LA ENCARTADA, MUCHO MÁS QUE UN MUSEO.

El 10 de Enero de 2007 se inaugura un museo que nos lleva de viaje al comienzo de la Revolución Industrial.
A orillas del río Cadagua, en la villa de Balmaseda y rodeada de naturaleza en estado puro, se encuentra el museo de Boinas La Encartada.
Durante un siglo, exactamente de 1892 a 1992, este edificio albergó la fábrica de boinas, aunque también produjo mantas y paños.
En esos años fue un ejemplo en la industria vizcaína, ya que el sector textil no estaba tan representado en nuestra geografía como el siderometalúrgico.
La restauración de las instalaciones para conseguir el museo que disfrutamos hoy en día, corrió a cargo de la Diputación Foral de Bizkaia, el Ayuntamiento de Balmaseda y diferentes patrocinadores.

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Pero vamos a remontarnos al inicio de todo.
La idea de la fábrica surge de Marcos Arena Bermejillo, natural del pueblo encartado, que residió muchos años en México. Cuando volvió a finales del siglo XIX emprendió un negocio junto con otros cuatro empresarios y comerciantes de la zona.
El capital inicial aportado por estas personas era de 500 000 pesetas. En Bilbao constituyeron la sociedad anónima con el nombre La Encartada.
Eligen la boina como producto estrella ya que era un artículo básico, de gran consumo por parte de la clase obrera, campesinos y militares.
Los terrenos fueron comprados en 1890 en el barrio de El Peñueco a dos kilómetros del centro. El lugar elegido estaba determinado por la cercanía al rio Cadagua, donde ya hubo una ferrería en el siglo XV y un molino harinero.
Además de adquirir los terrenos, también obtuvieron el salto de agua de siete metros de altura que les proporcionaría la potencia necesaria para su maquinaria.
En 1892 el edificio, más pequeño que el actual, estaba formado por cuatro naves paralelas de dos alturas y otra transversal de tres.
Quince años después se amplía la fábrica con dos nuevas naves; y es entonces cuando comienza una nueva línea de producción: la de mantas y paños.
Entre 1910 y 1936 La Encartada disfruta de un periodo de esplendor; de 40 empleados pasan a ser 130.
Durante la Guerra Civil el Gobierno Vasco requisó la producción, ya que necesitaban 150 mantas diarias para el ejército de Euskadi.
A partir de los años sesenta la elaboración de las boinas se ve afectada por las modas; ya no se utilizan tanto, se empiezan a acumular los stocks y la demanda es menor.
Otra dificultad fue el uso de las fibras sintéticas que desplazaron a las fibras naturales. Empieza la competencia, los precios son más baratos en otras fábricas donde los salarios son más bajos. Todo esto llevó al cierre definitivo en el verano de 1992, finalizando un siglo de La Encartada.
Un siglo en el que los trabajadores eran una familia, estaban bien considerados por el patrón, disponían de escuela y viviendas allí mismo, además de muchas otras ventajas que llegan a sorprender hoy en día, como el agua o la luz gratis.
He visitado dos veces este museo cargado de memoria, la última hace poco más de un mes y, confieso, que siento especial cariño por este retazo de la historia de Bizkaia.
Begoña De Ibarra, su directora, es una excelente gestora del museo y se nota que ama este emblemático lugar.

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Lo primero que ves cuando llegas al aparcamiento es un inmueble que fue utilizado como escuela.

Donde ahora se estacionan los vehículos, unas huertas que trabajaban con ahínco los empleados de la fábrica y que les permitían aportar algo más a la economía familiar.

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El edificio que alberga el museo se encuentra maravillosamente conservado y dispone de un amplio terreno alrededor, salpicado de burros de colores, de una exposición que hubo y que han mantenido para dar un punto simpático, además de defender a este animal rudo y delicado a la vez.
Al lado del mostrador de entrada, nos sorprenden varios vehículos destinados a trasladar los diferentes pedidos por toda la provincia.

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También se puede ver una tina de aclarado de los vellones de lana, que utilizaba el agua del propio canal de la fábrica.

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A pocos metros, en una sala grande, una serie de objetos y herramientas se exponen para que comprendamos mejor la confección de la prenda estrella.

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En unas vitrinas se exhiben distintos recuerdos, tanto fotográficos como de las etiquetas que colocaban en cada boina o los sellos para la personalización del producto.

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En la visita guiada lo primero que te muestran es un video en la sala de cine del museo. Un documental que explica la historia de la fábrica, en el que los testimonios de los antiguos trabajadores emocionan al punto de no poder evitar alguna lágrima.
Una vez que nos hemos secado los ojos y nos hemos recuperado de tanta emoción, una guía del museo nos conduce al lugar donde día tras día durante un siglo, más de cien empleados pasaban sus horas entre máquinas.
Una de las cosas que más llama la atención de los visitantes es el magnífico estado de conservación de todas y cada una de las máquinas y herramientas usadas en la fabricación de las boinas.
El primer proceso consistía en la preparación de la lana y eso se conseguía con el batuar o diablo y la abridora-engrasadora.

