IURRETA, EN EL DURANGUESADO

A treinta kilómetros de Bilbao, un pequeño municipio de unos 3800 habitantes, se extiende en sus casi 19 kilómetros cuadrados.
Situado en la comarca del Duranguesado, en el valle del río Ibaizabal. Aquí se fundó la villa de Durango a la que estuvo anexionada desde 1926 hasta 1990.
Hoy os llevo a Iurreta.
Desde Bilbao se puede ir por carretera nacional o por autopista pagando algo más de tres euros. Decido esta última opción ya que el tiempo es importante para mí.
Aparco sin problemas y me dirijo a la plaza San Miguel donde se encuentra la Iglesia del mismo nombre.

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Es una plaza amplia y a esas horas tranquila. Frente a la iglesia el palacio Goikola que, desde finales de 1992, alberga las oficinas del ayuntamiento.

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Cuando esta población era anteiglesia las reuniones entre vecinos y la corporación municipal, se realizaban delante de la iglesia, en lo que fue el cementerio y donde todavía se puede ver en el suelo alguna lápida.
En este lugar también se decretó la desanexión de la villa de Durango.

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La industria fabril siempre ha tenido mucha importancia en Iurreta. En el siglo XIX seis fueron las ferrerías en funcionamiento.
Desde mediados del siglo pasado y debido a su orografía y situación geográfica son muchas las empresas que se instalaron aquí de celulosas o de fundición.
Otro edificio a destacar es el frontón. Un frontón grande y cubierto que, en ese momento, se hallaba vacío pero que es escenario de importantes torneos.

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Se rehabilitó hace unos meses para mejorar tanto el exterior como los vestuarios.
Delante del frontón observo un carrejo donde se disputan el arrastre de piedras los bueyes más fuertes de nuestra geografía.

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A pocos minutos de aquí me topo con el hórreo de Ertzilla que data del siglo XVI. Está realizado con madera de roble y elevado sobre pilares de piedra. En 1987 fue rehabilitado como patrimonio del Duranguesado.

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Para todos aquellos que siempre habéis oído hablar de Iurreta pero que nunca habéis sentido curiosidad para conocerlo, os aseguro que merece la pena.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

DONDE COMIENZA NUESTRA RÍA

Hace años, mientras cruzaba el puente del Arenal, escuché a una señora (que luego me explico era de Extremadura), cómo le comentaba a su marido lo bonito que era este río, refiriéndose a nuestra arteria principal.
Me detuve al instante; no podía permitir que aquella pareja volviera a su tierra sin saber que, a lo que ellos llamaban rio, era en realidad nuestra querida y adorada ría.
Les saqué de su error ofreciéndoles una explicación sobre dónde nacía el río Nervión y, también les comenté, que mucha del agua que veían desde la barandilla del puente era salada, ya que procedía del mar Cantábrico.
Hoy he recordado esta anécdota porque os voy a hablar del nacimiento del Nervión.
Hace unos días me dirigí hacia Orduña para, desde allí, subir el puerto hacia el monte Santiago y llegar a tierras burgalesas por la A2625.
A la izquierda, una señal, marca el desvío y a un par de kilómetros se encuentra el aparcamiento y la zona de merendero donde yo comí un bokata y algo de fruta.

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Con la tripa llena ya estaba preparada para caminar los casi tres kilómetros hasta el famoso mirador del salto del Nervión pero, antes, me acerco al nacimiento a pocos metros de donde he estacionado el coche.

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Después de tomar unas fotos me dirijo por la pista hacia el salto con la esperanza de ver la cascada que se forma en primavera con el deshielo del invierno.

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A mi izquierda unos restos del antiguo monasterio medieval de Santiago de Langreiz y, al lado, un monumento erigido en honor de la Guardia Forestal.

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Durante el recorrido pude observar la gran cantidad de hayas y robles de este bucólico paraje e, incluso, una lobera utilizada, como su nombre indica, para apresar lobos mediante una trampa con forma de embudo que les encamina hacia un pozo donde caen y no pueden escapar.

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Sigo el sendero, ya queda poco.
De repente noto que llueve. Alzo la vista al cielo y no veo ni una sola nube. Entonces me doy cuenta, no es lluvia sino agua del salto. Ya estoy cerca.

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Unos minutos después me encontraba en el mirador al que no todo el mundo se atreve a asomarse debido a la gran altura. Realmente para una persona con vértigo es mejor que ni se acerque y se dedique a observar el paisaje, por otro lado, maravilloso.

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Este salto tiene una altura de 222 metros y es el más alto de la Península Ibérica. Afortunadamente yo no sufro de mal de altura y me deleito con las magníficas vistas sobre el cañon de Delika.

