ALONSOTEGI, UN PUEBLO ENTRE MONTAÑAS

Hace unos días visité Alonsotegi, un pueblo perteneciente a la comarca de Las Encartaciones a unos ocho kilómetros de distancia del centro de Bilbao dirección Balmaseda. Allí me estaba esperando para hacerme de guía, mi amigo Joseba Urbieta Lemos, el que fuera alcalde de esta población encartada desde 2015 hasta 2023.

Lo primero que me contó Joseba fue que Alonsotegi perteneció durante cien años a Barakaldo, hasta su desanexión en 1991 tras la aprobación de esa operación en el Pleno del Ayuntamiento de la localidad fabril, un referéndum celebrado en abril de 1990 y, por supuesto, el acuerdo en la Casa de Juntas de Gernika. Fue entonces cuando la antigua anteiglesia de Alonsotegi y el barrio de Irauregi se unieron para formar el pueblo tal y como lo conocemos en la actualidad. Aproximadamente tres mil personas se reparten entre sus tres núcleos de población: Alonsotegi, Irauregi y Arbuio.

En la plaza Doctor Madinabeitia, se encuentra la casa consistorial, un edificio de volumen compacto y uso funcional, construido en los años noventa del pasado siglo para acoger el ayuntamiento. A pocos metros, luce esbelta una preciosa fuente que data del año 1902. Al otro lado de la carretera y, también de principios del XX, un gran bloque con muchos ventanales que, según me explica Joseba, se trata de las antiguas escuelas del pueblo.

Continuamos el paseo y cruzamos un puente de piedra desde el que se divisa el Ganekogorta.

La iglesia San Bartolomé de estilo neogótico fue inaugurada en 1904. Se encuentra situada en un alto, y a sus pies, una pared decorada con varios murales artísticos que narran la historia de Alonsotegi.

La iglesia San Antolín se construyó entre los siglos XV y XVI y, parece ser, que fue a petición de los abuelos paternos de Fray Martin de Coscojales, historiador y fraile agustino. Como curiosidad, esta es la única ermita de Bizkaia que conserva su retablo original.

El río Kadagua que cruza el pueblo ofrece un magnífico espectáculo a todo aquel que se detiene a ver bajar el agua tan deprisa y con tanta fuerza. Si bien es cierto que, a veces, cuando está muy crecido, llega a desbordarse causando destrozos e incomodidades para los vecinos.

Poco a poco llegamos al monolito que el pueblo de Alonsotegi dedica a uno de sus vecinos ilustres: Andoni Goikoetxea. El mítico ex jugador del Athletic Club nació a pocos metros de esta obra realizada en piedra por Mikel Matxin. Fue inaugurada en abril de 2022 con amplia asistencia, tanto del alcalde en ese momento, Joseba Urbieta, como de concejales, aficionados rojiblancos y, por supuesto, el entonces presidente del club, Aitor Elizegi y el propio Goiko.

En marzo de 2025 en el parque del Frontón, el ex lehendakari, Iñigo Urkullu, natural de Alonsotegi, plantó un retoño del Árbol de Gernika con el que quiso simbolizar las libertades tradicionales de todos los vascos.

Al lado del espectacular frontón, una zona infantil cubierta es uno de los lugares de juego de los más pequeños. Alonsotegi cuenta, además, con un renovado Centro de Salud, así como biblioteca, Kultur Etxea y Kulturgunea.

Si algo llama la atención de Alonsotegi es su acentuada orografía con una notable diferencia de cotas: en el centro del pueblo es de unos 50 metros sobre el nivel del mar y, sin embargo, en el Ganekogorta, uno de los montes que lo rodean, son casi 1000 metros de altitud.

Para los amantes de la naturaleza y el senderismo, Alonsotegui es un buen destino; ya que se pueden realizar varias rutas donde, seguro, se toparán con minas antiguas, ermitas o rocas milenarias.

Durante más de dos horas paseamos por las calles de Alonsotegi deteniéndonos delante de algunos de sus edificios, observando el ir y venir de aquellos vecinos con los que nos cruzábamos y a quienes Joseba saludaba afectuosamente. Pude comprobar el cariño que le profesan y que, por supuesto, es mutuo.

Al marchar, Joseba me invitó a volver en septiembre durante las fiestas de San Antolín, asegurándome que Alonsotegi se llena de música, deporte, tradiciones y muy buen ambiente. Además, me habló de la Feria Agrícola y Ganadera de Andra Mari que tiene lugar en junio y donde se pone en relieve el trabajo del sector primario y se disfruta con la exposición del ganado local y con la exhibición de perros pastor, entre otras actividades lúdicas, gastronómicas y culturales.

