CORDONES Y DULCES DE SAN BLAS

 

La festividad de San Blas nos cuenta la historia de un médico armenio, ermitaño y mártir cristiano nacido a finales del siglo III que fue torturado y ejecutado a principios del siglo IV.

Se cuenta de él que poseía un don para curar milagrosamente tanto a personas como a animales.

Es conocido por haber salvado a un niño de una muerte segura por atragantamiento con una espina de pescado. A raíz de esta anécdota se le venera y se le otorgan poderes para curar males de garganta.

En muchos pueblos y ciudades se festeja con diversas y curiosas tradiciones.

En nuestro entorno lo más típico es llevar a bendecir unos coloristas cordones para colocarnos en el cuello durante varios días y luego, pasados nueve días, quemarlos.

Hay quien asegura que la tradición de lucir estas gargantillas de tela viene de cuando en tiempos pasados acudían los feligreses a misa a bendecir los alimentos y las hierbas que protegían de catarros y toses. Las rosquillas las ataban con unas cintas o cordones y, por tanto, al bendecir estos dulces también se bendecían sus lazadas.

Fue así como comenzó la costumbre de anudarse al cuello los cordones.

En cuanto a los dulces típicos de este día nos podemos encontrar desde roscos, rosquillas o tortas hasta los caramelos de malvavisco; en Bilbao conocidos como “Santiaguitos” debido a que el famoso confitero Santiago Olavide de la calle Correo era bajo de estatura.

Las tortas y las rosquillas tienen por encima una capa blanca muy característica donde, normalmente, el pastelero escribe SAN BLAS y poseen un delicioso sabor a anís.

Las fotos las he cogido de INTERNET.

 

 

 

 

ASCENSO A LAS CAMPAS DE URBIA

A poco más de setenta kilómetros de Bilbao se encuentra el Santuario de Aranzazu en la provincia de Gipuzkoa, concretamente en el municipio de Oñati.
Hasta allí me dirigí hace unas semanas con la intención de realizar un paseo por la montaña que rodea el templo católico.
Estacioné el coche en el aparcamiento y me cargué la mochila para comenzar el ascenso hasta las campas de Urbia, mi destino final.
La subida se realiza por el collado Elorrola que tiene una altitud de 1161 metros.
Unos doscientos metros después encontré un panel informativo y una barrera que atravesé sin problemas.


Poco a poco fui adentrándome en un bosque que bien podía ser mágico y un sendero ancho que se notaba muy frecuentado, donde observé gran variedad de árboles pero, sobre todo, hayas. Continuando una senda me topé con una pequeña virgen entre las rocas.


En algunas zonas el piso estaba más embarrado pero no era difícil caminar por él o por los puentes de madera que salvan el terreno.


Debido a la popularidad de esta excursión, hoy en día encontramos el recorrido bien señalizado y con una anchura considerable para realizarla cómodamente.
El ascenso me llevó alrededor de ochenta minutos, los últimos metros me resultaron los más costosos por el terreno y por mi cansancio.


Al alcanzar la cumbre el paisaje frente a mí me hizo olvidar el esfuerzo. Sinceramente, no me esperaba hallar un panorama de tanta belleza.


Varios caballos parecía que me estaban esperando y relincharon al verme.
Un caminito con árboles alineados me condujo hasta una ermita.


La historia de este pequeño templo religioso es muy curiosa. Fue edificada a petición de los pastores a los que suponía un trastorno bajar cada domingo a Aranzazu a escuchar misa. Se realizó una cuestación popular y, además de vecinos, diferentes ayuntamientos aportaron dinero o material para su construcción.
El domingo 28 de septiembre de 1924 un tren repleto de montañeros partió de la estación bilbaína de Atxuri a las tres de la mañana y llegó al amanecer. También desde Álava llegaron decenas de autobuses. Unas dos mil personas ascendieron en procesión para la inauguración de la ermita Andra Mari.
Diputados, alcaldes y varias personalidades asistieron a aquella misa inaugural; así como varios dantzaris, txistularis e, incluso, miqueletes. Hubo baile y música y todo se desarrolló en un ambiente de camaradería.
Un año más tarde se organizó otra fiesta pero esta vez más lúdica, ya que se inauguró la fonda con gran afluencia de público al que se le sirvió exquisitas viandas.
Esta fonda es un magnífico lugar para descansar después del ascenso y reponer fuerzas comiendo contundentes platos o un bokata admirando la imponente crestería del Aitzkorri. Además venden productos tales como queso o miel.


