Acerca de Esme

Soy de Bilbao, vivo en Bilbao y nací enamorada de Bilbao.

NUESTROS BOMBEROS, LOS DE BILBAO.

El 9 de diciembre de 2014 será una fecha señalada en mi calendario porque fue el día que visité por primera vez el Parque de Bomberos de Bilbao.
No creo equivocarme si os digo que me he divertido más que los niños que acuden a este parque en las jornadas de puertas abiertas.
A las cuatro y media en punto cruzaba con el coche la barrera de acceso.
Allí me estaban esperando Juanjo y Jose. Dos excelentes personas que llevan muchos años ejerciendo esta profesión tan arriesgada como emocionante.
En lo primero que me fijo, después de los saludos, es en la fachada de este edificio estrenado dos años atrás. El diseño es muy vanguardista pero, para mi gusto, poco funcional.

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Grandes ventanales pero sin visión, ya que, a pesar de mirar hacia el Pagasarri, no pueden disfrutar de esas maravillosas vistas, porque se lo impiden unos paneles plateados.
En los bajos se encuentra un enorme garaje donde el color predominante es el rojo, por supuesto. Todos los camiones listos y en perfecto estado de revista, esperando su próxima salida.

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Cada uno lleva una letra y un número de identificación. Por ejemplo B 7, sería un camión de bombas, E 8 sería el que lleva la escala…
También veo varias ambulancias y algún remolque que sirve para trasladar el material necesario en una gran emergencia, con necesidad de muchos medios.
La primera instalación que visito es un pequeño edificio que utilizan para prácticas.
Al entrar me recuerda a un txikipark infantil con sus jaulas, solo le faltan las bolas.

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En estas jaulas realizan simulacros con una especie de humo artificial, que sale a través de una máquina.
Al lado de este edificio hay otro en forma de torre que imita a un bloque de pisos con escaleras, que sirve también para practicar y tener ensayados los movimientos a seguir en caso de emergencia.

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Entramos en el garaje y me llevan a la zona donde se visten.
Observo los chaquetones muy ordenados, cada uno en su percha. Me llama la atención las botas metidas por los pantalones para no perder ni un segundo cuando hay un aviso.
Todo está muy bien pensado y milimetrado para no dejar nada al azar; un minuto en este servicio puede ser vital.

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Juanjo me presta su chaqueta y, mientras me la coloco, percibo su olor a humo. Me explica que se debe a unas prácticas que llevaron a cabo dos días antes.
La prenda me queda grande, como es lógico.

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Siguiente objeto: el casco. No da apariencia de tanto peso pero os aseguro que pesa.
Parecía que me iba a producir una contractura, ya que el cuello se me iba para los lados.
Uno de los elementos del casco es una pequeña linterna en el lateral izquierdo. Por detrás lleva una especie de cubrecuellos para protección.
También me enseñan un pasamontañas ignífugo que se ponen antes de colocarse el casco.
En una balda había varias botellas de aire comprimido que, en mi ignorancia llamé bombona de oxígeno, y enseguida me corrigieron.
-Las bombonas son de butano, esto es una botella y, no de oxígeno, sino de aire comprimido.
Aclarada la cuestión, nunca más se me olvidará.
Juanjo me explica cómo se coloca a modo de mochila y luego me invita a imitar la operación.

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Ataviada ya como una “profesional” me dirijo a los camiones. Mi intención es subirme a alguno de ellos. Realmente me cuesta hacerlo, ya que los escalones son muy altos.
El peso es considerable y, me aseguran, que si llevara sus botas, entonces sí que notaría mucho peso.
Sentada en el control de mando de la escala me explican que también se puede manejar desde la misma “cestilla”. Hay muchos botones y siento ganas de tocar todos, pero aguanto la tentación.

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De allí me voy a la cabina, a sentarme en el lugar del conductor. Os garantizo que notas cómo te sube la adrenalina, aunque seas incapaz de ponerte en el lugar de estos valientes hombres cada vez que hacen una salida.

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Dentro del camión caben seis bomberos: dos delante y cuatro en el asiento trasero.
Sigo observando camiones, sigo escuchando todas las explicaciones y anécdotas que mis dos guías me van relatando y, si ya el peso era poco, me acercan un hacha para tomarme una foto advirtiéndome que el filo lo ponga hacia abajo.

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Me siento entre bombero, Rambo y el descuartizador de Texas, jaja.
Devuelvo la herramienta mientras, a lo lejos, en una esquina del amplio garaje, diviso dos vehículos antiguos.
Nos encaminamos hacia ellos y no me resisto a montarme. Comparados con los que acabo de ver son incómodos pero muy curiosos.

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Tirando de una cuerda suena una campana: la sirena de entonces.
El más antiguo, con matrícula histórica, no tiene espacio para acomodar a cubierto a los bomberos, supongo que irían agarrados o de pie como podían. Hoy en día parece impensable.
Continuamos la tourné sin perderme ni un solo detalle de todo lo que me explican. Ahora me llevan a unas baldas donde se encuentran los trajes y objetos que utilizan cuando les dan aviso de enjambres de abejas o avispas.

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Suele ser en épocas de verano cuando acuden a estas llamadas. Como todo me gusta probar, cojo el aparato que echa humo para espantarlas o atontarlas.
A las abejas no las matan sino que las meten en una caja que entregan a algún apicultor para que haga buen uso de ellas.
Otra de las cosas que llama mi atención es la barra por donde ellos se deslizan. Me indican que, por mi seguridad, no me permiten bajar por ella pero, claro, la foto es obligada.

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En una de las paredes del garaje, un mapa gigante de Bilbao les sirve para orientarse por las calles en caso de que se les reclame en alguna poco conocida, aunque me aseguran que se conocen muy bien nuestra villa.

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En el lateral de uno de los camiones veo las mangueras colocadas muy ordenadas y por tamaños.

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Al ver mi interés por ellas, me ofrecen salir al patio y probar una.
Imaginad mi cara. ¡¡Iba a poder utilizar una manguera de bombero!!
Debieron pensar que no sabría hacerlo y me dieron toda una serie de explicaciones de uso.
No hacía falta. Incluso reconocieron que se me daba bien.

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Es una de las cosas que más me gustó o, quizá, la que más. Me divertí enchufando a la nada, bueno, realmente, me divertí cuando dirigí el chorro a los pies de mi amigo y fotógrafo Andoni y vi cómo saltaba y se apartaba para que no le remojara.
Practiqué con diferentes tipos de chorros y, si no llega a ser porque debíamos seguir la visita, todavía estaría allí arrojando agua por doquier.
-Te vamos a enseñar una de nuestras joyas -Me anuncia Juanjo de pronto.
-¡¡Sí!! –Contesto emocionada.
Por una puerta entramos en el edificio. Todo está muy limpio y hace una temperatura muy agradable.
-Aquí lo tienes. -Me señala Juanjo con orgullo.

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Mi cara de asombro lo dice todo. Una verdadera joya, es cierto.
Se trata de una especie de coche (no se le puede llamar camión) del que no sabemos calcular una fecha, pero seguro que es muy antiguo.
Es inglés, me siento a la derecha y, al hacerlo, me da la sensación de que voy montada en uno de los coches de bomberos de un carrusel infantil.
No dejo la oportunidad de girar la manivela de arranque, en la parte delantera.

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Andoni y mis amigos bomberos inspeccionan el motor; yo no. No entiendo nada de motores.
Los aparatos que se encuentran al lado del coche se llaman monitores. Se utilizan para ponerlos en el suelo y que expulsen agua en un incendio grande sin necesidad de que sea una persona quien sujete la manguera.

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Por las escaleras nos dirigimos a la zona de gimnasio y descanso. Nos cruzamos con varios compañeros que nos saludan muy simpáticos.
El gimnasio es muy grande y veo a varias personas entrenando pero, por supuesto, no les fotografiamos. La imagen se queda en mi retina, jajaja
En un pasillo ancho hay varias puertas. Una de ellas nos da acceso a una sala donde disponen de una pantalla grande de televisión con unas veinte butacas.
Salimos de esta sala y al fondo del larguísimo corredor veo el comedor. No llegamos hasta allí, no quisimos molestar a los trabajadores que se encontraban relajados en su tiempo de descanso.

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En las paredes cuelgan diferentes cuadros con fotos de grupos de bomberos de varios años atrás.
De nuevo bajamos hacia el garaje y, entonces, descubro una decoración en la pared. Se trata de un conjunto de cuatro cosas: por un lado un enorme escudo de Bilbao tallado en madera, pintada maravillosamente por un compañero bombero. Debajo unos azulejos de la antigua fachada de Garellano (antiguo parque de bomberos) y, a los lados, dos fotografías: una del antiguo edificio y otra del actual.
Por supuesto, quiero foto en tan venerado lugar; me parece un recuerdo entrañable.

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Por fin, me libero del peso de la ropa y vuelvo a ser yo misma.

Y…como no podía ser de otra manera, les pregunto por su famosísimo calendario.
Y, entonces, es cuando me dicen que ellos son dos de los protagonistas de tan codiciado tesoro.
-¿Y me lo decías ahora? ¿Y yo sin saber que mis guías eran dos de los ansiados bomberos del calendario? – Les reprocho entre risas.
Además de encantadores, son bastante modestos.
Me relatan curiosidades sobre el calendario y su realización, pero en lo que realmente estoy interesada es en saber cómo se invierta ese dinero.
La elaboración de este calendario tiene doble finalidad: por un lado colaboran con una organización benéfica y, por el otro, es una manera de subvencionar su participación en los Juegos Mundiales de Policías y Bomberos, que se celebrará el próximo verano en el estado norteamericano de Virginia.
Del total recaudado en las cuatro ediciones de calendarios, 68500 Euros, es la cantidad donada a diferentes proyectos humanitarios.

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Les pregunto si son buenos atletas y si suelen ganar muchos trofeos en este tipo de competiciones.
Con una sonrisa medio orgullosa y medio humilde, me confiesan que son bastante buenos. De hecho, en la pasada edición consiguieron 31 medallas.
En las fotografías de este año ha colaborado también la ONCE Euskadi; en una de ellas podemos ver al jugador de tenis de mesa adaptado Iker Sastre y, además, han lanzado 50 ejemplares del almanaque en Braille.
Los puntos de distribución son los habituales: Una de las entradas de El Corte Inglés en Gran Vía, en la cadena de supermercados SIMPLY, on line en calendariobomberosbi@igon.com o en el número de teléfono 944340684.
Cuando me han explicado todo lo referente al calendario, les pido una foto como recuerdo de una tarde inolvidable.

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Pero, esa foto no era la última, faltaba la sorpresa final.
Juanjo se viste con su chaqueta y su casco, yo no sabía por qué lo hacía hasta que me dice:
-Ven, vamos a sacarnos una foto tú y yo.
-¡Por supuesto! –Le contesto encantada.
Y, para mi asombro, en vez de colocarse a mi lado, se sitúa detrás de mí y, sin decirme nada, me coge en brazos, con mi consiguiente susto y, a la vez, risas.

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¡¡Qué momento más divertido!!
Puesta de nuevo en el suelo, les agradezco su tiempo, sus explicaciones y sus enseñanzas.
Nos acompañan hasta el coche donde nos despedimos con un fuerte abrazo y unos besotes.
A partir de ahora, si ya admiraba a estos seres generosos y humanitarios, cada vez que les vea en acción o por las calles del Botxo con sus vehículos colorados, recordaré la tarde vivida desde dentro, con ellos.
Solo me queda dar las gracias a Jose, a Juanjo y, por supuesto, a todo el equipo que forman estos maravillosos bomberos, por su dedicación y entrega a los bilbaínos.
No debemos olvidar que estas personas ponen en peligro sus vidas para salvar las nuestras. Se merecerían homenajes diarios y yo, desde este humilde blog, les dedico el mío.
MILA ESKER, GUZTIOI!
¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!

Especial agradecimiento a Andoni Renteria por sus fotos y por acompañarme a realizar este reportaje.

