UNA VIDA ATADA A UNA SIRGA

Hoy ocho de marzo se celebra el Día de la Mujer y, por ello he decidido que, este post, lo dedicaría a hablaros de una profesión ya desaparecida en nuestra villa y alrededores. Una profesión muy dura que, curiosamente, no la realizaban los hombres fuertes, sino un grupo de mujeres llamadas SIRGUERAS.
Esta profesión siempre me ha despertado mucha curiosidad y admiración.
Su nombre procede de sirga o cuerda.
En el siglo XIX las sirgueras, mientras sus esposos, soldados, combatían en la guerra carlista, ellas sacaban la familia adelante arrastrando embarcaciones a la costa. Desde el Abra hasta el Arenal bilbaíno se las podía ver ejerciendo esta labor más propia de bestias de carga que de personas.
Esta actividad era fundamental para que los barcos pudieran avanzar ría adentro.
La sirga se ataba alrededor de su cuerpo mediante un tirante y, generalmente, iban en cuadrillas de cuatro.

sirgueras
La prensa bilbaína siempre fue muy crítica con este rudo trabajo, aunque también lo justificaba aludiendo a que las grandes embarcaciones no podían entrar en la ría debido a obstáculos como por ejemplo la barra de Portugalete y había que utilizar gabarras para transportar las mercancías.
Las condiciones laborales de entonces eran precarias, no estaban amparadas por ningún sindicato y no disfrutaban de ningún privilegio; al contrario que los hombres que desempeñaban tareas de cargadores en los muelles que sí contaban con una reglamentación.
Se pensó alternar la mano de obra de estas mujeres con bueyes pero económicamente salía más costoso.
También existía la profesión de carguera que gozaba de un poco más de prestigio en aquella sociedad y que, en muchas ocasiones, se ganaban el puesto a base de peleas entre ellas.
Además de cobrar poco en condiciones extremas y penosas debían aguantar los descalificativos como “Ganapanes” o “Mozas de cordel”.
En 1879 salió publicado en prensa el accidente de una sirguera que hubo de ser atendida por un gabarrero, un herrero y la familia de éste mientras que sus contratadores se desentendieron del incidente.
Afortunadamente, todo esto ha cambiado.

¡HÁGASE LA LUZ!

Desde 1847 las calles de Bilbao se alumbraban con gas suministrado por la Compagnie Lyonnaise de L’Eclairage hasta que, en 1884, fue el Ayuntamiento quien tomó el mando de dicho suministro.
Diferentes ingenieros y científicos por el mundo empezaban a hablar de electromagnetismo, lámparas de incandescencia, bombillas…
En la villa, no íbamos a ser menos; queríamos alumbrar nuestras calles con estos nuevos inventos.
Se hicieron diferentes y curiosos ensayos como el del profesor de física del Instituto situado en la actual plaza Unamuno, que, desde el balcón del Teatro Viejo, (predecesor del Arriaga) encendió un arco voltaico y, con un reflector, alumbró el Paseo del Arenal.
Para conseguir aquello fue necesario llenar el salón del teatro de pilas, cargarlas y ligarlas de manera rudimentaria. Hubo varios destellos y apagones con fuertes chispazos. ¿Os imagináis la escena?
Durante las fiestas de agosto de 1880 el Consistorio bilbaino contrató dos noches de alumbrado en el Arenal por 300 pesetas.
Tres años después, la Sociedad Española de Electricidad, ofreció sus servicios y, el día 1 de mayo, se inauguró el alumbrado de las calles Correo, Arenal, Bidebarrieta, Santa María, Perro, Ribera y alguna más.
La electricidad se conseguía gracias a tres dinamos Gramme, movidas por un generador llamado Locomóvil situado en una caseta de madera que habían instalado en las ruinas del convento San Agustín, donde ahora se encuentra nuestro Ayuntamiento.
Todo esto costó 47000 pesetas y solo duró 8 meses por problemas con la ubicación de la caseta, de los humos de sus chimeneas y, por supuesto, los fallos de una tecnología recién estrenada.
En 1887 se barajó la posibilidad de aprovechar el excedente de fuerza motriz de la estación de aguas de la Isla de San Cristóbal en la Peña, con idea de dar servicio, además del alumbrado público, a las viviendas particulares.
Salió a subasta este proyecto y fue una firma alemana la que consiguió, el 3 de diciembre de 1889, que el Casco Viejo «luciera» más bonito.
El 30 de septiembre de ese año nació la Electra, primera compañía eléctrica bilbaina y, nuestra villa, fue pionera del sector eléctrico español.
Desde entonces no hemos dejado de iluminar nuestra villa, luciendo así de bonita.
alumbrado bilbao para el blog

COSTUMBRES FÚNEBRES

Mi historia de hoy no es muy alegre, lo sé.
Nos situamos en el siglo XVIII; entonces la muerte y los difuntos tenían más protagonismo.
Tanto era así que las autoridades prohibieron las prácticas de tirarse de los cabellos, arañarse la cara y cantar de manera exagerada.
Las mujeres más populares y diestras en aquel oficio de plañideras, eran las de Bermeo.
Había actos considerados deshonestos, como rasgarse las mujeres los vestidos, tirarse al suelo o patalear.
Imaginaos el espectáculo.
Otra costumbre era ir improvisando canciones en recuerdo del difunto durante la procesión fúnebre.
En 1793, el Obispo de Calahorra, tras una visita a nuestra tierra, manifestó su disgusto por tales muestras de dolor y, aunque entendía que era normal, solicitó que fuesen más moderadas.
Afortunadamente, el jaleo fúnebre fue desapareciendo, pero seguía siendo una extraña exhibición.
En los años treinta del siglo pasado, el desfile mortuorio se realizaba en coche de caballos que, en función de la condición social del fallecido, podría ser con uno, dos o hasta seis equinos.
Al paso del cortejo las mujeres se santiguaban, los hombres se quitaban sus sombreros y todo se realizaba en silencio y con mucho respeto.
Se dirigían hacia la plaza de los Auxiliares, hoy conocida como Plaza Unamuno, donde se les trasladaba en el conocido «Tren de los muertos», que les llevaba hasta el cementerio de Derio, su morada final.
Se construyeron vagones para albergar a estos pasajeros tan especiales. Como en todo, había diferentes tipos en función de su «clase». Los había más lujosos para los difuntos adinerados y también había vagones con decoración muy sencilla para gente humilde.
La foto es de un cortejo funerario por la calle Ibáñez de Bilbao.

ibañez de bilbao