Tras un rato de reposo y embelesamiento admirando el paisaje avancé unos cientos de metros para observar los grandes rebaños de ovejas que pastan en libertad por estos verdes y amplios prados.


Alrededor de dos horas permanecí en las campas de Urbía pero, sin duda, mereció la pena el trabajo de subir hasta allí.
FOTOS: ANDONI RENTERIA

EL CÓLERA EN LA VILLA DE BILBAO

Una epidemia de cólera puede ser devastadora en cualquier sociedad pero, sobre todo, en las más desfavorecidas, en las que la falta de higiene y de hábitos saludables puede llegar a terminar con la población.
En Bilbao tampoco nos hemos librado de esta terrible plaga.
Era verano, concretamente agosto del año 1834 cuando el cólera llegó a las calles de Bilbao, a las casas, a las familias.
La población de Bilbao se había visto aumentada por soldados y por los refugiados que llegaban a la villa buscando protección. Bilbao se encontraba sitiada en plena guerra carlista. El abastecimiento de los artículos de primera necesidad era muy difícil y eso contribuyó a que se extendiera el cólera.
Hacía ya dos años que el Ayuntamiento de la villa estaba realizando acciones en previsión de que los bilbaínos se vieran invadidos por esta peste. Se contrataron más barrenderos para mantener las calles limpias y se retiraron los cubos de basura sustituyéndolos por una barcaza en la ría donde arrojar los residuos de los vecinos y, de ahí, tirarlas al agua ría abajo.
Cuando ya era inevitable y el cólera se expandía, se tomaron unas medidas tales como poner vigilancia en las entradas a la villa y adecuar en Zorroza un lazareto para alojar a las personas que podían estar infectadas y que pasaran allí la cuarentena antes de entrar en Bilbao.
En la calle Ronda se habilitó un hospital específico para contagiados de cólera. También en el convento de la Encarnación ingresaron a decenas de afectados.
Además, se organizó un reparto de alimentos y ropa y se realizó una suscripción popular para recaudar fondos para los gastos que todas estas iniciativas suponían. Se prohibieron las concentraciones grandes de gente como duelos o funerales multitudinarios.
En tres meses hubo novecientos setenta y cinco fallecidos en Bilbao, Abando y Begoña; nueve veces más de lo que era habitual en aquella época.
Las mujeres mayores fueron las más afectadas. También la enfermedad la padecieron médicos, concejales y hasta el alcalde.
Cuando se dio por finalizada la pandemia los bilbaínos entonaron agradecidos Te Deum en las iglesias de Santiago, Abando y Begoña.
Veintiún años después, en el Hospital de Atxuri, se desató otro brote con cuatro personas fallecidas inicialmente. Los médicos eran reticentes a declarar epidemia de cólera. Pasaban los días y los casos empezaban a ser más frecuentes.
El personal sanitario comenzó a quejarse y a manifestar que, por falta de un hospital especializado en cólera, debían ingresar a estos pacientes junto a los de enfermedades comunes, lo que provocaba un contagio masivo.
El Gobernador Civil visitó el centro sanitario de Atxuri para realizar un informe de la situación, ya que los rumores daban unas cifras mucho más alarmantes que las que eran realmente.
La cárcel de Larrinaga y la Casa de la Misericordia, que ya habían sufrido las consecuencias de otras epidemias, recibieron por parte del Ayuntamiento unas estrictas órdenes de precaución e higiene; lo que les salvó de contagio.
Era muy difícil contabilizar la cifra de afectados porque el personal sanitario no daba abasto para tratar a los enfermos y realizar estadísticas. Había casos de afectados con diarrea leve a la que llamaron “colerina” y que no necesitaba tratamiento médico. Pero, se cree que un tercio de los bilbaínos de la época sufrió algún tipo de esta afección.
Y, como en la anterior epidemia, las mujeres mayores y los menores fueron los más afectados; así como enfermeras y trabajadores de los hospitales de Atxuri y San Francisco.

No faltaron en aquellos días las plegarias y las misas para rogar por los fallecidos y pedir a la “amatxu” de Begoña que terminara con la devastadora plaga.
El Ayuntamiento convocó una procesión con la imagen de la virgen por las calles de la villa, recuerdo que quedó plasmado en un cuadro que se puede ver en el interior de la basílica.
El 30 de septiembre de 1855 se declaró terminada la epidemia en un pleno del Ayuntamiento de Bilbao y se procedió a reducir el personal sanitario y los centros de socorro.