LECHEROS EN HUELGA

En asuntos de motines y protestas los bilbaínos de hace un siglo ya tenían sobrada experiencia.
Los motivos de sus quejas eran diversas y abundantes, pero especialmente preocupantes cuando afectaba al estómago de los habitantes de la villa.
Era un día de comienzos de diciembre de 1903, cuando alrededor de cincuenta vendedores de leche hartos de los impuestos exigidos por el Ayuntamiento, decidieron amotinarse en la plaza de los Santos Juanes e impedir a los aldeanos, que llegaban por Atxuri y Zabalbide, vender la leche que traían.
Hubo más que palabras y el saldo fue de cientos de litros derramados por el suelo y varios lecheros detenidos.
Tras este incidente, una gran parte de vendedores de los pueblos cercanos a la villa, se dieron cita en la anteiglesia de Begoña con la intención de advertir al Ayuntamiento que, mientras no decretara la anulación de los impuestos, ellos no se acercarían a Bilbao con sus productos agrícolas, su leche y que, incluso, dejarían de recoger la ropa sucia de los vecinos que solían lavar y entregarla después.

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Realizaron acciones con valentía y arrojo como cortar el paso al tranvía que llegaba de Durango a diario con un cargamento de leche para los enfermos del Hospital Civil.
Fue necesario que el Gobernador militar intercediera en este grave asunto para que los pacientes no se quedaran sin su suministro diario del producto lácteo.
El alcalde, dada la gravedad de estos hechos, decidió traer leche de Santander y poner a venderla a unos cuantos guardias municipales.
Aquello se estaba convirtiendo en un gran problema dado que la leche se consideraba un artículo de primera necesidad.

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La Guardia Municipal tuvo que actuar tanto para asegurar el reparto de leche en el hospital como controlando los accesos de la villa donde se apostaban algunos de los vendedores manifestantes para evitar que entrara a la villa la leche de Cantabria.
Como en todos los conflictos siempre surge la picaresca, en este caso, en forma de abuso, ya que hubo algún vendedor que la ofrecía el litro por el triple del precio.
Finalmente y, después de dos semanas de altercados, el Consistorio bilbaíno lo solucionó asegurando a los huelguistas que la exigencia del impuesto no era mensual como se creía hasta ese momento, sino anual.
No sabemos si realmente se habían equivocado o fue una manera de ceder a las presiones de los lecheros pero con la cabeza bien alta.
Sea como fuera, los bilbaínos volvieron a desayunar su tazón de leche.

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