BERMEO, VIDA EN EL MAR

Si hablamos de Bermeo, todo el mundo lo conoce, incluso los que nunca han puesto un pie en esta villa marinera.
Todos habéis oído hablar de ella, habéis escuchado sus historias de pescadores, de barcos, de galernas, del carácter bermeano…
Hoy os contaré algo más sobre este precioso pueblo enclavado a los pies del monte Sollube, frente al mar Cantábrico.
Mi visita comienza en el alto de Sollube donde las magníficas vistas a Bermeo y la isla de Izaro me hacen olvidar el frio de primera hora de la mañana.

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Unos minutos para tomar unas fotografías y, de nuevo al calor del coche, me dirijo hacia el pueblo. Mi destino: el puerto.
Llego allí atravesando calles y comprobando cómo se va expandiendo el pueblo, como si quisiera subir por la ladera del monte.
Con 17000 habitantes, Bermeo, es la localidad más poblada de la comarca de Urdaibai.
Paso al lado del casino obra de Severino de Achúcarro, ubicado en el parque Lamera, reconstruido después de las inundaciones de 1983.
Es temprano y no encuentro ningún problema de aparcamiento en este puerto, el más importante en pesca de bajura de Euskadi.

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Me acerco a la OLA de Néstor Basterrechea. Realizada en acero corten en el año 2006. Con una altura de 8 metros, se trata de una auténtica ola gigante.
Me subo a ella con intención de surfearla mientras Andoni inmortaliza todas las payasadas que hago.

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Son muchos los rincones que esta villa marinera ofrece al visitante, para tomar imágenes que quedarán siempre para el recuerdo.
Continúo el paseo y diviso una preciosa torre.

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Declarada Monumento Nacional, la Torre de Ercilla asoma encima del puerto viejo y, desde 1948, su interior alberga el ArrantzaleenMuseoa, Museo del Pescador.
Esta singular edificación, perteneció a una familia ilustre de comerciantes: los Ercilla, y es la única torre bermeana que permanece en su casco histórico, habiendo sido rehabilitada para disfrute de todos.
Se construyó a finales del siglo XV como residencia de la familia. Durante siglos las reformas han sido constantes; la última finalizó hace unos meses.
Es uno de los pocos museos del mundo dedicado exclusivamente a esta profesión, tan dura como apasionante.

Por supuesto, no dudo en entrar a ver la exposición.

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La persona que me atiende en la puerta, me explica cómo realizar el recorrido, comenzando por un audiovisual en una pequeña sala, en la que se cuentan diferentes aspectos de la vida en la villa.
Prosigo la visita observando aparejos de pesca, de navegación y una gran trainera colgada del techo.

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En la segunda planta un esqueleto de ballena nos recibe en mitad de la sala. Varias pantallas explicativas para entender y conocer el arte de cazar estos grandes mamíferos.
En total son cinco plantas en las que podemos observar y aprender mucho sobre una profesión, que ha sido y es, el modo de ganarse la vida de muchos hombres y mujeres del pueblo.
Al salir de allí me dirijo a la plaza del Ayuntamiento, atravesando calles, observando edificios y hornacinas con santos, en algunas fachadas.

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La casa consistorial fue construida en el año 1732. Considerada monumento histórico artístico posee, en su pared principal, dos curiosos relojes de sol.

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En el medio de la plaza el kiosko de música, al que me subo para divisar desde allí, el conjunto que forma el ayuntamiento y la iglesia Santa María de la Asunción que data del siglo XIX, lo que la convierte en la más nueva de Bermeo.

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Atravieso su puerta para adentrarme en un templo vacío en ese momento, donde se respira paz y silencio, ideal para tomar fotografías y contemplar el magnífico retablo.

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Minutos después, ya en la calle, escucho a los bermeanos hablar en su dialecto derivado del euskera vizcaíno, tan diferente al que nos enseñan en las aulas de la capital. Mi oído no está acostumbrado y me cuesta entenderles.
Son amables y siempre están dispuestos a ayudarte con una dirección o, incluso, aconsejarte qué ver o qué comer.
Siempre tan orgullosos de su pueblo.
Deambulando por sus callejuelas, unas simpáticas neskak, aparecen con sus cestas de pescado. Vayas por donde vayas, las esculturas en Bermeo, te encuentran y te hacen parar para disfrutarlas con detenimiento.

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Se hace tarde y el apetito asoma. Decido volver sobre mis pasos, no sin antes visitar la obra MONUMENTO AL PESCADOR. Se trata de un conjunto escultórico de gran sensibilidad y crudeza al mismo tiempo. Representa a una mujer mayor sentada, un hombre señalando hacia el mar, una niña y, unos metros más atrás, como si no quisiera contemplar el horror, se encuentra otra mujer con un bebé en brazos. Todos miran a aquella galerna de 1912 en la que 143 vecinos de la localidad no regresaron jamás a tierra.

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Es una escultura muy expresiva y se te parte el alma imaginando aquel horror.
De nuevo en el coche, camino de Bilbao, después de una magnífica mañana en esta villa marinera por excelencia, charlando con sus gentes, escuchando el mar, oliendo el salitre y aprendiendo de su historia.

Una vez más, gracias Andoni Renteria por tus fotos y tu compañía.

