EL PASSERELLA DE TODA LA VIDA.

El restaurante Passerella en la Calle Urkijo nº 30 es un lugar de culto en Bilbao para los amantes de la comida italiana.
No habrá en Bilbao nadie que no lo conozca; aunque no se haya sentado en una de sus mesas y no haya probado sus exquisiteces, cualquier bilbaíno ha pasado debajo de esta pasarela y ha mirado hacia sus cristaleras.
El primer restaurante italiano de la villa cumplió el pasado mes de mayo treinta y cinco años; treinta y cinco años ofreciendo productos de calidad, gran variedad de sabrosos platos y un inmejorable trato a sus clientes.

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Muchas han sido las veces que he comido o cenado sentada en una mesa al lado de la cristalera encima de las galerías Urkijo. Precisamente, es esta pasarela la que da nombre al local.
Hoy he venido a comer con una compañía maravillosa: Antonia García Torres, la dueña y fundadora que, junto a su hija María y un grupo de profesionales cocineros y camareros, han convertido este local en un paraíso de la comida del país de los césares.

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Antonia, ¿Cómo se te ocurrió en los años ochenta abrir un restaurante italiano?
– A mi marido Juan Antonio Ipiña le apasionaba la comida italiana y, además, era un ferviente Athleticzale, por lo que fuimos mucho a ver jugar a nuestro equipo a Italia. Allí probamos muchos platos típicos del país.
Supongo que aquí en Bilbao no se conocerían esas exquisiteces.
– No, claro que no, en nuestra villa conocíamos las pizzas, los espaguetis, canelones y poco más.
¿Fue sencillo conseguir el género, los ingredientes?
– Pues no mucho, al principio debíamos pedir las especias a Italia, aquí había pocos proveedores.
¿Sabíais preparar aquellos platos?
– Tuvimos la gran fortuna de contar con dos cocineros que habían trabajo en el Palacio de Buckingham y ellos fueron los que comenzaron a darnos ideas. Empezamos con poca variedad en la carta para dar una mayor calidad a los platos.
¿Cómo acogieron los bilbaínos de aquella época un restaurante de estas características?
– Genial, fue la bomba. Había colas en la acera para poder entrar.
– En Bilbao se estaba produciendo un cambio y eso se dejaría ver también aquí en tu restaurante.
– Si, lo notábamos en las personas que venían, muchos extranjeros, algunos implicados en la transformación de la ciudad. Se oían conversaciones en las mesas sobre la futura construcción del metro, de un museo diferente…de muchos proyectos que luego han ido surgiendo.
¿Y qué se comentaba?
– Bueno, a muchos les parecían auténticas bilbainadas tanto el metro como el Museo Guggenheim y luego mira, jajaja.
¿En qué os ha afectado la reforma de la Alhóndiga?
– Todo ha resultado muy positivo, muchos de sus visitantes vienen a comer aquí. Para mí ha sido siempre un edificio muy especial, ya que mi padre regentó allí un puesto de vino y desde niña me encantaba hacerle compañía mientras trabajaba. Tengo unos recuerdos imborrables de aquellos años jugando entre pellejos de vino. ¿Quién me iba a decir que con el tiempo regentaría un restaurante a pocos metros de él?

Mientras charlamos aparecen platos de comida, yo no he pedido nada sino que me he dejado aconsejar por Antonia.

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Me dice que no puedo irme sin probar los antipasti, deliciosas ensaladas muy variadas.

En todos estos años ¿habéis innovado muchas recetas?
– Sí, claro que sí, hemos fusionado la cocina vasca con la italiana y nos ha dado muy buenos resultados como por ejemplo: Risotto con pisto o crêpes de queso de Idiazabal. Y seguimos innovando e imaginando nuevos platos.
¿Cuál es el plato estrella?
– Sin duda Las Delicias Passerella, una mezcla de varias pastas cocinadas de diferentes maneras.
¿Qué me dices del vino o de los postres?
– A la gente le gusta tomar con nuestra comida, unos vinos frescos como Moscato, Caney o Chianti. Y, en tema de dulces, el que goza de mayor aceptación es el Tiramisú.
¿Somos de buen comer los bilbaínos?
– Si, y muy exigentes. Eso es bueno, nos gustan los retos.

– Veo que os habéis adaptado a los nuevos tiempos y también servís a domicilio a través de Just Eat.

– Si, es una manera de acercar la comida italiana más elaborada a los domicilios. Nos han dado un Diploma de reconocimiento de Trip Advisor. Estamos muy contentos.
No todo el mundo conoce una de tus grandes aficiones aparte de la cocina.
– Es cierto, pocos saben de mi pasión por la pintura; me la transmitió Moncho Borrajo, gran amigo, es como un hermano para mí. Él pinta y me lo aconsejó; desde hace unos diez años hago mis “pinitos” con las acuarelas.
Moncho es también el culpable de que mi hijo Tontxu Ipiña se dedique a la canción ya que, siendo niño, le regaló una guitarra con la que componía pequeños versos.
Ha lanzado hace pocos días su nuevo disco ¿no?
– Si, el 21 de mayo, en Mérida. Es su noveno trabajo y se titula “CICATRIZANDO”.
Estoy muy orgullosa de mis hijos, Tontxu es un artistazo y María es, hoy en día, el alma del restaurante, sin ella no sería lo mismo.
Seguimos comiendo, contando muchas anécdotas y riéndonos mucho.
Después del postre, saca dos paquetes envueltos en papel de regalo y me los ofrece.
– Espero que te gusten, los he pintado con mucho cariño.
¡¡Me encantan!! ¡¡Soy yo en dos rincones de Bilbao!!
Me la como a besos y achuchones por tan maravilloso regalo; ya tengo lugar para ellos en mi casa.

