EL PRIMER PARTIDO

De sobra sabemos los bilbaínos que nos encantan las bilbainadas, y no me refiero a las canciones, sino a las fanfarronadas; como así se demuestra desde siempre en la historia de la villa.
A finales del siglo XIX, la colonia inglesa en Bilbao era bastante numerosa; la mayoría se habían afincado en nuestra ciudad para trabajar en las minas.
Estos súbditos británicos, en sus ratos libres, se dedicaron a enseñar a los locales un juego al que llamaban “foot-ball” y que practicaban con un balón.
Se les podía ver en la zona donde actualmente se encuentra el Paseo de Abandoibarra, conocido como “La campa de los ingleses”.


A los bilbaínos enseguida les enganchó el juego; tanto, que en Mayo de 1894, les lanzaron un desafío a sus maestros, los cuales aceptaron sin problema.
El “match” se disputó el 3 de mayo a las diez y media de la mañana. Los ingleses jugaron con una camiseta de color crema y los bilbaínos eligieron el color blanco para su equipación.
Desde el minuto uno era evidente la diferencia de juego. A los foráneos les sobraba soltura y fluidez con el balón; mientras que, los predecesores de los futuros leones, compensaban su inexperiencia con mucho orgullo y mucho esfuerzo físico.
El partido fue bastante duro en cuanto a ataques. Ataques que el público asistente no entendía y así lo demostraron con silbidos e, incluso, lanzándose al campo a protestar.
Se hizo necesario que los jugadores locales explicaran a estos enfurecidos espectadores que el juego era así y que los ataques estaban permitidos en el reglamento de aquel nuevo deporte.
En el descanso y, ganando por un 3-0 los ingleses, agasajaron a los bilbaínos con unos pollos asados. Aquello mitigó los ánimos de todos los presentes y retrasó el inicio del segundo tiempo hasta que hubieron comido los pollos.
Finalmente, los retados anotaron seis goles y los retadores ninguno.
Este fue el primer partido que, aunque se perdió, marcó el inicio de un deporte que pronto arraigó en nuestra villa y dio origen al equipo de nuestros amores: El Athletic Club de Bilbao.

Fotografía: Gil de Espinar