EL CARGADERO

En el siglo XIX el aspecto de la ría de Bilbao no era como la conocemos actualmente. Había elementos que ya no existen, como el cargadero de Olabeaga.
Para muchos barcos que subían la ría para descargar el género, era difícil atracar en el Arenal; por lo que lo hacían unos kilómetros antes de llegar.
Las mujeres jugaban un papel fundamental en aquella tarea; tanto las sirgueras, quienes atadas a una cuerda acercaban la gabarra al muelle, como las cargueras que acarreaban los productos, generalmente mineral de hierro.
Con el objetivo de dar servicio a las varias minas del entorno la compañía ferroviaria construyó en 1894 un cargadero; de tal manera que el mineral llegaba en tren desde las minas Morro, Josefa, San Luis, María La Chica y Abandonada hasta los muelles de Olabeaga.
La construcción, la primera que se llevó a cabo, se trató de un espigón de madera colocado en perpendicular al muelle y que sobresalía unos seis metros del camino de las sirgueras por encima de las aguas de la ría. Se sujetaba con unas maderas clavadas en el fondo de la ría y en el muelle. Se formaba de dos plataformas: la más pequeña era para los empleados y la grande disponía de raíles para que las vagonetas con el mineral llegaran hasta el final, volcaran la mercancía y se deslizara por una tolva a la bodega del barco.


Este cargadero fue sustituido por uno de hormigón en la segunda década del siglo pasado; a la vez se cambiaron las vagonetas por unas cintas transportadoras que facilitaron el trabajo y aumentaron la capacidad de carga.
Cuando se creó el puerto exterior de Bilbao ya no tenía sentido el cargadero y ya hace varias décadas que desapareció. Solo nos queda el recuerdo en imágenes en blanco y negro como la que ilustra este texto.
Foto fechada en 1932 y propiedad de la Autoridad Portuaria de Bilbao.

UN LICOR MUY BILBAINO

Existen productos que por haberlos oído, visto o utilizado siempre, nos resultan tan conocidos que no se nos ocurre imaginar cuál es su origen, quién tuvo la idea.
En este post os hablaré de algo tan bilbaíno como el LICOR DEL POLO. Sí, amigos, es un producto imaginado, ideado y creado en nuestra villa.
Salustiano de Orive y Oteo nació en el pueblo riojano de Briones en el año 1842 en el seno de una familia de labradores. Siendo joven partió hacia Madrid para matricularse por libre en la Facultad de Farmacia, a la vez que trabajaba como repartidor de periódicos y telegrafista.


Un dolor de muelas le llevó a la consulta de un dentista quien le extrajo dos piezas y le cobró la cantidad de 38 reales. Cuentan que le dolió más esto último que el hecho de contar con dos dientes menos.
Fue entonces cuando decidió crear algún remedio para evitar que las piezas dentales se dañaran y, el lugar elegido para hacerlo fue, precisamente, Bilbao. Salustiano se instaló en la calle Ascao de nuestra villa en 1870 y abrió una farmacia donde comenzó a mezclar ingredientes naturales como el jengibre, la nuez moscada, el lirio o la pimienta negra, hasta que dio con un remedio al que bautizó como LICOR DEL POLO, en homenaje a su compañero de estudios Apolinar, al que siempre llamaban Polo. También influyó en el nombre el hecho de que varias plantas de la receta se utilizaban en el Polo Norte para combatir el escorbuto.

Cinco años más tarde de su llegada, Bilbao fue sitiada por los carlistas y él, que era muy consciente de la importancia de la publicidad, aprovechó la situación y proclamó a los cuatro vientos que su producto milagroso era “El licor de los bombardeos”, afirmación que caló hondo entre los bilbaínos.
No hay duda de que el elixir se vendía muy bien porque era mejor que los existentes hasta aquel momento y cuyas fórmulas se empezaba a sospechar que dañaban el esmalte de los dientes. Pero, de lo que tampoco hay duda, es que el riojano era un gran innovador en temas publicitarios, consiguiendo que en 1877 se vendiera su producto en treinta y ocho ciudades.

