RAFAELA YBARRA, LA BEATA DE LA CASA CAVA.

El pasado día 23 de febrero se cumplieron 116 años del fallecimiento de una mujer que ha pasado a la historia como una bilbaina buena, trabajadora y muy devota.
Rafaela Ybarra de Vilallonga nació el 16 de enero de 1843 en Bilbao en el seno de una familia acomodada y religiosa.
En el año 1861 contrajo matrimonio con José de Vilallonga en el Santuario de Loyola. José, veinte años mayor que la joven Rafaela, era un conocido de la familia ya que tenían negocios en común.
Siete hijos tuvo esta pareja pero, desgraciadamente, dos fallecieron siendo niños.
Su hogar se encontraba en la Calle La Ribera hasta que, en el año 1881, se mudaron a Deusto, al Palacio de la Cava, formado por dos edificios independientes.

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En el palacete rosa vivieron los Ybarra y en el otro los Vilallonga-Ybarra. Disponían de siete sirvientes para atender a tal numerosa familia.
Rafaela tuvo que hacerse cargo de los hijos de su hermana ya que falleció muy joven dejando a un desconsolado viudo y a cinco criaturas.
A pesar de provenir de una familia con sobrados recursos económicos, no dio la espalda a los que sufrían, a los más necesitados. Fue consciente de la mala situación de muchas jóvenes que venían a la capital en busca de una vida mejor y se encontraban con explotación, marginación y pobreza, además de muchos peligros como la prostitución.
Rafaela contaba con la inestimable ayuda y apoyo de su esposo y, en 1894 comenzó en un pequeño piso de Bilbao a acoger a un grupo de aquellas desvalidas chicas. Fue entonces cuando empezó su labor como ángel custodio y de ahí procede el nombre de la congregación que fundaría.

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En 1897 se colocó la primera piedra para la construcción del colegio Ángeles Custodios de Zabalbide y, dos años más tarde, quedó oficialmente inaugurado.
Este fue el inicio, la casa madre, de una fundación que tiene presencia actualmente por diferentes países tanto en Europa como en América.
Rafaela no llegó a ver la consolidación de su obra ya que falleció el 23 de febrero del año 1900.
Una de sus frases que nos queda para el recuerdo es: “No os canséis nunca de hacer el bien”.
Sus buenas acciones obtuvieron su recompensa. El 30 de septiembre de 1984 fue beatificada en Roma por el papa Juan Pablo II.

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