ATRACO FALLIDO

Delincuentes, ladrones, carteristas y chorizos ha habido siempre y en todos los rincones.
Hoy os contaré el caso de cinco individuos de entre 18 y 20 años que ocuparon las páginas de los periódicos de nuestra villa hace más de noventa años.
El 24 de Abril de 1922 a las diez de la mañana estos jóvenes sin escrúpulos, siguieron muy de cerca a un cobrador de la empresa “La Sebería Bilbaína” que hacía su trabajo en la zona de San Francisco.
Este empleado portaba colgado de su hombro, un pequeño saco con monedas y billetes que había cobrado a los clientes de dicha empresa.
De pronto, en la Calle Iturriza, a la altura de la sacristía de la Quinta Parroquia le rodearon y le intimidaron con pistolas obligándole a entregarles la recaudación de ese día.
El hombre no se amilanó y les atizó con el propio saco, pero ellos le empujaron y arrastraron hasta un portal cercano y allí le golpearon fuertemente.
El cobrador chillaba y pedía auxilio sin soltar su cartera. Uno de los atracadores disparó su arma que, afortunadamente, no hizo blanco en el trabajador pero si alertó a los comerciantes de la zona y a un policía municipal que, rápidamente, se acercó al lugar de los hechos.
Al mismo tiempo, otros guardias corrieron en su ayuda y comenzó un dispositivo digno de una película policiaca.
Los agentes se dividieron en dos grupos en las calles Hurtado de Amézaga y San Francisco para, de esa manera, cortarles la posibilidad de huir.
El cabo Méndez, famoso por su valentía, fue el que, arriesgando su vida, se dirigió al portal empuñando su arma, a lo que los ladrones respondieron a tiros.
Dos de los ladrones disparando a diestro y siniestro escaparon hacia la plaza Zabálburu, mientras que los otros tres rateros se dirigieron a la calle Hurtado de Amézaga.

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Comenzó, entonces, una persecución por las calles aledañas.
Uno de los atracadores se refugió en un almacén de lubrificantes, a la vez que sus dos compinches lo hicieron en un restaurante de la cercana calle Fernández del Campo.
La policía municipal los tenía rodeados, poco podían hacer para salvarse.
Finalmente, se entregaron sin oponer resistencia, abandonando sus pistolas en el retrete del restaurante.
El que se había escondido en el almacén también fue apresado y a los tres los condujeron a dependencias policiales.
De los que huyeron hacia la zona de Zabálburu nunca más se supo.
Una vez a salvo, el valiente cobrador, declaró que había vuelto a nacer puesto que el ladrón erró su disparo.
La empresa para la que trabajaba, en agradecimiento, le hizo entrega de mil pesetas, además de donar al cuerpo de municipales de Bilbao otras 250 pesetas.
En las declaraciones de los reos hubo bastante desconcierto, ya que confesaron ser comunistas y que confundieron a su víctima con un cobrador de tranvía que, en la última huelga, había actuado como esquirol.

RECUPERANDO LA SEMANA SANTA

Después de un parón “obligado”, en el año 1939 se impuso de nuevo el silencio, el recogimiento y los ciclos religiosos impuestos por un régimen político nuevo y por la Iglesia Católica.
Regresaron las fechas señaladas como Navidad, Cuaresma…y, por supuesto, la Semana Santa.
Volvió la euforia por los capirotes, túnicas, ambiente mortuorio y triste de aquellas fechas.
Fue tanta la devoción que, de una cofradía existente al terminar la guerra, en once años llegaron a ser diez.

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En el año 1939 se reorganizó la cofradía más antigua de la villa, que data del 1553: La Santa Vera Cruz.
Hubo otra fundada por los comerciantes de la calle Tendería bajo la misma advocación que, en 1648, modificó su nombre por el de Santo Cristo.
Se sospecha que, finalmente, se unificaron las dos hermandades.
En 1941, con sede en la parroquia de San Vicente Mártir, nació la Cofradía de La Pasión, cuya vestimenta se componía de túnica y capirote negros, la cruz de Jerusalén en el pecho y el cordón y los guantes en color blanco.
Cinco años después se fusionaron con la de Las Palmas, cuyos miembros eran jóvenes catequistas de la misma parroquia que les unía un objetivo común: Recuperar la tradicional procesión del Borriquito desaparecida en los años que duró la Guerra Civil.
Otra de las recién estrenadas fue la Cofradía de la Madre de Dios de las Escuelas Pías de Bilbao, con integrantes del Colegio de los Padres Escolapios, a los que les exigían para pertenecer a ella “Buena moralidad y buenas costumbres”.
Antiguos alumnos de los colegios Santiago Apóstol y Nuestra Señora de Begoña fundaron en 1947 y 1948 sus cofradías: la del Apóstol Santiago y la de la Santa Eucaristía, respectivamente.
Una de las más arraigadas hoy en día fue la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, creada en 1947 y que rendía culto al Cristo de Medinacelli.
Es una de las imágenes que causa mayor impresión y fervor en las procesiones por la villa.
En aquellos años, dos más tuvieron gran renombre: La Cofradía de Nuestra Señora de Begoña y la de los Cruzados. Fue la época de mayor esplendor de las hermandades. Sin embargo, a finales de los sesenta muchas desaparecieron.