 

ESKERRIK ASKO, JOSEBA!

¡MUCHAS GRACIAS, JOSEBA!

Fotos: ANDONI RENTERIA

LA ADUANA DE ORDUÑA

A finales del siglo XVIII, la corona de Castilla ordenó que se establecieran aduanas en varios lugares estratégicos entre los puertos costeros y la meseta. Fue entonces cuando se levantó en Orduña este impresionante edificio para tal uso; aunque existen documentos que confirman que, a finales del siglo XIII, ya existió una aduana que también se usaba como alhóndiga. Construido entre 1787 y 1792 bajo proyecto del arquitecto guipuzcoano Manuel de Carrera, el inmueble, de planta rectangular, cuenta con un gran patio interior y sus estancias se distribuyen en tres pisos, además de una entreplanta que comparte los trece arcos de medio punto que observamos en la fachada. Las dependencias se completan con un almacén y la vivienda para el administrador y su familia. Su aspecto armoniza con el resto de las edificaciones y pórticos que rodean la imponente plaza de los Fueros.

La Aduana de Orduña era una institución que desempeñaba una función fiscal. Asimismo, contaba con una oficina de carácter público donde se registraban las mercancías que entraban o salían por los puertos de Bizkaia. Los comerciantes que enviaban la lana desde Castilla a Flandes lo hacían por el camino más corto atravesando, desde Burgos, la Peña San Bartolomé con dirección al mar; por lo que debían abonar unos aranceles al pasar por la ciudad de Orduña. En 1833, al fallecer Fernando VII, se eliminaron las aduanas del interior y quedaron las que se encontraban en puertos de mar como Bilbao, Portugalete o Lekeitio.

A principios del siglo XIX, este colosal edificio fue utilizado para alojar a unos dos mil hombres pertenecientes a las tropas de Napoleón. Décadas más tarde, fue el general liberal Espartero quien recaló junto a sus soldados. También el ejército de Carlos VII y el de Alfonso XIII ocuparon este singular inmueble. Incluso, el batallón Garellano 54 tras la Guerra Civil se acuarteló aquí hasta el año 1962. En los años setenta se desató un incendió que le llevó a un estado de abandono durante bastante tiempo. Tras muchas reformas, la que fuera aduana se convirtió en un balneario, un espacio de descanso que ofrece servicios de calidad al huésped.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA

 

PALACIO LOBIANO

Edificado a mediados del siglo XVI en un estilo renacentista, el palacio Lobiano de Ermua posee numerosos elementos decorativos y ostentosos con el objetivo de mostrar el poderío social y económico de sus habitantes.

Los primeros propietarios de este palacio fueron don Rodrigo de Lobiano y su esposa, María de Aguirre, quienes formaron una familia con sus cuatro hijos más el bastardo de don Rodrigo: Francisco, quien, con el tiempo, se convirtió en uno de los hombres más relevantes del País Vasco del siglo XVI. Conocido armador de barcos se dedicaba, además, a adquirir mineral de hierro de las minas de Bilbao que embarcaba rumbo a Sevilla donde lo vendía y, con aquel beneficio, compraba sal que transportaban en ese mismo barco a Terranova, en Canadá. Allí la utilizaban para aderezar el bacalao que capturaban los marineros vascos. Tras una estancia de varios meses, regresaban con el bacalao para venderlo en Bizkaia. Sin duda, era todo un negocio.

Don Francisco, a quien no quisieron reconocer sus privilegios por ser hijo ilegítimo, acabó siendo el propietario del palacio debido a que su hermano mayor y sus tres hermanas fallecieron. El testamento exigía que la elegante residencia se utilizara como convento. Sin embargo, don Francisco se trasladó allí junto con su esposa e hijos. La Orden de Santo Domingo lo denunció por no haber acatado aquella última voluntad de sus familiares y, finalmente, acordó que las religiosas recibirían una cantidad de dinero de la herencia para construirse un convento. En ese tiempo, don Francisco murió y fue su hijo quien permitió a las monjas habitar en el palacio mientras él mismo gestionaba aquel capital destinado al nuevo cenobio. Pero, faltó a su palabra y las monjas, tras no recibir el dinero convenido, se trasladaron a otra casa, quedando, de nuevo, el palacio para los Lobiano.

Posteriormente, fue Isabel, hija de don Francisco quien lo alquiló. Y así iba pasando de manos en manos y perdiendo poco a poco la categoría que tuvo en sus inicios, siendo incluso utilizado como establo. Hasta que, a finales del siglo XX, el Ayuntamiento de Ermua lo adquirió y reformó, transformándolo en la Casa de Cultura.

 

FOTO: ANDONI RENTERIA