ATYLA, DE NUEVO EN BILBAO.

Atyla ha vuelto. No, no estoy diciendo ninguna barbaridad. Me refiero al barco escuela internacional Atyla que, desde el pasado 21 de noviembre, se encuentra amarrado en el muelle exterior del Museo Marítimo Ría de Bilbao.

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En el año 2014, tanto el museo como el armador del barco, firmaron un acuerdo por el cual, el museo bilbaíno, sería su puerto base para atracar y desarrollar diferentes actividades educativas.
Partió de aquí hace seis meses y ha regresado tras recorrer 10 000 millas náuticas visitando trece países; además de participar en varios festivales de grandes veleros.
La Fundación Atyla, gestora del barco, recibe donaciones con las que sufraga becas para aquellos jóvenes que quieran aprender el arte de la navegación.
Pero, no solo navegación se enseña en esta aula flotante. La Fundación ha ideado un programa educativo en el que la coach letona, Laura Tiersen, imparte cursos en inglés sobre comunicación intercultural, inteligencia emocional, concienciación medioambiental, pensamiento crítico y liderazgo.
Durante el último año han sido 130 los alumnos que han participado en estos talleres.
Hasta el 18 de abril del próximo año, el Atyla se podrá visitar los sábados, domingos y festivos para los particulares, abonando dos euros o con la entrada si se visita también el museo.
Los miércoles, jueves y viernes serán los escolares y grupos los que podrán acceder al barco.
Hace unos días tuve la suerte de visitar este maravilloso barco de dos mástiles cuyas dimensiones son 31 metros de eslora y 7 metros de manga y, allí, mientras observaba todo, y me sentía cual pirata del Caribe manejando el timón, me explicaron su historia.

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La idea de su construcción surge hace sesenta años de Esteban Vicente Jiménez, soriano y piragüista profesional, cuya ilusión era dar la vuelta al mundo en un barco de madera.
En el año 1980 Esteban comienza el proyecto de su barco a la manera tradicional de los carpinteros de ribera.
Un ingeniero naval aprobó aquel diseño con influencias de las goletas del siglo XIX y, con ayuda de amigos y voluntarios, empezó a construir los mástiles y el interior del barco utilizando madera de los bosques de Vinuesa.

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Dos años más tarde, una flota de seis camiones, trasladó esas piezas de madera hasta la población bizkaina de Lekeitio, donde se ensamblaron y se dieron forma a otras nuevas.
El 15 de mayo de 1984, el Atyla fue botado en el puerto de Lekeitio. Pero, no hubo viaje alrededor del mundo; sino que, durante 19 años, el barco se dedicó a realizar excursiones por la costa de Lanzarote.
En el año 2005 fue contratado por el Gobierno de Cantabria para convertirse en buque imagen de la comunidad autónoma y, durante seis años, sirvió para formación de navegantes, avistamiento de aves y para realizar excursiones, entre otros usos.

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Fue en el verano de 2013 cuando Rodrigo, sobrino del creador del Atyla, tuvo la idea de convertirlo en un barco escuela donde se enseñara navegación de vela clásica.
Ochenta personas son las que pueden viajar en salidas por la costa y, un máximo de veintitrés, en travesías largas.
Dispone de cocina equipada, salón de reuniones, duchas y cuartos de baños como si de un pequeño hotel se tratara.
Vera, una joven finlandesa, cuyo cargo es de primera oficial tras realizar cuatro años de formación en su país, me explicó que, a partir de mayo, navegarán por Gran Bretaña, Irlanda y el Mar del Norte y que, la intención del Atyla es cruzar el Oceáno Atlántico.

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Los cursos, según me contó, duran desde una semana a tres meses, con un horario de nueve de la mañana a seis de la tarde.

También me mostró el libro que escribió Esteban cuando proyectó el barco; según me dijo, entre risas, es la biblia de a bordo.

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Salí del barco con la sensación de haber sido parte del sueño de Esteban. Un sueño que, su sobrino Rodrigo, ha convertido en realidad en forma de buque escuela.

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FOTOS: ANDONI RENTERIA

EL PÁJARO ROJO DEL ATHLETIC

Los jugadores del Athletic, como los de tantos clubs de fútbol, utilizan para desplazarse en recorridos cortos un autobús que, hoy en día, dispone de muchas comodidades, pero no siempre fue así.
Entre 1894 y 1910 se jugaba al fútbol en las campas de Lamiako y hasta allí, tanto los futbolistas como los aficionados, debían llegar en tren. Lo curioso no es el medio, sino lo que debían hacer cuando alcanzaban su destino. Deportistas y espectadores debían tirarse de los vagones en marcha porque no existía apeadero. Afortunadamente, el maquinista siempre reducía la velocidad; aunque no por ello aquel acto tan arriesgado dejaba de tener su peligro.
Pero, no siempre podían utilizar el tren como medio de transporte para sus desplazamientos. A veces debían alquilar automóviles.
En 1948, los hermanos Arechederra, empresarios vizcaínos emigrantes en Méjico y grandes aficionados al deporte rey, regalaron al Club un autobús con todas las prestaciones de aquella época, que enviaron por barco desde Méjico.
Se llevó a la fábrica SEIDA de Zorroza para que, allí, se le pusiera la carrocería convenida roja y blanca.
En su interior acomodaron diecisiete butacas grandes, cuatro más normales y, hasta una cama reversible.
Tras cinco meses de montaje, el “Pájaro rojo”, como ya se le conocía, fue bendecido por el capellán del Club, Cesáreo Urgoiti y, tras el aperitivo ofrecido por el presidente José María Larrea al que asistieron los hermanos Arechederra entre otras personalidades, se realizó el primer viaje hasta Munguía y Plencia.
Dos días después era el momento de ponerlo a prueba con un traslado más largo. Debían ir a Oviedo a disputar un partido.

Salieron a las ocho de la mañana, comieron en Torrelavega y, a las siete de la tarde, llegaron a la capital asturiana. Todo un día de viaje debió hacer mella en los deportistas, ya que perdieron por 6-3.

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José Luis Huesa era el chófer de aquel autobús en el que tantas historias durante tantas horas, se vivieron. José Luis era una institución en el club y conocedor de muchos secretos y jugosas anécdotas, pero era un hombre bueno y discreto que gozaba de la confianza de todos.
Dos semanas después el “Pájaro rojo” se puso de nuevo en marcha, esta vez para arribar a tierras gallegas.
Entre las historias que se cuentan destaca el cenicero siempre lleno en el asiento de Venancio, que Carmelo era el que siempre subía el primero y que Uribe era el más rezagado.
El navarro Serafín Arteta deleitaba a sus compañeros cantando jotas de su tierra.
José Luis Artetxe ponía la nota de humor contando chistes que hacía desternillar de risa a sus colegas.
En tantas horas les daba tiempo para todo, incluso para las apuestas.
En sus viajes a Madrid instauraron dos premios de dos y de cinco duros para quien adivinara cuántos burros encontrarían en la zona de Pancorbo y cuánto tiempo le llevaría al “Pájaro rojo” subir el puerto de Orduña.
Se dice que Piru Gainza era el que frecuentemente acertaba con el tiempo porque se aliaba con el chófer y este sincronizaba bien la aceleración o la frenada para llevarse las ganancias a medias.
También pasaron vicisitudes más duras como la fuerte tormenta que se desató durante media hora camino de Alcoy. El transporte del equipo bilbaíno no se detuvo y se portó como un campeón digno de nuestro club.
Una cosa que les entretenía y que, en aquella época, era un lujo, fue la radio y los dos altavoces colocados en el interior del “Pájaro rojo”.
Mucho ha cambiado la manera de trasladar jugadores pero, quizá, esta fue mucho más entrañable.

125 AÑOS DE HISTORIA JOYERA

Jamás hubiera imaginado Juan Fernández Monge Otaduy, orfebre alavés, cuando llegó a nuestra villa en la segunda mitad del siglo XIX, que comenzaba a escribir la historia de uno de los comercios emblemáticos de Bilbao.
Su hijo Fernando Fernández Monge Abrisqueta, fue el fundador en el año 1891, de la joyería FERNANDO MONGE en pleno Casco Viejo, concretamente en la calle Cinturería nº 1.
Fernando, con sus ideas innovadoras, fue quien inició relaciones con la Bolsa de Amberes e importó diamantes para la realización de sus joyas.
El local del Casco Viejo era un referente de elegancia y sobriedad, además de en profesionalidad.
En 1946, un nuevo Fernando hijo del anterior, dio el salto a la zona de Indautxu abriendo un nuevo negocio en la calle Ercilla nº 34. Para ello fue muy cuidadoso y mantuvo la estética del otro comercio; en su decoración no dudó en invertir el dinero necesario para dotar, también a este local, de elegancia y distinción, sellos de la empresa familiar.
Sus lunas curvas del escaparate, realizadas en Barcelona, son muy conocidas y valoradas, además de ser las más grandes de Bilbao.

