EL ORIGEN DE LOS BOMBEROS DE BILBAO

Los bomberos en Bilbao son poco menos que héroes; se les valora por su trabajo, su dedicación, su esfuerzo, su solidaridad y, por qué no decirlo, por lo atractivos que salen en las fotos del famoso calendario que año tras año editan.
Pero, vamos a remontarnos al inicio de todo.
La Compañía de los Bomberos fue creada en 1829 y se regía por un reglamento diseñado por una junta compuesta por propietarios de casas de Bilbao y por una Junta de Incendios encargada del cuidado y administración de los útiles pertenecientes al cuerpo de bomberos.
Ya en 1708 se organizó un grupo de carpinteros, albañiles, canteros y demás artesanos que debían encargarse de la extinción de incendios cuando fuese necesario.
En 1726 se compró una bomba de agua pero, no fue hasta 1867, que el trabajo de bombero se profesionalizó y se dedicaron en cuerpo y alma a combatir el fuego.
Ese año se funda la Compañía de Bomberos de la Invicta Villa de Bilbao. Al principio eran 100 efectivos dirigidos por 14 jefes.
Estos 100 hombres se dividían en pelotones de 25 y cada uno portaba una correa blanca con una chapa identificativa.bomberos
Otra curiosidad de entonces era que en el umbral de la puerta de cada casa en la que habitaba un bombero, se colocaba una tabla pintada de blanco donde en negro se especificaba el número de bombero.
También los vecinos colaboraban en tan arduas tareas de extinción siempre y cuando se presentaran al jefe del pelotón para que este le destinara a uno u otro trabajo.
A mediados del siglo XIX eran cinco las bombas de agua distribuidas por los puntos más estratégicos de la villa.
En los bajos del edificio del Ayuntamiento, ubicado todavía en la calle la Ribera anexo a la iglesia de San Antón, se guardaban herramientas tales como palas, picos, escaleras o cuerdas.
Dichos utensilios, además de estar custodiados, se sometían varias veces al año a una inspección con el fin de mantenerlos siempre en buen uso.

Los bilbainos no tenemos ninguna duda de que nuestros bomberos son unos grandísimos profesionales.

ATRACO FALLIDO

Delincuentes, ladrones, carteristas y chorizos ha habido siempre y en todos los rincones.
Hoy os contaré el caso de cinco individuos de entre 18 y 20 años que ocuparon las páginas de los periódicos de nuestra villa hace más de noventa años.
El 24 de Abril de 1922 a las diez de la mañana estos jóvenes sin escrúpulos, siguieron muy de cerca a un cobrador de la empresa “La Sebería Bilbaína” que hacía su trabajo en la zona de San Francisco.
Este empleado portaba colgado de su hombro, un pequeño saco con monedas y billetes que había cobrado a los clientes de dicha empresa.
De pronto, en la Calle Iturriza, a la altura de la sacristía de la Quinta Parroquia le rodearon y le intimidaron con pistolas obligándole a entregarles la recaudación de ese día.
El hombre no se amilanó y les atizó con el propio saco, pero ellos le empujaron y arrastraron hasta un portal cercano y allí le golpearon fuertemente.
El cobrador chillaba y pedía auxilio sin soltar su cartera. Uno de los atracadores disparó su arma que, afortunadamente, no hizo blanco en el trabajador pero si alertó a los comerciantes de la zona y a un policía municipal que, rápidamente, se acercó al lugar de los hechos.
Al mismo tiempo, otros guardias corrieron en su ayuda y comenzó un dispositivo digno de una película policiaca.
Los agentes se dividieron en dos grupos en las calles Hurtado de Amézaga y San Francisco para, de esa manera, cortarles la posibilidad de huir.
El cabo Méndez, famoso por su valentía, fue el que, arriesgando su vida, se dirigió al portal empuñando su arma, a lo que los ladrones respondieron a tiros.
Dos de los ladrones disparando a diestro y siniestro escaparon hacia la plaza Zabálburu, mientras que los otros tres rateros se dirigieron a la calle Hurtado de Amézaga.

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Comenzó, entonces, una persecución por las calles aledañas.
Uno de los atracadores se refugió en un almacén de lubrificantes, a la vez que sus dos compinches lo hicieron en un restaurante de la cercana calle Fernández del Campo.
La policía municipal los tenía rodeados, poco podían hacer para salvarse.
Finalmente, se entregaron sin oponer resistencia, abandonando sus pistolas en el retrete del restaurante.
El que se había escondido en el almacén también fue apresado y a los tres los condujeron a dependencias policiales.
De los que huyeron hacia la zona de Zabálburu nunca más se supo.
Una vez a salvo, el valiente cobrador, declaró que había vuelto a nacer puesto que el ladrón erró su disparo.
La empresa para la que trabajaba, en agradecimiento, le hizo entrega de mil pesetas, además de donar al cuerpo de municipales de Bilbao otras 250 pesetas.
En las declaraciones de los reos hubo bastante desconcierto, ya que confesaron ser comunistas y que confundieron a su víctima con un cobrador de tranvía que, en la última huelga, había actuado como esquirol.

