MONCHO PANZA EN EL CAMPOS

Moncho Borrajo no deja indiferente a nadie. Este cómico gallego consigue crear unos espectáculos divertidos, mordaces, sorprendentes, reivindicativos, ingeniosos, creativos y tiernos. Todo eso lo logra cada vez que se sube a un escenario.
Ayer, día 26 de junio, a las ocho menos cuarto de la noche, me encontraba en el Teatro Campos de Bilbao para asistir a su nuevo show titulado MONCHO PANZA.
Este año 2015 se celebra el IV Centenario de la edición de la segunda parte de El Quijote y, por ello, se le ocurrió a este polifacético artista, realizar un homenaje a esta gran obra de la literatura universal.

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Llegué pronto porque, de todos es sabido, que si te retrasas, Moncho interrumpe su actuación para preguntarte de dónde vienes y por qué llegas tarde.
A las ocho en punto suena una música y aparece MONCHO PANZA con su burro “Lito”, como le ha bautizado él: “De españolito”.

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El decorado es sencillo; bastan unas telas, un par de sillas, unas ánforas, una pantalla donde aparece el ingenioso hidalgo de la Mancha alguna vez y mantiene un diálogo con Moncho Panza y un botijo con el que el protagonista aplaca su sed.
Son varios números los que realiza, como por ejemplo nos recita refranes que todos conocemos y usamos, pero él los transforma a su manera.
También nos escenifica fragmentos de películas chinas, polacas y rusas. Ese fue el momento que más me reí y, además, fue cuando nos hizo cantar a todo el público.
Otro de los momentos es cuando él y, Mari Carmen, la ayudante en algún momento de Moncho Panza, papel que interpreta la actriz Lucía Bravo, sacan a seis chicos del público para bailar un pasodoble.

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Es cierto que se mete con algunas de las personas sentadas en primera fila, pero no vi a ninguno poner mala cara, todos entendieron su peculiar sentido del humor.
Moncho tiene detractores y lo sabe, pero, después de 40 años sobre el escenario, algo tendrá cuando todos salimos encantados, habiendo pasado un rato agradable y divertido.
No todo fueron carcajadas, también hubo momentos para soltar la lagrimita. Al menos a mí se me escapó alguna. En un momento dado preguntó si había alguna embarazada entre los asistentes. No hubo respuesta, no había ninguna mujer en estado de buena esperanza.
Bajó al patio de butacas y observó a las personas más cerca del escenario y, entonces, se fijó en un matrimonio de edad avanzada, les interrogó sobre los años que llevaban casados. Al decirle estos que eran 54 los años de vida en común, les ofreció componerles en ese momento una canción si ellos querían.
El matrimonio accedió y subió al escenario donde se sentaron en ambas sillas. Moncho le ofreció a la mujer una rosa mientras ella, a instancias de él, le explicaba los hijos y nietos que tenían y algún aspecto de su vida.
Con esos datos Moncho improvisó una letra con una música de fondo que enterneció a la pareja y a muchos de los que no salíamos de nuestro asombro por su facilidad de invención.
Al terminar les prometió que, en un rato, se les haría entrega de un CD con la canción, ya que había sido grabada. Fue un detalle precioso que, a buen seguro, este matrimonio bilbaíno no olvidará nunca.
Faltaban minutos para terminar cuando, vestido de gobernador, pronunció un discurso con letras de canciones sabidas por todos. Fue muy divertido escuchar cómo hablaba de que le “habían robado el carro” en alusión al tema de Manolo Escobar y, a partir de ahí, una cascada de frases que todos hemos tarareado alguna vez.
A las diez de la noche Moncho se despidió, agradeciendo la asistencia de todos.
Comenzaron los aplausos enloquecidos, la gente tímidamente iba poniéndose en pie, hasta que todos nos levantamos en un acto de respeto, agradecimiento y admiración hacia este hombre sencillo, sensible, inteligente, artista, mordaz y muy humano.

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Un rato después, en el hall del teatro, fui testigo del cariño que siente la gente por él. Le pedían fotos y besos y él, a pesar de estar muy cansado, no decepcionó a nadie y para todos desplegó la mejor de sus sonrisas.
Ahí estaba el hombre; el personaje satírico se había quedado entre bambalinas. Este es el caballero que me dio un fuerte abrazo mientras me hacía preciosas confidencias.
GRACIAS MONCHO…POR TODO.

