PALACIO LOBIANO

Edificado a mediados del siglo XVI en un estilo renacentista, el palacio Lobiano de Ermua posee numerosos elementos decorativos y ostentosos con el objetivo de mostrar el poderío social y económico de sus habitantes.

Los primeros propietarios de este palacio fueron don Rodrigo de Lobiano y su esposa, María de Aguirre, quienes formaron una familia con sus cuatro hijos más el bastardo de don Rodrigo: Francisco, quien, con el tiempo, se convirtió en uno de los hombres más relevantes del País Vasco del siglo XVI. Conocido armador de barcos se dedicaba, además, a adquirir mineral de hierro de las minas de Bilbao que embarcaba rumbo a Sevilla donde lo vendía y, con aquel beneficio, compraba sal que transportaban en ese mismo barco a Terranova, en Canadá. Allí la utilizaban para aderezar el bacalao que capturaban los marineros vascos. Tras una estancia de varios meses, regresaban con el bacalao para venderlo en Bizkaia. Sin duda, era todo un negocio.

Don Francisco, a quien no quisieron reconocer sus privilegios por ser hijo ilegítimo, acabó siendo el propietario del palacio debido a que su hermano mayor y sus tres hermanas fallecieron. El testamento exigía que la elegante residencia se utilizara como convento. Sin embargo, don Francisco se trasladó allí junto con su esposa e hijos. La Orden de Santo Domingo lo denunció por no haber acatado aquella última voluntad de sus familiares y, finalmente, acordó que las religiosas recibirían una cantidad de dinero de la herencia para construirse un convento. En ese tiempo, don Francisco murió y fue su hijo quien permitió a las monjas habitar en el palacio mientras él mismo gestionaba aquel capital destinado al nuevo cenobio. Pero, faltó a su palabra y las monjas, tras no recibir el dinero convenido, se trasladaron a otra casa, quedando, de nuevo, el palacio para los Lobiano.

Posteriormente, fue Isabel, hija de don Francisco quien lo alquiló. Y así iba pasando de manos en manos y perdiendo poco a poco la categoría que tuvo en sus inicios, siendo incluso utilizado como establo. Hasta que, a finales del siglo XX, el Ayuntamiento de Ermua lo adquirió y reformó, transformándolo en la Casa de Cultura.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA

LA PASIÓN DE ARKOTXA

Cada año, el jueves y viernes Santo, el barrio Arkotxa de Zaratamo se convierte en un gran escenario donde se representa la Pasión Viviente de Cristo. Más de cien vecinos, tras varios meses de ensayos, se meten en la piel de personajes como Jesús, la Virgen, Pilatos, Herodes o Judas, entre otros. El jueves por la noche se celebra la Última Cena y el viernes por la mañana la representación se inicia en la iglesia de San Vicente Mártir, donde apresan al hijo de Dios para luego dirigirse a otros puntos del barrio donde, previamente, han instalado unas estructuras decoradas para la ocasión. Cada actor interpreta a la perfección su papel representando con fidelidad los últimos días de la vida de Cristo. Tras el juicio comienza el Vía Crucis desde el parque Olagane hasta el punto donde lo crucifican. Solo hace falta mirar el rostro, tanto de los intérpretes como de los asistentes al evento, para apreciar la emoción reflejada en ellos.

Esta tradición se remonta al año 1968 cuando en el barrio coexistían dos mundos culturalmente muy distintos. Por un lado, las personas originarias de otras ciudades o pueblos que habían llegado para trabajar en la fábrica de explosivos La Dinamita. Y, por otro, los vizcaínos contratados por la empresa Pradera Hermanos. Existía una rivalidad entre los dos grupos que, poco a poco y gracias al párroco Flavio Bujanda que aportó la idea de recrear la Pasión, fue desapareciendo.

En la actualidad se ha convertido en una seña de identidad del barrio y, cada año, cientos de visitantes disfrutan de esta cercana y tradicional representación de los relatos bíblicos que, además, posee un gran valor sociológico sujeto al concepto de vecindad. Y si preguntas a los implicados te dirán que no solo es una representación teatral; sino que es un compendio de sentimientos transmitidos de padres a hijos. Incluso hay escenas donde miembros de la misma familia actúan juntos. Desde sus inicios únicamente se ha suspendido en tres ocasiones: en 2019 por falta de compromiso de algunos vecinos y las dos siguientes por la pandemia de la Covid-19.

PAPELERA DEL CADAGUA

 En el año 1878, Enrique de la Quadra-Salcedo, propietario de un molino harinero, decidió darle otro uso y dedicarlo a la fabricación manual de papel para liar cigarrillos. Fundó una empresa a la que bautizó con el nombre de La Carolina, en consideración a su madre Carolina Zabálburu e Ybarra. Más tarde, en 1892, fue renombrada como Papelera del Cadagua para, finalmente en 1901, pasar a denominarse Papelera Española con un capital de veinte millones de pesetas y catorce mil empleados. Esta nueva sociedad nació fruto de la agrupación de otras papeleras como la del Cadagua, la Vizcaína, la Guipuzcoana, la Navarra y Laurak-Bat, entre otras. Enrique de Aresti, importante hombre de negocios y político, junto con Rafael Picavea, político y periodista propietario del diario EL PUEBLO VASCO, consiguieron la unión de estas empresas exponiendo las ventajas económicas que conllevaría la fusión. Además, nombraron director general a Nicolás de Urgoiti, empresario vinculado al mundo editorial y periodístico.

Situada en Aranguren, perteneciente al municipio de Zalla, la papelera mejoró notablemente la vida de los vecinos; ya que supuso una gran transformación de la zona con la construcción de viviendas como residencia para los trabajadores procedentes de diversos lugares de España. La empresa tenía muy en cuenta la dimensión social y, por ello, crearon escuelas para los hijos e hijas de los obreros; además de una casa de socorro y un economato. También se habilitaron varios huertos y jardines.

Desde sus inicios, la Papelera Española fue renovando su actividad y no solo se dedicó al papel para tabaco; sino, también, a producir cartón, cartulinas, papel para escribir y sacos que exportaban a diferentes países. Como en cualquier fábrica, con el paso del tiempo se fueron remodelando las instalaciones y dotándola de nuevas tecnologías para ofrecer mejor género. A pesar de ello, en 1994 las pérdidas económicas ascendían a más de seis mil millones de pesetas. Cuatro años después la empresa entró en quiebra.

Algunos de los edificios que vemos en la actualidad son originales de finales del XIX; otros, sin embargo, datan de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA