LOYOLA, EL SANTUARIO DE SAN IGNACIO.

En este post os llevo de excursión al Santuario de Loyola, un complejo religioso y monumental en el pueblo de Azpeitia (Gipuzkoa).
A unos setenta kilómetros de Bilbao este lugar es uno de los más frecuentados de nuestra geografía; son miles los visitantes que recibe a lo largo del año.
Iñigo López de Loyola, más conocido como Ignacio de Loyola fue uno de los hijos del matrimonio formado por Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola y Marina Sánchez de Licona de origen noble. Nació en 1491 en la casa torre que se puede visitar en la actualidad.
Ignacio se dedicó desde muy joven a las armas siguiendo la tradición familiar, hasta que en 1521 resultó gravemente herido en Pamplona luchando contra los franceses. En su periodo de convalecencia se aplicó en la lectura de numerosos libros, sobre todo piadosos. Fue así como cambió sus armas por la religión.
Su pasión por Jesucristo le llevó a viajar a Jerusalén con el objetivo de convertir en cristianos a los infieles.
Se hizo acompañar por varios amigos y tiempo después fundó la Compañía de Jesús, más conocida como Jesuitas.
Con la aprobación de Paulo III se ordenaron sacerdotes e Ignacio fue elegido Superior General por la recién estrenada orden religiosa.
Falleció el 31 de julio de 1556 en su celda de la casa de los Jesuitas en Roma. Como legado quedan sus escritos, sus cartas, sus reflexiones y sus diarios.
A finales del siglo XVII comenzó la construcción del santuario alrededor de lo que fue la casa torre de la familia y a orillas del río Urola en el barrio de Loyola entre Azpeitia y Azkoitia.


En este complejo religioso, uno de los más importantes de Euskadi, lo más destacable es la basílica circular con su cúpula esférica de sesenta y cinco metros de altura a la que se accede por una impresionante escalinata.


El altar mayor de estilo churrigueresco se construyó a mediados del siglo XVIII y, en la parte superior, destaca la figura de San Ignacio de Loyola realizada en plata. Alrededor, diferentes capillas integradas en el conjunto, le dan un aspecto acogedor y amplio a la basílica.

Gracias a un espejo se puede observar la cúpula sin necesidad de forzar el cuello.

El órgano data de 1889 y posee tres teclados y 2172 tubos.


Al salir, me dirijo a la Casa Santa, la casa donde nació y creció el santo. La entrada cuesta tres euros.
Esta torre, ha sufrido varias restauraciones en sus cuatros plantas pero mantiene la esencia de lo que un día fue. Muchos objetos nos dan buena idea de cómo fue la vida de esta familia religiosa.
La planta baja era utilizada como lugar para guardar los aperos de labranza y albergaba, también, una bodega.


En la primera planta se hallaba la cocina con una gran chimenea. Este era uno de los espacios compartidos por los señores y los criados.

En una de las paredes se puede apreciar un dibujo cuya autoría se cree que pudo ser del propio San Ignacio.


La segunda planta era la noble, en la que se distribuían habitaciones, comedor y hasta un oratorio. Aquí, en una de estas estancias, nació San Ignacio.


Las habitaciones de los hijos y de los huéspedes se encontraban en la tercera planta. Aquí pasó su convalecencia San Ignacio, leyendo libros que, cada día, le acercaban más a Dios.

En el edificio anexo las obras de arte cuelgan de las paredes de los impresionantes pasillos. El Museo Sacro posee muchos objetos litúrgicos y una importante colección de libros religiosos. Por aquí se accede a una capilla donde se puede ver la imagen del santo escribiendo el libro de ejercicios en la Cueva de Manresa.


Este santuario de magnífica arquitectura albergó muchos religiosos pero, ahora ya quedan muy pocos, algunos ancianos.

Detrás del edificio se extiende un magnifico jardín de veinticinco hectáreas que la orden religiosa compró en el año 1948.


En un lateral se encuentra el cementerio donde reposan los restos de los sacerdotes jesuitas que antes se enterraban en la planta baja de la Casa Santa.
Hace casi veinte años se acondicionaron varios caminos con bancos. En un lugar destacado del parque se colocó una obra de Antonio Oteiza realizada en bronce como homenaje a la peregrinación de San Ignacio al Santuario de Aránzazu.


El conjunto arquitectónico se completa con una biblioteca, un centro de espiritualidad y un albergue.
Realmente es un lugar que merece una visita tranquila, admirando tanto el arte como la espiritualidad que desprende.
FOTOS: ANDONI RENTERIA

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