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¡NO AL DERRIBO!

El monumento al Sagrado Corazón no gustaba a un sector de la sociedad bilbaina que pretendía hacerlo desaparecer. Es por ello que, el 8 de febrero de 1933, se convocó un pleno en el Ayuntamiento en el que la minoría socialista quiso hacer constar lo que la mayoría de los vizcaínos pedían: la retirada de la estatua del Sagrado Corazón de Jesús, ya que consideraban que era una provocación al laicismo establecido por la República Española el hecho de que permaneciera dicha estatua en una plaza pública.
No se exigía un traslado sino la demolición completa.

El Gobernador de Vizcaya, el señor Amilibia, escribió en el periódico “El Liberal” un artículo en el que acusaba de maniobra electoral a todos aquellos contrarios a la controvertida estatua. Les acusó de utilizar con procedimientos oscuros al Sagrado Corazón como pendón político. Y lanzaba una curiosa pregunta: “¿quién nos asegura que Jesucristo no se ha hecho republicano?”
A las seis y media de la tarde de ese día de febrero y, después de tratar otros temas municipales, la mayoría de la comisión presentó un informe en el que se proponía al Apostolado de la Oración que, en un plazo oportuno, se procedería a la demolición del monumento situado en la entonces plaza de Bélgica.
Mientras en el interior se dirimía el asunto, en el exterior un grupo de personas merodeaban por las inmediaciones de la Casa Consistorial bajo la atenta mirada de los guardias de asalto.

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Por supuesto también existieron argumentos a favor en el pleno, como el que esgrimió Juan Garayo del PNV, defendiendo que la Constitución no puede ir contra las creencias religiosas.
Ambrosio Garbisu, masón y anticlerical, además de teniente alcalde y representante del partido Republicano, era de opinión contraria y se posicionó a favor del derribo.
Después de un buen rato de discusiones, se procedió a la votación con la presencia del alcalde de Bilbao, don Ernesto Ercoreca. El resultado final fue de 21 votos en contra de la demolición y 23 a favor.

Dos días después, a primera hora de la mañana, el monumento apareció custodiado por guardas de seguridad montados a caballo que no permitían a nadie acercarse a una distancia de 40 metros. Muchos fueron los bilbaínos allí congregados observando lo que sucedía. Varias mujeres permanecían arrodilladas rezando. Hubo vigilancia incluso nocturna y carreras de jóvenes de los dos bandos por el parque de doña Casilda Iturrizar. Asimismo, los estudiantes católicos de varios centros de enseñanza comenzaron una huelga de hambre.

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Circulaban consignas para que los comerciantes cerraran sus puertas durante esta crisis. Jose Maria Urquijo, de derechas y Consejero de la Gaceta del norte, fue a visitar al alcalde Erkoreka, a quien indicó que quería formalizar una protesta por el acuerdo alcanzado dos días antes en relación con la estatua. Y, dicho esto, dio media vuelta y salió del despacho. A los pocos minutos el alcalde recibió otra visita: varias señoras de la nobleza bilbaína querían que le remordiera la conciencia al Alcalde, incluso, le aseguraron que aquello no lo olvidaría Dios.

En la Basílica de Begoña se reunieron 20 000 personas en una ceremonia oficiada por el canónigo de la Catedral de Vitoria para forzar la derogación del acuerdo en el Ayuntamiento. La batalla continuó incluso en la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao, con la retirada de los depósitos de los clientes que no estaban de acuerdo con la decisión municipal.
El 19 de Febrero el Partido Nacionalista Vasco organizó un acto en el Frontón Euskalduna para protestar contra lo decidido en el pleno del Ayuntamiento. Fueron muchas personalidades las que allí se reunieron, entre ellas el futuro Lehendakari José Antonio Aguirre.
La prensa escrita publicaba día tras día noticias sobre este asunto tan delicado con diferentes opiniones y acciones llevadas a cabo en la Villa. A Felipe Carretero, ilustre médico, se le ocurrió que, después de quitar la estatua sagrada, se podía utilizar el pináculo para colocar una imagen de don Luis Briñas en agradecimiento a su filantropía y obras de caridad que realizó a la ciudad de Bilbao; actuación que no se llevó a cabo, como sabemos todos.

Finalmente, el 20 de mayo de 1933, se decreta la suspensión del acuerdo de derribo del día 8 de Febrero. La estatua se quedó en Bilbao y, con el tiempo, dio nombre a la plaza donde se encuentra. Muchos años después se le hizo una limpieza a fondo y ahora permanece reluciente observando el ir y venir de bilbaínos y foráneos.

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