UNA TARDE EN BOLINTXU

Este lugar, del que os voy a hablar hoy, no es muy conocido para la gran mayoría; yo misma no lo había visitado nunca, aunque por la zona he pasado en coche muchas veces.
Se trata de un valle situado a los pies del Pagasarri y del Arnotegi.
Mi amigo Andoni me comentó que él lo conocía bien; despertó en mí la curiosidad ante lo desconocido y le pedí que me llevara hasta allí.
Organizamos todo para ir un jueves a las cinco. Era octubre, los días no eran tan largos y debíamos aprovechar la tarde.
Preparados con zapatillas de deporte, agua y algo de chocolate nos dirigimos hacia el Valle de Bolintxu, un enclave con alto valor ecológico a poca distancia del Botxo.
Desde el barrio de La Peña subimos hacia Buia. Se accede muy fácil, no hay pérdida. También se puede acceder desde San Adrián-Larraskitu.
El coche lo dejamos en un aparcamiento a unos veinte metros del sendero donde comienza el Bolintxu bidea.

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Iniciamos la marcha junto al cauce del arroyo Bolintxu, que nace en la vertiente norte del Pagasarri, desemboca en el Nervión a la altura de La Peña y tiene un recorrido de unos 5 kilómetros.
Llevo un bastón de monte para facilitarme el camino ya que, en algunos sitios, el suelo, además de embarrado por la humedad de la zona, está desnivelado.

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Mientras avanzamos Andoni me explica curiosidades de este valle, como por ejemplo que en 1923 se instaló una depuradora que, para desinfectar el agua, utilizaba una técnica de ozonización hasta ese momento pionera en España.
Ya no se conserva, pues fue desmantelada por chatarreros que pretendían sacarle un beneficio económico a aquella reliquia.
Existieron también dos presas construidas en el cauce del río a finales del siglo XIX , cuya agua se almacenaba en un depósito excavado en roca que ha permanecido en funcionamiento hasta finales del pasado siglo.
Estas presas fueron punto de encuentro para muchas familias que se alejaban de la urbe para disfrutar de un rato de descanso y recreo en plena naturaleza.
A finales de los años sesenta, en la ladera del monte Pastorekorta, se asentó una cantera que, debido a su actividad, las aguas cristalinas se convirtieron en turbias con consecuencias terribles para la fauna acuática, desapareciendo diferentes especies como truchas, cangrejos y loinas.

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En el año 1968 El Consorcio de Aguas de Bilbao, construyó una tubería de hormigón en el centro del valle a una altura de casi 20 m. por donde se transporta el agua que se capta del Zadorra, en Álava.
Mientras paseamos a mí me da por hacer el gamberro y subirme a todo lo “subible”. Andoni me advierte de que mire el suelo que piso y que tenga cuidado con las ramas, ya que podría caerme.

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Yo, agradezco sus consejos pero sigo a lo mío.
No dejo de asombrarme con todo lo que observo en este precioso entorno, me resulta curioso pensar que existe este paraíso a tan poca distancia del centro de la villa.
Llegamos a lo que fue una presa, ahora abandonada, pero con una pequeña catarata donde yo no pierdo la oportunidad de hacer cabriolas al borde con la consiguiente preocupación de mi fotógrafo.

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En las inundaciones del 83, este río y su ribera quedaron gravemente alterados. Dejó de ser una zona lúdica y recreativa y poco a poco llegó al abandono.
Afortunadamente, con el paso del tiempo se recuperó y hoy podemos disfrutar de un bosque con alisos y robles, fundamentalmente.
Hacemos un pequeño descanso para contemplar unas plantas que llaman mi atención aunque desconocemos su nombre.

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Debido a la frondosa vegetación y, a pesar de que solo son las seis y media, notamos que empieza a oscurecer, así que decidimos no avanzar más.
Continuando llegaríamos a la cima del Arnotegui, pero por hoy es suficiente.

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Regresamos al aparcamiento por arriba, donde el camino es más seco y más firme.
Me voy parando cada ciertos metros; encuentro bellotas, setas… pero ningún Rolex, jaja.
Minutos más tarde y varias fotos después, divisamos la entrada que, para nosotros, ya es la salida.