PASEO ITSASLUR, AL BORDE DEL MAR

Un buen amigo me habló de este lugar de nuestra costa. He de confesar que no lo conocía y sentí curiosidad así que, le pedí que me llevara y me lo enseñara.
Desde Bilbao la distancia es de unos veinticinco kilómetros.
A este paseo se puede acceder de dos maneras: Una por el aparcamiento de Pobeña y la otra por Kobaron.
Si eliges acceder por Pobeña, yendo por la A8, debes desviarte en la salida Muskiz-La Arena y llegar hasta el aparcamiento.
Este acceso es bastante complicado si vas con sillas de minusválidos o de bebés, ya que son 120 escalones los que hay que subir para alcanzar el bucólico paseo.
Sabiendo eso, mi acompañante me aconsejó la otra entrada, por Kobaron.
Nos dirigimos hacia El Haya por la A8 y a la derecha un cartel nos señalizaba Kobaron, una vez tomado el desvío son varios los paneles informativos para llegar a Itsaslur.
Allí aparcamos junto al acantilado.

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El suelo, muy bien asfaltado, facilita la caminata mientras contemplas el enfurecido y frío mar Cantábrico, nuestro mar y, además, se pueden observar diferentes restos de la actividad minera de la zona.
Este paseo es una vía verde al borde del mar, por donde transcurrían las vías del ferrocarril minero.

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Diferentes paneles informativos nos hablan de la flora y la fauna del lugar, del arte ancestral de la recogida de algas, de cuya actividad quedan restos de las poleas que utilizaban para extraer estos vegetales marinos.
Desde mediados del siglo XIX hasta los años 60 del pasado siglo, hubo en esta zona una actividad incesante transportando el mineral de hierro.
Mientras paseas vas entendiendo el pasado industrial ya que son varias las construcciones en ruinas. En la foto podéis observar uno de los cargaderos ya desaparecido, donde embarcaban el mineral de hierro de Bizkaia para enviarlo a tierras inglesas.

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El recorrido de unos dos kilómetros es también ruta del Camino de Santiago.
Al llegar al lado más cercano a Pobeña, nos sentamos en un banco a relajar la vista mirando aquellas aguas que tan bien conocemos los que vivimos en el Norte pero, no por ello dejan de sorprendernos.

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Como siempre que hago excursiones, disfruté mucho y os recomiendo este paseo para esos días que no te apetece alejarte mucho pero que necesitas cambiar de aires.

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UNA MAÑANA EN LA ARBOLEDA

Primer sábado del mes de noviembre. Luce el sol y la temperatura es cálida.
Me apetece realizar una pequeña excursión por nuestro entorno.
¿Dónde voy?
Hace mucho tiempo que no subo a la Arboleda. Será un buen lugar para desconectar y pasear.

Decido ponerme ropa cómoda y dirigirme hacia allí.
Algo más de veinte kilómetros separan Bilbao de mi lugar elegido para desconectar de la ciudad; un lugar mágico lleno de historia industrial y de historias personales.
Veinte minutos después me encuentro en el pueblo de Trapagaran.
Una vez allí se puede subir en coche o en funicular.

Desde ese punto hasta arriba son seis kilómetros de curvas, mientras que si llegas en el funicular tardas menos pero te deja a un kilómetro del pueblo.
El funicular fue construido en 1926 para trasladar a lo más alto a tantos trabajadores y a los camiones que transportaban el mineral.
Opto por continuar en mi automóvil hasta la cima.
La Arboleda ya no hace honor a su nombre; son pocos los árboles que quedan ya que, a partir del siglo XIX, comenzó el gran desarrollo industrial en la zona y fueron desapareciendo.
Enclavada en los montes de Triano, La Arboleda, es un lugar muy frecuentado por montañeros, familias con niños y todo aquel que desee alejarse de la civilización y relajarse paseando por donde hace años hubo tanta actividad.

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Fue un pueblo minero, de su suelo se extraía mineral de hierro que, aunque ya se hacía de manera artesanal en tiempos remotos, fue a finales del siglo XIX cuando adquirió mayor auge. La actividad terminó entre los años 60 y 70 del pasado siglo.
El poblado de la Arboleda en sus principios se componía de barracones para dar cobijo a los trabajadores. Poco a poco se fueron construyendo casas en torno a su plaza.
Hubo hasta veinticuatro comercios hosteleros, hospital, escuela y hasta un cuartel de la Guardia Civil, cerrado desde los años 70, que se encargaba de mantener el orden en aquella variopinta comunidad.

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Pocos vestigios quedan ya de ese pasado industrial pero una visita al Museo Minero nos hará retroceder más de un siglo.

Los antiguos pozos han sido reconvertidos en lagos de aguas azules para disfrute de pescadores, rodeados de un verde paisaje, áreas recreativas y esculturas, muchas esculturas.

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El coche lo estacioné en el aparcamiento gratuito antes de llegar al pueblo y por un paso debajo de la carretera accedí a Meatzalde Goikoa Parkea, un museo gigante al aire libre que desde 2008 luce más bonito con las dieciocho esculturas de diferentes artistas vascos

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Han sido muchos los detractores e incluso los vándalos que les ha molestado esta expresión artística, sin embargo, a mí me ha encantado. Me parece una maravilla combinar arte con paisaje e historia.
Sorprende ver caballos allí, alrededor de las obras de arte, observando a los turistas, protegiendo su hábitat.

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Además de estos monumentos, la zona se ha reconvertido en un espacio para el esparcimiento con zonas infantiles, deportivas y mobiliario para sentarse a comer una buena tortilla.

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Antes de regresar a casa un tentempié en una terracita de la plaza.

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¡Qué mañana más fantástica pasé! Estos son los verdaderos placeres de la vida.

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