 

Cosechó muchos éxitos y premios con este colutorio
Dado el volumen que alcanzó la producción necesitó más espacio y tuvo que trasladarse primero a Llodio y después a Deusto.
No solo demostró ser un buen profesional creando el famoso colutorio, sino que supo ver las grandes posibilidades de venta con una buena publicidad y la originalidad de sus slogans en forma de versos que se imprimían en los periódicos de la época.
Salustiano se casó con Vicenta Ontiveros con la que tuvo cinco hijos. Tuvo otro hijo fuera del matrimonio quien heredó toda su fortuna, ya que con los primeros vástagos la relación no era muy fluida y se decía que solo deseaban su dinero. La herencia se revocó años después de fallecer Salustiano.
Pero, volviendo a los productos de aquel farmacéutico, cabe destacar que también comercializó colonia, jabón y polvos de talco. En la fábrica de Deusto sus trabajadores estaban muy bien considerados y él les construyó viviendas a las que instaló luz y agua potable, algo novedoso en aquellos tiempos.

Pero no todo fueron luces, también hubo sombras en la vida de Salustiano. La competencia era muy fuerte y se reflejaba en los anuncios en prensa con frases y calumnias entre unos y otros.
El riojano les acusó de haber plagiado su fórmula y los competidores le denunciaron por presentar pruebas falsas, lo que le llevó a ser desterrado de Bilbao y se refugió en su Rioja natal donde falleció en 1913.
Siete años más tarde la firma creó el jarabe Orive como remedio para la tos.
Como empresa innovadora siguió creando productos como el dentífrico en crema en un tubo en el año 1960 y con dos sabores: el normal y el de clorofila.
Desde 1992 la firma LICOR DEL POLO fue absorbida por la multinacional HENKEL en su filial española HENKEL IBÉRICA.
Quizá la próxima vez que vayáis a comprar estos productos de higiene dental os acordéis de aquel riojano que estudió Farmacia en Madrid y fundó su empresa en nuestra querida villa.

FOTOS DE INTERNET

UN CINE EN EL FRONTÓN

Muchos han sido los cines que, desgraciadamente, han desaparecido del panorama bilbaíno en los últimos años.
En este post os quiero hablar de uno en la calle Esperanza, que pasó a mejor vida a finales de los sesenta del pasado siglo.
Anteriormente y, curiosamente, este lugar había sido un frontón donde solo jugaban señoritas de buenas familias.
En 1918 y debido a que las jóvenes no se sentían a gusto siendo observadas por muchos hombres que se acercaban al frontón, cambió de actividad y, fue así, como se convirtió en el Cinematógrafo Metropolitano; aunque no era como conocemos hoy en día los cines. Su interior tenía el aspecto de un vagón de tren y, por las ventanillas, los espectadores disfrutaban de unas panorámicas de lugares como Roma, París o Londres. Aquella idea que hoy nos parece rocambolesca fue importada de una sala de Madrid y, mientras que allí gozó de mucho éxito, aquí no gustó tanto.
Fue en 1923 cuando los administradores del Salón Vizcaya adquirieron el local y lo transformaron en el CINEMA BILBAO.
Por menos de una peseta los espectadores tenían la posibilidad de ver las películas en sesión continua.
Algo más de mil personas ocupaban sus butacas de madera los fines de semana.
Durante la Guerra Civil, el local fue intervenido; se acusó de rojo al propietario y, de la gerencia, se hizo cargo el organismo del régimen franquista llamado “Prensa del Movimiento”. Lo transformaron en el Cinema del Soldado donde los jóvenes militares lo utilizaban como lugar donde reunirse, tomar algo en el bar o, simplemente, descansar.
Aseguran las crónicas de entonces que con tanta afluencia de gente el hedor era insoportable.


En el año 1940 la empresa Trueba S.A. adquirió este cine con el objetivo de proyectar las películas que ya habían sido estrenadas en las salas del Buenos Aires o del Trueba. El precio de la entrada era más económico y a muchos bilbaínos no les importaba ver las películas nuevas quince días más tarde.
La decoración no había cambiado desde sus inicios y eso no fue del agrado del público, por lo que comenzó a decaer la asistencia de espectadores.
Para colmo de males, el 9 de junio de 1966, una tormenta se cernió sobre el cielo de la villa y descargó más de cien litros por metro cuadrado. Con tanta agua el muro del túnel de la línea de ferrocarril de Las Arenas se vino abajo causando numerosos destrozos en la sala y anegando completamente el cine.
Afortunadamente no hubo daños personales, pero el estropicio fue tal que ya nunca más volvió a abrir sus puertas.
Veinte años más tarde, el Alcalde José Luis Robles inauguró el frontón de la Esperanza en ese mismo lugar.
La foto la he cogido de INTERNET.

