PALACIO DE LAS BRUJAS

Son muchas las leyendas alrededor de este palacio inacabado situado en una colina del barrio de Amezaga en el municipio de Güeñes. Su nombre oficial es Palacio de Hurtado de Amézaga, aunque se le conoce como Palacio de las Brujas. Una de esas historias nos transporta al siglo XVII cuando el señor Baltasar Hurtado de Amézaga, soldado valeroso e intrépido, fue nombrado Marqués de Riscal por el rey Felipe V en reconocimiento a sus servicios. El recién estrenado noble, en agradecimiento, tuvo la idea de invitar al monarca a alojarse unos días en su vivienda; ofrecimiento que el soberano rechazó argumentando que, en toda la zona, no existía una morada adecuada y digna para cobijar a un rey.

El señor Hurtado de Amézaga se sintió tan humillado que decidió reformar su casa solariega y comenzar la construcción de un palacio apropiado para hospedar a tan distinguido invitado y a todos cuantos vinieran. El encargado de tan relevante proyecto fue el reconocido arquitecto guipuzcoano Martín de Zaldua, muy influyente en la arquitectura vasca de aquella época. Desafortunadamente, el marqués no llegó a verlo terminado porque falleció en Flandes un tiempo después y las obras se detuvieron para siempre; ya que había dejado escrito en su testamento que, si a él le sucedía una desgracia, el palacio jamás pudiera terminarse ni venderse.

Otra de las historias que se cuentan está envuelta en un halo de misterio. Se dice que uno de los hijos de la familia Hurtado de Amezaga falleció y sus ropas se las regalaron al niño de una familia vecina que tenía su misma edad. Al poco tiempo, aquel pequeño murió, también. La desdichada madre enloqueció y sus gritos atormentados se escuchaban por las inmediaciones del palacio. Incluso, los lamentos continuaron cuando la desconsolada mujer murió.

En cuanto al edificio inconcluso está diseñado en un estilo barroco. Para su construcción se emplearon piedras calizas de sillería y su estructura recuerda mucho a la arquitectura militar. Es de planta rectangular y carece tanto de tejado como de cristales en sus ventanas. En la actualidad se utiliza como nave para almacenar productos agrícolas.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA

 

 

SANATORIO DE GORLIZ

A finales del siglo XIX la tuberculosis se convirtió en un serio problema de salud. Bilbao era uno de los principales núcleos de Europa afectados por la peste blanca, donde hubo muchas más muertes que en capitales como Madrid o París. Había que poner fin a esta enfermedad que se cebó, sobre todo, con los más pequeños y con los adolescentes, causándoles graves problemas en las articulaciones y, en muchos casos, la muerte.

Para ello, Luis de Salazar y Zubía, presidente de la Diputación de Vizcaya, decidió en 1909 crear una institución que acogiera a todos aquellos enfermos. El médico Luis Larrinaga Maurolagoitia, apoyado por sus colegas Enrique Areilza y Felipe Llano, realizó un amplio estudio sobre cómo debía ser ese lugar. Se determinó que se construiría cerca del mar por los beneficios que eso conllevaba. Mario Camiña fue el arquitecto encargado del proyecto que contaba con cinco pabellones independientes; siendo el hospital, de planta horizontal y con vistas a la playa, el eje central. Se completó el conjunto con un lazareto, una capilla, una cocina, un comedor, un edificio para contagiosos y la residencia del servicio y de las Hermanas de la Caridad que atendían a los pacientes.

En este inmueble modernista predominaban las estancias con grandes ventanales por donde entraba la luz del sol; así como unas terrazas amplias donde sacaban a los pacientes en sus propias camas. Estas particularidades fueron decisivas en el diseño del sanatorio, que trataba de aplicar la higiene y la ventilación como elementos fundamentales en la curación. Se inauguró el 29 de junio de 1919 con un coste de cuatro millones de pesetas, incluido el mobiliario y los equipos médicos.

Se organizaron dos comisiones para administrar el centro. Por un lado, la Comisión Permanente y, por otro, la Junta de Damas del Patronato formada por mujeres de familias bien situadas quienes, altruistamente, recaudaban donativos para sufragar los gastos del hospital y, además, supervisaban la correcta gestión de los fondos.

A nivel internacional, aquellos métodos de curación beneficiándose del sol y de la brisa marina encumbraron al Sanatorio, alcanzando gran relevancia. Incluso, recibió un premio en la Exposición Internacional de Higiene de Roma en el año 1912. Durante el último siglo han sido varias las reformas hasta conseguir el magnífico hospital actual que pertenece al  Servicio Vasco de Salud-Osakidetza.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA

COLONIAS DE SUKARRIETA

La historia de este lugar comienza cuando el naviero Ramón de la Sota compró un solar en Sukarrieta, junto a la desembocadura del río Oka en la reserva de la biosfera de Urdaibai, para edificar una residencia dedicada a alojar a los pescadores y marineros ancianos. Iba a ser su hija la que colaboraría activamente en este asilo que llamarían Ama Begoñako Etxia. Desafortunadamente, en 1922 un accidente de coche a la altura de Islares en Cantabria segó la vida de la joven Catalina que viajaba hacia Santander con un capellán y el chófer. Debido a la tragedia, su padre no tuvo el ánimo de seguir con el plan, por lo que vendió el terreno con lo urbanizado hasta ese momento a la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao que lo convirtió en una colonia escolar para disfrute de los más pequeños durante el período estival.

El reconocido arquitecto Ricardo Bastida fue el encargado de ponerse al frente de tan importante proyecto y, el 13 de agosto de 1925, se inauguró la Colonia Infantil Nuestra Señora de Begoña con la bendición del obispo. En los años posteriores, el complejo escolar-sanitario fue ampliado con la construcción de otros edificios y la torre del reloj.

En aquellos tiempos, la sociedad comenzaba a preocuparse por la salud de los niños y de las niñas cuyos padres trabajaban en la industria siderúrgica y minera y llevaban una existencia con grandes carencias, problemas de hacinamiento y de salubridad. La alimentación se consideraba prioritaria por lo que se les preparaba platos tan saludables que los informes médicos al regresar a sus domicilios siempre indicaban que habían ganado peso.

Las estancias durante los años siguientes a su fundación eran, normalmente, de tres meses en tandas de cien niños: cincuenta por género. Lamentablemente, la Guerra Civil acabó con esta institución y las instalaciones se utilizaron para albergar un hospital militar. Tras el fin de la contienda retomó su actividad; aunque, según cuentan, nunca fue tan floreciente como en su primera época.

En la actualidad dispone de un área de 78000 metros cuadrados en la que destaca una zona agropecuaria con el fin de fomentar en la infancia el respeto por la naturaleza y facilitando su aproximación a la ecología. Esta obra social de Kutxabank es merecedora de reconocimiento como patrimonio cultural gracias a los valores sociales, históricos, paisajísticos, científicos y sentimentales.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA