USPARITZA EN EL RECUERDO

A partir de hoy un nuevo busto decora nuestras calles, el de Juan Antonio Usparitza, fundador de la DYA.
Se encuentra en la confluencia de las calles Alameda San Mamés con Iparraguirre y Fernández del Campo.
Hoy a las once se han reunido en este lugar muchos miembros de la corporación municipal, encabezados por el Alcalde Ibon Areso, miembros de la DYA y familiares tanto del fallecido doctor como del creador de la escultura, además de muchos bilbainos.

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Ernesto Kahle, el artista, la realizó en bronce hace varios años pero, cuentan, que el propio doctor era reacio a tal reconocimiento. La obra se guardó hasta ahora que se ha decidido su colocación en un lugar emblemático; cerca de la sede de tan importante y necesaria organización y de la clínica Indautxu antes llamada clínica del Doctor Usparicha.
Juan Antonio Usparitza fue ante todo un hombre bueno, un trabajador incansable, un profesional, una persona con muchos reconocimientos que se ganó el cariño de todos aquellos que lo conocieron.

Se dice de él que es el «padre» de casi 27000 vizcainos, ya que, como ginecólogo, ayudó a que todas estas personas vinieran al mundo.
En el año 1966, junto con cuatro socorristas, fundó la Asociación de Ayuda en Carretera (DYA- Detente y ayuda). Comenzaron con más ganas que recursos y sabiendo que podrían asistir a muchos conductores en la carretera.
Hoy en día esta asociación está presente en casi todo el país y son reconocibles sus ambulancias amarillas.
Falleció en el año 2012 a la edad de 92 años.
La hija del doctor y la viuda del escultor han sido las encargadas de quitar la tela que cubría el busto, después de unas bonitas palabras pronunciadas por Jose Antonio Guevara, presidente de la DYA en Bizkaia.

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Y, como no podía ser de otra manera, no han faltado ni la música de los txistus ni el aurresku de honor.

 

ARMINTZA, RINCÓN DE PAZ.

Nuestra geografía presume de maravillosos paisajes, lugares con encanto, pueblos con historia…y este pequeño rincón reúne todas esas características.
Hoy os hablaré de ARMINTZA.
Su corta distancia con Bilbao (30 kilómetros) hace muy accesible a este barrio perteneciente al municipio de Lemoniz.
Aprovecho una soleada mañana de domingo en la que, a pesar del frío, apetece salir, escuchar el rumor de las olas, oler el salitre del mar y pasear por su pequeño pero atractivo puerto.
En poco menos de media hora llego desde Bilbao al aparcamiento habilitado al lado de la carretera general; en invierno no hay ningún problema de estacionamiento.
Dejo el coche y me dirijo al pintoresco puerto que hace muchos años fue referente marisquero donde se cogían deliciosas langostas. Un puerto donde ya no se practica la pesca de una manera profesional y, las actividades deportivas como el surf o el submarinismo, han ganado terreno a una tradición ancestral.

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Este embarcadero ha sido refugio de barcos durante los diversos temporales que suelen azotar nuestra costa.
No se veía mucha gente en el entorno portuario, solo cuatro o cinco personas, afanadas pintando unas txalupas y arreglando sus aparejos de pesca.

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Es la hora de la bajamar y, desde el dique, observo cómo rompen las olas contra las rocas, con fuerza, como queriendo rebosar el muro de hormigón y adentrarse en el pueblo.

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Me dirijo hacia la punta del dique donde un monumento recuerda la cruenta batalla de Matxitxako durante la Guerra Civil.

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A lo lejos me deleito observando a unos valientes surfistas haciendo cabriolas sobre sus tablas y desafiando a la fría temperatura del Cantábrico con sus trajes de neopreno.

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De repente, algo en el suelo se mueve, me fijo bien y era un pequeño karramarro que cruzaba a toda prisa. Lo cojo con delicadeza pero con decisión y durante unos segundos patalea en mi mano. No quiero impacientarlo y lo deposito de nuevo en el cemento para que continúe su camino.

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Vuelvo hacia el pueblo y, un barco encallado en una especie de bañera decorada con azulejos azules y blancos formando un mosaico, llama mi atención. La placa me indica que se trata de un homenaje a los hombres y mujeres del mar del pueblo de Lemoniz.

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A unos metros, una estela diseñada por Agustín Ibarrola y realizada en hormigón armado por Manuel Jiménez Alamillo. En el año 1988 el departamento de Transportes y Obras Públicas del Gobierno Vasco encargó doce esculturas para ser colocadas en diferentes puertos vizcaínos y guipuzcoanos. Todas son iguales y representa un ojo sobre un pretil.
Y, claro, yo no pierdo oportunidad de “asomarme” a través del ojo.

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Sigo paseando, observando, curioseando y, mis pasos, me llevan a la pequeña iglesia de Santo Tomás. Me acerco a la puerta con esperanza de verla por dentro pero, para mi decepción, me he de conformar con fotografiar su pórtico.

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Un camino por el monte Gaztelu me guía a lo más alto. El ascenso parece costoso, pero las fantásticas vistas al mar y a los montes de alrededor, hacen que todo sea mucho más ligero.

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En pocos minutos llego a la cumbre donde un banco parece estar preparado para que me acomode a relajar la vista en la magnífica ensenada al abrigo entre la Punta de Kauko y el Peñón de Gaztelu, donde me encuentro, y donde se construyó en el siglo XVIII, un fortín con una batería de cañones para proteger el Señorío de Bizkaia, que desapareció en el primer tercio del siglo XIX.

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¡Cuánta paz se siente! El sol, además, pone su granito de arena para que el momento sea brillante e inolvidable.
Para los amantes del Reggae no les será desconocido este paraje natural, ya que todos los años se celebra el Txapel Reggae en Julio desde hace más de veinte años.
Me quedaría más tiempo absorta contemplando el mar, los barcos, los surfistas, los montes…pero he de regresar a Bilbao. Eso sí, vuelvo relajada y con las pilas cargadas.

Fotos: Andoni Renteria.

EL «EXPLICA» DE SAN FRANCISCO

En los años veinte del siglo pasado, el Salón Vizcaya de la calle San Francisco era un lugar de ocio y espectáculos con restaurante, bar, salas de juego y un pequeño escenario donde se representaban pícaros números con señoritas.
Además de estos atrevidos «shows», se proyectaban películas.
Para que los clientes entendieran los diálogos era necesaria la presencia de un «explica»; alguien que, desde un púlpito o lugar destacado en la sala, contaba el argumento y que, muchas veces, improvisaba como mejor le parecía.
Eduardo Pérez Mas fue el mejor profesional en este terreno que tuvo esta sala de espectáculos.

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Llegó a tener tanta fama con su vozarrón y capacidad de improvisación, que un ministro de la Gobernación de entonces, después de acudir a una de aquellas sesiones, exclamó: «¡Qué gran explicador de cine tienen ustedes aquí! ¡Menudo papel haría en el Congreso!»
En Enero de 1929 la Asociación de Periodistas Cinematográficos de Bilbao, le rindió un merecido homenaje a tan excelente «explica».
Una vez implantado el cine sonoro, Eduardo quedó fuera de lugar y trabajó en el guardarropía del cabaret «Las Columnas» en La Palanca.
Otra profesión que desapareció al llegar las nuevas tecnologías.

 

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