COLONIAS DE SUKARRIETA

La historia de este lugar comienza cuando el naviero Ramón de la Sota compró un solar en Sukarrieta, junto a la desembocadura del río Oka en la reserva de la biosfera de Urdaibai, para edificar una residencia dedicada a alojar a los pescadores y marineros ancianos. Iba a ser su hija la que colaboraría activamente en este asilo que llamarían Ama Begoñako Etxia. Desafortunadamente, en 1922 un accidente de coche a la altura de Islares en Cantabria segó la vida de la joven Catalina que viajaba hacia Santander con un capellán y el chófer. Debido a la tragedia, su padre no tuvo el ánimo de seguir con el plan, por lo que vendió el terreno con lo urbanizado hasta ese momento a la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao que lo convirtió en una colonia escolar para disfrute de los más pequeños durante el período estival.

El reconocido arquitecto Ricardo Bastida fue el encargado de ponerse al frente de tan importante proyecto y, el 13 de agosto de 1925, se inauguró la Colonia Infantil Nuestra Señora de Begoña con la bendición del obispo. En los años posteriores, el complejo escolar-sanitario fue ampliado con la construcción de otros edificios y la torre del reloj.

En aquellos tiempos, la sociedad comenzaba a preocuparse por la salud de los niños y de las niñas cuyos padres trabajaban en la industria siderúrgica y minera y llevaban una existencia con grandes carencias, problemas de hacinamiento y de salubridad. La alimentación se consideraba prioritaria por lo que se les preparaba platos tan saludables que los informes médicos al regresar a sus domicilios siempre indicaban que habían ganado peso.

Las estancias durante los años siguientes a su fundación eran, normalmente, de tres meses en tandas de cien niños: cincuenta por género. Lamentablemente, la Guerra Civil acabó con esta institución y las instalaciones se utilizaron para albergar un hospital militar. Tras el fin de la contienda retomó su actividad; aunque, según cuentan, nunca fue tan floreciente como en su primera época.

En la actualidad dispone de un área de 78000 metros cuadrados en la que destaca una zona agropecuaria con el fin de fomentar en la infancia el respeto por la naturaleza y facilitando su aproximación a la ecología. Esta obra social de Kutxabank es merecedora de reconocimiento como patrimonio cultural gracias a los valores sociales, históricos, paisajísticos, científicos y sentimentales.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA

COLONIAS EN ARTXANDA

En el año 1941 el Ayuntamiento quiso ayudar a las familias que atravesaban dificultades económicas en aquella época de la posguerra y, para ello, organizó unas colonias de verano.
Seiscientos niños y seiscientas niñas fueron los beneficiarios de esta lúdica y educativa actividad.
Separados por sexo, cada grupo disfrutó un mes de aquella posibilidad que ofrecía el Consistorio Bilbaino.
Iban por la tarde, después de comer.
El punto de reunión era la estación del funicular para, desde allí, ascender a Artxanda.
Subían en el “funi” y allí les esperaban unas horas de aprendizaje, diversión, risas, merienda y aire sano.
Los mayores hacían las veces de monitores con los más pequeños, ya que la edad de estos niños oscilaba entre los 7 y los 15 años.
Al llegar lo primero era izar la bandera y al marchar la arriaban.
Cumplido el acto protocolario, se sentaban bajo la sombra de los pinos a realizar actividades que no implicaran esfuerzo físico, ya que el calor era insoportable.
Recibían clases, leían, se divertían con juegos de palabras o de mesa y recitaban poesías
Se les impartía clases de religión y rezaban el rosario todos los días.
La nota musical corría a cargo de un coro que ensayaba a diario canciones regionales.
Cuando la fuerza del sol disminuía, comenzaban los juegos más activos como saltar a la cuerda, montarse en los columpios, practicar balompié o tiro con chimberas (Esto solo los chicos)
Gimnasia y danzas regionales eran más propias de las niñas.
Así transcurrían las horas y aquellos chavales disfrutaban juntos, aprendían y compartían conocimientos y risas pero, sin duda, el mejor momento, el más esperado, era la hora de la merienda; merienda que consistía en una ración de pan al que añadían embutido, queso con membrillo o sardinas en aceite, unas onzas de chocolate y un vaso de agua que subían en garrafas todos los días desde Bilbao porque las fuentes de Artxanda no daban garantías de salubridad.
Años después se incorporó un vaso de leche sustituyendo al de agua.
Los colonos, como así se les conocía, engordaban en esos días una media de 754 gramos que los organizadores achacaban a la buena merienda.
El último día de las colonias preparaban exhibiciones de coros, danza y gimnasia. Además, en aquella jornada, degustaban una merienda especial.
Así se entretenían aquellos jóvenes bilbaínos de los años 40.
Mucho ha cambiado la manera de disfrutar de una tarde en el monte, pero lo que se mantiene igual es un buen bokata de chocolate o de queso con membrillo.

Artxanda_01