EDIFICIO DE MOLINOS VASCOS

No cabe ninguna duda de que el patrimonio industrial del País Vasco es muy grande pero, también es cierto que algunos de esos edificios vivieron tiempos mejores y, en la actualidad, se encuentran en situaciones lamentables como por ejemplo el de la harinera Grandes Molinos Vascos situado en Punta Zorroza a orillas de la ría. Una imponente construcción que, al observarla, nos da una idea de la importancia que llegó a tener.

Federico de Ugalde y Echevarría, arquitecto bilbaíno encargado de este proyecto fue, además, concejal del Ayuntamiento de Bilbao, Presidente de la Sociedad Bilbaína, socio fundador de la Sociedad Filarmónica de Bilbao, miembro de la junta administrativa de la Plaza de Toros y de la Santa Casa de la Misericordia, así como artífice de la reforma del Teatro Arriaga, entre otras muchas cosas.
Para este trabajo reutilizó algunas de las instalaciones del antiguo Astillero Real de Zorroza que se ubicó en el mismo solar tres siglos atrás, pero dotándole de las más modernas técnicas constructivas como el uso de hormigón, siendo pionero en Bizkaia entre los años 1923 y 1924.

El edificio posee un aspecto grandioso. En su ala izquierda se encuentran los veintitrés silos formando semicírculos; de los cuales quince son de gran tamaño y disponen de una capacidad para albergar setenta y cinco toneladas de grano que se comunican con el quinto piso del ala derecha a través de unas escaleras. El edificio principal cuenta con cinco pisos de 600 metros cuadrados de superficie cada uno, además de dos torres como si fueran ábsides de una gran catedral. El conjunto lo completa un patio de la misma longitud que la fábrica, hasta donde llegaban los vagones de tren, rodeado por un muro que fue expropiado por el Puerto Autónomo. Lamentablemente, la actividad industrial de esta harinera cesó a los cinco años de comenzar y en la década de los sesenta del pasado siglo lo adquirió la empresa Almacenes Comerciales S.A.

En el año 2009 fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de monumento por el Gobierno Vasco.

FOTO: ANDONI RENTERIA

EL PAGASARRI Y SU FUENTE

Los bilbaínos sabemos muy bien que, para ser un buen bilbaino, hay que ascender al Pagasarri al menos una vez en la vida. Este es, sin duda, el monte más emblemático que forma parte del Cinturón Verde que rodea la villa. Con sus 670 metros de altitud, se encuentra al sur de la villa pudiéndose alcanzar desde diferentes lugares como Arrigorriaga, Alonsotegi o Bilbao. Además, una vez arriba, existe la posibilidad de subir a la cumbre del Ganekogorta o dirigirte hacia Llodio en Álava.
En 1914, el consistorio bilbaíno edificó un refugio para dar respuesta a tantos aficionados al montañismo. Cinco años más tarde se convirtió en el establecimiento hostelero que conocemos hoy en día; donde los que subimos nos dejamos seducir con un caldo o un delicioso bocadillo de tortilla. La idea de un refugio no es nueva; ya en el siglo XV existía una cabaña para dar cobijo a los pastores. A pocos metros se hallan las neveras del Pagasarri datadas en el siglo XVII, donde se acumulaba la nieve que subían a recoger con el objetivo de utilizarla en la conservación de alimentos o como medida sanitaria para bajar la fiebre, detener hemorragias o aliviar esguinces.

Hace más de setenta años hubo una propuesta para la construcción de un teleférico que uniera la villa de Bilbao con el monte Ganeta, separados por una distancia de 3450 metros. El plan era trasladar a 1000 personas a la hora en cabinas de 30 a una velocidad de seis metros por segundo. Evidentemente, aquello no llegó a buen puerto para satisfacción de muchos. Otra de las ocurrencias “txirenes” fue la de instalar un faro en la cumbre con el objetivo de iluminar la ría por la noche, y que tampoco llegó a realizarse.
Pero si hay un rincón con una historia curiosa detrás es la Fuente del Tarín. A principios del siglo pasado, un grupo de montañeros decidieron que en el Pagasarri debería existir una fuente. Para su construcción realizaron una suscripción popular con una aportación por persona de un real, más conocido como tarín. De ahí surgió el nombre de la fuente.

