BASURTO, EL HOSPITAL

El origen del hospital de Basurto debemos buscarlo en Atxuri: El Hospital de los Santos Juanes que, en 1877, cambió su nombre por el Santo Hospital Civil de Bilbao.
A finales del siglo XIX ante la creciente actividad de la villa y el aumento de la población se decide una nueva ubicación y, es entonces, cuando se inicia la construcción en el barrio de Basurto del nuevo Hospital Civil.
Enrique Epalza fue el encargado del proyecto y la inauguración tuvo lugar el 13 de noviembre de 1908.
Su estilo arquitectónico es modernista y está compuesto por quince pabellones cada uno dedicado a una especialidad.

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Se tomó como modelo un hospital de Hamburgo que también disponía de aquella manera de organizar los pabellones y, alrededor de ellos, una gran zona ajardinada.
Levantar este hospital costó seis millones y medio de pesetas.
Doña Casilda donó 500.000 pesetas para su construcción y legó 250.000 a su muerte.
El traslado de los enfermos del antiguo hospital de Atxuri a este nuevo centro sanitario, se realizó en cinco días utilizando para ello el tranvía. Los menos graves iban sentados y los que se encontraban en peor situación iban tumbados en el suelo.

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En 1936 el lehendakari Aguirre inauguró la primera facultad de medicina del País Vasco, que fue cerrada debido a la guerra.
Este nuevo centro hospitalario fue un hito de la medicina moderna y hasta el año 1992, que se integró en la Administración Pública Vasca como hospital de OSAKIDETZA, tuvo carácter benéfico.
Hoy en día su nombre es Hospital Universitario, pero todos lo conocemos como Hospital de Basurto, o incluso, me atrevo a asegurar que muchos decimos: «Ayer estuve en Basurto» o «Tengo que ir a hacerme una revisión a Basurto» haciendo clara referencia al centro sanitario.

USPARITZA EN EL RECUERDO

A partir de hoy un nuevo busto decora nuestras calles, el de Juan Antonio Usparitza, fundador de la DYA.
Se encuentra en la confluencia de las calles Alameda San Mamés con Iparraguirre y Fernández del Campo.
Hoy a las once se han reunido en este lugar muchos miembros de la corporación municipal, encabezados por el Alcalde Ibon Areso, miembros de la DYA y familiares tanto del fallecido doctor como del creador de la escultura, además de muchos bilbainos.

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Ernesto Kahle, el artista, la realizó en bronce hace varios años pero, cuentan, que el propio doctor era reacio a tal reconocimiento. La obra se guardó hasta ahora que se ha decidido su colocación en un lugar emblemático; cerca de la sede de tan importante y necesaria organización y de la clínica Indautxu antes llamada clínica del Doctor Usparicha.
Juan Antonio Usparitza fue ante todo un hombre bueno, un trabajador incansable, un profesional, una persona con muchos reconocimientos que se ganó el cariño de todos aquellos que lo conocieron.

Se dice de él que es el «padre» de casi 27000 vizcainos, ya que, como ginecólogo, ayudó a que todas estas personas vinieran al mundo.
En el año 1966, junto con cuatro socorristas, fundó la Asociación de Ayuda en Carretera (DYA- Detente y ayuda). Comenzaron con más ganas que recursos y sabiendo que podrían asistir a muchos conductores en la carretera.
Hoy en día esta asociación está presente en casi todo el país y son reconocibles sus ambulancias amarillas.
Falleció en el año 2012 a la edad de 92 años.
La hija del doctor y la viuda del escultor han sido las encargadas de quitar la tela que cubría el busto, después de unas bonitas palabras pronunciadas por Jose Antonio Guevara, presidente de la DYA en Bizkaia.

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Y, como no podía ser de otra manera, no han faltado ni la música de los txistus ni el aurresku de honor.

 

ARMINTZA, RINCÓN DE PAZ.

