La noticia de un bebé abandonado en un contenedor hace unos días, es muy triste pero no es una práctica de nuestros tiempos; desgraciadamente, la historia nos demuestra que siempre han existido abandonos.
En Bilbao, en el año 1610, Juan de Bengoetxea creó la casa-asilo de niños huérfanos de San Lorenzo; pero no fue hasta el siglo XIX cuando la Diputación de Vizcaya se ocupó de estos desafortunados niños en la Casa de Expósitos, diferenciándolos así de los mendigos y transeúntes necesitados que vagaban por las calles.
En sus primeros cuarenta años de funcionamiento esta institución aceptaba a unos 124 niños anualmente, de los cuales el 39,5% fallecía debido a las diversas alteraciones intestinales provocadas por la no lactancia materna y por el hecho de no existir una correcta alimentación que la sustituyera.
Fue en 1845 cuando se pensó que debían contratar a nodrizas que se encargaran de amamantar a aquellos huérfanos. También se estableció la adopción de estos niños por parte de familias de la ciudad; de esta manera se desarrollarían equilibradamente.
Hubo una avalancha de peticiones de adopción que hizo sospechar a las autoridades y, cuando se pusieron a investigar, descubrieron que muchos aldeanos adoptaban con el fin de obtener mano de obra gratis. En la ciudad sucedió lo mismo con el fin de utilizar a estos niños como sirvientes.
El 8 de noviembre de 1883 se inauguró la Casa de Expósitos de Vizcaya en unos terrenos de la anteiglesia de Begoña.
Al principio era un edificio con capacidad para cien niños pero, tiempo después, hubo que ampliar las instalaciones para albergar, en 1929, a más de 220 niños.
Una de las modernidades de ese siglo fue la sustitución del torno o ventanuco giratorio donde se depositaba al bebé para entregarlo a la institución, por una cabina que aseguraba unas condiciones higiénicas más saludables.
Al lado de la Casa de Expósitos se encontraba la Maternidad donde, a muchas mujeres que daban a luz, se les ofrecía actuar como nodrizas para los niños abandonados y les pagaban 50 pesetas mensuales. A las que no amamantaban les daban alimento y ropa a cambio de realizar tareas domésticas, pero sin sueldo.
La Casa de Expósitos consiguió que se redujera la mortalidad infantil y perfeccionó el proceso de adopción.
En los años ochenta del siglo pasado cerró sus puertas y, actualmente, se ha convertido en el Centro de Salud de Santutxu
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AQUELLOS BAÑOS PÚBLICOS
Si el otro día dediqué esta sección a los lavaderos y la limpieza de ropa de los bilbainos del siglo pasado, hoy os hablaré de cómo paliar las malas condiciones higiénicas de nuestros antepasados ya que, las viviendas de entonces, carecían en su mayoría de bañeras. En algunas familias se apañaban con baldes para los niños; los adultos se lavaban por partes.
En el año 1904 se proyectó construir un edificio para duchas públicas y gimnasio, pero se descartó porque el solar que querían destinar a ello se dedicó, finalmente, a la edificación de la Alhóndiga Municipal.
Doce años después se inauguraron unos baños en el semi-sótano de las escuelas de la calle General Concha que permanecía vacío, sin uso alguno.
Veintiseis fueron las cabinas que habilitaron para conseguir cuerpos limpios y sanos, ya que se quiso inculcar la idea de que la limpieza era necesaria para una buena salud; se trataba de enseñar a los escolares a cuidar su higiene personal promoviendo la ducha.
Muchos trabajadores utilizaron este servicio que pagaban sus empresas, ya que, por el artículo 950 de las Ordenanzas Municipales estaban, los empresarios, obligados a contar en sus instalaciones, con una ducha para cada treinta obreros, pero muchas empresas prefirieron pagar los 15 o 20 céntimos (según fuese con agua fría o caliente), en vez de construir duchas en los lugares de trabajo.

El primer año se registraron 53886 servicios que proporcionaron un beneficio de 378,45 pesetas, habiendo descontado los gastos.
El tiempo medio que duraba cada baño era de veinte minutos; tiempo que intentaron reducir a los quince minutos para ahorrar en agua.
Afortunadamente, ya no debemos acudir con nuestro neceser y toalla a las duchas públicas. Los tiempos cambian, en algunos casos para bien.
UN PROYECTO HIGIÉNICO
En 1905 un nuevo proyecto se presentó al Consistorio bilbaíno de la mano de un joven arquitecto al que le debemos muchos edificios de la villa: Ricardo Bastida.
Se trataba de un plan moderno con un fin social: la construcción de unos lavaderos. Serían unos locales diseñados para garantizar la salud pública. En muchos hogares se requería un gran esfuerzo para lavar algún tipo de prendas por su complejidad o volumen. Además, era totalmente insalubre que se secaran en el interior de las viviendas debido a la humedad.
Por tanto, el hecho de llevar la ropa sucia a un lugar habilitado para ello, en el que el proceso de lavado pasaba por varias fases y, donde el secado, se realizaba en unos patios espaciosos y bien aireados, era un signo de progreso y aseguraba la salud de los bilbaínos.
También el beneficio repercutía en las lavanderas, ya que, las trabajadoras de los lavaderos predecesores de estos nuevos, cobraban 1,25 pesetas por manta, 0,25 pesetas por sábana y 0,75 pesetas por funda de colchón. Pero, las empleadas de los nuevos locales, obtendrían un mayor rendimiento ya que trabajarían en condiciones más ventajosas.
77000 pesetas era la cantidad estimada que costaría a las arcas municipales la construcción de este “invento” que, como bien sabemos, se llevó a cabo.
El primero que se edificó fue en Alameda San Mamés; después vendría el de la calle Castaños.
Tanto uno como otro ya no existen para tal fin pero nos quedan sus fachadas y las múltiples historias y anécdotas que muchos recordarán de oírlas a sus abuelos.

