LARRINAGA, RECUERDOS DE UNA PRISIÓN.

Visitar una cárcel no es agradable para nadie, incluso una exposición sobre una prisión no suena muy atractivo.
Aun así, ayer decidí acudir a la Ondare Aretoa en la calle María Díaz de Haro donde la Sociedad Aranzadi con apoyo de la Diputación de Bizkaia había organizado una muestra que lleva por título “CÁRCEL DE LARRINAGA. LA MEMORIA OCULTA”.
Esta exposición, muy bien documentada y con una gran labor de investigación, fue inaugurada hace un mes y terminaba ayer día 26 de febrero. Por poco no la veo.
Su nombre real era Cárcel Provincial de Bilbao, aunque todos la conocían como Larrinaga.
Construida en el año 1871, no fue hasta principios de 1873 que comenzó a funcionar aquel siniestro y triste edificio situado en la zona de las calles Zabalbide y Fika, donde ahora se ubica el grupo de viviendas Garamendi. Sus puertas se cerraron definitivamente en el año 1968.
Durante ese tiempo fueron muchos los hombres y mujeres apresados, mucho sufrimiento, muchas lágrimas, algunos presos fugados, muertes, suciedad y todo lo que podamos imaginar de la vida en un sitio como este.
Dentro de estos muros muchos fueron los ilustres personajes que pasaron buenas temporadas, entre ellos Sabino Arana. También hicieron reos a periodistas, escritores, maestros y sindicalistas, entre otros.
Al entrar en la sala lo primero que veo son los escudos de Bizkaia y Bilbao, junto con el año de edificación. Por supuesto son reproducciones.

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A unos metros un maniquí con el traje del Regimiento de Garellano.

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Una vez atravesado el umbral, en una pared, una gran foto del Bilbao de aquella época que, despierta tanto mi curiosidad, como para hacerme permanecer allí varios minutos, descubriendo edificios o echando de menos otros por no estar construidos todavía.

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Diferentes vitrinas con cartas, documentos, objetos cotidianos, imágenes de presos tras los barrotes o en el patio, imágenes de los familiares esperando largas colas para poder acceder al edificio y visitar a sus seres queridos, muchos recuerdos repartidos por las estancias expositoras.

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Una foto que muestra las galerías interiores donde se hallaban las celdas me hace detener; casi puedo escuchar el abrir y cerrar de aquellas pesadas puertas que separaban a los presos de sus familias, de la libertad.

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Al fondo una pequeña sala en penumbra. Me dirijo hacia allí y, al entrar, no puedo evitar dar un respingo. A unos metros de mí una herramienta de tortura, que tantas veces he visto en la televisión o en libros, estaba allí, quieta, limpia, parecía sin estrenar.

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Este garrote vil, resulta que no es auténtico sino que ha sido utilizado en una película y lo han prestado para la exposición.
Lo miro, lo remiro y mi corazón se encoje. ¡Cuántas muertes injustas! ¡Cuánto sufrimiento se podía haber evitado!
En un cartel explicativo a la entrada leo cómo era su uso y diferentes curiosidades sobre el mismo.
Al salir de allí, necesito unos segundos para recuperarme y, mis pasos, me llevan a otra sala con sillas donde en ese momento proyectan un documental con testimonios de familiares de presos.
Estremece escuchar a esas personas que hablan de sufrimientos, de visitas a la cárcel, de cómo la recuerdan…
Minutos después decido abandonar la sala y continuar con la visita.

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Más vitrinas, más documentos, más fotografías y una habitación con poca luz. Entro y mis ojos se chocan con la recreación de una lúgubre y austera celda de aquel penal afortunadamente desaparecido.

