LA VIDA DEL MAR EN UN MUSEO

Siempre es un gustazo cruzar la puerta del Museo Marítimo. Un museo que nos explica cómo fueron los orígenes de nuestra villa y nos habla de la relación tan estrecha entre el mar y los bilbaínos.

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Suelo ir al menos una vez cada dos meses y, os aseguro, que siempre descubro algo; un detalle que no me había fijado anteriormente o una exposición nueva.
El otro día vi en prensa que los piratas habían desembarcado en el museo para quedarse una temporada. No serán muy peligrosos, pensé, así que decidí acudir a conocerlos.
Los martes la entrada es gratuita y, en el mostrador, una persona muy amable te da la suficiente información para moverte por el museo. A los niños les entregan una hoja donde explica cómo realizar unas pruebas distribuidas por las diferentes salas.
Al atravesar la canceladora lo primero es sentarse en la sala de audiovisuales donde se proyecta una película que dura unos ocho minutos y nos cuenta la vida en Bilbao desde la fundación pero desde un punto de vista marítimo. La ría como elemento esencial para entenderlo, tiene un papel trascendental en el documental.

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Al salir no pierdo oportunidad de montarme en una especie de txalupa donde los más pequeños emulan a los mejores remeros.

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Continúo mi visita y me topo con la falúa. He de confesar que funciona como un imán para mí; por muchas veces que vaya, siempre he de subirme y disfrutar unos minutos de su elegancia, imaginándome con un vestido de época surcando las aguas de la ría.
Esta embarcación es una réplica de la que transportaba a la gente importante de Bilbao por la ría en actos protocolarios, allá en el siglo XVII.

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De allí me dirijo a la sala donde la maqueta de Bilbao me recibe con sus formas poliédricas que van cambiando de color mientras, en una pantalla gigante, se proyecta una película con imágenes de la transformación de nuestra villa.

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Esta gran escultura fue presentada en 2010 en la Exposición Universal de Shanghai.
Por las escaleras llego a la planta de arriba donde puedo observar diferentes tipos de timones y escafandras.

A su lado, un reto más para los txikis: una caña para pescar unos simpáticos pececitos. Por supuesto, lo pruebo.

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En la sala contigua se recrea un mercado de la época con sus vendedoras y compradoras que, parece que les da vergüenza aparecer en la foto.

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Al salir de allí me doy de morros con un pirata. ¡Qué susto!
Además no está solo. Son varios los piratas, bucaneros y corsarios que, hasta el próximo día 1 de marzo, nos cuentan su historia y sus andanzas por los mares del Caribe y, sobre todo, la diferencia que había entre una “profesión” y otra.

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Una selección de objetos cotidianos, monedas y armas nos harán entender aquella vida de aventuras, crímenes, robos y mala fama.

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Desde los inicios de esta actividad hasta nuestros días son muchos los lugares en los que han “trabajado” estos hombres y, alguna mujer, aunque fueron pocas las que se introdujeron en este mundo tan peligroso.

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Un rato después me despido de ellos y mis pies me llevan a la colección de maquetas de los barcos construidos en los astilleros más emblemáticos como: Euskalduna, Izar, Astilleros del Nervión o Celaya.

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Otra prueba se cruza en mi camino, esta vez consiste en comprobar la mejor manera de levantar un peso y, decido, que el menos costoso es el sistema de poleas.

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Terminada mi visita, me monto en el ascensor acristalado y bajo al vestíbulo para, desde allí, salir a la calle mientras imagino historias de falúas, damas de vaporosos vestidos, corsarios con cara de malos y banderas con calaveras.
Si queréis sentiros como un marino o un pirata os recomiendo una visita a este maravilloso y educativo museo.

LARREAGABURU PARKEA

Era uno de esos días en los que me apetecía pasear pero no quería hacerlo por el asfalto del Botxo, sino por hierba y rodeada de árboles.
¿A dónde voy? Entonces recordé que en la zona de Santutxu, un parque con unas vistas preciosas a la villa, podría ser el lugar donde relajarme y tomar unas buenas fotografías.
El parque Larreagaburu se encuentra ubicado en la Mina del Morro, al lado del puente de Miraflores. La mina se encontraba en un morro de 65 metros de altura, de ahí el nombre.
Se puede acceder a él por la Avenida Larreagaburu Zubia o desde la rotonda de Miraflores.

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Este lugar de esparcimiento fue inaugurado en el año 2007.

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Su extensión es la de 22 campos de fútbol; Digamos que es el pulmón verde que da un respiro a los barrios cercanos como Santutxu, Bolueta o Atxuri.
El día que fui yo calculo que no serían más de 15 personas las que paseaban por allí. Algunos con perros, otros acompañados de niños, mayores con sus bastones… todos buscando un sitio donde disfrutar de la calma que da un paraíso urbano como este.
Hace años, esta zona se encontraba cubierta de maleza, zarzas y chabolas pero ahora se ha convertido en una zona de recreo con mesas y bancos, caminos donde practicar senderismo y un espacio dedicado a los juegos infantiles.
Yo subí desde el lado de Santutxu donde un cartel me recibió indicándome el nombre del parque.

