Desde 1847 las calles de Bilbao se alumbraban con gas suministrado por la Compagnie Lyonnaise de L’Eclairage hasta que, en 1884, fue el Ayuntamiento quien tomó el mando de dicho suministro.
Diferentes ingenieros y científicos por el mundo empezaban a hablar de electromagnetismo, lámparas de incandescencia, bombillas…
En la villa, no íbamos a ser menos; queríamos alumbrar nuestras calles con estos nuevos inventos.
Se hicieron diferentes y curiosos ensayos como el del profesor de física del Instituto situado en la actual plaza Unamuno, que, desde el balcón del Teatro Viejo, (predecesor del Arriaga) encendió un arco voltaico y, con un reflector, alumbró el Paseo del Arenal.
Para conseguir aquello fue necesario llenar el salón del teatro de pilas, cargarlas y ligarlas de manera rudimentaria. Hubo varios destellos y apagones con fuertes chispazos. ¿Os imagináis la escena?
Durante las fiestas de agosto de 1880 el Consistorio bilbaino contrató dos noches de alumbrado en el Arenal por 300 pesetas.
Tres años después, la Sociedad Española de Electricidad, ofreció sus servicios y, el día 1 de mayo, se inauguró el alumbrado de las calles Correo, Arenal, Bidebarrieta, Santa María, Perro, Ribera y alguna más.
La electricidad se conseguía gracias a tres dinamos Gramme, movidas por un generador llamado Locomóvil situado en una caseta de madera que habían instalado en las ruinas del convento San Agustín, donde ahora se encuentra nuestro Ayuntamiento.
Todo esto costó 47000 pesetas y solo duró 8 meses por problemas con la ubicación de la caseta, de los humos de sus chimeneas y, por supuesto, los fallos de una tecnología recién estrenada.
En 1887 se barajó la posibilidad de aprovechar el excedente de fuerza motriz de la estación de aguas de la Isla de San Cristóbal en la Peña, con idea de dar servicio, además del alumbrado público, a las viviendas particulares.
Salió a subasta este proyecto y fue una firma alemana la que consiguió, el 3 de diciembre de 1889, que el Casco Viejo «luciera» más bonito.
El 30 de septiembre de ese año nació la Electra, primera compañía eléctrica bilbaina y, nuestra villa, fue pionera del sector eléctrico español.
Desde entonces no hemos dejado de iluminar nuestra villa, luciendo así de bonita.