UNA TARDE EN BOLINTXU

Este lugar, del que os voy a hablar hoy, no es muy conocido para la gran mayoría; yo misma no lo había visitado nunca, aunque por la zona he pasado en coche muchas veces.
Se trata de un valle situado a los pies del Pagasarri y del Arnotegi.
Mi amigo Andoni me comentó que él lo conocía bien; despertó en mí la curiosidad ante lo desconocido y le pedí que me llevara hasta allí.
Organizamos todo para ir un jueves a las cinco. Era octubre, los días no eran tan largos y debíamos aprovechar la tarde.
Preparados con zapatillas de deporte, agua y algo de chocolate nos dirigimos hacia el Valle de Bolintxu, un enclave con alto valor ecológico a poca distancia del Botxo.
Desde el barrio de La Peña subimos hacia Buia. Se accede muy fácil, no hay pérdida. También se puede acceder desde San Adrián-Larraskitu.
El coche lo dejamos en un aparcamiento a unos veinte metros del sendero donde comienza el Bolintxu bidea.

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Iniciamos la marcha junto al cauce del arroyo Bolintxu, que nace en la vertiente norte del Pagasarri, desemboca en el Nervión a la altura de La Peña y tiene un recorrido de unos 5 kilómetros.
Llevo un bastón de monte para facilitarme el camino ya que, en algunos sitios, el suelo, además de embarrado por la humedad de la zona, está desnivelado.

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Mientras avanzamos Andoni me explica curiosidades de este valle, como por ejemplo que en 1923 se instaló una depuradora que, para desinfectar el agua, utilizaba una técnica de ozonización hasta ese momento pionera en España.
Ya no se conserva, pues fue desmantelada por chatarreros que pretendían sacarle un beneficio económico a aquella reliquia.
Existieron también dos presas construidas en el cauce del río a finales del siglo XIX , cuya agua se almacenaba en un depósito excavado en roca que ha permanecido en funcionamiento hasta finales del pasado siglo.
Estas presas fueron punto de encuentro para muchas familias que se alejaban de la urbe para disfrutar de un rato de descanso y recreo en plena naturaleza.
A finales de los años sesenta, en la ladera del monte Pastorekorta, se asentó una cantera que, debido a su actividad, las aguas cristalinas se convirtieron en turbias con consecuencias terribles para la fauna acuática, desapareciendo diferentes especies como truchas, cangrejos y loinas.

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En el año 1968 El Consorcio de Aguas de Bilbao, construyó una tubería de hormigón en el centro del valle a una altura de casi 20 m. por donde se transporta el agua que se capta del Zadorra, en Álava.
Mientras paseamos a mí me da por hacer el gamberro y subirme a todo lo “subible”. Andoni me advierte de que mire el suelo que piso y que tenga cuidado con las ramas, ya que podría caerme.

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Yo, agradezco sus consejos pero sigo a lo mío.
No dejo de asombrarme con todo lo que observo en este precioso entorno, me resulta curioso pensar que existe este paraíso a tan poca distancia del centro de la villa.
Llegamos a lo que fue una presa, ahora abandonada, pero con una pequeña catarata donde yo no pierdo la oportunidad de hacer cabriolas al borde con la consiguiente preocupación de mi fotógrafo.

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En las inundaciones del 83, este río y su ribera quedaron gravemente alterados. Dejó de ser una zona lúdica y recreativa y poco a poco llegó al abandono.
Afortunadamente, con el paso del tiempo se recuperó y hoy podemos disfrutar de un bosque con alisos y robles, fundamentalmente.
Hacemos un pequeño descanso para contemplar unas plantas que llaman mi atención aunque desconocemos su nombre.

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Debido a la frondosa vegetación y, a pesar de que solo son las seis y media, notamos que empieza a oscurecer, así que decidimos no avanzar más.
Continuando llegaríamos a la cima del Arnotegui, pero por hoy es suficiente.

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Regresamos al aparcamiento por arriba, donde el camino es más seco y más firme.
Me voy parando cada ciertos metros; encuentro bellotas, setas… pero ningún Rolex, jaja.
Minutos más tarde y varias fotos después, divisamos la entrada que, para nosotros, ya es la salida.

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Recojo mi bastón de monte mientras agradezco a Andoni que me haya traído hasta aquí.
Merece mucho la pena salir del Botxo para relajarse en un lugar como este.

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Os aconsejo la visita que, seguro disfrutaréis tanto como lo hice yo, antes de que destruyan este entrañable valle para construir una carretera o alguna infraestructura necesaria para avanzar. ¿Necesaria? No seré yo quien lo cuestione.

FOTOS: ANDONI RENTERIA.

FELICITACIÓN DE NAVIDAD

El equipo de nuestros amores nos felicita la Navidad.