FOTO: ANDONI RENTERIA

EL BOLLO DE MANTEQUILLA

En Bilbao son varios los dulces que alegran el paladar de oriundos y foráneos. Pero, algunos cuentan con la ventaja de ser los más deseados o queridos, como el bollo de mantequilla que no es otra cosa que una especie de bollo suizo cortado en dos mitades en cuyo interior se extiende una capa de mantequilla rematando el conjunto con azúcar por la parte superior.
Sí no eres de Bilbao y lees esta explicación quizá no te seduzca mucho, pero te garantizo querido lector que si lo pruebas, repites.
La historia se remonta al año 1813 cuando los primos Bernardo Pedro Franconi y Francesco Matossi, originarios de la localidad suiza de Poschiavo llegaron a Bilbao y abrieron una pastelería en el Casco Viejo, concretamente, en la calle Correo. Años más tarde la unieron a un local que daba a la plaza Nueva para ampliar el negocio y así surgió el café Suizo. La decoración se inspiraba en otro establecimiento que habían visto en Venecia y contaba con un mostrador donde se exhibían los dulces y una zona donde servían helados o licores.

En el año 1871 inauguraron otro café en los bajos del Hotel de Inglaterra en el Arenal. Era tal su éxito que el negocio se extendió a más de treinta ciudades como Burgos, Madrid o Pamplona, especializándose en bollería fina o helados. También elaboraban otros pasteles como el de arroz o el ruso, sin embargo fue el que bautizaron como “el bollo” el que más fama les dio, al que acompañaban con un café, costumbre que ha llegado hasta nuestros días.

Además de los primos suizos hubo varias familias de italianos y franceses en nuestra villa que abrieron negocios hosteleros donde servían nuestro adorado bollo de mantequilla, al que ya consideramos el rey de los dulces bilbaínos.

FOTO: ANDONI RENTERIA

EL ORIGEN DE LA DYA

El doctor Juan Antonio Usparitza nació en Busturia en el año 1919 y, desde muy joven, manifestó su vocación por la medicina y el servicio a los demás. Con tan solo dieciocho años fue reclutado para combatir en la guerra civil; y, allí, testigo de muchas penurias y enfermedades decidió cursar estudios de Medicina en Valladolid cuando terminase la contienda. Se especializó en ginecología ejerciendo tanto en hospitales públicos como en la clínica que fundó en los años cincuenta. Se cuenta que, a lo largo de su vida, ayudó a venir al mundo a más de veintisiete mil bebés.
Fueron innumerables los premios y reconocimientos recibidos, como la escultura con su busto colocada hace unos años en el centro de Bilbao en agradecimiento por su incansable labor. También publicó varios libros, fue vicepresidente de asociaciones solidarias como Lyons International, colaborador de radio y autor de miles de artículos periodísticos. Falleció con noventa y dos años dejando un recuerdo imborrable en la memoria de los bilbaínos y formando parte por méritos propios de la historia de Bilbao.
Pero, si algo debemos agradecerle es la creación en el año 1966 de la asociación DYA de ayuda en carretera, cuyas letras son la abreviatura de DETENTE Y AYUDA. Apoyado por cuatro socorristas voluntarios y, a pesar de contar con pocos medios y escaso dinero, el proyecto prosperó gracias a su tenacidad y a las donaciones de personas que creyeron en ellos y en su sueño de ayudar a los demás. Al principio salían los fines de semana con sus propios vehículos a auxiliar a los que habían sufrido algún percance o accidente en carretera. Doce meses más tarde, dos grandes empresas les donaron la cantidad suficiente para comprar dos ambulancias con las que ofrecer su asistencia.
Su sueño iba tomando forma; cada vez eran más los implicados en este movimiento solidario y, en 1976, ya eran diez las ambulancias amarillas, color identificativo de esta asociación.
Poco a poco la semilla del voluntariado iba germinando en el resto de provincias españolas y no solo en carretera, sino allí donde se las reclamaba como espectáculos, fiestas o eventos. Otra de las labores encomiables de la DYA son los cursos formativos que imparten sobre paradas respiratorias, primeros auxilios o prevención de accidentes infantiles dirigidos a padres y profesores. Toda esta altruista labor no sería posible sin la financiación de miles de personas que aportan donativos, así como instituciones como Ayuntamientos, Gobierno Vasco o Diputaciones.
Su lema desde el principio era que todos los conductores contaran con una asistencia digna, humana y eficaz y, no cabe duda, de que se ha cumplido con creces.

 

Foto de ANDONI RENTERIA del busto de Usparitza inaugurada en 2015 a pocos metros de la que fue su clínica.