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La cuesta parece pronunciada pero, en realidad, es muy fácil y poco costosa.
Al llegar arriba es inevitable sentirte como el amo del mundo, en este caso, del Botxo.
Las vistas de la ciudad son diferentes a las que estamos acostumbrados desde Artxanda o desde Kobetamendi.

 

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Por un lado aparece entre árboles el Casco Viejo, La Torre Iberdrola e incluso el funicular como una manchita roja. Y por el otro, el barrio de la Peña con sus altos edificios formando un bonito paisaje.

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En un montículo cerca de los columpios y, como si fuese parte del paisaje, me encuentro unas piedras con una inscripción. Se trata de los restos de la antigua mina. Me han contado que hace años cuando todavía se mantenían en pie los ladrillos, los chavales que frecuentaban aquel lugar para jugar, lo llamaban el Castillo o la Sirena.

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A todos aquellos que no lo conocéis os recomiendo la excursión, seguro que os agradará.

RECUERDO DE UN SANATORIO

Era domingo, a finales del mes de noviembre. Bilbao se despertó con un cielo azul y la temperatura era tan agradable que quedarse en casa resultaba impensable.
Unos días antes alguien me habló de un edificio abandonado cerca del Hospital de Santa Marina. Ya sabéis que soy muy curiosa así que, decidí que esa mañana iría a inspeccionar la zona pero no lo haría sola, Andoni, me acompañaría.
Antes de ir me informé de qué edificio podía ser y resultó ser el antiguo Hospital de Santa Marina.
Nos dirigimos al lugar en coche con intención de estacionarlo en el aparcamiento del centro sanitario. Pocos metros antes de llegar, a la izquierda pudimos ver entre la frondosa vegetación, una construcción.
El parking a esas horas estaba casi completo pero encontramos una plaza. Cruzamos la carretera y por el arcén llegamos a una cuesta por la que accedimos a una explanada donde se nos apareció aquel ruinoso edificio que fue, en un tiempo, lugar de reposo y curación, pero que en este momento parecía el escenario de una película de terror.
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Es un pabellón bastante largo con una altura de dos pisos en un estado lamentable.
Los grandes ventanales sin cristales, los grafittis en las paredes, los agujeros en la fachada y la maleza en el exterior refleja un abandono y tristeza que me encogió el corazón.

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Yo soy intrépida y me cuelo por todos los rincones, no suelo tener problema en subirme, agacharme, tirarme al suelo o cualquier cosa de ese tipo pero, he de reconocer, que carecí de valor para entrar en aquel lugar tan lúgubre.
No se oía nada, silencio absoluto. Llevaba unos minutos cuando de repente, se escuchó un fuerte golpe que me hizo retroceder unos metros. Miré para todos los lados pero no descubrí nada que indicara que alguien lo había producido.
¡Zas! Otro golpe y otro y así varios seguidos. Empecé a preocuparme y asustarme.
Mi parte racional del cerebro me aseguraba que era debido al viento que allí soplaba pero mi parte fantasiosa y peliculera afirmaba que alguien me vigilaba escondido detrás de un trozo de pared e intentaba asustarme con el fin de que me alejara de su “residencia”.

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¿Habría alguien viviendo allí? ¿Algún okupa? ¿Algún mendigo? No lo sé pero, al dar la vuelta para ver la trasera de aquel destartalado pabellón, comprobé que alguna ventana estaba protegida con rejas e incluso se veían cortinas y alguna ropa en un colgador.

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Ganó la parte imaginativa y me fui pero, no por donde había venido, eso hubiera sido lo fácil.
Me metí por un sendero que me llevó a un depósito de agua, decorado de una manera colorista en la que, sobre su fondo azul Bilbao, una niña, pájaros y flores alegraban aquel rincón.

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Unos minutos y unas fotos después seguí avanzando pero, algo llamó mi atención en el suelo. Eran piñas, me encantan las piñas. Hace años las pintaba con acuarelas en diferentes tonos.

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Continué camino hasta llegar a la parte de atrás del sanatorio actual. Volvía a la civilización.
La vista desde la delantera del actual centro hospitalario es muy relajante, por algo lo construyeron allá arriba, tan alejado de la ciudad, porque para tratar las enfermedades respiratorias que siempre se han tratado allí, el aire sano es fundamental.
Me crucé con muchas personas, que acudían al centro a visitar a sus familiares y amigos, mientras me dirigía al parking.
Montamos en el coche y salimos hacia la carretera por donde habíamos venido.
Al pasar por el antiguo sanatorio, donde acababa de estar unos minutos antes se me fue, inevitablemente, la vista hacia la derecha y mi imaginación voló a aquellos años en los que tantos bilbaínos ingresaban allí para curarse en un entorno privilegiado, rodeados de naturaleza y aire puro.
Ya en casa intenté averiguar datos sobre el lugar que acababa de visitar, pero ha sido en vano.
El edificio debió construirse en el año 1930 y he leído que se llamó Victoria Eugenia.
No puedo daros más información pero con gusto aceptaría cualquier cosa que me contéis.