Nuestra geografía presume de maravillosos paisajes, lugares con encanto, pueblos con historia…y este pequeño rincón reúne todas esas características.
Hoy os hablaré de ARMINTZA.
Su corta distancia con Bilbao (30 kilómetros) hace muy accesible a este barrio perteneciente al municipio de Lemoniz.
Aprovecho una soleada mañana de domingo en la que, a pesar del frío, apetece salir, escuchar el rumor de las olas, oler el salitre del mar y pasear por su pequeño pero atractivo puerto.
En poco menos de media hora llego desde Bilbao al aparcamiento habilitado al lado de la carretera general; en invierno no hay ningún problema de estacionamiento.
Dejo el coche y me dirijo al pintoresco puerto que hace muchos años fue referente marisquero donde se cogían deliciosas langostas. Un puerto donde ya no se practica la pesca de una manera profesional y, las actividades deportivas como el surf o el submarinismo, han ganado terreno a una tradición ancestral.

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Este embarcadero ha sido refugio de barcos durante los diversos temporales que suelen azotar nuestra costa.
No se veía mucha gente en el entorno portuario, solo cuatro o cinco personas, afanadas pintando unas txalupas y arreglando sus aparejos de pesca.

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Es la hora de la bajamar y, desde el dique, observo cómo rompen las olas contra las rocas, con fuerza, como queriendo rebosar el muro de hormigón y adentrarse en el pueblo.

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Me dirijo hacia la punta del dique donde un monumento recuerda la cruenta batalla de Matxitxako durante la Guerra Civil.

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A lo lejos me deleito observando a unos valientes surfistas haciendo cabriolas sobre sus tablas y desafiando a la fría temperatura del Cantábrico con sus trajes de neopreno.

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De repente, algo en el suelo se mueve, me fijo bien y era un pequeño karramarro que cruzaba a toda prisa. Lo cojo con delicadeza pero con decisión y durante unos segundos patalea en mi mano. No quiero impacientarlo y lo deposito de nuevo en el cemento para que continúe su camino.

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Vuelvo hacia el pueblo y, un barco encallado en una especie de bañera decorada con azulejos azules y blancos formando un mosaico, llama mi atención. La placa me indica que se trata de un homenaje a los hombres y mujeres del mar del pueblo de Lemoniz.

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A unos metros, una estela diseñada por Agustín Ibarrola y realizada en hormigón armado por Manuel Jiménez Alamillo. En el año 1988 el departamento de Transportes y Obras Públicas del Gobierno Vasco encargó doce esculturas para ser colocadas en diferentes puertos vizcaínos y guipuzcoanos. Todas son iguales y representa un ojo sobre un pretil.
Y, claro, yo no pierdo oportunidad de “asomarme” a través del ojo.

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Sigo paseando, observando, curioseando y, mis pasos, me llevan a la pequeña iglesia de Santo Tomás. Me acerco a la puerta con esperanza de verla por dentro pero, para mi decepción, me he de conformar con fotografiar su pórtico.

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Un camino por el monte Gaztelu me guía a lo más alto. El ascenso parece costoso, pero las fantásticas vistas al mar y a los montes de alrededor, hacen que todo sea mucho más ligero.

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En pocos minutos llego a la cumbre donde un banco parece estar preparado para que me acomode a relajar la vista en la magnífica ensenada al abrigo entre la Punta de Kauko y el Peñón de Gaztelu, donde me encuentro, y donde se construyó en el siglo XVIII, un fortín con una batería de cañones para proteger el Señorío de Bizkaia, que desapareció en el primer tercio del siglo XIX.

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¡Cuánta paz se siente! El sol, además, pone su granito de arena para que el momento sea brillante e inolvidable.
Para los amantes del Reggae no les será desconocido este paraje natural, ya que todos los años se celebra el Txapel Reggae en Julio desde hace más de veinte años.
Me quedaría más tiempo absorta contemplando el mar, los barcos, los surfistas, los montes…pero he de regresar a Bilbao. Eso sí, vuelvo relajada y con las pilas cargadas.

Fotos: Andoni Renteria.