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Pero, llegaron las inundaciones de 1983 y el establecimiento de la calle Cinturería, como todos los del Casco Viejo, no se libró de las consecuencias de varios días lloviendo sin mesura sobre nuestra villa.
Finalmente, resolvieron bajar definitivamente la persiana del local afectado y mantener el actual, el de la calle Ercilla.
Hoy he decidido acercarme hasta allí para conocer a la cuarta generación de joyeros.
A las diez y media de la mañana me abría la puerta de su comercio, con una amplia sonrisa, Manu Fernández Monge.

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Manu me explica que él es gemólogo y que se puso al frente del negocio hace treinta y siete años, cuando su padre falleció.
Se trata de un negocio familiar pero, en este momento, no hay ningún miembro que recoja el testigo, ya que los futuros herederos se decantaron por profesiones que nada tienen que ver con la joyería e, incluso, algunos residen en el extranjero.
De momento, Manu, se mantiene firme y, como él dice: “Nuestra joyería, la más antigua de Bilbao con sus 125 años de historia, ha sobrevivido a dos guerras mundiales y a una guerra civil”

Me fijo en diferentes motivos decorativos que son verdaderas obras de arte.

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Manu, ¿Qué tipo de clientela cruza la puerta de tu negocio?
Mayoritariamente, es un público femenino el que visita mi joyería, aunque muchos hombres también vienen a comprar, relojes, sobre todo.
He estado mirando un poco en tu web y veo que vuestras joyas se pueden adquirir vía On line.
Sí, nos hemos adaptado a los tiempos y hemos decidido dar este servicio que parece tiene buena acogida; tanto para personas de fuera de Bilbao como para los propios bilbaínos que optan por esta manera de comprar.
¿Desde dónde os llegan los pedidos?
Nos han llegado a solicitar relojes desde lugares tan exóticos como Tahití.
Una pareja parisina me encargó un reloj y, en vez de enviárselo, volaron por la mañana hasta Bilbao para recogerlo y, ya que estaban aquí, probaron nuestra gastronomía en uno de los mejores restaurantes de la villa. Por la tarde regresaron en otro vuelo a París y, desde allí, me enviaron un mail agradeciéndome la recomendación del restaurante.
Supongo que 125 años dan para muchas anécdotas y muchos clientes. ¿Los turistas extranjeros que llegan en los cruceros de lujo se acercan hasta aquí?
No, es muy raro, porque normalmente atracan en Getxo pero les llevan de excursión a La Rioja, al Casco Viejo o a Urdaibai. Son poquísimos los turistas con alto poder adquisitivo, que bajan del crucero para deambular por las calles de nuestra ciudad.
Recuerdo hace unos meses a una pareja de Australia que, paseando, llegaron hasta aquí, se fijaron en mi escaparate y entraron. Me compraron dos collares como estos. -Abre un cajón y me muestra unos collares realizados con unas curiosas piedras que, me explica, son fósiles de mamut.

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Imagino que, después de tantos años en la zona, muchos clientes habrán pasado a ser amigos.
Si, la mayoría. Mi relación con ellos es de cariño y amistad. Son muchos años aconsejando regalos o piezas para lucir en ocasiones especiales.
¿Actualmente realizas tú las piezas de joyería?
No, ahora tengo un equipo en el taller del Casco Viejo. Yo estoy mayor. -Me confiesa entre risas.
Casi una hora ha transcurrido desde que crucé la puerta de esta joyería centenaria y reconocida de nuestra villa. El tiempo vuela, y más hablando de relojes.
Agradezco a Manu su tiempo, sus explicaciones, su profesionalidad y su amabilidad.

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Ha sido una nueva lección para mi formación de bilbainismo.
FOTOS: ANDONI RENTERIA