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A la hora de marchar, me enseña un bodegón realizado por Montxo Borrajo, con recortes. En otra pared a la entrada del comedor de arriba me fijo en varios cuadros con fotos de diferentes personajes y gente conocida, tanto deportistas como actores o políticos.

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Quedaba una foto final, las dos con nuestro querido amigo y fotógrafo Andoni.

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Gracias, Antonia, por tan fabulosa comida y por tu profesionalidad pero, sobre todo, por ser tan buena gente, llena de sentimientos y positivismo.

Me quedo con tu frase: «Que todo lo que comiences sea siempre con amor».

Fotos: Andoni Renteria.

UN BILBAO MÁS CULTO

Los reconocimientos y los premios a aquellos que han trabajado en clase y han obtenido buenos resultados vienen de lejos.
Al finalizar el curso escolar del año 1877 decidieron, desde el Consistorio bilbaíno, organizar un acto en el que se reconociera a todos aquellos alumnos que hubieran destacado durante el curso.
La noticia la recogía el NOTICIERO BILBAINO con mucho regocijo, ya que habían pasado diez años desde la última vez que se celebraba algo así, por culpa de las guerras carlistas.
Aquellos premios se consideraban necesarios para reconocer a todos los jóvenes su tiempo dedicado a la instrucción y educación que les prepararía para el futuro.

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En aquella época y, según palabras del alcalde Don Pablo de Alzola, Bilbao ya contaba con más de 30 centros escolares entre públicos y privados, para infantes y para adultos.
Además el alcalde decidió crear otras dos escuelas de párvulos, una escuela de Artes y Oficios y una academia de música. También fue el precursor de las “salas cuna”; una especie de guarderías de entonces donde las madres dejaban a sus hijos unas horas mientras ellas iban a trabajar.
Las escuelas de primaria instruían en lo básico, es decir, las cuatro reglas, leer y escribir. A los doce años ya podían abandonar la educación básica.
Algunas de estas aulas estaban ubicadas en pisos o en edificios que albergaban otras instituciones como la Casa Galera que era, además, centro de acogida de perturbados y mujeres de vida alegre. Por este motivo tuvieron muchas quejas de los padres de aquellos estudiantes, que no veían con buenos ojos que sus retoños fueran testigos de escenas poco decorosas.
No solo aumentaron los centros escolares sino que también se promulgaron leyes para que controlaran la asistencia de los alumnos, ya que, a finales del siglo XIX se podían ver grupos de niños y niñas por las calles de nuestra villa en horario lectivo.
Muchos de estos chavales eran los encargados de llevar a sus progenitores la comida al trabajo o realizaban recados para el bienestar de la familia.
Tuvieron mucho auge las escuelas de adultos para jóvenes a partir de catorce años que estuvieran empadronados en Bilbao.
El Ayuntamiento se hacía cargo del material escolar de este tipo de centros educativos; todo lo que fuese necesario para erradicar el analfabetismo de nuestras calles, todo lo que fuese necesario para conseguir una ciudadanía más culta.

ESCUELAS DE BARRIADA

En la Biblioteca de la Diputación asistí ayer, día 10 de junio, a una exposición muy curiosa.
Se titula: ESCUELAS DE BARRIADA DE BIZKAIA (1919-1937).
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En paneles informativos explican las características, los usos y costumbres de diferentes escuelas; aportan datos, tales como los nombres de profesores o párrocos o qué actividades realizaban fuera del horario escolar.
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En una vitrina algunos de los juegos con los que se entretenían los chavales de entonces.

He alucinado viendo canicas de madera en una bolsita de malla.

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Muchos de los objetos utilizados en la enseñanza, no los había visto nunca.

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En la exposición se puede ver y tocar una recreación de un aula. Yo aprovecho para sentarme en el puesto de la profesora, recordar tiempos de alumna y «salir al encerado» a escribir mi nombre.

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En una pared colgadas en un perchero, unas batas como olvidadas. Su tacto es áspero pero están limpias. Me pruebo una y me siento muy extraña; hace muchos años que dejé de usarlas.

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Llama mi atención un mapa en el que el tema no son montañas, ni ríos, ni cordilleras…El tema es la industría. Fijaros que nuestra tierra pone bien en grande: HIERRO.

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La exposición termina el próximo día 30 de junio, os invito a daros una vuelta.

Es gratuita y, como veis, permiten tomar fotografías, como las que hemos realizado Andoni Renteria y yo con nuestros móviles.