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La lana ya preparada se dispone en unas “mulas” que ocupan casi todo el ancho de la nave donde se transforma en hilo. Es bastante complejo el sistema de engranajes, correas, poleas y rodillos.

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Aquí es cuando pregunto a la guía por el ruido que soportaban los trabajadores y me explica que, efectivamente, debía de ser un ruido ensordecedor.
En la imagen me podéis ver con lo que luego, después de varios procesos, se convertirá en una boina. Esta que tengo en la mano, tras el lavado, cardado, teñido y secado encogerá y adoptará su tamaño normal.

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Se va tejiendo en forma de triángulo irregular y luego se une con una costura invisible para darle la redondez lógica de esta prenda. En el centro se le añade el rabito para “cerrar” la operación y, entonces, ya está preparada para el batanado y tintado.

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Para la confección de paños y mantas se utilizaban telares donde se mezclaban hilos de diferentes colores con un sistema de tarjetas agujereadas por las que pasaban las diferentes hebras.

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De repente, aparece ante mí una cesta llena de blanco algodón que no me resisto a introducir mis manos y disfrutar de su suave tacto.

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Seguimos con la visita y llegamos a una máquina donde se cardaban las boinas, un proceso que podía durar horas. Ahí mismo me pruebo otra “txapela”; esta vez con el tamaño adecuado.

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Terminada la visita a la fábrica nos dirigimos a las oficinas del dueño a través de una puerta situada en la misma planta.
En un despacho podemos ver una mesa de dibujo y el escritorio con diferentes objetos habituales de la empresa en aquellos años, como un teléfono o un muestrario de telas.
Se trata de una habitación recreada para darnos una idea del proceso administrativo y de dirección de la fábrica en el siglo pasado.

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Por unas escaleras accedemos a la vivienda que, en principio, iba a ser del guarda pero que, debido a la gran producción y a la necesidad de que el dueño pasará muchas horas en la fábrica, se convirtió en la residencia de la familia.
Muchos de los objetos no pertenecieron a los Señores Arena sino que se han incorporado para ambientar las estancias y darnos una idea de cómo eran las casas burguesas en la primera mitad del siglo XX.

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Todo llama mi atención; algunas piezas por no haberlas visto nunca y otras, como la cocina de carbón, por todo lo contrario, ya que en casa de mi amama se ha utilizado hasta hace relativamente poco tiempo.
Era una sociedad muy religiosa y eso se refleja en la cantidad de crucifijos e imágenes sagradas repartidas por todas las habitaciones.
El tamaño del cuarto de baño es, al menos, dos veces los que cualquiera de nosotros tenemos en nuestra casa.

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Al salir de la vivienda pasamos por una gran sala donde realizan talleres y actividades para niños.

Colgado de una pared, un cartel de la fábrica con unas entrañables fotografías de los empleados y sus familias.

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Faltaba poco para finalizar la visita y la guía nos indicó que descendiéramos por unas escaleras donde me paré un momento para admirar aquellas máquinas e imaginar la vida tan dura de tantos trabajadores, cómo fue la convivencia entre ellos, cómo fueron los fríos inviernos, el ruido ensordecedor, la mezcla de olores y tantos momentos vividos entre esas paredes.

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Nos encaminamos hacia el sótano donde nuestra cicerone nos enseñó la gran turbina que, gracias al caudal del río Cadagua, produce la energía eléctrica suficiente para hacer funcionar este complejo proceso de la fabricación de las boinas.

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Transcurrida algo más de una hora ya lo había visto todo y solo me faltaba firmar en el libro de visitas, donde dejé constancia de mi satisfacción y agradecimiento a este magnífico museo, por haberme ayudado a conocer una de las factorías más representativas de la historia industrial de nuestra tierra.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA

RECUPERANDO LA SEMANA SANTA

Después de un parón “obligado”, en el año 1939 se impuso de nuevo el silencio, el recogimiento y los ciclos religiosos impuestos por un régimen político nuevo y por la Iglesia Católica.
Regresaron las fechas señaladas como Navidad, Cuaresma…y, por supuesto, la Semana Santa.
Volvió la euforia por los capirotes, túnicas, ambiente mortuorio y triste de aquellas fechas.
Fue tanta la devoción que, de una cofradía existente al terminar la guerra, en once años llegaron a ser diez.

