EL OTRO SAN MAMÉS

Cuando los bilbaínos hablamos de San Mamés todos sabemos que se trata del campo de fútbol también conocido como La Catedral. Pero, no es el único estadio denominado así.
En el pueblo onubense de Aroche existe un campo llamado como el nuestro y, por el mismo motivo, es decir: por situarse cerca de la ermita del mismo nombre, patrón del pueblo.

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Este municipio tiene una población de 3000 habitantes y todos son aficionados a su club de Fútbol: El Aroche, fundado en el año 1927.
Al principio jugaban en Llano de la Torre para, posteriormente, trasladarse a lo que ahora se conoce como el viejo San Mamés, ya que, desde 2006 los partidos se disputan en el nuevo San Mamés.
En dimensiones e instalaciones nada tiene que ver con el de Bilbao, puesto que ellos son un equipo más modesto pero, en afición e ilusión no se diferencian mucho de la de los bilbaínos.

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Otra cosa en común con nosotros es uno de los colores de su equipación: el rojo de su camiseta. Sin embargo, el pantalón es azul y no negro como el de los leones.
Una curiosidad de este estadio es que en él se juegan muchos partidos solidarios que le da, todavía, un carácter más especial.
Si vais algún día por esta zona de la provincia de Huelva no dudéis en acercaros hasta el campo de San Mamés.
Las fotos las he tomado de Internet.

PICHICHI EN BRONCE

En Bilbao son muchas las estatuas famosas por uno u otro motivo, pero si hay una a la que se profesa un cariño muy especial es, sin duda, el busto del primer goleador de nuestro equipo de fútbol.

El monumento a Pichichi se colocó por primera vez en la grada de la Misericordia del campo de San Mamés el 8 de diciembre de 1926.

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Su autor, Quintín de Torre, nacido en Bilbao en 1877 se formó en la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad.
Viajó a París para continuar su formación con becas tanto del Ayuntamiento de la villa como de la Diputación de Vizcaya.
Fue el fundador y presidente de la Asociación de Artistas Vascos de Bilbao.
Residió largas temporadas en el pueblo burgalés de Espinosa de los Monteros y, en octubre de 1966, falleció en su casa del barrio de Irala.
Mantuvo una estrecha relación con Miguel de Unamuno; por ello, aceptó de buen agrado, el encargo por parte del entonces presidente del Athletic Club Ricardo de Irezabal, de realizar un busto en la memoria del que fue sobrino nieto del gran escritor.
Para sufragar los gastos, los socios y muchos que no lo eran, aportaron una cantidad de dinero que, finalmente, no fue suficiente y el Club rojiblanco pagó lo que faltaba.

En pocos meses, Quintín de la Torre concluyó el busto en bronce negro de aquel jugador que falleció por las fiebres que le produjeron la ingesta de unas ostras en mal estado.

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El busto se colocó de espaldas a la Casa de la Misericordia sobre un pedestal.
Se organizó un partido del Athletic contra el Arenas de Getxo para festejar el solemne acto de inauguración, en el que no faltaron coronas y ramos de flores en honor de tan insigne deportista que ha dado nombre al título del máximo goleador de la liga de fútbol.
Por supuesto, no faltaron las reseñas en todos los periódicos de Bilbao y Bizkaia.
En 1953 se cambió de ubicación al busto de Pichichi cuando se construyó la tribuna principal. También en 1982, mientras se reformó el estadio para acoger los encuentros del Mundial de Fútbol, fue necesario reubicarlo.
Y, por tercera vez, el busto se movió cuando se derribó el antiguo San Mamés para acometer la obra del nuevo campo de fútbol.
Actualmente, este busto tan venerado, se encuentra en la salida del túnel de vestuarios.
Es allí donde se dirigen, según marca la tradición, los capitanes de los equipos que pisan el césped de la “Catedral” por primera vez, para realizar una ofrenda floral como respeto y admiración por el que fue una figura de la historia de nuestro club.

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Fotos tomadas de Internet.

