LA REBELIÓN DE LA SAL

La Rebelión de la Sal tuvo lugar entre los años 1631 y 1634 en el territorio de Bizkaia a raíz de una Real Orden en la que se indicaba el incremento del precio de este alimento en un 44%; además de un edicto por el cual se requisaría toda la sal que permaneciera almacenada; ya que, a partir de ese momento, sería la Real Hacienda quien la vendiera.
Aquella ordenanza iba en contra de los Fueros del Señorío de Vizcaya, por lo que el conflicto no era solo económico sino también social, puesto que afectaba a la libertad de comercio.
Los implicados en la revuelta llegaron a impedir la reunión de la Juntas Generales de Gernika obligándoles, así, a que se revocasen las medidas para aumentar los abusivos impuestos. Los problemas venían de lejos; las constantes subidas de los impuestos llegaron a tal punto que, el aumento del precio de la sal, desencadenó las fuertes disputas en las Juntas Generales.
Mil quinientas personas asistieron a las Juntas a expresar su enfado. Pero, fue en vano; el corregidor decidió implantar el estanco de la sal. Aquello fue el detonante que, en octubre de 1632, acabó con la muerte del procurador de la Audiencia del Corregidor.

A la rebelión se sumaron campesinos, marineros, sastres y demás trabajadores de diversos oficios. Todos se movilizaron en Bilbao reclamando a las autoridades la anulación de los últimos impuestos.
La situación no mejoraba y, en febrero de 1633, unos dos mil hombres se citaron en Gernika para obligar a los junteros a tomar otras medidas más favorables para estos colectivos. Exigían que no hubiera más impuestos de los que ya se les aplicaban.
Continuaron las presiones y, meses después, apresaron a seis de los cabecillas de aquel alzamiento que fueron juzgados y ejecutados.

Los comerciantes bilbaínos, temerosos por el desarrollo de los tristes acontecimientos, le ofrecieron al rey terminar con la revuelta si, a cambio, anulaba la orden del estanco de la sal. Esto sirvió para que la línea que dividía a la nobleza bilbaína y a los habitantes llanos, se hiciera más evidente.

En la fachada de la iglesia de San Antón, una placa recuerda esta trágica historia.

FOTO: ANDONI RENTERIA

SOCORRISTAS EN LA RÍA

En 1785 las autoridades estaban realmente preocupadas e incluso se sentían culpables por la cantidad de personas que se ahogaban en la ría. Así que, el Ayuntamiento se puso en acción y decidió crear un plan para «revivir a los ahogados», ya que se sabía que la recuperación de los caídos al agua dependía de la rapidez para socorrerlos.

Para mayor eficacia, se establecieron dos zonas de vigilancia: una desde el Convento de la Concepción hasta el Campo Volantín, en la que las campanas de la iglesia de San Nicolás serían las que dieran la alarma y, la otra desde el Convento de la Concepción hasta Atxuri, con lo cual la campana de alarma sería la de San Antón.

También se acordó que las campanas de Santiago avisarían, fuese la zona que fuese, a fin de alertar a los médicos y acudiesen a la mayor brevedad.

Se propuso que las personas que advirtieran de algún incidente en la ría a los responsables de las campanas, recibirían dos reales y cuatro para los que alertaran a los médicos. Por supuesto, la mayor recompensa, se la llevaría aquel valiente que se arrojara a salvar al «ahogado».

Las maniobras de reanimación por parte de los médicos se realizaban en la misma orilla. Los sanitarios se acercaban al lugar con una camilla y un féretro, ya que no sabían cuál de los dos iban a utilizar.

Pero lo más increíble, viene ahora. Al enfermo se le colocaba de costado y se le introducía por la boca un tubo para insuflarle una especie de tabaco y, por el ano, se le metía otro tubo por donde se soplaba, con el fin de que se le introdujera el humo por los intestinos. Si todo esto no funcionaba, se le arrimaba a la nariz una pluma impregnada en sal de amoníaco y hollín, con el propósito de que el enfermo estornudara. A pesar de lo extraño que pueda parecer, estos métodos eran muy eficaces en aquella época y se salvaban muchas vidas de aquellas personas que, por una u otra razón, acababan con sus huesos en la ría.

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