UN PROYECTO HIGIÉNICO

En 1905 un nuevo proyecto se presentó al Consistorio bilbaíno de la mano de un joven arquitecto al que le debemos muchos edificios de la villa: Ricardo Bastida.

Se trataba de un plan moderno con un fin social: la construcción de unos lavaderos. Serían unos locales diseñados para garantizar la salud pública. En muchos hogares se requería un gran esfuerzo para lavar algún tipo de prendas por su complejidad o volumen. Además, era totalmente insalubre que se secaran en el interior de las viviendas debido a la humedad.

Por tanto, el hecho de llevar la ropa sucia a un lugar habilitado para ello, en el que el proceso de lavado pasaba por varias fases y, donde el secado, se realizaba en unos patios espaciosos y bien aireados, era un signo de progreso y aseguraba la salud de los bilbaínos.

También el beneficio repercutía en las lavanderas, ya que, las trabajadoras de los lavaderos predecesores de estos nuevos, cobraban 1,25 pesetas por manta, 0,25 pesetas por sábana y 0,75 pesetas por funda de colchón. Pero, las empleadas de los nuevos locales, obtendrían un mayor rendimiento ya que trabajarían en condiciones más ventajosas.

77000 pesetas era la cantidad estimada que costaría a las arcas municipales la construcción de este “invento” que, como bien sabemos, se llevó a cabo.

El primero que se edificó fue en Alameda San Mamés; después vendría el de la calle Castaños.

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Tanto uno como otro ya no existen para tal fin pero nos quedan sus fachadas y las múltiples historias y anécdotas que muchos recordarán de oírlas a sus abuelos.

EL ARGALARIO

Los días que amanecen soleados y con buena temperatura debemos aprovecharlos porque ya sabemos todos cómo es la climatología en nuestra tierra.
Domingo de junio decido subir al monte Argalario perteneciente a los montes de Triano y, para ello, voy dirección Retuerto (Barakaldo) y, de allí, dirección el Regato.Antes de llegar al Polideportivo de Gorostiza tomo el camino de la derecha entre casas.
Comienza el ascenso, curva tras curva. Es importante ir con precaución ya que es una zona de mucho ciclista.
Después de unos minutos llego a una explanada muy grande donde estaciono mi coche.
Allí, en lo más alto del monte Mendibil, una monstruosa antena repetidor de televisión afea bastante el paisaje pero, sin ella, muchos bizkainos no veríamos la televisión.

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Me dirijo hacia ella disfrutando del entorno y de las vistas hacia Bilbao, hacia el mar y hacia los diferentes montes de alrededor.

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Las vacas con sus cencerros ponen la banda sonora a una mañana tranquila y soleada.
Continúo el camino dirección la Arboleda y, es entonces, cuando decido tomarme un respiro sentada en la hierba, mientras una vaca pasa muy cerca de mí como si quisiera saludarme o avisarme de que aquel es su territorio.

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La vista al pequeño pueblo minero es absolutamente fantástica. Desde aquí puedo divisar a mucha gente alrededor de los lagos disfrutando de la mañana de domingo. También puedo ver las esculturas de las que ya os hablé hace unos meses en otra entrada aquí, en el blog.

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Es hora de volver al aparcamiento. En mi camino se cruza un potrillo al que quiero acercarme pero, se asusta y huye.

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He pasado una mañana tranquila, soleada, en plena naturaleza y barata ¿Se puede pedir más?

FOTOS: ANDONI RENTERIA

BONI EL BARQUILLERO

“Boni” el patatero más que un personaje relevante en nuestra villa, fue un elemento fundamental en el Parque de Doña Casilda. Tan importante o más que el estanque, que aquellos triciclos de hierro culpables de que muchos tengamos cicatrices en las rodillas, la estatua de Tonetti o el mismísimo Museo de Bellas Artes.
Muchos recordaréis a Boni vendiendo sus inconfundibles y sabrosas patatas fritas a familias enteras de bilbaínos, sin olvidar que también servía barquillos.
Bonifacio López nació el 31 de julio de 1930 en la calle Cantarranas del conocido barrio Bilbao La Vieja.
Sus padres provenían de la Vega de Pas en Cantabria. En un primer momento se instalaron de alquiler en Plentzia. El padre elaboraba barquillos y helados que luego vendía en el pueblo o en romerías cercanas. La madre, en invierno, época de pocas ventas de helados, se dedicaba a las castañas
Años después decidieron trasladarse a Bilbao, concretamente, a la calle Uríbarri, así Boni y sus hermanos podían ir al colegio de la Aneja y vivir cerca de sus abuelos, que poseían un obrador en la calle del Cristo donde fabricaban helados artesanales.
Al estallar la guerra el padre de Boni fue llamado a filas y su madre hubo de hacerse cargo del negocio y de los cuatro hijos.
Después de cumplir Boni el servicio militar, tenía claro cuál sería su profesión: ejercería de barquillero como su padre.
Comenzó su andadura en la plaza Elíptica, aunque también visitaba los pueblos más próximos a Bilbao donde se celebraran fiestas.
Boni siempre iba acompañado por su bombo, aquel que al levantar la tapa dejaba escapar un aroma que hacía las delicias de los que se acercaban para adquirir algún barquillo.

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Estos artísticos bombos los realizaba un artesano de la calle San Francisco y llevaban pintadas algunas frases que hoy en día las veríamos en Facebook firmadas por algún escritor de éxito.
Aquellas consignas estaban pensadas para dar alegría y positivismo a la vez que era una artimaña más de marketing.
Al grito de “barqui, barqui” se hacía notar por las calles y, cuando los clientes, ya llegaban a su lado, comenzaba el proceso: en función de lo que se quisiera gastar el comprador, así giraba la ruleta del bombo y la flecha decidía si había premio o no.
Se casó en la iglesia de la Aneja con una joven cántabra y los dos se dedicaron al negocio heredado del padre de Boni.
¡Cuántos recuerdos nos evocan aquellos barquillos!
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Fotos tomadas del blog de César Estornes.