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LA FINCA DE LOS ZUBIRIA
El parque del que os hablaré hoy fue en otros tiempos una finca perteneciente a la familia de los condes de Zubiria. Tomás de Zubiria e Ibarra nació en el año 1857 en Bilbao y se casó con María del Carmen Somonte y Basabe en 1888. Fue un importante industrial, además de diputado y senador. En el año 1907 recibió el título de Conde de Zubiria. Falleció en el mes de septiembre de 1932. Esta noble familia se instaló en Sarriko a principios del siglo pasado. Entonces estaba de moda entre la gente pudiente, vivir cerca de Bilbao pero en zonas tranquilas y rodeados de campo. A finales del siglo XIX, Severino Achúcarro edificó el palacio de dos plantas. En 1906 el arquitecto Manuel Mª Smith construyó una casa-portería de estilo inglés que se sitúa en el camino de Etxezuri y, actualmente, continua en pie.
Existió otra entrada de servicio pero, con la construcción del canal, desapareció. También había una edificación dedicada a caballerizas y almacén para los aperos de labranza. En 1928 se realiza en la finca una reforma de los caminos, fuentes, adornos… y se instala el arco de piedra con el escudo de armas de la familia.
Durante la guerra civil, la condesa hubo de trasladarse a Las Arenas y, el palacio, utilizado como almacén, terminó incendiado. Al terminar la guerra, Manuel Mª Smith por orden de la condesa, reconstruye el palacio. Según he podido investigar, esta familia era muy normal, teniendo en cuenta su título nobiliario. En la finca trabajaban 30 empleados, algunos residían en el palacio y otros en las diferentes casas alrededor. Muchos vecinos de la zona trabajaron para esta familia como planchadores, limpiadores, chóferes, etc y todos destacaban su bondad y apoyo cuando lo solicitaban. Acostumbraban a celebrar fiestas, carnavales, cumpleaños…con fuegos artificiales muy coloristas pero sin ruido. El avance urbanístico afectó a la finca y, a finales de los años 50, la familia se trasladó a la casa que poseían en Las Arenas. En marzo de 1960 el Ayuntamiento de Bilbao con la colaboración de Diputación y de la Cámara de Comercio, adquieren esta finca de 63000 m2 por un importe de 38 millones de pesetas. Se construyó lo que todos conocemos actualmente: La facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Empresariales; el resto quedó inscrito como jardín público.
Este parque, al que los estudiantes llaman “parque de las piras”, cuenta con una gran variedad de árboles tales como secuoyas, enebros o abedules.
Algunos edificios fueron remodelados para dar uso a las distintas actividades relacionadas con la Universidad. La torre Larrako, se hallaba en San Ignacio y fue trasladada a este parque, pero en ese traslado se perdieron algunas paredes y otra se la llevó un vendaval. Ese es el aspecto que tiene hoy en día.
El día que yo visité este rincón tan acogedor de nuestra villa, era un viernes por la tarde, apenas cuatro o cinco personas paseando. Fue un momento maravilloso de paz y de historia.
Estas preciosas fotos son de mi amigo ANDONI RENTERIA
SORTEO LABORAL
Una de las consecuencias en Bizkaia, de la guerra de Europa o Primera Guerra Mundial, fue la crisis laboral.
La actividad minera y la producción siderúrgica se vieron gravemente afectadas, lo que produjo un aumento del paro.
Hubo varias empresas que se vieron obligadas a disminuir las horas a los trabajadores y, otras más drásticas, despidieron a muchos de sus empleados.
El Noticiero Bilbaino publicaba en sus páginas, cómo los socialistas vizcaínos, en un intento de mejorar el mercado de trabajo, rogaban a los obreros de otras provincias que pensaban conseguir empleo en Bizkaia, que se abstuvieran de venir y, los que vivían aquí pero eran de otros lugares y su situación era precaria, se les intentaba convencer de la vuelta a sus orígenes.
Estas medidas no parecían muy solidarias ni humanitarias.
Otro consejo fue elaborar unas listas con los vecinos de la villa que buscaban empleo, para participar en un sorteo y conseguir alguno de los puestos que el Ayuntamiento iba a crear para atender una cantidad importante de obras públicas que estaban en proyecto.
A estas obras solo les faltaba, en aquel octubre de 1914, que se las dotara de presupuesto.

Para ello, una comisión del Ayuntamiento con su alcalde Marco Gardoqui a la cabeza, se desplazó a Madrid. Necesitaban el desbloqueo de fondos para dar inicio a dichas obras y, de esa manera, conseguir una mejor situación económica y social en nuestra villa.
Además de las obras nuevas se trataba de que se mantuvieran las ya existentes como la ampliación del cementerio de Vista Alegre, reformas de diversos edificios o el asfaltado de algunas de las calles de la ciudad.
Muchos trabajadores se manifestaban y acudían a las puertas de la Diputación reclamando trabajo pero, el problema, eran los fondos. Dicha entidad tenía las arcas vacías.

Era una situación difícil y, se criticaba, que desde el gobierno de Madrid tampoco colaboraban para que mejorara.
Finalmente, el alcalde, hubo de crear una reglamentación para asignar puestos de trabajo de cara a cubrir las vacantes de una obra en el Monte Arraiz.
Los requisitos para formar parte de esa lista eran claros:
– Apuntarse antes del día 22 de aquel mes de octubre
– Los turnos serían de 10 jornadas, renovables de 5 en 5 jornadas
– El primer turno sería de 15 días.
– El ingreso en el trabajo sería por el orden de número asignado
– La no presentación implicaría la pérdida del turno.
Fue una sorpresa para todos que, tras el sorteo de los primeros 50 puestos, solo se presentaron 47. Días después se realizó otro sorteo para 33 obreros y se personaron 22 hombres.
Hoy en día las colas para acceder a un trabajo son enormes, tal y como están las cosas y suena extraño que, habiendo aquella crisis, no todos los convocados se presentaran. ¿No os parece?