EL CÓLERA EN LA VILLA DE BILBAO

Una epidemia de cólera puede ser devastadora en cualquier sociedad pero, sobre todo, en las más desfavorecidas, en las que la falta de higiene y de hábitos saludables puede llegar a terminar con la población.
En Bilbao tampoco nos hemos librado de esta terrible plaga.
Era verano, concretamente agosto del año 1834 cuando el cólera llegó a las calles de Bilbao, a las casas, a las familias.
La población de Bilbao se había visto aumentada por soldados y por los refugiados que llegaban a la villa buscando protección. Bilbao se encontraba sitiada en plena guerra carlista. El abastecimiento de los artículos de primera necesidad era muy difícil y eso contribuyó a que se extendiera el cólera.
Hacía ya dos años que el Ayuntamiento de la villa estaba realizando acciones en previsión de que los bilbaínos se vieran invadidos por esta peste. Se contrataron más barrenderos para mantener las calles limpias y se retiraron los cubos de basura sustituyéndolos por una barcaza en la ría donde arrojar los residuos de los vecinos y, de ahí, tirarlas al agua ría abajo.
Cuando ya era inevitable y el cólera se expandía, se tomaron unas medidas tales como poner vigilancia en las entradas a la villa y adecuar en Zorroza un lazareto para alojar a las personas que podían estar infectadas y que pasaran allí la cuarentena antes de entrar en Bilbao.
En la calle Ronda se habilitó un hospital específico para contagiados de cólera. También en el convento de la Encarnación ingresaron a decenas de afectados.
Además, se organizó un reparto de alimentos y ropa y se realizó una suscripción popular para recaudar fondos para los gastos que todas estas iniciativas suponían. Se prohibieron las concentraciones grandes de gente como duelos o funerales multitudinarios.
En tres meses hubo novecientos setenta y cinco fallecidos en Bilbao, Abando y Begoña; nueve veces más de lo que era habitual en aquella época.
Las mujeres mayores fueron las más afectadas. También la enfermedad la padecieron médicos, concejales y hasta el alcalde.
Cuando se dio por finalizada la pandemia los bilbaínos entonaron agradecidos Te Deum en las iglesias de Santiago, Abando y Begoña.
Veintiún años después, en el Hospital de Atxuri, se desató otro brote con cuatro personas fallecidas inicialmente. Los médicos eran reticentes a declarar epidemia de cólera. Pasaban los días y los casos empezaban a ser más frecuentes.
El personal sanitario comenzó a quejarse y a manifestar que, por falta de un hospital especializado en cólera, debían ingresar a estos pacientes junto a los de enfermedades comunes, lo que provocaba un contagio masivo.
El Gobernador Civil visitó el centro sanitario de Atxuri para realizar un informe de la situación, ya que los rumores daban unas cifras mucho más alarmantes que las que eran realmente.
La cárcel de Larrinaga y la Casa de la Misericordia, que ya habían sufrido las consecuencias de otras epidemias, recibieron por parte del Ayuntamiento unas estrictas órdenes de precaución e higiene; lo que les salvó de contagio.
Era muy difícil contabilizar la cifra de afectados porque el personal sanitario no daba abasto para tratar a los enfermos y realizar estadísticas. Había casos de afectados con diarrea leve a la que llamaron “colerina” y que no necesitaba tratamiento médico. Pero, se cree que un tercio de los bilbaínos de la época sufrió algún tipo de esta afección.
Y, como en la anterior epidemia, las mujeres mayores y los menores fueron los más afectados; así como enfermeras y trabajadores de los hospitales de Atxuri y San Francisco.

No faltaron en aquellos días las plegarias y las misas para rogar por los fallecidos y pedir a la “amatxu” de Begoña que terminara con la devastadora plaga.
El Ayuntamiento convocó una procesión con la imagen de la virgen por las calles de la villa, recuerdo que quedó plasmado en un cuadro que se puede ver en el interior de la basílica.
El 30 de septiembre de 1855 se declaró terminada la epidemia en un pleno del Ayuntamiento de Bilbao y se procedió a reducir el personal sanitario y los centros de socorro.

COLEGIO DE CIEGOS Y SORDOS

A finales del siglo XIX proliferaron las instituciones benéficas en Bilbao. Así surgieron La Maternidad, el Hospital de Basurto, la Misericordia, el Asilo de Huérfanos… y el Colegio de Sordos y Ciegos.
Gabriel María de Ybarra fue quien impulsó este proyecto benéfico y, para ello, mandó construir este centro educativo destinado a la formación de personas con dificultades de audición y de visión.
En Deusto, cerca de Ibarrekolanda, en los terrenos del conde de Zubiria se colocó la primera piedra en el mes de marzo de 1894 con el arquitecto Luis Basterra al mando. Aquel día fue una fiesta en la anteiglesia de Deusto en la que se interpretaron varias canciones populares como el Gernikako arbola.
Al acto asistieron las personalidades políticas del momento, con el Alcalde a la cabeza, y no faltaron los fuegos de artificio y mucha alegría.
Desgraciadamente hubo que parar las obras por falta de recursos, para comenzarlos de nuevo en mayo de 1902 siendo el arquitecto José María Basterra quien tomó el relevo. Y, por segunda vez, se interrumpieron las obras por el mismo motivo; hasta que seis años más tarde vuelven los trabajos con la dirección del arquitecto Ricardo Bastida y, por fin, fue posible su inauguración en el año 1909.
Los costes corrieron a cargo del Ayuntamiento de Bilbao, la Diputación de Bizkaia y varios particulares que donaron su dinero, implicándose, así, en este proyecto benéfico considerado uno de los mejores de España en esta especialidad.


