UN GOURMET BILBAINO.

La gastronomía en Bilbao es un tema que a todos nos apasiona.
Muchos son los libros editados sobre cocina vasca, pinchos o restaurantes.
En mayo de 1900 nació en la calle Aretxaga, cerca de San Francisco, Luis Antonio de Vega, gran gourmet y escritor especializado en tabernas y figones ( casas de comida de menor categoría que las tabernas).
Solía asegurar que Bilbao era la capital gastronómica de España.
Este bilbaíno era, por supuesto, muy tripero; le gustaba comer buenas viandas.
Luis Antonio destacó, también, como novelista, ensayista y poeta. Los temas árabes le fascinaban y era un gran experto.
Fue admirado tanto por periodistas como por intelectuales que disfrutaban de su compañía en el café Lion D’or.
Sus amigos le definían como un hombre corpulento, alto, de manos grandes y pelo azabache. Su fama de buen estómago le precedía.

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Llegó a afirmar en una entrevista publicada en prensa en 1957, que la gastronomía es un arte y que los padres son responsables de que sus hijos aprendan a valorar tan importante materia.
Sostenía que todo aquel acostumbrado a comer bien cumpliría los ochenta sin problemas estomacales. Sin embargo, el pobre que, por herencia o por azar, se convierta en rico pegándose atracones de comida, moriría al poco tiempo ya que no tenía hábito de comer tanto.
En su juventud quiso ser futbolista o bertsolari pero, se convirtió en escritor y fue redactor de varios periódicos.
Realmente, lo que a él le gustaba era viajar, comer bien y dormir. Decía que escribir era muy pesado y se le cansaba la mano.
Otro bilbaíno ilustre que nos dejó varios legados en forma de libros.

VICENTE, «EL COJO» DEL CICLISMO BIZKAINO.

Una ciudad con 700 años de historia como la nuestra da para muchas anécdotas, “sucedidos” y biografías.
Hoy os hablaré de Vicente Blanco un Deustoarra nacido en el año 1884 que quiso ser ciclista profesional.

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Fue pinche de cocina en un barco cuya tripulación no le trataba nada bien. Decidió cambiar el trabajo en el mar por otro en una empresa de hierro en tierra firme.
Se puede decir que Vicente era bastante tirado “pa’lante” y siempre aceptaba retos de sus compañeros aunque le costaran un buen golpe o caída.
Su mala suerte hizo que una barra de hierro candente le cayera encima atravesándole un pie.
Años después le amputaron los cinco dedos del pie derecho debido a otro accidente laboral.
De ahí le viene el sobrenombre de “El cojo”.
Tuvo que dejar su puesto de trabajo y convertirse en botero de la ría.
Previo pago de cinco céntimos, Vicente, cruzaba la ría a todo aquel que se montara en su embarcación.
Pero, él tenía una ilusión muy grande. Él quería ser ciclista, algo que, a priori, parecía imposible debido a sus problemas físicos. Aun así, adquirió una destartalada y barata bicicleta con la que comenzó su andadura en este deporte a dos ruedas.
En 1908 la Federación Atlética Vizcaína corrió con los gastos para que participara en el Campeonato de España de fondo en carretera que tuvo lugar en Gijón.
Después de 100 kilómetros y varias paradas para “desahogarse” debido a una indigestión, consiguió hacerse con la victoria y las 500 pesetas de premio.

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Un año más tarde corrió en Madrid quedando en segundo lugar. Aquel viaje lo aprovechó bien, ya que participó, también, en una regata de boteros en El Retiro.
Comenzó a cosechar éxitos y cada vez era más reconocido en la villa.
A los 26 años decidió correr el Tour de Francia y hasta París se fue en bicicleta desde Bilbao para presentarse a esta prueba tan dura.
Como era lógico, llegó en un estado lamentable y con su bici destrozada por los kilómetros que tuvo que realizar.
Le prestaron otra con la que poder correr pero, finalmente, tuvo que retirarse de la competición.
La Volta de Cataluña también fue otro de sus éxitos.
Se retiró completamente a los 32 años y creó un negocio de transportes con el dinero ganado en las competiciones, pero no le fue bien.
Murió en 1957 arruinado y solo.
Vicente Blanco, a pesar de todo, hizo historia y es un símbolo del ciclismo bizkaino.

AQUEL BILBAO DE CHABOLAS

Es posible que muchos hayáis oído hablar de las chabolas construidas en las laderas de los montes que rodean la villa. Hace muchos años de esto, pero me consta que más de uno habréis escuchado estas historias en vuestras casas, ya que eran muchos los inmigrantes que acudían a la ciudad a trabajar, en pos de una vida mejor para ellos y su familia.
Eran muchos los que no contaban con un hogar y debían construirlo con sus manos y las manos de sus amigos y familiares. Su procedencia era fundamentalmente de Extremadura, Andalucía y Galicia. En numerosas ocasiones aquello se realizaba de noche, ya que no contaban con la autorización pertinente por parte del Ayuntamiento.

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Todo esto ocurría en los albores de los años cincuenta cuando Bilbao, ciudad industrial, necesitaba mucha mano de obra.
Aquellos inmigrantes pensaban que habitarían en aquellas miserables chabolas por un período no muy largo pero la realidad era otra. Algunos, los afortunados, pudieron trasladarse a unos viviendas más dignas a partir de los años sesenta, otros, no llegaron a ver la modernización.
Debo destacar que aquellas chabolas, nada tenían en común con el concepto que podemos tener ahora de droga y de mal vivir. En aquellos años esas infraviviendas estaban habitadas por trabajadores y sus familias. Eran empleados de grandes fábricas como Altos Hornos y, en su mayoría, estaban orgullosos de haber venido de sus pueblos a trabajar a la ciudad buscando una mejor calidad de vida.

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A finales de los cincuenta Franco llegó a Bilbao para inaugurar la Feria de Muestras y, al observar las decenas de chabolas en la ladera de Artxanda, exgió que se tomara una solución al respecto ya que aquello no era una buena propaganda para la modernización del país. Poco tiempo después se habían construido unos bloques en Otxarkoaga para trasladar a aquellas familias. Desafortunadamente, por las prisas, acabaron teniendo problemas de humedad que, posteriormente, hubo que solucionar con la impermeabilización de las fachadas.
Las autoridades intentaban desalojar las chabolas o derribarlas sin embargo, no siempre conseguían, ya que si tenía paredes se consideraba una casa y no podían destruirla.
En las inundaciones de agosto de 1983, la zona de Uretamendi y Betolaza fue de las más afectadas por todo el barro y escombros que arrastraba el agua por la ladera del monte Arraiz.
Son barrios en los que las condiciones durísimas de vida construyeron grandes personas que se ayudaban y se organizaban. Durante mucho tiempo utilizaron un efectivo sistema con silbatos anunciando que la policía llegaba con intenciones de desalojar viviendas. También crearon clubs de entretenimiento infantil.

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Otras lugares como el Monte Banderas, La Peña, Atxuri o la Campa de los ingleses fueron igualmente ocupadas por cientos de trabajadores que se alejaban de una vida mísera en sus lugares de origen y arribaban a una ciudad que intentaba despuntar en la industria, una villa con necesidad de mano de obra joven y fuerte.

Si ahora disfrutamos y presumimos de un Bilbao moderno, limpio y turístico en gran medida se lo debemos a aquellos hombres y mujeres que, con su esfuerzo, abnegación y muchas penurias, fundaron unas bases de lo que sería nuestro Bilbao tal y como lo conocemos ahora.
A todos ellos mi sincero agradecimiento.