UNA MAÑANA EN LA ARBOLEDA

Primer sábado del mes de noviembre. Luce el sol y la temperatura es cálida.
Me apetece realizar una pequeña excursión por nuestro entorno.
¿Dónde voy?
Hace mucho tiempo que no subo a la Arboleda. Será un buen lugar para desconectar y pasear.

Decido ponerme ropa cómoda y dirigirme hacia allí.
Algo más de veinte kilómetros separan Bilbao de mi lugar elegido para desconectar de la ciudad; un lugar mágico lleno de historia industrial y de historias personales.
Veinte minutos después me encuentro en el pueblo de Trapagaran.
Una vez allí se puede subir en coche o en funicular.

Desde ese punto hasta arriba son seis kilómetros de curvas, mientras que si llegas en el funicular tardas menos pero te deja a un kilómetro del pueblo.
El funicular fue construido en 1926 para trasladar a lo más alto a tantos trabajadores y a los camiones que transportaban el mineral.
Opto por continuar en mi automóvil hasta la cima.
La Arboleda ya no hace honor a su nombre; son pocos los árboles que quedan ya que, a partir del siglo XIX, comenzó el gran desarrollo industrial en la zona y fueron desapareciendo.
Enclavada en los montes de Triano, La Arboleda, es un lugar muy frecuentado por montañeros, familias con niños y todo aquel que desee alejarse de la civilización y relajarse paseando por donde hace años hubo tanta actividad.

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Fue un pueblo minero, de su suelo se extraía mineral de hierro que, aunque ya se hacía de manera artesanal en tiempos remotos, fue a finales del siglo XIX cuando adquirió mayor auge. La actividad terminó entre los años 60 y 70 del pasado siglo.
El poblado de la Arboleda en sus principios se componía de barracones para dar cobijo a los trabajadores. Poco a poco se fueron construyendo casas en torno a su plaza.
Hubo hasta veinticuatro comercios hosteleros, hospital, escuela y hasta un cuartel de la Guardia Civil, cerrado desde los años 70, que se encargaba de mantener el orden en aquella variopinta comunidad.

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Pocos vestigios quedan ya de ese pasado industrial pero una visita al Museo Minero nos hará retroceder más de un siglo.

Los antiguos pozos han sido reconvertidos en lagos de aguas azules para disfrute de pescadores, rodeados de un verde paisaje, áreas recreativas y esculturas, muchas esculturas.

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El coche lo estacioné en el aparcamiento gratuito antes de llegar al pueblo y por un paso debajo de la carretera accedí a Meatzalde Goikoa Parkea, un museo gigante al aire libre que desde 2008 luce más bonito con las dieciocho esculturas de diferentes artistas vascos

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Han sido muchos los detractores e incluso los vándalos que les ha molestado esta expresión artística, sin embargo, a mí me ha encantado. Me parece una maravilla combinar arte con paisaje e historia.
Sorprende ver caballos allí, alrededor de las obras de arte, observando a los turistas, protegiendo su hábitat.

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Además de estos monumentos, la zona se ha reconvertido en un espacio para el esparcimiento con zonas infantiles, deportivas y mobiliario para sentarse a comer una buena tortilla.

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Antes de regresar a casa un tentempié en una terracita de la plaza.

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¡Qué mañana más fantástica pasé! Estos son los verdaderos placeres de la vida.

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5 pensamientos en “UNA MAÑANA EN LA ARBOLEDA

  1. Hola Esme, que bien cuentas todo, eres un libro abierto y todo fácil de entender, palabras usuales, no he ido nunca a La Arboleda, es raro que una bilbaína no haya ido pero es la verdad, pero con las fotos ya he conocido algo. Muxusss guapa

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