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Algo menos de una hora he permanecido en el interior de esta prisión, al menos así lo siento, como si yo hubiese sido una reclusa.
Son muchos los sentimientos que afloran en mí en ese momento, muchas dudas, mucha tristeza, mucha indignación por las injusticias cometidas…pero, sobre todo, mucho agradecimiento a todas aquellas personas que lucharon por nuestra libertad y que por ello se vieron abocados a sacrificar la suya.
Salgo de la exposición confirmando que ha sido buena idea venir y conocer mejor nuestra historia reciente.

Las fotos son de Andoni Renteria.

URKIOLA, PARAÍSO NATURAL

Hoy he decidido llevaros de excursión a uno de los lugares más emblemáticos que adornan nuestra provincia: El Parque Natural de Urkiola, declarado así desde el año 1989.
La superficie de este parque es de 5700 Ha, el cual está formado por la Sierra de Aramotz-Eskubaratz, los Montes del Duranguesado y la Sierra de Aragio.
El Amboto es su monte más alto con 1337 metros; además, es conocido por ser morada de Mari, la “Dama del Amboto”, la diosa suprema de la mitología vasca.
Por la autopista A8 desde Bilbao, llego en un “pis-pas” al peaje de Durango y, de allí, por la carretera nacional BI 623 dirección Mañaria, comienzo el ascenso.
Mientras, por la ventanilla, el paisaje se hace cada vez más bucólico y pastoral: los caseríos, las vacas, los montes…es como si no existieran las prisas, las ciudades, el estrés… Aquí todo es paz.
No pierdo la oportunidad de fotografiar el Eskuagatz, también conocido como la Cara de Mari, a través del parabrisas del coche.

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Después de varias curvas, llego a la cumbre donde se encuentran varios establecimientos hosteleros y el centro de interpretación del parque. Giro a la izquierda y me dirijo hacia el aparcamiento que, a esas horas, no estaba muy concurrido.
A pocos metros, el famoso santuario de Urkiola, cuyos santos titulares son San Antonio Abad y San Antonio de Padua.

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No se sabe a ciencia cierta de cuándo data la primera ermita en este lugar. Se cree que pudo ser entre el siglo VIII y el XI. Hubo, además, un hospital que, según investigaciones, pudo dar cobijo a los peregrinos del Camino de Santiago.
En 1625 comienzan las obras para erigir un nuevo santuario que sufrió diferentes destrozos debido a los temporales, saqueos y guerras acaecidos en aquella época.
La edificación actual, tal y como la conocemos hoy en día, es una obra inacabada de estilo neomedieval que comenzó a construirse en el año 1899 pero, no fue hasta 1933, que se consagró como templo religioso.

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Una gran escalinata da acceso a la iglesia y, desde ella, podemos observar los muros de lo que hubieran sido las torres y el pórtico.
Los pasillos por los que se accede al interior son las inconclusas naves laterales.

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Lo que hubiera sido la nave central es un jardín donde se halla un pequeño campanario de estilo neoclásico y una pequeña escultura dedicada a la vida en Bizkaia que está compuesta por una laya (herramienta usada en la agricultura), una turbia de piedra (que nos recuerda a la industria) y un ancla (en honor a la vida en el mar).

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Pero, si hay algo característico en este lugar de oración es, sin duda, una gran piedra situada en el exterior del que se afirma que es un meteorito y que, según cuenta la tradición, a todo aquel que de siete vueltas a su alrededor, San Antonio de Padua le ayudará a encontrar pareja.

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Ahí me veis con la piedra pero, no, yo no di las vueltas.
El entorno del santuario es realmente precioso, con varios caminos para hacer senderismo; sus magníficos bosques con hayas, robles, tilos…son un verdadero espectáculo.

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Mientras me dirijo al mirador de las Tres Cruces todo llama mi atención: ramas con formas imposibles, troncos huecos que me recuerdan a las casitas de duendes, piedras de aspecto curioso, setas al borde del camino o un hongo seco gigante incrustado en un haya.

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Desde el mirador se divisa gran parte del parque natural y, por supuesto, la sierra de Amboto.

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En la foto me podéis ver observando un panel informativo con los nombres y dibujos de los montes del entorno.