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Recojo mi bastón de monte mientras agradezco a Andoni que me haya traído hasta aquí.
Merece mucho la pena salir del Botxo para relajarse en un lugar como este.

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Os aconsejo la visita que, seguro disfrutaréis tanto como lo hice yo, antes de que destruyan este entrañable valle para construir una carretera o alguna infraestructura necesaria para avanzar. ¿Necesaria? No seré yo quien lo cuestione.

FOTOS: ANDONI RENTERIA.

UNA MAÑANA EN EL PAGASARRI

A las diez y cuarto de la mañana del último domingo de septiembre, recogí a mi amigo Andoni en el centro de Bilbao para dirigirnos al Monte Arraiz, donde estacionamos el coche y, desde allí, encaminarnos al Pagasarri.
Cuatro años desde mi última subida, mis últimas agujetas y mis últimas promesas de que pronto repetiría la excursión.
Íbamos provistos de agua, sandwiches, mandarinas y varias chocolatinas (sin ellas no voy al monte), además de paraguas plegables porque el cielo grisáceo prometía lluvia.
Afortunadamente no tuvimos que utilizarlos y, como si las nubes pensaran que ya era demasiado dura la subida como para además hacerlo mojados, se fueron alejando del cielo de la villa.

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El paseo comenzó de manera tranquila, amena, charlando, observando el paisaje… Desde el camino vimos el vertedero de Artigas y el pueblo de Alonsotegui.

Seguimos avanzando, nos cruzamos con muchos caminantes.
-«Buenos días»
-«Buenos días»
De repente una animada música rompiendo la paz del bucólico lugar.
-«¿De dónde viene esa música?» – le pregunté a Andoni.
No necesité una respuesta ya que, en ese instante, unos ciclistas con mucha marcha venían de frente a toda velocidad.
Son muchos los que eligen esta ruta para disfrutar de una mañana de domingo sobre dos ruedas.
Continuamos ascendiendo y, hablar empezaba a suponerme un esfuerzo así que, opté por el silencio para ahorrar energía.
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En un arbolado distinguimos una caseta de cemento que, en otro tiempo, fue utilizada por el guarda. Alrededor, varias mesas y bancos parecían estar esperando montañeros para acoger un picnic.
Pocos metros más adelante llegamos al camino donde te juntas con los que vienen de la zona de Larraskitu.
Empieza una cuesta, que se convertiría en un pequeño calvario para mis cansadas piernas. Le pedí a Andoni un pequeño descanso y él, parecía no escucharme, seguía con paso firme y seguro.
Cinco minutos más tarde y algo menos de oxígeno en mis pulmones decido sentarme en un murete en un lado del camino. Ya no podía más, mi fatigado cuerpo sin aliento, se resistía a continuar.
Quedaban unos doscientos metros para llegar a la cumbre, que alcanzamos en unos minutos, una vez que yo me había recuperado.

Lo primero sacar una foto que demostrara mi hazaña, siguiente paso ir al refugio a tomar un refresco y comer algo mientras observaba Bilbao desde el Olimpo de los bilbaínos.
No era la única; mucha gente en silencio, masticando, mirando nuestra villa, pensando la gran suerte de pertenecer a ella.

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Terminado el refrigerio nos dirigimos a Las Neveras del Pagasarri, donde un panel explicativo, nos cuenta que desde hace 300 años estos agujeros en la tierra se utilizaban de almacén para el hielo que luego trasladaban a la ciudad en burros y carros.

Nos sacamos unas fotos imaginando cómo llevarían a cabo el transporte del hielo por la ladera del monte.

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Nos pareció tan fatigosa la tarea que nos entró sed, así que, bajamos a beber agua fresca en la fuente de Tarin.
Una vacas parecían custodiar la fuente, nos miraban con recelo pero sin mover ni el rabo.
Varias fotos y varios tragos de agua después, debíamos ponernos en camino para comenzar el descenso.

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Las piernas iban solas cuesta abajo posiblemente influenciadas por las ganas de llegar al coche que me trasladaría a una buena y reconfortante ducha.
El balance de mi mañana en el monte fue absolutamente positivo y, no tardaré en volver.
Prometido.

Gracias Andoni por ser mi sherpa.