HOSPITAL EN EL CLUB DEPORTIVO

El Club Deportivo situado en Alameda de Rekalde, fue concebido para albergar un centro deportivo donde, además de natación, boxeo o gimnasia se promocionaban otras iniciativas como el ajedrez, el montañismo o el famoso Circo Amateur del Club Deportivo.
Pero, en este post, os quiero contar algo menos lúdico sobre este emblemático lugar.
En diciembre de 1936 se instaló en este club el Centro de Venereología, Epidemiología, Parasitología y Especialidades.

EDIFICIO GENERAL
Los médicos Ezequiel Porto y José Luis Gallano Gondra dirigieron esta lucha contra estas infecciosas enfermedades junto con un equipo formado de otros dos médicos, parasitarios, practicantes, camilleros, enfermeras, radiólogos o técnicos de laboratorio entre otros.
Lo primero fue asistir a los cientos de militares aquejados de enfermedades venéreas y alejar a aquellas mujeres que consideraban fuente de contagios.
Otra de sus actividades fue la de controlar a las prostitutas, ya que se entendía que era la población de mayor riesgo.
Contaban con equipos sanitarios que trataban a los militares en sus posiciones contra los piojos, además de suministrarles una vacuna contra el tifus.
Más de seiscientos enfermos al mes eran atendidos en este centro deportivo reconvertido en hospital. Contaban con doscientas camas para aquellos que necesitaban hospitalización.
En la zona de la piscina se ubicaron a los infectados con parásitos.
También, los pacientes, eran tratados de otras dolencias como asma, bronquitis, neumonías, úlceras o diarreas.

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La picaresca era cosa habitual en este sanatorio provisional. Llegaban hombres que aseguraban encontrarse enfermos para librarse de sus obligaciones militares.
Los médicos debían evaluar su mal y no era una tarea agradable, ya que llegaron a condenar a alguno de los supuestos pacientes, por amenazas a los profesionales para que falsearan los informes.
Como veis, lo de “escaquearse” viene de lejos.

Fotos tomadas del blog de César Estornes.

EL FRONTÓN EUSKALDUNA

La calle Euskalduna fue el lugar elegido para inaugurar el catorce de Abril de 1895, el frontón de 2414 m2 del mismo nombre.
Originariamente, se practicaba cesta punta. Pero, al poco tiempo, se comenzó a jugar a pala; que, a pesar de no ser un juego muy de nuestra villa, enseguida se aficionaron los bilbaínos de entonces.

 

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El edificio que albergó esta cancha era muy elegante con almenas. Por dentro la decoración era de estilo árabe. Aseguraban, entonces, que copiado de la Alhambra de Granada.
Las piedras calizas eran de las canteras de Iturrigorri y Miravilla.
La cubierta de cristal de 6 milímetros de espesor paliaba un poco el efecto del sol.

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El suelo del frontón de losa arenisca se trajo desde las canteras cerca de Durango.
Aquí compitieron los mejores palistas de la época; hasta que llegó la guerra y lo destruyó una bomba en 1937.
Dos años después se reabre y, durante casi veinte años, se mantuvo en funcionamiento.

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Finalmente se cerró en 1957.

LECHEROS EN HUELGA

En asuntos de motines y protestas los bilbaínos de hace un siglo ya tenían sobrada experiencia.
Los motivos de sus quejas eran diversas y abundantes, pero especialmente preocupantes cuando afectaba al estómago de los habitantes de la villa.
Era un día de comienzos de diciembre de 1903, cuando alrededor de cincuenta vendedores de leche hartos de los impuestos exigidos por el Ayuntamiento, decidieron amotinarse en la plaza de los Santos Juanes e impedir a los aldeanos, que llegaban por Atxuri y Zabalbide, vender la leche que traían.
Hubo más que palabras y el saldo fue de cientos de litros derramados por el suelo y varios lecheros detenidos.
Tras este incidente, una gran parte de vendedores de los pueblos cercanos a la villa, se dieron cita en la anteiglesia de Begoña con la intención de advertir al Ayuntamiento que, mientras no decretara la anulación de los impuestos, ellos no se acercarían a Bilbao con sus productos agrícolas, su leche y que, incluso, dejarían de recoger la ropa sucia de los vecinos que solían lavar y entregarla después.

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Realizaron acciones con valentía y arrojo como cortar el paso al tranvía que llegaba de Durango a diario con un cargamento de leche para los enfermos del Hospital Civil.
Fue necesario que el Gobernador militar intercediera en este grave asunto para que los pacientes no se quedaran sin su suministro diario del producto lácteo.
El alcalde, dada la gravedad de estos hechos, decidió traer leche de Santander y poner a venderla a unos cuantos guardias municipales.
Aquello se estaba convirtiendo en un gran problema dado que la leche se consideraba un artículo de primera necesidad.

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La Guardia Municipal tuvo que actuar tanto para asegurar el reparto de leche en el hospital como controlando los accesos de la villa donde se apostaban algunos de los vendedores manifestantes para evitar que entrara a la villa la leche de Cantabria.
Como en todos los conflictos siempre surge la picaresca, en este caso, en forma de abuso, ya que hubo algún vendedor que la ofrecía el litro por el triple del precio.
Finalmente y, después de dos semanas de altercados, el Consistorio bilbaíno lo solucionó asegurando a los huelguistas que la exigencia del impuesto no era mensual como se creía hasta ese momento, sino anual.
No sabemos si realmente se habían equivocado o fue una manera de ceder a las presiones de los lecheros pero con la cabeza bien alta.
Sea como fuera, los bilbaínos volvieron a desayunar su tazón de leche.

EL MÁS ELEGANTE

Muchas veces he oído decir que la famosa canción de la elegancia del puente, se refiere al transbordador de la villa jarrillera.
Pues no; esta canción ya se hizo popular y era cantada por muchos bilbaínos antes de 1893, año en el que se inauguró el magnífico puente que une Portugalete y Las Arenas.
Corría el mes de junio de 1828 cuando Fernando VII y su esposa en ese momento, María Josefa Amalia, visitaron nuestra villa para realizar una inspección a los edificios más importantes con que contaba Bilbao. No dudaron en cruzar este nuevo puente de reciente construcción situado entre la Ribera y el ya desaparecido convento de San Francisco.
No era el primero de este tipo, ya que seis años antes, se levantó uno de similares características en Burceña.
Los dos puentes colgantes fueron obra de Antonio Goicoechea que fue el primer arquitecto europeo en utilizar esta técnica de construcción.
Al principio, esta pasarela de San Francisco que medía 60 metros de larga, se sujetaba con cadenas pero, con el tiempo, se sustituyeron por fuertes cables.

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Los bilbaínos estaban exultantes y orgullosos con este nuevo puente, tanto que popularizaron la ya famosa canción:
“No hay en el mundo puente colgante más elegante que el de Bilbao
Porque lo han hecho los bilbainitos que son muy finos y muy “salaos”.”
Era bonito y elegante, sí, pero no muy seguro; fueron varios los accidentes debido a su estructura y fue necesaria una continua labor de mantenimiento. Hasta que en 1874, en plena guerra carlista, una bomba terminó con él y con su elegancia.
Tiempo después fue construido otro de similar aspecto proyectado por Pablo Alzola.
Seguiremos escuchando la famosa canción y muchos seguirán asegurado que se refiere al Puente Vizcaya. No importa, hay suficiente elegancia para los dos.