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En el año 1939 se reorganizó la cofradía más antigua de la villa, que data del 1553: La Santa Vera Cruz.
Hubo otra fundada por los comerciantes de la calle Tendería bajo la misma advocación que, en 1648, modificó su nombre por el de Santo Cristo.
Se sospecha que, finalmente, se unificaron las dos hermandades.
En 1941, con sede en la parroquia de San Vicente Mártir, nació la Cofradía de La Pasión, cuya vestimenta se componía de túnica y capirote negros, la cruz de Jerusalén en el pecho y el cordón y los guantes en color blanco.
Cinco años después se fusionaron con la de Las Palmas, cuyos miembros eran jóvenes catequistas de la misma parroquia que les unía un objetivo común: Recuperar la tradicional procesión del Borriquito desaparecida en los años que duró la Guerra Civil.
Otra de las recién estrenadas fue la Cofradía de la Madre de Dios de las Escuelas Pías de Bilbao, con integrantes del Colegio de los Padres Escolapios, a los que les exigían para pertenecer a ella “Buena moralidad y buenas costumbres”.
Antiguos alumnos de los colegios Santiago Apóstol y Nuestra Señora de Begoña fundaron en 1947 y 1948 sus cofradías: la del Apóstol Santiago y la de la Santa Eucaristía, respectivamente.
Una de las más arraigadas hoy en día fue la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, creada en 1947 y que rendía culto al Cristo de Medinacelli.
Es una de las imágenes que causa mayor impresión y fervor en las procesiones por la villa.
En aquellos años, dos más tuvieron gran renombre: La Cofradía de Nuestra Señora de Begoña y la de los Cruzados. Fue la época de mayor esplendor de las hermandades. Sin embargo, a finales de los sesenta muchas desaparecieron.

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BILBAO A CUATRO METROS

¿Os apetece hacer un tour en autobús por Bilbao?
Hace unas semanas mientras paseaba por la Gran Vía se me ocurrió montarme en el autobús 56, el de dos pisos, en la Plaza del Sagrado Corazón, realizar su trayecto hasta el barrio de La Peña y, de esta manera, observar el Botxo desde las alturas, como si fuese una turista. Una turista en mi propia ciudad.
Suena bien, ¿Verdad?

Eran las once de la mañana y el autocar iba casi vacío, así que, pude sentarme en la primera fila del piso de arriba justo encima del asiento del conductor.
Desde esta posición la panorámica es magnífica.

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Arrancamos y entramos en la calle más importante de la villa: Gran Vía Don Diego López de Haro, llamada así en honor a nuestro insigne fundador.

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A nuestra espalda dejamos el monumento al Sagrado Corazón de Jesús.
Con mi cámara voy tomando fotografías de edificios y calles que siempre vemos desde el suelo; esta vez los vería a unos cuatro metros de altura.
Giro la cabeza a mi izquierda y me topo con nuestro edificio más alto: La Torre Iberdrola, majestuosa con sus 41 plantas.

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Unos metros más adelante los elegantes edificios me parecen gigantes desde mi posición y no puedo dejar de fotografiar su belleza.

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Bordeamos la plaza Moyua donde se encuentra el Palacio Chávarri que, actualmente, lo utiliza la Subdelegación del Gobierno.

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Avanzamos por la Gran Vía y, a nuestro encuentro, sale el Palacio de la Diputación Foral de Bizkaia, edificado a finales del siglo XIX.

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En la plaza Circular me saluda Don Diego López de Haro, al que yo llamo cariñosamente Dondi.
También es conocido en la villa como “El Intruso”, ya que se apropió del título de Señor de Bizkaia que le correspondía a su sobrina María Díaz de Haro.

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El puente del Arenal, terminado en 1847, fue bautizado como puente de Isabel II y, durante los 23 años posteriores, fue paso de peaje.

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Desde allí observo la ría, nuestra ría, nuestra columna vertebral.

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A la izquierda dejamos la Iglesia San Nicolás inaugurada en el año 1756 que sufrió, como muchos otros edificios de la ciudad, las trágicas inundaciones de 1983.

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A la derecha, las casas al borde de la ría de la calle Bailén con sus llamativas fachadas.

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Cruzamos el puente de la Merced y, al fondo, parece esperarnos la que fue la Iglesia de la Merced del siglo XVII que, desde el año 1997, es una sala municipal de conciertos.

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Desde el muelle Marzana fotografío el Mercado de la Ribera, del cual se dice, que es el mercado cubierto más grande de Europa.

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En la plaza Saralegui un horno de calcinación de siderita de la Mina San Luis nos recuerda el pasado minero de la villa.

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San Antón, mi preferida. De estilo gótico, data de finales del siglo XV.

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Por la calle Urazurrutia avanzamos y, al frente, vemos el puente de Miraflores inaugurado el 28 de abril de 1995.

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Queda muy poco para alcanzar la última parada, ya estamos en el barrio de La Peña.
Antes de descender, tomo una imagen de la iglesia del Buen Pastor.

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Llego a destino, feliz, habiendo disfrutado de un recorrido sin prisas, absorbiendo todo lo que nuestra ciudad nos ofrece y habiendo repasado retazos de nuestra historia.

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