Un edificio principal, dos pabellones en ambos laterales y otro más por la parte trasera, formaban este colegio al que no le faltaba de nada; ya que disponía de servicios de lavandería, médicos, depósito de víveres y demás prestaciones necesarias para la atención de los miles de personas que pasaron por sus aulas.
El personal docente estaba compuesto por cuatro profesores y dos auxiliares; además, las hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl eran las encargadas de enseñar a las niñas tareas como costura, plancha y cocina.
La labor educativa era prioritaria, adaptando los procedimientos pedagógicos a cada alumno.
A mediados de los años sesenta, con la construcción del canal de Deusto, sufrió un deterioro que, poco tiempo después, terminó con la desaparición de aquel centro educativo.
FOTO: INTERNET

RECOGIDA DE BASURAS

La ría, nuestra arteria principal, ha sido testigo de muchas historias a lo largo de los siglos y, también, ha sido escenario, sin ella quererlo, de muchas atrocidades como el hecho de que se arrojaran en ella las basuras de los hogares bilbaínos desde tiempos inmemoriales.
Cuando bajaba la marea se podían ver todos aquellos desperdicios y, lo que era peor, se podían oler.
Ya en 1415 las ordenanzas municipales prohibían esta insalubre práctica sancionando a los que incumplieran la ley con diferentes penas. Según aquellas ordenanzas los vecinos debían depositar sus basuras en unas embarcaciones destinadas a ello, que luego las transportarían hasta la zona de Erandio.
El punto de amarre del batel iba cambiando. Unas veces era el Hospital de Atxuri, donde en el año 1761 se construyó un contenedor de recogida de deshechos, otras veces en Carnicería Vieja o en el muelle de Urazurrutia.
La zona de “desembarco” era un problema, ya que los habitantes más cercanos a la ría no estaban de acuerdo en que se depositaran allí. Finalmente, se decidió arrojar todas aquellas basuras en unos solares alejados de la ciudad donde pudieran secarse al sol para así ser vendidos como abono.
Los encargados de este servicio ya eran unos ecologistas sin ellos saberlo puesto que separaban los trapos, el vidrio y los metales de la basura orgánica.
No faltaron los espabilados que vieron en las inmundicias ajenas una fuente de negocio. Iban por los domicilios recogiendo aquellos cubos para echarlos en las embarcaciones pero antes los revisaban por si hubiera algún objeto de valor para quedárselo.
El Ayuntamiento puso al servicio de los ciudadanos un carro tirado por bueyes y conocido como “El carro de la sarama”. Circulaba por las calles mientras su conductor hacía sonar un cornetín como señal para que las amas de casa bajaran con sus cubos a vaciarlos en este curioso transporte.
Este sistema tuvo sus detractores por el hedor que desprendía un carro descubierto. Poco a poco se fueron ideando sistemas como los camiones de motor de gasolina forrados de zinc, cubiertos y con volquete.
¡Cómo han cambiado los tiempos! ¿Os imagináis ahora bajando a la calle con las bolsas de basura a ritmo de cornetín?

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Foto cogida en Internet y utilizada en el Blog de César Estornes

UN ESCENARIO DE 125 AÑOS.

Hoy, día 31 de Mayo de 2015, se celebra el 125 aniversario de un lugar mágico, un lugar en el que ocurren cientos de historias, un lugar imprescindible para cualquier bilbaíno y foráneo.
Me estoy refiriendo al Teatro Arriaga.
En el año 1882 se presentó una moción de la Comisión Especial de Nuevas Obras Municipales, con las bases del concurso encaminado a la construcción de un teatro en nuestra villa en el solar donde ya estuvo el Viejo Teatro, el cual se quiso sustituir ya que, había sido dañado durante las Guerras Carlistas.
El Ayuntamiento cedió los terrenos a una empresa privada llamada Sociedad Nuevo Teatro de Bilbao para que lo edificara y explotara por un período de 92 años. Pasado este tiempo volvería a pertenecer al Consistorio bilbaíno.
El arquitecto cántabro Joaquín Rucoba fue el elegido para llevar a cabo una obra de semejante envergadura.
Rucoba se encontró con muchas trabas por parte de los ciudadanos. Por ejemplo, los vecinos de la calle Bidebarrieta, se opusieron a la ubicación inicial que el arquitecto propuso, ya que, hubiera sido un poco más delante de lo que se encuentra y hubiera taponado la entrada de la calle. Para ello, hubo que rehacer los planos y construir un nuevo muelle desde El Arenal hasta La Merced.
También en el propio Ayuntamiento hubo detractores de este proyecto, como algún concejal que criticaba la cesión de un terreno municipal para uso de negocio privado.
El hierro fue uno de los materiales decisivos en su construcción, ya que se tomó como ejemplo el Teatro de la Ópera de París, construido unos años antes, para paliar el gran problema de aquella época: los incendios.
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Una peculiaridad del proyecto era que disponía de entradas separadas para el público. Los más adinerados accedían por la puerta de la fachada principal, mientras que los menos pudientes lo hacían por unas puertas laterales que les llevaban a la zona de “paraíso” y, de esta manera, no se mezclaban las clases sociales.
También hubo anécdotas más tristes, como el desplome de una parte mientras se hallaba en construcción, muriendo dos trabajadores y resultando heridos otros cuatro.
En Septiembre de 1889 se coloca la placa de la plaza con el nombre “Plaza de Maestro Arriaga”.
Meses después, concretamente, el 31 de mayo de 1890 se inaugura el “Nuevo Teatro de Bilbao”, pero para entonces, ya todos los bilbaínos lo denominaban “Teatro Arriaga”.
Varias han sido las remodelaciones motivadas por incendios o las tristemente famosas inundaciones de 1983 pero…eso es otra historia.

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ZORIONAK ARRIAGA ANTZOKIA!