UNA FALSA ALARMA DESEMBOCÓ EN TRAGEDIA

La tarde del 24 de noviembre de 1912 fue, sin duda, una de las más trágicas de la historia de nuestra villa. Una tarde que, después de tantos años, seguimos hablando de ella con tristeza e incomprensión.
A principios del siglo pasado no había tantas posibilidades de ocio como disfrutamos actualmente y el Teatro Circo del Ensanche era un lugar donde evadirse de los problemas, donde reír, llorar, soñar o dejar volar la imaginación viendo una de aquellas películas que se proyectaban en este local construido en madera en el año 1895 y que se encontraba en la Gran Vía no muy lejos de la actual plaza Moyua.
Era un lugar de encuentro para todo aquel bilbaíno que le gustaban los espectáculos modernos y las tecnologías que, poco a poco, iban llegando a Bilbao. Aquella sala había albergado, también, espectáculos circenses e, incluso, deportivos. Pero, en 1924 se dedicaba únicamente a la exhibición de películas en sesión continua desde las tres de la tarde hasta las doce de la noche, al económico precio de 10 céntimos; lo cual era un aliciente más para atraer al público infantil.


Esa fría tarde, el salón rebosaba de gente ansiosa por ver el film italiano titulado “¿Quién ha robado el millón?”
Pasaban unos minutos de las seis cuando se oyó una voz (algunos dicen que femenina) que gritó ¡¡FUEGO!! Una de las hipótesis que se barajó es la de que una mujer estaba siendo acosada por un hombre en la galería alta y por eso gritó.
Esa voz de alarma se extendió como la pólvora por toda la sala, la gente corría sin control, desesperados, dirigiéndose a una de las tres salidas. Los mayores pisoteaban a los más pequeños, los gritos eran desgarradores. Un grupo de guardias que se encontraban allí intentaron tranquilizar a la multitud pero fue imposible. Los supervivientes declararon a los medios, días más tarde, que fue un infierno.
La confusión y el pánico se apoderaron de todos los asistentes. Dos de las tres salidas permanecían cerradas y, entre varios hombres, lograron tirarlas abajo. Ya en la calle, el caos crecía. Alguien alertó a los bomberos que se presentaron con sus innecesarias mangueras.
Por fin, pudieron salir y a los heridos evacuarlos a las Casas de Socorro y al hospital de Basurto. El drama comenzó cuando los padres se acercaban a los centros de salud en busca de sus hijos para verificar si estaban vivos o muertos.
Desde Garellano se enviaron a muchos soldados para ayudar; los propietarios de coches los usaron para ayudar en el desplazamiento de las víctimas, las tabernas de la zona se convirtieron en improvisadas salas de curas. Pero, aquello no impidió que esa misma noche el balance fuera de cuarenta y dos niños fallecidos y dos adultos. Al día siguiente perdieron la vida otros dos pequeños.
El Alcalde, Federico Moyua, junto a su equipo municipal convocó un pleno extraordinario esa misma noche que terminó de madrugada, donde se acordó sufragar los gastos de los funerales y traslados hasta el camposanto de Vista Alegre en Derio y construir un gran mausoleo. El funeral se ofició en la Catedral de Santiago.
Tres días después de la tragedia, la comitiva fúnebre salió desde la Casilla hasta el ferrocarril de Lezama. Cuarenta y cuatro féretros blancos y dos negros desfilaron bajo las tristes miradas de cuarenta mil bilbaínos que quisieron acompañar en el duelo a aquellas destrozadas familias.


Se escucharon gritos y llantos de dolor durante todo el recorrido, también hubo muchos desmayos.
El Teatro Circo del Ensanche fue demolido en 1914 por orden del Gobernador Civil. La investigación realizada concluyó que el local no cumplía las normas de seguridad y que había más personas de las permitidas en aquel momento, pero jamás se llegó a saber quién dio aquella falsa voz de alarma.
En 1916, con el patrocinio del Ayuntamiento de Bilbao, se erigió un imponente mausoleo cubriendo la fosa donde reposan los cuarenta y seis fallecidos. Varios arquitectos municipales fueron los encargados del proyecto que realizaron los alumnos de la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao.


Actualmente, es uno de los rincones emblemáticos del cementerio de Vista Alegre.
Las fotos las he tomado de INTERNET.