LA ENCARTADA, MUCHO MÁS QUE UN MUSEO.

El 10 de Enero de 2007 se inaugura un museo que nos lleva de viaje al comienzo de la Revolución Industrial.
A orillas del río Cadagua, en la villa de Balmaseda y rodeada de naturaleza en estado puro, se encuentra el museo de Boinas La Encartada.
Durante un siglo, exactamente de 1892 a 1992, este edificio albergó la fábrica de boinas, aunque también produjo mantas y paños.
En esos años fue un ejemplo en la industria vizcaína, ya que el sector textil no estaba tan representado en nuestra geografía como el siderometalúrgico.
La restauración de las instalaciones para conseguir el museo que disfrutamos hoy en día, corrió a cargo de la Diputación Foral de Bizkaia, el Ayuntamiento de Balmaseda y diferentes patrocinadores.

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Pero vamos a remontarnos al inicio de todo.
La idea de la fábrica surge de Marcos Arena Bermejillo, natural del pueblo encartado, que residió muchos años en México. Cuando volvió a finales del siglo XIX emprendió un negocio junto con otros cuatro empresarios y comerciantes de la zona.
El capital inicial aportado por estas personas era de 500 000 pesetas. En Bilbao constituyeron la sociedad anónima con el nombre La Encartada.
Eligen la boina como producto estrella ya que era un artículo básico, de gran consumo por parte de la clase obrera, campesinos y militares.
Los terrenos fueron comprados en 1890 en el barrio de El Peñueco a dos kilómetros del centro. El lugar elegido estaba determinado por la cercanía al rio Cadagua, donde ya hubo una ferrería en el siglo XV y un molino harinero.
Además de adquirir los terrenos, también obtuvieron el salto de agua de siete metros de altura que les proporcionaría la potencia necesaria para su maquinaria.
En 1892 el edificio, más pequeño que el actual, estaba formado por cuatro naves paralelas de dos alturas y otra transversal de tres.
Quince años después se amplía la fábrica con dos nuevas naves; y es entonces cuando comienza una nueva línea de producción: la de mantas y paños.
Entre 1910 y 1936 La Encartada disfruta de un periodo de esplendor; de 40 empleados pasan a ser 130.
Durante la Guerra Civil el Gobierno Vasco requisó la producción, ya que necesitaban 150 mantas diarias para el ejército de Euskadi.
A partir de los años sesenta la elaboración de las boinas se ve afectada por las modas; ya no se utilizan tanto, se empiezan a acumular los stocks y la demanda es menor.
Otra dificultad fue el uso de las fibras sintéticas que desplazaron a las fibras naturales. Empieza la competencia, los precios son más baratos en otras fábricas donde los salarios son más bajos. Todo esto llevó al cierre definitivo en el verano de 1992, finalizando un siglo de La Encartada.
Un siglo en el que los trabajadores eran una familia, estaban bien considerados por el patrón, disponían de escuela y viviendas allí mismo, además de muchas otras ventajas que llegan a sorprender hoy en día, como el agua o la luz gratis.
He visitado dos veces este museo cargado de memoria, la última hace poco más de un mes y, confieso, que siento especial cariño por este retazo de la historia de Bizkaia.
Begoña De Ibarra, su directora, es una excelente gestora del museo y se nota que ama este emblemático lugar.

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Lo primero que ves cuando llegas al aparcamiento es un inmueble que fue utilizado como escuela.

Donde ahora se estacionan los vehículos, unas huertas que trabajaban con ahínco los empleados de la fábrica y que les permitían aportar algo más a la economía familiar.

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El edificio que alberga el museo se encuentra maravillosamente conservado y dispone de un amplio terreno alrededor, salpicado de burros de colores, de una exposición que hubo y que han mantenido para dar un punto simpático, además de defender a este animal rudo y delicado a la vez.
Al lado del mostrador de entrada, nos sorprenden varios vehículos destinados a trasladar los diferentes pedidos por toda la provincia.

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También se puede ver una tina de aclarado de los vellones de lana, que utilizaba el agua del propio canal de la fábrica.

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A pocos metros, en una sala grande, una serie de objetos y herramientas se exponen para que comprendamos mejor la confección de la prenda estrella.

