Levantado a finales del siglo XIX en el solar que hoy ocupa la Sociedad Bilbaina, el Circo de la Concordia es desconocido para la gran mayoría de bilbainos.
Al matrimonio formado por el empresario circense Gil Vicente Alegría y la estrella riojana Micaela Ramírez que poseían, desde 1879 en Barcelona, el Circo Alegría y, además, organizaban espectáculos itinerantes por toda la península y algunos países como Italia, se les ocurrió crear un circo estable en nuestra ciudad, ya que se dieron cuenta, tras diferentes actuaciones en la plaza de toros de Vista Alegre, que al público bilbaíno les gustaba este tipo de entretenimiento.
Una vez conseguidos los permisos pertinentes, levantaron un edificio acorde a sus necesidades que pasó a llamarse de “La Concordia” y no el oficial “Alegría” debido al nombre del terreno donde se ubicó.
Se inauguró un caluroso día de agosto de 1893 a las ocho de la tarde y terminó a la una y media de la madrugada.
Los espectadores aguantaron estoicamente las altas temperaturas en el interior de aquel caserón de madera, donde disfrutaron de diferentes actuaciones como malabares, juegos aéreos, guitarristas, payasos, leones y muchas más.
Todos coincidieron en que la construcción era muy elegante y muy bien iluminada con focos eléctricos y lámparas de gas.
Una de las figuras de este circo fue sin duda una adivinadora que vino desde Madrid para dejar con la boca abierta a todos los asistentes, así como una pareja de acróbatas a los que les faltaba una pierna a cada uno.
Tan solo dos años duró aquel espectacular circo en Bilbao, ya que el solar fue vendido.
El domingo 24 de marzo de 1895 se clausuró con la presencia de la compañía Gimnástica de la Señorita Navas.
¿Os imagináis las asombradas caras de nuestros antepasados viendo a la Mujer Barbuda y a otros personajes circenses de la época?
Como no hay ninguna imagen de aquel circo, os dejo una cogida en Internet para ilustrar el texto.

Archivo por meses: mayo 2015
OLMO Y DON CELES, INSEPARABLES.
Hace dos días cumplí uno de mis sueños.
No recuerdo cuando tuve conciencia de la existencia de Luis del Olmo, lo que sí sé es que, como muchos bilbaínos y foráneos, he crecido con Don Celes, ese personaje al que una serie de vicisitudes le ocurren a diario en la contraportada de algunos periódicos del país.
Su creador, Don Luis del Olmo, nació en Bilbao en el año 1922. Comenzó su carrera periodística en La Gaceta del Norte en el año 1945, donde se le encargó una tira cómica al estilo de las que se publicaban en Estados Unidos.
Fue entonces cuando nacieron Don Celestino Carovius y su esposa Petronila Pilonga. Estos personajes fueron bautizados por el entonces director del rotativo: Aureliano López Becerra.
No creo que haya nadie en Euskadi que no conozca a este hombrecito de poblado bigote al que le ocurren las más variopintas aventuras y, que el 19 de octubre cumplirá 70 años, aunque parece que por él no transcurre el tiempo.
Más de 20000 tiras publicadas casi ininterrumpidamente a lo largo de estos años.
A las seis de la tarde, impecablemente vestido y con una amplia sonrisa me recibió en la puerta de su casa Luis del Olmo, más conocido por todos como Olmo. Nos saludamos con dos besos y allí mismo lo primero que hice fue agradecerle que me atendiera y que me hubiera invitado a su domicilio, situado en el centro de Bilbao.
Me indicó que pasara a su lugar de trabajo; una estancia bien iluminada con una gran mesa en el centro en la que reposaba una tira inacabada, diversos cubiletes con muchos y variados rotuladores, reglas, tijeras y diferentes objetos de escritorio.
Me senté en la silla que me ofreció, a su lado. “Así me verás mejor trabajar”, me aseguró.
Su sentido del humor es absolutamente fantástico; una vez acomodada me miró a los ojos y me preguntó qué es lo que quería. Al decirle que conocerlo, que con eso ya me daba por satisfecha, me dice: “Hala pues ya me has conocido, ya te puedes marchar”. Por una décima de segundo me descolocó, pero cuando le vi sonreír, me di cuenta que era su humor, del que ya me habían advertido.

Comenzó a contarme anécdotas de cuando ejercía el periodismo y debía cubrir noticias de accidentes o de cómo se despejaba de nieve la línea del tren de La Robla, mientras iba dando forma a aquella viñeta en la que estaba trabajando. Sus manos finas, de dedos largos sujetaban un Rotring con la pericia del que lleva toda la vida haciéndolo.
Le pregunté por el cariño que la gente le demuestra y sus ojos brillaron a la vez que me confesaba que era una maravillosa sensación sentirse tan querido y que, para él, era el mejor reconocimiento.
Entonces me contó una emotiva anécdota de un lector al que todos los días su nieta pequeña le pedía que le explicara la tira de Don Celes y, después de esclarecerle la aventura de ese día, la niña le daba un beso. Aquel orgulloso abuelo le escribió a Olmo para contárselo y darle las gracias porque él sentía que ese beso se lo debía al periodista.
Olmo, en un acto de generosidad, les envió un dibujo dedicado al abuelo y a la niña.
También me habló de un misionero que, desde una ciudad de la India le escribió emocionado, porque allí se sentía solo, hasta que un buen día cayó en sus manos un periódico con la tira de Don Celes y le hizo sentirse más cerca de su tierra, de Bilbao.
Me explicó muchas anécdotas divertidas, me contó chistes, me enseñó fotos y hasta una talla de madera realizada por otro lector y admirador, con las siluetas de Don Celes y el policía que le trae de cabeza.
Me habló de su pasión por el atletismo y el baloncesto, deportes que practicó de joven.
El tiempo transcurría sin que me diera cuenta, absorta, escuchándole, mirando como daba forma a la próxima viñeta, observando sus certeros movimientos con el rotulador.
Yo no quería molestarle más y, al decirle que le agradecía su tiempo, me miró y me dijo, “Oye, yo estoy muy a gusto, por mí no te preocupes”. Así que me quedé otro rato más, hablando y viéndole trabajar.

De repente, se gira hacía un mueble repleto de libros, coge un montón de tiras ya terminadas y me dice: “Elige una, la que más te guste y te la dedico”.
Había, al menos, cuarenta historietas del insigne personaje. Con las manos temblorosas, siendo consciente del regalo que me ofrecía, empecé a mirarlas; le dije que me gustaban todas y él insistió, “Venga, coge la que más te guste”.
Finalmente, me decidí por una, y se la entregué. Entonces él sacó del cubilete otro Rotring más fino y, debajo de las viñetas, escribió una dedicatoria con el nombre que le indiqué; el de un bilbainito joven que, desde que era muy pequeño, lo primero que lee cuando coge el periódico, (quizá lo único), es la tira cómica de Don Celes.

Absolutamente emocionada con mi tesoro, le agradecí su tiempo, su charla y su buen humor y me despedí de él, quien, caballerosamente, me acompañó hasta la puerta y allí, me dio dos besos y algún consejo que seguiré al pie de la letra.
Salí a la calle como transportada en una nube; hubiera gritado a todos que estaba feliz.
Feliz porque había conocido a una leyenda que, desde hace tres años, es ILUSTRE DE BILBAO; alguien acostumbrado a premios, reconocimientos y títulos pero que, a pesar de ser muy merecidos, no hacen justicia a la gran persona que es.
Jamás olvidaré la tarde que pasé con el padre de Don Celes.
Muchas gracias, Olmo.
BAKIO, MUCHO MÁS QUE PLAYA Y TXAKOLÍ
¿Venís a la costa conmigo?
A 29 kms de Bilbao, limitando con Bermeo, Mungia, Maruri y Lemoiz llegamos a Bakio, un valle por el que discurre el río Estepona que va a morir en nuestro mar Cantábrico.
La belleza de este pueblo se debe a varios factores, entre ellos, la inconfundible arquitectura de sus edificios, muy típicos del norte, que voy admirando al entrar, mientras me dirijo al aparcamiento de la playa. Algunos fueron construidos en el siglo XVII y pueden conocerse siguiendo unas rutas señalizadas por el Ayuntamiento.
Más de cien caseríos se reparten por sus siete barrios formando una extensión de 16 km2 en la que 2500 personas están censadas
La agricultura es su mayor actividad económica siendo el txakoli el producto por excelencia. Si os fijáis, en muchas casas conservan estructuras para sus emparrados.
De hecho, desde hace un año, disponen de un centro de interpretación en el que se degustan diferentes caldos o se realizan talleres y actividades enfocadas al cultivo de la uva de tan preciado vino.

