LA PRIMERA GRAN BOTADURA

Es bien sabido que en Bilbao nos gusta la fiesta desde siempre y cualquier ocasión la convertimos en un buen motivo para el festejo.
Escenario de esas juergas ha sido ¡Cómo no! nuestra ría.
En 1888 nacían los Astilleros del Nervión, sociedad formada por el industrial José María Martínez de las Rivas y la firma inglesa Palmer.
El primer encargo que tuvieron fueron tres acorazados para la Armada Española: El infanta María Teresa, El Vizcaya y el Oquendo.
Con el primero de los tres se inició una nueva manera de festejar en la ría. Fue todo un acontecimiento que ocurrió el 31 de agosto de 1890, demostrando una vez más el poder y el orgullo de nuestra tierra.

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Para tan importante acto de botadura, no faltó de nada, incluso la reina regente María Cristina participó en tan festivo momento.
La prensa se hizo eco día tras día de todos los preparativos para la gran celebración.
El ambiente en Bilbao era muy animado desde primera hora. Guirnaldas y banderitas decoraban los astilleros.
Multitud de personas habían llegado de toda la provincia, en tren, en tranvía, en carruaje e, incluso, a pie.
Derroche de alegría por las calles de la villa, todo parecía poco para celebrar un momento histórico.
En la estación del Norte hubo una gran expectación cuando entró el tren que transportaba a la reina regente y a todo su séquito. La banda de Garellano puso la nota musical entre vítores, lanzamiento de flores y chupinazos.
A la reina se la condujo hasta los astilleros donde había un templete reservado para ella frente al barco.

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Con una tijera de plata que le entregaron y después de los consabidos “Viva el rey” y “Viva la reina”, su alteza real cortó la cinta y el buque se deslizó hasta la ría.
Concluida la botadura la invitada de honor y demás autoridades se dirigieron a los talleres donde se procedió a degustar un suculento banquete regado con los mejores vinos y cavas.
Nadie hubiera imaginado aquel día que cuatro años más tarde, cumplido el contrato con el Estado, los Astilleros del Nervión dejarían de funcionar.
Tampoco los tres buques gozaron de mucho futuro, ya que en 1898 fueron hundidos en la bahía de Santiago de Cuba.
Ya no se botan barcos en Bilbao y menos de esa envergadura, pero la ría sigue siendo escenario de otro tipo de actos deportivos o lúdicos que hacen tan especial a nuestra villa.

RAFAELA YBARRA, LA BEATA DE LA CASA CAVA.

El pasado día 23 de febrero se cumplieron 116 años del fallecimiento de una mujer que ha pasado a la historia como una bilbaina buena, trabajadora y muy devota.
Rafaela Ybarra de Vilallonga nació el 16 de enero de 1843 en Bilbao en el seno de una familia acomodada y religiosa.
En el año 1861 contrajo matrimonio con José de Vilallonga en el Santuario de Loyola. José, veinte años mayor que la joven Rafaela, era un conocido de la familia ya que tenían negocios en común.
Siete hijos tuvo esta pareja pero, desgraciadamente, dos fallecieron siendo niños.
Su hogar se encontraba en la Calle La Ribera hasta que, en el año 1881, se mudaron a Deusto, al Palacio de la Cava, formado por dos edificios independientes.

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En el palacete rosa vivieron los Ybarra y en el otro los Vilallonga-Ybarra. Disponían de siete sirvientes para atender a tal numerosa familia.
Rafaela tuvo que hacerse cargo de los hijos de su hermana ya que falleció muy joven dejando a un desconsolado viudo y a cinco criaturas.
A pesar de provenir de una familia con sobrados recursos económicos, no dio la espalda a los que sufrían, a los más necesitados. Fue consciente de la mala situación de muchas jóvenes que venían a la capital en busca de una vida mejor y se encontraban con explotación, marginación y pobreza, además de muchos peligros como la prostitución.
Rafaela contaba con la inestimable ayuda y apoyo de su esposo y, en 1894 comenzó en un pequeño piso de Bilbao a acoger a un grupo de aquellas desvalidas chicas. Fue entonces cuando empezó su labor como ángel custodio y de ahí procede el nombre de la congregación que fundaría.

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En 1897 se colocó la primera piedra para la construcción del colegio Ángeles Custodios de Zabalbide y, dos años más tarde, quedó oficialmente inaugurado.
Este fue el inicio, la casa madre, de una fundación que tiene presencia actualmente por diferentes países tanto en Europa como en América.
Rafaela no llegó a ver la consolidación de su obra ya que falleció el 23 de febrero del año 1900.
Una de sus frases que nos queda para el recuerdo es: “No os canséis nunca de hacer el bien”.
Sus buenas acciones obtuvieron su recompensa. El 30 de septiembre de 1984 fue beatificada en Roma por el papa Juan Pablo II.

CARNAVALES TRANQUILOS

Mucho han cambiado los tiempos y la manera de festejar las fechas señaladas. En el año 1935 los carnavales destacaron por ser bastante aburridos, incluso en algún periódico, deseaban que las fiestas transcurrieran tranquilas y que «el carnaval solo se notara en las salas de baile». No eran tiempos muy buenos, ya que el paro aumentaba día a día y la situación económica de los bilbainos se encontraba bastante resentida como para pensar en jolgorios.

Nada tenían que ver con los de finales del siglo XIX que, durante tres días, una explosión de humor y libertinaje invadía la villa. La fiesta comenzaba en la calle Santa María frente a la casa del Gobernador Civil, donde le solicitaban permiso para desfilar por las calles cantando unas coplillas. En aquella época destacaba una comparsa formada por niñas y niños de entre 10 y 12 años llamada LOS NEGRITOS. Con la cara pintada de negro, ropa negra y sayas rojiblancas se movían con destreza al ritmo de ingeniosas coplas. Otra comparsa era la formada por pintores de brocha gorda en paro. También la de los zapateros bien vestidos tuvo mucha fama. Todas estas agrupaciones hacían su pasacalles hasta los Campos Elíseos donde se organizaban danzas de lo más variopintas.

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FOTO: Plaza Arriaga, tomada del blog MEMORIAS DE GETXO.