SANATORIO DE GORLIZ

A finales del siglo XIX la tuberculosis se convirtió en un serio problema de salud. Bilbao era uno de los principales núcleos de Europa afectados por la peste blanca, donde hubo muchas más muertes que en capitales como Madrid o París. Había que poner fin a esta enfermedad que se cebó, sobre todo, con los más pequeños y con los adolescentes, causándoles graves problemas en las articulaciones y, en muchos casos, la muerte.

Para ello, Luis de Salazar y Zubía, presidente de la Diputación de Vizcaya, decidió en 1909 crear una institución que acogiera a todos aquellos enfermos. El médico Luis Larrinaga Maurolagoitia, apoyado por sus colegas Enrique Areilza y Felipe Llano, realizó un amplio estudio sobre cómo debía ser ese lugar. Se determinó que se construiría cerca del mar por los beneficios que eso conllevaba. Mario Camiña fue el arquitecto encargado del proyecto que contaba con cinco pabellones independientes; siendo el hospital, de planta horizontal y con vistas a la playa, el eje central. Se completó el conjunto con un lazareto, una capilla, una cocina, un comedor, un edificio para contagiosos y la residencia del servicio y de las Hermanas de la Caridad que atendían a los pacientes.

En este inmueble modernista predominaban las estancias con grandes ventanales por donde entraba la luz del sol; así como unas terrazas amplias donde sacaban a los pacientes en sus propias camas. Estas particularidades fueron decisivas en el diseño del sanatorio, que trataba de aplicar la higiene y la ventilación como elementos fundamentales en la curación. Se inauguró el 29 de junio de 1919 con un coste de cuatro millones de pesetas, incluido el mobiliario y los equipos médicos.

Se organizaron dos comisiones para administrar el centro. Por un lado, la Comisión Permanente y, por otro, la Junta de Damas del Patronato formada por mujeres de familias bien situadas quienes, altruistamente, recaudaban donativos para sufragar los gastos del hospital y, además, supervisaban la correcta gestión de los fondos.

A nivel internacional, aquellos métodos de curación beneficiándose del sol y de la brisa marina encumbraron al Sanatorio, alcanzando gran relevancia. Incluso, recibió un premio en la Exposición Internacional de Higiene de Roma en el año 1912. Durante el último siglo han sido varias las reformas hasta conseguir el magnífico hospital actual que pertenece al  Servicio Vasco de Salud-Osakidetza.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA

COLONIAS DE SUKARRIETA

La historia de este lugar comienza cuando el naviero Ramón de la Sota compró un solar en Sukarrieta, junto a la desembocadura del río Oka en la reserva de la biosfera de Urdaibai, para edificar una residencia dedicada a alojar a los pescadores y marineros ancianos. Iba a ser su hija la que colaboraría activamente en este asilo que llamarían Ama Begoñako Etxia. Desafortunadamente, en 1922 un accidente de coche a la altura de Islares en Cantabria segó la vida de la joven Catalina que viajaba hacia Santander con un capellán y el chófer. Debido a la tragedia, su padre no tuvo el ánimo de seguir con el plan, por lo que vendió el terreno con lo urbanizado hasta ese momento a la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao que lo convirtió en una colonia escolar para disfrute de los más pequeños durante el período estival.

El reconocido arquitecto Ricardo Bastida fue el encargado de ponerse al frente de tan importante proyecto y, el 13 de agosto de 1925, se inauguró la Colonia Infantil Nuestra Señora de Begoña con la bendición del obispo. En los años posteriores, el complejo escolar-sanitario fue ampliado con la construcción de otros edificios y la torre del reloj.

En aquellos tiempos, la sociedad comenzaba a preocuparse por la salud de los niños y de las niñas cuyos padres trabajaban en la industria siderúrgica y minera y llevaban una existencia con grandes carencias, problemas de hacinamiento y de salubridad. La alimentación se consideraba prioritaria por lo que se les preparaba platos tan saludables que los informes médicos al regresar a sus domicilios siempre indicaban que habían ganado peso.

Las estancias durante los años siguientes a su fundación eran, normalmente, de tres meses en tandas de cien niños: cincuenta por género. Lamentablemente, la Guerra Civil acabó con esta institución y las instalaciones se utilizaron para albergar un hospital militar. Tras el fin de la contienda retomó su actividad; aunque, según cuentan, nunca fue tan floreciente como en su primera época.

En la actualidad dispone de un área de 78000 metros cuadrados en la que destaca una zona agropecuaria con el fin de fomentar en la infancia el respeto por la naturaleza y facilitando su aproximación a la ecología. Esta obra social de Kutxabank es merecedora de reconocimiento como patrimonio cultural gracias a los valores sociales, históricos, paisajísticos, científicos y sentimentales.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA

PUNTA LUCERO, VISTAS A LA HISTORIA Y AL MAR.

Nunca había subido a Punta Lucero; aunque, si bien es cierto, muchas veces dije aquello de: “tengo que subir. Debe de haber unas vistas magníficas desde la cumbre”. Y, por fin, hace unos días me animé a ascender hasta lo más alto y descubrir el encanto de este monte con tanta historia que permite admirar el bello paisaje de la costa.
Desde Bilbao en coche tardé unos veinte minutos en recorrer los veinte kilómetros hasta Zierbena. En el barrio de la Cuesta, al lado de la iglesia San Román, aparqué sin problemas y me dirigí al inicio de la ruta a pocos metros. Tras cruzar una puerta grande emprendí la subida cruzándome con varias personas que, por lo que me explicaron, realizan esta ruta en sus paseos diarios.

El recorrido completo de ida y vuelta supone unas dos horas y media y no reviste gran dificultad por lo que es apto para subir en familia con los más pequeños de la casa. Existen dos caminos para llegar a la cumbre: uno por el interior y otro, el que yo elegí, discurre mirando al mar con el piso de asfalto y algún banco para poder descansar y desde donde observar el puerto de Zierbena, el Superpuerto de Bilbao o la margen derecha hasta Sopelana.

En cualquier caso, los dos caminos te llevan hasta la cumbre donde se encuentran los restos de una antigua fortificación militar. Ya en el siglo XVI y en el XIX, durante las guerras carlistas, se excavaron varias trincheras. Sin embargo, los restos mejor conservados son los pertenecientes a las baterías, nidos de ametralladoras y cuarteles construidos por las tropas franquistas entre 1937 y los años cincuenta del pasado siglo. Aunque nunca llegaron a funcionar, se mantuvieron activas hasta 1982. Desde entonces, estas instalaciones solo son un reclamo turístico para los que ascienden hasta la cima.
El que fue cuartel militar se encuentra en un estado lamentable donde yo no me atreví a entrar. Al lado, una especie de piscina de cemento me hace pensar que se trataría de un depósito de agua. Varios cañones apuntando al mar y detrás, las galerías que servían como refugio.

Tras varios minutos imaginando cómo vivían en este entorno los cientos de militares que lucharon en los últimos siglos, me dediqué a disfrutar del mar Cantábrico, de su grandiosidad y preferí abandonarme a pensamientos más alegres. Allí arriba, a 307 metros de altitud, sientes la libertad y la felicidad en estado puro.

En mi descenso me topé con más construcciones abandonadas que forman parte de la historia de este monte y de nuestra tierra.

No hace falta deciros que disfruté muchísimo y que cuando bajé me dije: ¿Cómo he podido tardar tanto tiempo en subir a Punta Lucero?
Os lo aconsejo, sin duda.

FOTOS: ANDONI RENTERIA