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El río Nervión lleva su agua durante 72 kilómetros hasta la desembocadura del Abra. En Basauri se junta con el Ibaizabal y los dos unidos se adentran en nuestra ría para mezclarse con el agua salada que entra del mar. Y entre idas y venidas, subidas y bajadas de marea, termina en el mar Cantábrico.
No termina aquí mi excursión. A unos doscientos metros hay otro punto para la observación de este impresionante barranco. Desde aquí también se ve el salto que, hoy, baja con mucho caudal.

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Hemos tenido suerte; no todo el mundo que viene aquí puede ver el salto con tanta agua.
Ha llegado el momento de regresar al aparcamiento, subir al coche y, con las retinas llenas de preciosas imágenes, me vuelvo al Botxo.
Otro rincón de nuestra geografía que os recomiendo.
FOTOS: ANDONI RENTERIA.

LEKEITIO, UNA MIRADA AL MAR.

Un pueblo costero cuenta con muchas posibilidades de ser atractivo solo por el simple hecho de que el mar llegue hasta él.
Un pueblo costero es sinónimo de turismo, de paseos, de belleza, de olor a salitre, de paz…
Situado en la comarca de Lea-Artibai, en las laderas de los montes Otoio y Lumentza, Lekeitio puede presumir de ser uno de los pueblos más bonitos de la costa vasca.
Su río Lea desemboca entre las playas Isuntza y Karraspio, frente a su famosa isla de San Nicolás.

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Los lujos no tienen por qué ser joyas, buenos coches, casas grandes o viajes a las antípodas. Para mí el lujo es disfrutar bajo el sol de invierno de un paseo por un lugar como este.
Un día de labor cualquiera del mes de diciembre aparqué el coche sin dificultad a pocos metros del paseo.
El oleaje me atrajo como un imán. La espuma blanca rompiendo contra la piedra del muelle es un espectáculo en sí mismo. La isla San Nicolás o isla Garraitz albergó en el siglo XVI una ermita bajo la advocación de este santo y un convento.

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Actualmente se encuentra unida a tierra por un dique solo visible con marea baja.
En la foto podéis observarlo detrás de mí.

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Mis pasos me condujeron al puerto, donde una gran variedad de pequeñas embarcaciones parecían estar esperando a que su patrón las sacara a la mar. Todas listas, limpias y en perfecto estado junto a varios barcos más grandes pintados con los colores de nuestra bandera.
La flota pesquera no es lo que era hace años, pero no deja de ofrecer su encanto a todos los que acudimos al pueblo.

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La gran plaza, en ese momento, estaba muy animada con los vecinos que habían salido buscando un rayo de sol y una buena charla.
Recorrer sus calles empedradas admirando la belleza de sus fachadas es otro de los lujos de los que os hablaba antes.
En una esquina de la plaza, la basílica de la Asunción de Nuestra Señora, construida en el siglo XV de estilo gótico tardío vasco en el lugar que ocupó otro templo religioso. Es una basílica aunque parezca una catedral con sus arbotantes, gárgolas y contrafuertes.

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Entre calles me encuentro verdaderas maravillas como estas dos fuentes del año 1888, casas torres señoriales con sus blasones, la torre Turpin, una de las más antiguas mejor conservadas, o, algo tan original, como un huerto urbano en medio de altos edificios.

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Sigo caminando y de frente aparece un humilladero; un lugar de recogimiento que, en otro tiempo, la gente visitaba con asiduidad para rezar unas oraciones.

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La iglesia San José es un edificio de estilo barroco construido en el siglo XVII en pleno casco histórico del pueblo. Su interior, a esas horas vacío, está muy iluminado con luz natural que penetra por sus vidrieras.

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El retablo barroco es una pieza singular de este templo, debido a sus dimensiones y elementos de creación.

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Antes de montar de nuevo en el coche, cruzo unas palabras con algunos de los vecinos que me sonríen y amablemente contestan a mis preguntas sobre las tradiciones del pueblo. Me aconsejan volver para las fiestas de San Antolín en septiembre o en junio para San Pedro y poder ver así la emblemática danza de la KAXARRANKA.
Monto de nuevo en el coche y me dirijo al faro de Santa Catalina a unos tres kilómetros del centro del pueblo.
Este faro, hoy en día, cumple dos funciones. Una la de guiar con su gran linterna a las embarcaciones que se acercan a la costa y otra como centro de interpretación.

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Estas instalaciones, que datan de 1862, han sido remodeladas para ofrecer visitas guiadas en las que se muestra cómo era la vida en el mar, cómo se quedaban las mujeres en tierra realizando tareas de reparación de redes o cómo en noches de tormenta el farero era el encargado de que aquellas txalupas regresaran en buenas condiciones al pueblo.

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Ha sido una mañana estupenda, he aprendido y disfrutado mucho, solo me resta buscar un restaurante donde me sirvan un sabroso pescado. Aquí no me costará encontrarlo.
FOTOS: ANDONI RENTERIA

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