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En esta foto me podéis ver con dos buenas amigas: Mertxe y Toni.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA

MONCHO BORRAJO EN BILBAO

Siempre es un placer comer en el restaurante Passerella de la calle Urkijo pero, si lo haces acompañada de su dueña Antonia García y del cómico Moncho Borrajo, puede llegar a ser una verdadera experiencia que no olvidarás.
Eso es exactamente lo que me ha sucedido a mí este mediodía.
A las dos y media me había citado Antonia para comer junto con su querido amigo Moncho. El actor venía de una de tantas entrevistas a las que acude con motivo de su espectáculo en el Teatro Campos de Bilbao titulado MONCHO PANZA.
Nos hemos presentado y, en dos minutos, ya charlábamos como viejos amigos.
En la mesa me he sentado frente a él para no perderme ni una sílaba de lo que me quisiera contar.

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Mientras nos servían deliciosos platos como salmorejo o bresaola (una especie de cecina italiana de carne de ternera) la conversación fluía, nos íbamos conociendo y compartiendo anécdotas.

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Moncho es un hombre muy cercano, entrañable, educado, un caballero, de ideas claras y una mente privilegiada.
Seguían apareciendo ricas viandas como ventresca de bacalao o polpettes de pollo a la marsala (algo parecido a nuestras albóndigas)

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El vino elegido para regar la comida ha sido un fresquito Moscato blanco.
Moncho me hablaba de su niñez, de sus primeras canciones protestas en la Universidad, de sus veinte libros escritos, de sus espectáculos…y de muchas más cosas que se han quedado entre las migas de la mesa.

Los postres han sido biscuit de frutas silvestres y tarta de chocolate.

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El espectáculo que ha traído a Bilbao tendrá tres funciones: viernes 26, sábado 27 y domingo 28 a las 20 horas.
De aquí partirán para diferentes ciudades de España.

Antes de marchar nos han regalado las cartas realizadas para festejar el 35º aniversario del restaurante.

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El próximo viernes acudiré al Teatro a verle encima del escenario, a reírme y a admirar a esta gran persona y gran actor.

Os dejo unas fotos muy divertidas con el Sr. Moncho Borrajo.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA

PASEO EN BARCO POR NUESTRA COSTA

Visitar Bermeo es siempre un placer y hacerlo con un cicerone nacido en esta villa marinera, mucho mejor.
Jon Ander es un buen amigo que me invita a conocer rincones de su pueblo y, además, me cuenta que me tiene preparada una sorpresa.
A las diez de la mañana me encontraba en el puerto esperando a mi guía. El cielo gris no presagiaba nada bueno pero confié en que mejorase.
Esa confianza se derrumbó cuando le vi llegar con una chaqueta impermeable. Si él vestía de esa manera solo podía ser porque iba a llover, como así fue.
Jon Ander, muy previsor y conocedor del clima de su pueblo trajo, además, un paraguas con el que caballerosamente me iba tapando.
Lo primero que hicimos fue dirigirnos a una cafetería situada cerca de la iglesia Santa Eufemia a desayunar. Una barra espectacular repleta de pintxos nos recibe al entrar.
Mientras tomamos el café y, señalando al exterior a través de la cristalera, me explica que a pocos metros nació él en una clínica para los hombres de mar y sus familias.
En la calle seguía lloviendo pero eso no impidió que, desde lo que denominan Gaztelu, tomara fotografías de “La Paloma”, el “almacén” de gas situado a ocho kilómetros de la costa.

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En el puerto, un grupo de remeros entrenaba en su trainera; desde mi posición podía escuchar su fuerte respiración debido al esfuerzo.
En este mismo lugar, me explica Jon Ander, que Franco solía pasar unos días de verano en su barco.
Me cuenta muchas anécdotas que, solo alguien que ha nacido y vivido aquí, puede relatar con tantos detalles.
Seguimos el paseo hasta la Atalaya, una campa con bancos y con una vista magnífica a la isla de Izaro. Allí se encuentra el monumento de Néstor Basterretxea, del año 1973 titulado MONUMENTO HOMENAJE AL PINTOR BENITO BARRUETA ASTEINZA.
A través de esta singular escultura se puede observar la famosa isla que aparece en la cabecera de algunas películas.

