VISITA AL PASADO INDUSTRIAL DEL MUELLE DE ZORROZA

Hace unos días participé en una visita guiada por el muelle de Zorroza, para mí un gran desconocido solo visto desde la isla de Zorrotzaurre o desde Elorrieta. Tenía mucha curiosidad por ver de cerca esos edificios, algunos abandonados como el de los Molinos Vascos, (del que ya publiqué una “pildorita” en este blog) Y, por supuesto, tenía ganas de que alguien me explicara detalles de las empresas aquí ubicadas.
Javier Puertas, Presidente de la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP), fue quien nos citó a las once de la mañana de un sábado a un grupo de unas treinta y cinco personas. Lo primero que nos aclaró Javier fue que el muelle pertenece al Ayuntamiento de Bilbao; hasta 2019 era propiedad de la Autoridad Portuaria de Bilbao.

Javier nos habló de los diferentes elementos que se pueden observar en el muelle, como el antiguo embarcadero, las escaleras de los gasolinos que fueron tan importantes para los trabajadores que cruzaban a diario de un lado a otro de la ría, varios norays o un pulpo que nos dan una idea de la actividad industrial que se desarrolló en este muelle durante siglos. Todos y cada uno de estos elementos poseen un valor desde el punto de vista patrimonial y la asociación que preside Javier pretende que no se pierda la memoria de lo que fue nuestro pasado histórico industrial.

La explanada del muelle presenta una aspecto diáfano de casi catorce mil metros cuadrados.

Zorroza tenía, a finales del siglo XIX, una ubicación estratégica por el camino de la costa o hacia la meseta por el interior. Con trenes, ría, bosques para madera y ferrerías en el entorno le convertían en un punto muy importante para el desarrollo industrial.
No podemos entender la industrialización de Bizkaia sin hablar de las minas de las que se extraía el hierro de una gran calidad. Casi todo se exportaba, pero había una parte de ese mineral que la pequeña burguesía decidió quedarse y convertirlo en acero. Fue cuando se crearon las siderurgias y metalúrgicas. También el sector de la construcción naval era fundamental porque se necesitaban los barcos para transportar el mineral a Inglaterra y otros países. Por lo que, en este muelle, nos encontramos restos de minería, siderurgia y construcción naval.
Hubo dos importantes cargaderos y un tranvía aéreo que circulaba por encima de Zorroza tres kilómetros hacia la zona de la actual incineradora de Zabalgane. Al principio se trasladaba con carros y bueyes, hasta que se construyeron estas infraestructuras. Javier nos relata la anécdota de que, algunos jóvenes, se montaban en los baldes desde el monte Arraiz y saltaban antes de llegar abajo para que no les vieran los encargados y no se llevaran una reprimenda.

Fueron nueve las compañías mineras que poseían 23 cargaderos desde Olabeaga hasta Portugalete a principios del siglo XX. También en este muelle estuvo la “Antigua Jabonera Tapia y Sobrino” donde se producían millones de pastillas de jabón “Chimbo”.
En el siglo XVII hubo astilleros de ribera, astilleros artesanales, y de aquella época quedan los restos más antiguos de la actividad naval en Euskadi: el edificio de la Cordeleria Real, con 400 metros de largo, necesarios para la fabricación de jarcias de dimensiones muy grandes y donde llegaron a trabajar más de doscientos operarios.

También el muelle era zona de estiba y desestiba donde cargaban y descargaban hace un siglo, en su mayor parte las mujeres, realizando una de las labores más duras de toda aquella actividad industrial.
Más de diez grúas de estiba se erguían en este muelle que, poco a poco, fueron desapareciendo y convirtiéndose en chatarra. En la actualidad, queda una que se mantendrá como icono del muelle y del barrio de Zorroza gracias al acuerdo entre la Asociación Vecinal de Zorroza y el Ayuntamiento de Bilbao.

En el antiguo edificio de oficinas perteneciente a la primera refinería que hubo en España ahora se encuentran unas dependencias de Cruz Roja. A pocos metros, tras una valla que impide el acceso, se pueden observar los restos de los Talleres de Zorroza donde se construyó la actual cruz de Gorbea en 1910.

Tras dos horas y muchas explicaciones solo me queda agradecer a Javier su tiempo y su amabilidad. Así como a Iñaki, miembro de la Asociación Vecinal de Zorroza, quien nos acompañó en el recorrido y nos contó alguna curiosidad del barrio.

