el  lugar adecuado, en 1926 se localizó un espacio en el municipio de Loiu, a pocos kilómetros de Bilbao.

Entre Sondika y Derio se ubica este camposanto británico, discretamente, sin alardes, sin pretensiones, solo es un remanso de paz; lugar del último y definitivo descanso de muchos súbditos ingleses, así como españoles y de otras nacionalidades.

Hace unos días salí de Bilbao con un objetivo claro: dirigirme a este pueblo del valle del Txorierri y adentrarme en un mundo de silencio y de historia.

A pocos metros de la entrada estacioné el coche.

Una puerta de hierro pequeña se abrió sin dificultad y accedí a un jardín delantero. Lo primero que llamó mi atención fue un suelo completamente cubierto por una alfombra de los frutos de varios eucaliptus que crujían al ritmo de mis pisadas, mientras avanzaba hacia una casona que, seguro, ha conocido tiempos mejores.

Hace años debió de ser la vivienda de los guardeses. Actualmente lo deben utilizar con lugar de reunión donde ahora, supongo, se reúnen los familiares que llegan hasta aquí a enterrar a uno de sus seres queridos.

A pocos metros de la casa, la puerta principal es una verja doble que no siempre permanece abierta, pero al ser domingo, se puede acceder sin problema.

Ya en el interior, las lápidas a pocos metros de la puerta, parecen colocadas para recibir al visitante.

El estilo del camposanto es muy parecido a los que puedes encontrar en Gran Bretaña; recuerda más a un jardín por el que pasear tranquilamente, que a los cementerios a los que estamos acostumbrados en nuestro país.

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Dos capillas, una anglicana y otra católica, dan servicio a los fieles que buscan un rincón de recogimiento para rezar unas oraciones por sus familiares.

En un extremo de este cementerio, sesenta lápidas colocadas en línea donde reposan los restos de otros tantos soldados británicos caídos durante la primera y la segunda guerras mundiales.

No más de veinte minutos me han bastado para imaginar el sufrimiento de aquellos familiares de los enterrados aquí que, estando tan lejos y en tiempos tan convulsos como las guerras mundiales, no pudieron acercarse hasta Loiu a depositar unas flores en las tumbas de aquellos soldados que dieron su vida por defender las vidas de civiles tan lejos de su tierra.

Siempre os recomiendo las visitas que realizo y, esta, a pesar de lo triste que pueda parecer, también os la aconsejo.

FOTOS: ANDONI RENTERIA