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En unas vitrinas se exhiben distintos recuerdos, tanto fotográficos como de las etiquetas que colocaban en cada boina o los sellos para la personalización del producto.

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En la visita guiada lo primero que te muestran es un video en la sala de cine del museo. Un documental que explica la historia de la fábrica, en el que los testimonios de los antiguos trabajadores emocionan al punto de no poder evitar alguna lágrima.
Una vez que nos hemos secado los ojos y nos hemos recuperado de tanta emoción, una guía del museo nos conduce al lugar donde día tras día durante un siglo, más de cien empleados pasaban sus horas entre máquinas.
Una de las cosas que más llama la atención de los visitantes es el magnífico estado de conservación de todas y cada una de las máquinas y herramientas usadas en la fabricación de las boinas.
El primer proceso consistía en la preparación de la lana y eso se conseguía con el batuar o diablo y la abridora-engrasadora.

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La lana ya preparada se dispone en unas “mulas” que ocupan casi todo el ancho de la nave donde se transforma en hilo. Es bastante complejo el sistema de engranajes, correas, poleas y rodillos.

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Aquí es cuando pregunto a la guía por el ruido que soportaban los trabajadores y me explica que, efectivamente, debía de ser un ruido ensordecedor.
En la imagen me podéis ver con lo que luego, después de varios procesos, se convertirá en una boina. Esta que tengo en la mano, tras el lavado, cardado, teñido y secado encogerá y adoptará su tamaño normal.

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Se va tejiendo en forma de triángulo irregular y luego se une con una costura invisible para darle la redondez lógica de esta prenda. En el centro se le añade el rabito para “cerrar” la operación y, entonces, ya está preparada para el batanado y tintado.

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Para la confección de paños y mantas se utilizaban telares donde se mezclaban hilos de diferentes colores con un sistema de tarjetas agujereadas por las que pasaban las diferentes hebras.

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De repente, aparece ante mí una cesta llena de blanco algodón que no me resisto a introducir mis manos y disfrutar de su suave tacto.

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Seguimos con la visita y llegamos a una máquina donde se cardaban las boinas, un proceso que podía durar horas. Ahí mismo me pruebo otra “txapela”; esta vez con el tamaño adecuado.

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Terminada la visita a la fábrica nos dirigimos a las oficinas del dueño a través de una puerta situada en la misma planta.
En un despacho podemos ver una mesa de dibujo y el escritorio con diferentes objetos habituales de la empresa en aquellos años, como un teléfono o un muestrario de telas.
Se trata de una habitación recreada para darnos una idea del proceso administrativo y de dirección de la fábrica en el siglo pasado.

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Por unas escaleras accedemos a la vivienda que, en principio, iba a ser del guarda pero que, debido a la gran producción y a la necesidad de que el dueño pasará muchas horas en la fábrica, se convirtió en la residencia de la familia.
Muchos de los objetos no pertenecieron a los Señores Arena sino que se han incorporado para ambientar las estancias y darnos una idea de cómo eran las casas burguesas en la primera mitad del siglo XX.

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Todo llama mi atención; algunas piezas por no haberlas visto nunca y otras, como la cocina de carbón, por todo lo contrario, ya que en casa de mi amama se ha utilizado hasta hace relativamente poco tiempo.
Era una sociedad muy religiosa y eso se refleja en la cantidad de crucifijos e imágenes sagradas repartidas por todas las habitaciones.
El tamaño del cuarto de baño es, al menos, dos veces los que cualquiera de nosotros tenemos en nuestra casa.

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Al salir de la vivienda pasamos por una gran sala donde realizan talleres y actividades para niños.

Colgado de una pared, un cartel de la fábrica con unas entrañables fotografías de los empleados y sus familias.

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Faltaba poco para finalizar la visita y la guía nos indicó que descendiéramos por unas escaleras donde me paré un momento para admirar aquellas máquinas e imaginar la vida tan dura de tantos trabajadores, cómo fue la convivencia entre ellos, cómo fueron los fríos inviernos, el ruido ensordecedor, la mezcla de olores y tantos momentos vividos entre esas paredes.

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Nos encaminamos hacia el sótano donde nuestra cicerone nos enseñó la gran turbina que, gracias al caudal del río Cadagua, produce la energía eléctrica suficiente para hacer funcionar este complejo proceso de la fabricación de las boinas.

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Transcurrida algo más de una hora ya lo había visto todo y solo me faltaba firmar en el libro de visitas, donde dejé constancia de mi satisfacción y agradecimiento a este magnífico museo, por haberme ayudado a conocer una de las factorías más representativas de la historia industrial de nuestra tierra.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA