LAS PALOMAS DE SAN MAMÉS

Hoy en día un Whatsapp, un mensaje de Messenger o, simplemente, una llamada telefónica te informa de los goles que nuestro equipo marca en San Mamés, pero no siempre fue así.
En el hospital de Santa Marina, muchos aficionados ingresados allí querían conocer el resultado de los partidos, pero las comunicaciones no eran tan rápidas como en la actualidad.

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Eso fue lo que le dio la idea a Remigio López apodado “El Morito”. Remigio fue un adelantado a su tiempo y ya elucubró sobre cómo informar cada vez que uno de nuestros leones marcaba un tanto.
El sistema sería a través de palomas mensajeras.
En la temporada 46-47 este gran aficionado fue el encargado de que desde San Mamés, cada vez que había que celebrar un gol, una paloma mensajera volara hasta Monte Avril, concretamente hasta el sanatorio.
Cada jornada en San Mamés se transportaban varias de estas aves en una caja pintada con los colores del equipo y, en el momento del gol, se sacaba una a la que se le ataba en una pata una anilla con un papel en el que se escribía el nombre del jugador que había marcado y el resultado.

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En el método para anunciar los goles hay dos versiones; por un lado se dice que era con el papelito en la pata y por otro que se mandaba una paloma oscura o clara en función de si el resultado era a favor o en contra de nuestro equipo.
Además del nombre de Remigio asociado a este sistema de notificación, el Sr. Basterretxea, del caserío Pantoa de Lezama, debió encargarse años antes de llevar desde su criadero de palomas hasta San Mamés a estas simpáticas comunicadoras.
El 18 de mayo de 1947, los avisos de las colúmbidas hasta Santa Marina fueron continuos, ya que Piru Gainza hizo felices a los aficionados en ocho ocasiones.
Alguno de vosotros habréis oído hablar de este curioso sistema de información a algún familiar, si conocéis otra versión me encantará que me la contéis.

OBJETIVO: POL POL

El Parque Natural de Urkiola es un magnífico punto de arranque para realizar alguna de las variadas rutas que nos ofrece este bucólico entorno.
Una mañana de noviembre estacioné el coche en el aparcamiento junto al santuario y cargué la mochila con lo imprescindible; mi destino sería la fuente Pol-pol, llamada así por el ruido que hace el agua al caer.
Hay dos caminos: el más costoso y empinado es por Urkiolamendi (Urkiolagirre); el otro, el que yo elegí, es una opción perfecta para familias con niños o para personas que no estén habituadas a subir grandes pendientes.

La distancia es de tres kilómetros doscientos, como marca en el cartel.

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Lo primero que me encuentro es una verja. Están prohibidos los vehículos no autorizados y tampoco los animales pueden cruzar por este paso canadiense formado por unas barras de hierro en el suelo.
Una cuesta pronunciada es lo más duro de este recorrido pero ni te das cuenta del ascenso, ya que solo tienes ojos para los montes que a lo lejos asoman, como el Gorbea o el Sabiagain.

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El suelo es de grava y su anchura permite caminar cómodamente.
En las campas, a mi izquierda, unos caballos pastan tranquilamente sin reparar en mí, totalmente acostumbrados al trasiego de montañeros.
En estas fechas otoñales los abedules lucen unos preciosos colores cobre que le dan al paisaje un aire de postal.


La cuesta llega a su fin y el camino se suaviza. Entro en una zona muy tupida donde la vegetación es la reina y hasta el silencio parece echarse encima.

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La temperatura es agradable y andar a paso ligero hace que entre en calor y deba quitarme la chaqueta.
Me cruzo con varias personas que, posiblemente, regresen del Amboto ya que su equipación tanto de botas como bastones indican que son montañeros de verdad, no como yo.
También un par de familias con niños pequeños me saludan al pasar, ellos no habrán subido a la cumbre pero seguro que han disfrutado en las campas donde se encuentra mi meta, la fuente Pol-pol.
Unos minutos más tarde al final de una recta aparece ante mi majestuoso, orgulloso, elegante, bello… uno de los montes más codiciados por los montañeros: El Amboto donde, según la mitología vasca, habita su dama, conocida por todos como Mari.

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Me detengo a observar los 1331 metros de altura de este monte casi sagrado que ocupa terreno en Bizkaia y en Araba. Sus paredes verticales y rocosas le dan un aspecto imposible de ascender para muchos.

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Bajo la mirada y, ante mí se abre un valle verde, espacioso, salpicado de pequeños caballos ajenos a otro mundo que no sea este, el suyo.
Pero, mi objetivo no era Amboto sino la fuente de Pol Pol y hacia ella me dirijo. El suelo, bastante embarrado por las lluvias de días anteriores, me dificulta el camino pero, por fin, llego.


Esta fuente ferruginosa tiene varios caños. Me habían advertido del sabor fuerte del agua, no obstante, me decido a comprobarlo y, efectivamente, imposible beber mucha. Su sabor es árido, fuerte, solo para los muy sedientos.
Hacia la derecha una construcción llama mi atención y decido subir a ver de qué se trata. Parece una piscina vacía pero no lo es; es una nevera.

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Un poco más arriba, un refugio de montañeros del que, en ese momento, salía humo por la chimenea.
Me siento a descansar, a tomar aire, aire del bueno mientras pienso en tantas leyendas sobre el monte frente a mí, del que tantas veces he visto fotografías y he leído, pero que jamás había estado tan cerca.
Sé que nunca ascenderé a su cumbre y él también lo sabe. Hacemos un pacto: yo hablaré bien de ti pero tú cuidaras de tantos y tantos montañeros que suben y subirán a tu cumbre.

En el cielo, vigilando mis movimientos, los buitres.

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Y, a mi lado, un pequeño caballo no tiene tiempo de fijarse en mi.

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He de volver al aparcamiento, mi objetivo de visitar la famosa fuente está cumplido. Me siento diferente, con más energía, puede ser la magia, puede ser el aire o el influjo de la dama del Amboto.
Gracias por acogerme.
FOTOS: ANDONI RENTERIA