Además, no podemos obviar, que el turismo es una gran fuente de ingresos para este precioso pueblo.
En verano son muchas y variadas las actividades para entretener a todos los veraneantes como la semana de la música, el festival de Folclore, el cine al aire libre o los diversos campeonatos de pelota vasca, surf o tenis que se organizan.
Imposible aburrirse con tantas alternativas y, sobre todo, con esa hermosa playa, la más larga del litoral vizcaino, donde tienen cabida familias con niños, surfistas, gente de paseo, grupos de amigos o parejas que, sentadas observando el ir y venir de las olas, hablan de amor.

Tuve suerte y aparqué al lado de la playa; era un día de fiesta y se notaba en el buen ambiente que allí reinaba. Asimismo, el buen tiempo, acompañaba e invitaba a deambular por el paseo marítimo.
No dudé en sacarme una foto en el primer monumento que vi, dedicado a los deportes del mar y titulado VELAS CRUZADAS AL VIENTO.
Al fondo el islote de San Juan de Gaztelugatxe unido a tierra por un puente de dos arcos, nos muestra desde aquí una imagen menos conocida pero de una gran belleza.

Continué el camino hacia el final de la playa donde me senté a disfrutar del sol y del olor a mar.

Pasados unos minutos regresé por el interior y me paré en el restaurante La Baquiense; tomé esta fotografía donde, muchos años antes, los aitites de mi querido Andoni pasaban sus vacaciones hospedados aquí.
Os dejo una foto de ellos con el permiso de Andoni.

Llegué a uno de los puentes que cruzan el río Estepona, el otro se encuentra a unos cien metros hacia el interior, es de madera y, después de subirme y sacarme unas fotos, leí un cartel en el que ponía prohibido el paso por mal estado. Prometo que no lo vi cuando muy decididamente me subí a él.

Desde aquí me dirigí hacia el Ayuntamiento donde pude contemplar en los jardines una escultura en homenaje a la figura del txistulari.

De allí, entre calles, y siempre admirando las preciosas casas que salían a mi encuentro, me detuve delante de la residencia Zuetxe- Quinta Torre; un edificio del arquitecto Leocadio Olavarria construido en un estilo conocido como de “indianos”. Hoy en día se dedican a ofrecer un hogar confortable a los ancianos, con grandes espacios, buen trato, servicio de calidad y un inmejorable entorno.

También admiré la bella construcción de la casa Rosario Enea, con su magnífico y bien cuidado jardín.

Empezaba a estar cansada de tanto paseo y decidí que un mosto y unas rabas me vendrían bien para reponer fuerzas así que, elegí una terracita con vistas a la playa y allí me senté.
Con la tripa llena pero con ganas de seguir turisteando, me quedaba un rincón por fotografiar antes de mi regreso al Botxo. Me monté en el coche y, dirigiéndome a la salida del pueblo hacia Bilbao, por un camino ascendí hasta la iglesia Santa María de la Asunción.

Este templo fue construido en el siglo X por vecinos, agricultores y pescadores y, a lo largo de los siglos, ha sufrido muchas y variadas remodelaciones.
Su pórtico ofrece unas fantásticas vistas al pueblo y, sobre todo, en un día como hoy el silencio aquí arriba me llena de paz.
Como siempre os digo, debéis salir y conocer nuestra geografía y nuestra historia y Bakio es un enclave estupendo para ello.
Fotos: Andoni Rentería.