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A cien metros de la Atalaya me enseña la casa más antigua de Bermeo. Una edificación de intenso color azul, pequeña pero con muchísimo encanto y un coqueto terreno.

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La lluvia no cesa, Jon Ander mira el reloj y me indica que debemos volver; lo hacemos callejeando por el Casco Viejo, donde descubro apenada que muchos negocios han ido bajando sus persianas.
Agarrada a su brazo y debajo del paraguas, sigo sus pasos sin saber dónde me lleva.
Llegamos al puerto, donde hora y media antes, habíamos comenzado nuestro periplo por este pueblo marinero.
Falta un cuarto de hora para las doce.
Un grupo de personas entre las que se encontraban tres parejas inglesas, me dan la pista. Puerto, barco, gente…¡¡Jon Ander me ha organizado a un paseo por nuestra costa!!

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El barco en el que nos montamos se llama Hegaluze Barria y su fondo es como el de un catamarán, con dos cascos, lo que hace que la navegación sea absolutamente segura.
Su capacidad es de sesenta y seis pasajeros.
Nos colocamos en proa, ya que es el lugar de un barco donde, en caso de mala mar, se mueve menos.

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Una grabación por megafonía nos va explicando el recorrido en castellano, euskera e inglés.
Salimos del cobijo del puerto y la primera foto es para la estatua de Xixili situada en el contradique conocido como Punta de las Lamias. Representa un ser mitológico en forma de sirena y, cuenta la leyenda, que esta especie de brujas atraían a los pescadores y, cuando les tenían en sus brazos, les llevaban a Cabo Ogoño para ahogarlos.

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Nos acercamos a la isla de Izaro. Siempre he tenido muchas ganas de verla por detrás. La única manera es en barco y, después de toda la vida viéndola por delante, esa imagen despertaba mi curiosidad.

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Yo iba absolutamente emocionada, mirándolo todo, aunque la lluvia me fastidiaba bastante; además, no iba con la ropa adecuada y empezaba a notarlo. El pelo era una maraña, el viento descompuso mi peinado pero eso era lo de menos, lo peor es que empezaba a calarme la ropa y comencé a sentir frío.
La mar parecía un poco alterada, el barco subía y bajaba y, aunque mi amigo me tranquilizaba diciéndome que era imposible volcar debido al sistema de catamarán, sí que estaba un poco asustada.

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Poco a poco fui relajándome, los extranjeros del grupo iban hablando alto y riéndose como si estuvieran en un parque temático.
Seguimos hacia el cabo Ogoño, al lado de Laga. Las olas iban y venían, el barco subía y bajaba. Afortunadamente, no tuve sensación de mareo en ningún momento.
Las cavidades rocosas de Ogoño son espectaculares, las gaviotas reposaban y nos miraban. A saber qué pensarían de un barco cargado de humanos en un día de lluvia con las cámaras de fotos en las manos.
Nos aproximamos al puerto de Elantxobe y allí la embarcación entró para que observáramos sus edificios construidos en las empinadas calles que hacen de este pueblo un lugar tan pintoresco.

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Unos minutos más tarde salimos del puerto para dirigirnos de vuelta a Bermeo pasando por Mundaka. La lluvia no cesaba pero estábamos deleitándonos con un paisaje único.
En primer término podéis ver la ermita Santa Catalina. La original data del siglo XVI; ha sufrido muchas reformas e, incluso, hubo que reconstruirla porque a finales del siglo XIX se derrumbó.

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El viaje está a punto de finalizar, nos estamos acercando al puerto de Bermeo, el lugar de donde una hora antes partimos.
Ya con el mar en calma y con la tranquilidad de encontrarme a buen refugio en puerto, me atrevo a colocarme en la proa para que mi querido Andoni me tome esta fotografía.

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En tierra firme comparto mis impresiones con Juan el patrón del Hegaluze que me explica que no suele salir a hacer rutas si no hay mar tranquila, pero que tampoco puede prever con toda seguridad el tiempo.

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De cualquier manera, ha sido un verdadero placer y una auténtica experiencia que no olvidaré jamás y que aconsejo a todos los que quieran disfrutar del mar en toda su magnitud. Os dejo el enlace http://www.hegaluze.com/es/
Gracias a Juan el patrón del Hegaluze y, sobre todo, a Jon Ander por tan bonita sorpresa.
Fotos: Andoni Renteria.