PASEO ITSASLUR, AL BORDE DEL MAR

Un buen amigo me habló de este lugar de nuestra costa. He de confesar que no lo conocía y sentí curiosidad así que, le pedí que me llevara y me lo enseñara.
Desde Bilbao la distancia es de unos veinticinco kilómetros.
A este paseo se puede acceder de dos maneras: Una por el aparcamiento de Pobeña y la otra por Kobaron.
Si eliges acceder por Pobeña, yendo por la A8, debes desviarte en la salida Muskiz-La Arena y llegar hasta el aparcamiento.
Este acceso es bastante complicado si vas con sillas de minusválidos o de bebés, ya que son 120 escalones los que hay que subir para alcanzar el bucólico paseo.
Sabiendo eso, mi acompañante me aconsejó la otra entrada, por Kobaron.
Nos dirigimos hacia El Haya por la A8 y a la derecha un cartel nos señalizaba Kobaron, una vez tomado el desvío son varios los paneles informativos para llegar a Itsaslur.
Allí aparcamos junto al acantilado.

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El suelo, muy bien asfaltado, facilita la caminata mientras contemplas el enfurecido y frío mar Cantábrico, nuestro mar y, además, se pueden observar diferentes restos de la actividad minera de la zona.
Este paseo es una vía verde al borde del mar, por donde transcurrían las vías del ferrocarril minero.

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Diferentes paneles informativos nos hablan de la flora y la fauna del lugar, del arte ancestral de la recogida de algas, de cuya actividad quedan restos de las poleas que utilizaban para extraer estos vegetales marinos.
Desde mediados del siglo XIX hasta los años 60 del pasado siglo, hubo en esta zona una actividad incesante transportando el mineral de hierro.
Mientras paseas vas entendiendo el pasado industrial ya que son varias las construcciones en ruinas. En la foto podéis observar uno de los cargaderos ya desaparecido, donde embarcaban el mineral de hierro de Bizkaia para enviarlo a tierras inglesas.

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El recorrido de unos dos kilómetros es también ruta del Camino de Santiago.
Al llegar al lado más cercano a Pobeña, nos sentamos en un banco a relajar la vista mirando aquellas aguas que tan bien conocemos los que vivimos en el Norte pero, no por ello dejan de sorprendernos.

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Como siempre que hago excursiones, disfruté mucho y os recomiendo este paseo para esos días que no te apetece alejarte mucho pero que necesitas cambiar de aires.

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VISITA A LA TORRE IBERDROLA

El pasado 30 de mayo subí a lo más alto y no me refiero a ningún triunfo, aunque con las ganas que tenía de hacerlo, casi puedo llamarlo así.
Llevaba mucho tiempo mirando a la torre Iberdrola y preguntándome cómo conseguir el acceso a una de sus plantas altas para contemplar la Capital del Mundo desde allí.
La respuesta me llegó a través de Internet; me enteré de una exposición en la planta veinticinco de tan moderno edificio.
Llamé al teléfono indicado y me pidieron unos datos, instándome a recoger unas entradas allí en la recepción.
El día indicado acudí con expectación e ilusión y, por supuesto, con mi cámara fotográfica y mi cuaderno de notas.
Diez minutos antes de la hora me encontraba enseñando mi DNI a una señorita a cambio de entregarme una tarjeta que debería portar durante toda mi estancia en el edificio. Al dármela me indicó que me sentara a esperar.
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A las doce en punto el guía, un joven llamado Santi, apareció, nos saludó y allí nos explicó las obras de Cristina iglesias y Jesús Mari Lazkano que decoran el vestíbulo.
Minutos después nos indicó que debíamos atravesar el arco de seguridad para acceder a los ascensores.
Todo está muy vigilado, con mucha seguridad.
Varias azafatas ataviadas con el uniforme corporativo nos saludaban con sonrisas y se preocupaban de que todos fuéramos en grupo y por el camino señalizado.
En pocos segundos salvamos la distancia que separa la planta cero de la planta veinticinco.
Al salir del ascensor otras señoritas con sus trajes verdes nos esperaban con una sonrisa y palabras de bienvenida, a las que poco caso hicimos, ya que nuestro objetivo eran las ansiadas cristaleras.
Las veinte personas del grupo nos abalanzamos a aquellas magnéticas vistas de la Capital del Mundo, casi sin reparar en una magnífica maqueta de la torre.
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Yo sentí una emoción que se transformó en carne de gallina. Tanto tiempo soñando con ver mi ciudad a esa altura y, por fin, allí estaba. Se me materializaba un sueño.
Nos permitieron que durante tres o cuatro minutos disfrutáramos de las extraordinarias vistas. Pasado este tiempo, el guía nos reunió para indicarnos el camino hacia la exposición, ya que ese era el verdadero motivo de la visita.
El título era LA PIEL TRANSLÚCIDA. Una extensa colección de pinturas de diversos artistas como Guiard, Zuloaga, Arteta, Arrúe…y muchísimos más.
Yo iba (como siempre) con mi libreta tomando nota de todo, aunque no hubiera hecho falta puesto que, al salir, nos entregaron a cada uno un catálogo explicativo.
También pudimos admirar una muestra fotográfica muy curiosa e impactante.
Al terminar, nos permitieron regresar a las codiciadas cristaleras para observar Bilbao esta vez con más detenimiento.