EL PÁJARO ROJO DEL ATHLETIC

Los jugadores del Athletic, como los de tantos clubs de fútbol, utilizan para desplazarse en recorridos cortos un autobús que, hoy en día, dispone de muchas comodidades, pero no siempre fue así.
Entre 1894 y 1910 se jugaba al fútbol en las campas de Lamiako y hasta allí, tanto los futbolistas como los aficionados, debían llegar en tren. Lo curioso no es el medio, sino lo que debían hacer cuando alcanzaban su destino. Deportistas y espectadores debían tirarse de los vagones en marcha porque no existía apeadero. Afortunadamente, el maquinista siempre reducía la velocidad; aunque no por ello aquel acto tan arriesgado dejaba de tener su peligro.
Pero, no siempre podían utilizar el tren como medio de transporte para sus desplazamientos. A veces debían alquilar automóviles.
En 1948, los hermanos Arechederra, empresarios vizcaínos emigrantes en Méjico y grandes aficionados al deporte rey, regalaron al Club un autobús con todas las prestaciones de aquella época, que enviaron por barco desde Méjico.
Se llevó a la fábrica SEIDA de Zorroza para que, allí, se le pusiera la carrocería convenida roja y blanca.
En su interior acomodaron diecisiete butacas grandes, cuatro más normales y, hasta una cama reversible.
Tras cinco meses de montaje, el “Pájaro rojo”, como ya se le conocía, fue bendecido por el capellán del Club, Cesáreo Urgoiti y, tras el aperitivo ofrecido por el presidente José María Larrea al que asistieron los hermanos Arechederra entre otras personalidades, se realizó el primer viaje hasta Munguía y Plencia.
Dos días después era el momento de ponerlo a prueba con un traslado más largo. Debían ir a Oviedo a disputar un partido.

Salieron a las ocho de la mañana, comieron en Torrelavega y, a las siete de la tarde, llegaron a la capital asturiana. Todo un día de viaje debió hacer mella en los deportistas, ya que perdieron por 6-3.

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José Luis Huesa era el chófer de aquel autobús en el que tantas historias durante tantas horas, se vivieron. José Luis era una institución en el club y conocedor de muchos secretos y jugosas anécdotas, pero era un hombre bueno y discreto que gozaba de la confianza de todos.
Dos semanas después el “Pájaro rojo” se puso de nuevo en marcha, esta vez para arribar a tierras gallegas.
Entre las historias que se cuentan destaca el cenicero siempre lleno en el asiento de Venancio, que Carmelo era el que siempre subía el primero y que Uribe era el más rezagado.
El navarro Serafín Arteta deleitaba a sus compañeros cantando jotas de su tierra.
José Luis Artetxe ponía la nota de humor contando chistes que hacía desternillar de risa a sus colegas.
En tantas horas les daba tiempo para todo, incluso para las apuestas.
En sus viajes a Madrid instauraron dos premios de dos y de cinco duros para quien adivinara cuántos burros encontrarían en la zona de Pancorbo y cuánto tiempo le llevaría al “Pájaro rojo” subir el puerto de Orduña.
Se dice que Piru Gainza era el que frecuentemente acertaba con el tiempo porque se aliaba con el chófer y este sincronizaba bien la aceleración o la frenada para llevarse las ganancias a medias.
También pasaron vicisitudes más duras como la fuerte tormenta que se desató durante media hora camino de Alcoy. El transporte del equipo bilbaíno no se detuvo y se portó como un campeón digno de nuestro club.
Una cosa que les entretenía y que, en aquella época, era un lujo, fue la radio y los dos altavoces colocados en el interior del “Pájaro rojo”.
Mucho ha cambiado la manera de trasladar jugadores pero, quizá, esta fue mucho más entrañable.

PIRU, OTRA LEYENDA MÁS.

Agustín Gainza Vicandi, por todos conocido, como “Piru” Gainza nació en la primavera de 1922 en el pueblo de Basauri.
Desde niño su afición por el deporte rey le llevo a jugar en las categorías inferiores del Athletic hasta el año 1940 que pasó a ser parte de la plantilla rojiblanca.
Ejerció como capitán durante varios años en el equipo bilbaíno, consiguiendo dos ligas y siete copas.
Su pierna izquierda era una máquina de marcar goles como los ocho que anotó en un partido de copa, convirtiéndose en el único jugador que lo ha conseguido en esta competición.

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Debutó en la selección española en el año 1945 y jugó hasta en 33 ocasiones.
En una final que debían jugar contra el Real Madrid, Franco, no quería que se jugara en otro lugar que no fuese Madrid y, además, en el Santiago Bernabéu. El Athletic barajaba la posibilidad de ir a Barcelona o de disputar el partido en el campo del Atlético pero, el caudillo, no estaba dispuesto a viajar. Preguntado a Gainza por este tema, propuso quedarse en el Bernabéu, porque les daría más fuerza y, aseguraba, ganarles en su campo tendría más mérito.
Efectivamente, así fue como consiguieron aquella Copa del Generalísimo.
Terminó su vida futbolística en el terreno de juego al final de la temporada 1958-1959.
Pero no se desligó del todo ya que, desde 1965 hasta 1969, fue entrenador del Athletic al que llevó a conseguir una Copa del Rey y dos subcampeonatos de liga.
También trabajó como ojeador para el equipo y llegó a cosechar una gran amistad con Javier Clemente.
El 6 de enero de 1995, sus ojos se cerraron para siempre. Con él se fue otra leyenda más de nuestro equipo.

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