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Me encanta este lugar, te sientes en la cima del mundo.
Al volver hacia el aparcamiento mi curiosidad se centra en una construcción que sirvió como nevera desde el siglo XVII. Se trata de una cavidad cilíndrica con paredes de piedra que ha sido rehabilitada aunque, lógicamente, ya no se utiliza.

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Muy cerca de allí han construido un refugio con servicios y cocina donde poder descansar o preparar algo para comer. Fuera, una piedra de molino decora una fuente con un agua fresca y deliciosa.

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Me monto en el coche para dirigirme al Centro de Interpretación Toki Alai que se encuentra a unos cientos de metros de allí.

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Desde este centro se llevan a cabo diferentes actividades de información, educación y divulgación dirigidas a todos los públicos.
En el jardín de la casa, lo primero que me encuentro es una recreación de una carbonera y un panel donde se explica cómo se conseguía el carbón vegetal.

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La entrada es gratuita y, la persona que me atiende, me facilita información sobre las distintas rutas que se pueden realizar en el parque.
Una visita por el interior es como asistir a un curso intensivo de Ciencias Naturales donde puedes escuchar sonidos de los bosques, puedes tocar un buitre, puedes observar a un oso sin peligro de ser atacado o puedes conocer el parque entero sin moverte de allí examinando detenidamente la maqueta gigante.

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Con los audiovisuales y paneles explicativos repartidos por las aulas, te haces buena idea de cómo es la flora y fauna de tan idílico lugar.

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Os lo aconsejo, seguro que descubriréis muchas cosas que no conocíais.
Dispuesta a volver a Bilbao, alguien me aconsejó antes de partir, una visita a una granja con ovejas y, claro, allá que fui.

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¡Qué simpáticas son! Me recibieron balando y las más pequeñas brincando.
Después de tales muestras de “cariño” regresé a la realidad, al asfalto, al ruido, al estrés… pero con una sensación de paz y con la promesa de volver.

Gracias Andoni Renteria por tu paciencia detrás de la cámara.

COSTUMBRES FÚNEBRES

Mi historia de hoy no es muy alegre, lo sé.
Nos situamos en el siglo XVIII; entonces la muerte y los difuntos tenían más protagonismo.
Tanto era así que las autoridades prohibieron las prácticas de tirarse de los cabellos, arañarse la cara y cantar de manera exagerada.
Las mujeres más populares y diestras en aquel oficio de plañideras, eran las de Bermeo.
Había actos considerados deshonestos, como rasgarse las mujeres los vestidos, tirarse al suelo o patalear.
Imaginaos el espectáculo.
Otra costumbre era ir improvisando canciones en recuerdo del difunto durante la procesión fúnebre.
En 1793, el Obispo de Calahorra, tras una visita a nuestra tierra, manifestó su disgusto por tales muestras de dolor y, aunque entendía que era normal, solicitó que fuesen más moderadas.
Afortunadamente, el jaleo fúnebre fue desapareciendo, pero seguía siendo una extraña exhibición.
En los años treinta del siglo pasado, el desfile mortuorio se realizaba en coche de caballos que, en función de la condición social del fallecido, podría ser con uno, dos o hasta seis equinos.
Al paso del cortejo las mujeres se santiguaban, los hombres se quitaban sus sombreros y todo se realizaba en silencio y con mucho respeto.
Se dirigían hacia la plaza de los Auxiliares, hoy conocida como Plaza Unamuno, donde se les trasladaba en el conocido «Tren de los muertos», que les llevaba hasta el cementerio de Derio, su morada final.
Se construyeron vagones para albergar a estos pasajeros tan especiales. Como en todo, había diferentes tipos en función de su «clase». Los había más lujosos para los difuntos adinerados y también había vagones con decoración muy sencilla para gente humilde.
La foto es de un cortejo funerario por la calle Ibáñez de Bilbao.

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