Es posible que muchos hayáis oído hablar de las chabolas construidas en las laderas de los montes que rodean la villa. Hace muchos años de esto, pero me consta que más de uno habréis escuchado estas historias en vuestras casas, ya que eran muchos los inmigrantes que acudían a la ciudad a trabajar, en pos de una vida mejor para ellos y su familia.
Eran muchos los que no contaban con un hogar y debían construirlo con sus manos y las manos de sus amigos y familiares. Su procedencia era fundamentalmente de Extremadura, Andalucía y Galicia. En numerosas ocasiones aquello se realizaba de noche, ya que no contaban con la autorización pertinente por parte del Ayuntamiento.

Todo esto ocurría en los albores de los años cincuenta cuando Bilbao, ciudad industrial, necesitaba mucha mano de obra.
Aquellos inmigrantes pensaban que habitarían en aquellas miserables chabolas por un período no muy largo pero la realidad era otra. Algunos, los afortunados, pudieron trasladarse a unos viviendas más dignas a partir de los años sesenta, otros, no llegaron a ver la modernización.
Debo destacar que aquellas chabolas, nada tenían en común con el concepto que podemos tener ahora de droga y de mal vivir. En aquellos años esas infraviviendas estaban habitadas por trabajadores y sus familias. Eran empleados de grandes fábricas como Altos Hornos y, en su mayoría, estaban orgullosos de haber venido de sus pueblos a trabajar a la ciudad buscando una mejor calidad de vida.

A finales de los cincuenta Franco llegó a Bilbao para inaugurar la Feria de Muestras y, al observar las decenas de chabolas en la ladera de Artxanda, exgió que se tomara una solución al respecto ya que aquello no era una buena propaganda para la modernización del país. Poco tiempo después se habían construido unos bloques en Otxarkoaga para trasladar a aquellas familias. Desafortunadamente, por las prisas, acabaron teniendo problemas de humedad que, posteriormente, hubo que solucionar con la impermeabilización de las fachadas.
Las autoridades intentaban desalojar las chabolas o derribarlas sin embargo, no siempre conseguían, ya que si tenía paredes se consideraba una casa y no podían destruirla.
En las inundaciones de agosto de 1983, la zona de Uretamendi y Betolaza fue de las más afectadas por todo el barro y escombros que arrastraba el agua por la ladera del monte Arraiz.
Son barrios en los que las condiciones durísimas de vida construyeron grandes personas que se ayudaban y se organizaban. Durante mucho tiempo utilizaron un efectivo sistema con silbatos anunciando que la policía llegaba con intenciones de desalojar viviendas. También crearon clubs de entretenimiento infantil.

Otras lugares como el Monte Banderas, La Peña, Atxuri o la Campa de los ingleses fueron igualmente ocupadas por cientos de trabajadores que se alejaban de una vida mísera en sus lugares de origen y arribaban a una ciudad que intentaba despuntar en la industria, una villa con necesidad de mano de obra joven y fuerte.
Si ahora disfrutamos y presumimos de un Bilbao moderno, limpio y turístico en gran medida se lo debemos a aquellos hombres y mujeres que, con su esfuerzo, abnegación y muchas penurias, fundaron unas bases de lo que sería nuestro Bilbao tal y como lo conocemos ahora.
A todos ellos mi sincero agradecimiento.