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Había amanecido gris pero en ese instante lucía el sol, como si quisiera colaborar para que nuestras instantáneas salieran con buena luz.
El Museo Guggenheim es precioso desde el aire, Puppy parecía un juguete olvidado por algún niño.

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San Mamés, sin finalizar en aquella fechas,  fue otro de los objetivos de las cámaras de los afortunados visitantes y paseantes, en ese momento, de la planta veinticinco.

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Según íbamos rodeando el piso con la vista al otro lado del cristal, comentábamos los edificios, con sorpresa, curiosidad, risas y mucha emoción, sabiendo que, posiblemente, nunca volveríamos a subir tan alto.

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Esta torre es la más alta de Euskadi con sus 165 metros de frialdad y elegancia, a la vez.
De repente todo terminó, las señoritas de verde nos instaron a dirigirnos de nuevo a los ascensores para retornar al vestíbulo. Poco a poco nos iban llevando a la salida con mucha educación y con amplia sonrisa pero implacables; la visita había concluido y debíamos abandonar el famoso rascacielos.
Una vez abajo pasamos por los arcos de seguridad y nos acercamos al mostrador donde nos recogieron las tarjetas. Con este gesto terminó la visita a la Torre Iberdrola.

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Al salir iba feliz, miré hacia arriba y me dije a mi misma: “Lo has conseguido, has visto tu amada ciudad desde lo más alto”

UNA MAÑANA EN LA ARBOLEDA

Primer sábado del mes de noviembre. Luce el sol y la temperatura es cálida.
Me apetece realizar una pequeña excursión por nuestro entorno.
¿Dónde voy?
Hace mucho tiempo que no subo a la Arboleda. Será un buen lugar para desconectar y pasear.

Decido ponerme ropa cómoda y dirigirme hacia allí.
Algo más de veinte kilómetros separan Bilbao de mi lugar elegido para desconectar de la ciudad; un lugar mágico lleno de historia industrial y de historias personales.
Veinte minutos después me encuentro en el pueblo de Trapagaran.
Una vez allí se puede subir en coche o en funicular.

Desde ese punto hasta arriba son seis kilómetros de curvas, mientras que si llegas en el funicular tardas menos pero te deja a un kilómetro del pueblo.
El funicular fue construido en 1926 para trasladar a lo más alto a tantos trabajadores y a los camiones que transportaban el mineral.
Opto por continuar en mi automóvil hasta la cima.
La Arboleda ya no hace honor a su nombre; son pocos los árboles que quedan ya que, a partir del siglo XIX, comenzó el gran desarrollo industrial en la zona y fueron desapareciendo.
Enclavada en los montes de Triano, La Arboleda, es un lugar muy frecuentado por montañeros, familias con niños y todo aquel que desee alejarse de la civilización y relajarse paseando por donde hace años hubo tanta actividad.

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Fue un pueblo minero, de su suelo se extraía mineral de hierro que, aunque ya se hacía de manera artesanal en tiempos remotos, fue a finales del siglo XIX cuando adquirió mayor auge. La actividad terminó entre los años 60 y 70 del pasado siglo.
El poblado de la Arboleda en sus principios se componía de barracones para dar cobijo a los trabajadores. Poco a poco se fueron construyendo casas en torno a su plaza.
Hubo hasta veinticuatro comercios hosteleros, hospital, escuela y hasta un cuartel de la Guardia Civil, cerrado desde los años 70, que se encargaba de mantener el orden en aquella variopinta comunidad.

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Pocos vestigios quedan ya de ese pasado industrial pero una visita al Museo Minero nos hará retroceder más de un siglo.

Los antiguos pozos han sido reconvertidos en lagos de aguas azules para disfrute de pescadores, rodeados de un verde paisaje, áreas recreativas y esculturas, muchas esculturas.

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El coche lo estacioné en el aparcamiento gratuito antes de llegar al pueblo y por un paso debajo de la carretera accedí a Meatzalde Goikoa Parkea, un museo gigante al aire libre que desde 2008 luce más bonito con las dieciocho esculturas de diferentes artistas vascos

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Han sido muchos los detractores e incluso los vándalos que les ha molestado esta expresión artística, sin embargo, a mí me ha encantado. Me parece una maravilla combinar arte con paisaje e historia.
Sorprende ver caballos allí, alrededor de las obras de arte, observando a los turistas, protegiendo su hábitat.

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Además de estos monumentos, la zona se ha reconvertido en un espacio para el esparcimiento con zonas infantiles, deportivas y mobiliario para sentarse a comer una buena tortilla.

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Antes de regresar a casa un tentempié en una terracita de la plaza.

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¡Qué mañana más fantástica pasé! Estos son los verdaderos placeres de la vida.

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