LA EVOLUCIÓN DEL TRANVÍA

Este medio de transporte llegó a Bilbao en el año 1876 para realizar la ruta Bilbao-Las Arenas. Se trataba de un tranvía de tracción animal o “motor de sangre”, como se le conocía coloquialmente. Ese mismo año, un vecino de Sestao obtuvo la concesión de la ruta que partía de la plaza de San Nicolás en Bilbao hasta Santurce; constituyéndose, así, la Sociedad del Tranvía de Bilbao a Santurce e inaugurándose la línea en 1882, siendo la primera en España en incorporar la tracción eléctrica.
Varias fueron las ventajas de electrificar el tranvía: como una mayor velocidad, una ampliación de horario que garantizaba un mayor servicio al público y más viajeros o la mejora de la accesibilidad y movilidad de las zonas más distantes del centro para facilitar el transporte a todos aquellos trabajadores que se iban asentando en los extrarradios llegados de otras provincias. Pero, sin duda, una de las ventajas frente al ferrocarril era el que los usuarios podían solicitar al conductor que se detuviera fuera de las habituales paradas. Las tarifas también fueron muy competitivas y se ajustaron a todos los bolsillos con diferentes abonos según las necesidades de los viajeros.

Otra línea muy utilizada fue la de la Compañía del Tranvía de Bilbao a Arratia y Durango, concedida para su construcción y explotación a Ángel Iturralde en 1898. Los tranvías partían desde la plaza del Teatro Arriaga, continuaban por el barrio de la Peña hacia Durango o se desviaban por su ramal a Ceánuri y Lemona.

Casi tres millones de viajeros al año en 1910 confirmaban que las líneas de tranvía eran necesarias en un territorio que crecía demográficamente debido a su transformación industrial. En las postrimerías de los años cuarenta el uso del tranvía descendió notablemente debido a la proliferación de trolebuses, para desaparecer antes de 1960.
Fueron cuatro décadas sin tranvía hasta que, en diciembre de 2002, vimos aparecer en las calles de Bilbao un moderno y silencioso medio de transporte que irrumpía con fuerza y que, poco a poco, ha ido ganándose a los bilbaínos y haciéndose respetar al sonido de su campanilla.

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INCENDIO EN EL CONVENTO DE LA CONCEPCIÓN

Un convento suele ser lugar de recogimiento, de sosiego, de paz…pero, a veces, alguien irrumpe en ellos causando innumerables destrozos, miedo, dolor e incertidumbre. Algo así debieron sentir las religiosas del convento de la Concepción situado en una colina cercana al actual barrio de Miribilla el 20 de julio de 1936, cuando una compañía de guardias de asalto acompañados de varias mujeres mal vestidas, exigieron entrar en el recinto con la excusa de registrar las dependencias de las monjas. Al abrirles la puerta entraron con muy malos modales y, aunque les garantizaron que no les harían daño, el terror paralizó a aquellas hijas de Dios que no estaban habituadas a los gritos y, mucho menos, a los cacheos a los que fueron sometidas sin ningún miramiento.

Algunos de aquellos hombres se dedicaron a destrozar todo lo que encontraban a su paso. Fuera de los muros se escuchaban voces de más de dos mil personas que proferían gritos en contra de las moradoras del convento.

Los guardias les aseguraron que todo aquel jaleo era motivado por la búsqueda de unos francotiradores que habían disparado desde una de las ventanas causando un muerto y dos heridos.  Aquello, en realidad, era una escusa y las monjas completamente asustadas no pudieron más que resignarse. Todas, menos una: Sor María Begoña de Urresti, la Abadesa del convento que puso a buen recaudo el Santísimo Sacramento con el que el resto de monjas comulgaron mientras imploraban ayuda a Dios.

Los asaltantes las obligaron a salir y dirigirse al huerto mientras incendiaban el complejo religioso; constatando, de esta manera, que se trataba de un acto vandálico orquestado por los llamados “rojos”. Para agravar la situación, caótica de por sí, muchos de los ciudadanos desde fuera de los muros gritaban exigiendo quemar vivas a las religiosas. Al oír esas consignas, las atemorizadas monjas  consiguieron abrir un agujero en el muro de la huerta y escapar por ahí. Afortunadamente, hubo vecinos que pudieron socorrerlas.

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ALGUNOS OFICIOS DE LAS BILBAINAS DE ANTAÑO

Muchos son los oficios que han desempeñado las bilbaínas a lo largo de la historia de la villa y, algunos, nos sorprenden en la actualidad por sus asombrosas características.

En el año 1566 uno de los más habituales del que hay constancia, era el de criadas. El Ayuntamiento aseguraba que había muchas mujeres «públicas» y sin hijos, por ello decretó un castigo de 200 azotes a las que no estuvieran sirviendo o casadas. Según esta ordenanza, parece ser que las mujeres solteras no gozaban de respeto por parte de la sociedad; ya que si no servían en una familia consideraban que se dedicaban a ejercer la prostitución. A finales del siglo XIX, treinta y cuatro de cada cien mujeres bilbaínas eran empleadas domésticas.

Otro oficio muy extendido y, utilizado por quien podía permitírselo, era el de las nodrizas también llamadas añas o amas de cría. A lo largo de los siglos estas mujeres amamantaron a innumerables bebés ajenos hijos de trabajadoras, madres solteras, prostitutas o elegantes damas. Existía un organismo municipal llamado Beneficencia Domiciliaria que contrataba a las nodrizas para que atendieran a los lactantes de familias sin recursos, quienes estaban obligadas a presentarse una vez al mes en las dependencias municipales para comprobar el buen estado de salud de los infantes. Las nodrizas cobraban por este servicio 25 pesetas mensuales.

Las beatas o freylas eran unas mujeres que organizaban los actos sociales de la villa como procesiones, matrimonios, nacimientos o funerales; además de ser las encargadas de mantener las iglesias en perfectas condiciones. Poco a poco fueron desapareciendo ya que comenzaron a acusarlas de mala vida y de lucrarse ilegalmente. A finales del siglo XVI aquellas freylas fueron sustituidas por los sacristanes.

Pero no todo eran trabajos considerados femeninos. Existieron, por ejemplo, las obreras de la construcción que lo mismo participaban en la edificación de la nueva sacristía de la iglesia de San Antón como se afanaban para reconstruir la villa tras cada “aguaduchu” o rellenando la zona del Arenal que, entonces, era una especie de marisma. El consistorio bilbaíno promulgó un mandato en el que exigía la colaboración de las mujeres de la villa para construir un muelle nuevo y evitar, así, las continuas inundaciones. Muchas féminas no estuvieron de acuerdo con el ejercicio de aquella dura labor y fueron sancionadas con una multa.

Estos son, solo, algunos de los oficios que las bilbaínas ejercieron voluntariamente o no; pero hubo muchos más.

(FOTO: BILBAOPEDIA)