FOTOS: ANDONI RENTERIA

LA FALUA

Cuatro siglos atrás, en aguas de la ría, hubo una embarcación que destacaba por su elegancia, su colorido y por las personas a las que transportaba: la falúa del Consulado de Bilbao. Utilizada por las autoridades para desplazarse por la ría en actos protocolarios o festivos, se construyó para dar boato a las fiestas barrocas del siglo XVII, que empezaban a decaer debido a que los bilbaínos estaban más preocupados por la actividad mercantil que por el jolgorio.
La primera fecha en la que se utilizó, de la que se tiene constancia escrita, fue en 1670 cuando el cónsul holandés llegó a Portugalete y, desde allí, se le trasladó a Bilbao en la elegante falúa impulsada por veinte remeros.
Su mantenimiento consistía en un tratamiento a base de sebo que la protegía de la sal y la humedad. Además, se solía guardar en una lonja en la zona de la calle Ripa para su mejor conservación.
Nunca faltaba en la celebración del Corpus Christi, la fiesta más importante de la época. Su aspecto majestuoso y pulcro destacaba entre todas las embarcaciones. En la popa disponía de una carroza cubierta decorada con telas bordadas muy vistosas. En una mesa se disponían las viandas y las bebidas que disfrutaban los invitados mientras los alguaciles y criados navegaban a su lado en pequeñas chalupas. Aquello era todo un espectáculo, una demostración del poderío económico de unos pocos, frente a los humildes bilbaínos que observaban el dispendio desde las orillas de la ría.

En 1680, durante una de las crecidas de la ría, la falúa, inactiva en ese momento, fue a la deriva golpeándose contra los márgenes. Afortunadamente, las telas y brocados que la decoraban, no sufrieron daños, ya que siempre se recogían cuando la barca no era utilizada.
Todo esto sucedía en el siglo XVII. Sin embargo, comenzado ya el siglo XVIII, las alusiones a la falúa no mencionan ni la carroza ni los elegantes detalles decorativos, por lo que hace pensar que abandonó su actividad ceremoniosa y solemne para dedicarse a tareas más mundanas.
Actualmente, se puede ver una réplica en el itsasmuseum de Bilbao, que fue construida en el año 1999 por el modelista naval y carpintero de ribera, José Luis González, por encargo de la propia Fundación del Museo.

FOTO: ANDONI RENTERIA

EL CASINO DE ARTXANDA

En la primera década del siglo XX los bilbaínos apreciaban el ocio y la diversión tanto como los de este siglo. Les gustaban las fiestas, las reuniones de amigos y subir a los diferentes montes que rodean la villa. Uno de esos lugares donde disfrutaban y respiraban un aire más sano que el del centro de la villa, era el monte Artxanda.
La inauguración del funicular en octubre de 1915 fue un gran acontecimiento celebrado por todos, ya que facilitaba el acceso a la cumbre en apenas tres minutos.
A pocos metros de la estación, un majestuoso edificio observaba Bilbao desde las alturas. Se trataba del Casino de Artxanda; construido en la misma época que el funicular para uso de los bilbaínos era sinónimo del lujo y del buen vivir.
Fue escenario de grandes acontecimientos públicos y privados y, aunque pudiera parecer lo contrario, no era exclusivo de las clases sociales altas; cualquier ciudadano podía acceder a sus instalaciones y participar de sus variadas actividades. Muchas damas acudían a tomar el té sentadas en sus coquetas mesas, mientras los hombres se entretenían con sus interminables partidas de cartas.

Entre sus paredes se daban cita diversas asociaciones culturales, asociaciones de trabajadores, políticas o sociales que lo elegían por su amplitud y su buena mesa. Una gran galería acristalada servía tanto de comedor como de pista de baile; incluso se realizaban exhibiciones deportivas como la esgrima.
Diferentes gremios de trabajadores como el de las modistas o el de los conductores, no dudaron en celebrar allí sus festividades. También fueron muy habituales los homenajes literarios y las romerías.
En su exterior contaba con una pista de patinaje única en Bilbao que se ha mantenido hasta nuestros días; y que, el Ayuntamiento hace unos años, cubrió con un techo para que los bilbaínos pudiéramos practicar este deporte sin preocuparnos por la habitual lluvia.
Pero, el fabuloso y lúdico edificio se vino abajo por efecto de las bombas arrojadas durante la Guerra Civil y nunca más se reconstruyó. Solo nos quedan imágenes en blanco y negro que, al verlas, nos hacen imaginar cómo se divertían los bilbaínos en su interior.

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