ESTACIÓN DE LA CONCORDIA

El origen del nombre de la estación de la Concordia hay que buscarlo en los terrenos donde se encuentra ubicada.

En el siglo XIX muchas familias adineradas de Bilbao habían invertido su dinero en la compañía del Ferrocarril Tudela-Bilbao. Dicha compañía se declaró en suspensión de pagos, lo que causó importantes tensiones entre los inversores. Hubo mucha tirantez entre la empresa y los afectados y, tras varias negociaciones y reuniones, se llegó a un acuerdo que se firmó en estos terrenos donde hoy en día se sitúa la estación. Aquella firma se denominó “firma de la concordia”.
En el año 1893, el ingeniero Valentín Gorbeña fue quien realizó el proyecto ferroviario; mientras que, el arquitecto Severino Achúcarro artífice del Plan del Ensanche, fue el encargado de diseñar un edificio de estilo modernista y elegante que diera prestigio a la compañía, dotándole de ese aspecto singular de la fachada con su reconocible rosetón; así como la magnífica galería porticada que hace las veces de andén y sala de espera, desde la que se contempla una bonita estampa bilbaína con la ría, el Teatro Arriaga y el Arenal. En el hall de entrada, en el que destacan sus columnas de hierro forjado, se organizan diferentes actos culturales y exposiciones temporales.

En el andén de salidas se colocó el 8 de enero de 1902 el busto del empresario Víctor Chávarri en reconocimiento por haber sido el principal promotor de la línea Santander-Bilbao.
A lo largo de la vida de esta estación terminal han sido numerosas las reformas que han ido poco a poco modificando el aspecto original para ofrecer un mejor servicio y una mayor accesibilidad a todos los usuarios que, a diario, viajan hacia Santander o a los pueblos de las Encartaciones con la compañía Renfe Feve.

FOTO: ANDONI RENTERIA

ORIGEN DEL BANCO BILBAO

El origen de esta entidad bancaria lo encontramos en 1857 cuando la Ley de Sociedades de Crédito facilitó la creación de bancos emisores en el país. En aquella época, Bilbao destacaba en sectores industriales como los astilleros, los ferrocarriles o la minería.
Bilbao crecía y el progreso daba lugar a una pujanza económica que la burguesía local quería afianzar con la creación de un banco propio. Por ello, en marzo de 1856, las personas más influyentes de la villa, se reunieron para llegar a un acuerdo y solicitar un permiso especial a la reina Isabel II. La respuesta no les llegó inmediatamente sino que, debido a los asuntos políticos por los que estaba atravesando España, la autorización se hizo esperar catorce meses.
Finalmente, el 19 de mayo de 1857 nace el Banco de Bilbao con autoridad para emitir billetes y con un capital inicial de ocho millones de pesetas representado en 4000 acciones. El Consejo de Administración se formó con influyentes personalidades de la villa como: Epalza, Zabalburu, Ybarra, Uhagón o Aguirre.
Debido a su eficacia y credibilidad, el éxito fue fulgurante; por lo que, en 1861, el banco adquirió unos terrenos al lado de la iglesia de San Nicolás donde construyó la que sería su sede. Años más tarde, en plena Guerra Carlista, con Bilbao sitiada, la economía y la industria se resintió. Afortunadamente, aquello se superó y, en la década de los noventa del siglo XIX, la villa de Bilbao resurgió de sus cenizas.

Se hacía necesaria la ubicación de una nueva sede y, para ello, se encargó el proyecto al arquitecto Pedro Guimón quien diseñó en la esquina entre las calles Gran Vía y Mazarredo, en pleno Ensanche Bilbaíno, un ostentoso edificio símbolo de la bonanza que se vivía en la villa en aquellos momentos y que, posteriormente, fue reformado por los arquitectos Ricardo Bastida y Hurtado de Saracho en dos épocas diferentes. Destacan en la fachada las columnas de capitel corintio que le dotan de majestuosidad y empaque a esta sede del Banco Bilbao. En lo alto se colocó en 1922 la estatua del escultor Moisés de Huerta dedicada a Mercurio, Dios protector del comercio, que se ha convertido en una figura icónica en la villa.

(Foto de la primera sede y de Mercurio, Andoni Renteria)

EL ORIGEN DE LA DYA

El doctor Juan Antonio Usparitza nació en Busturia en el año 1919 y, desde muy joven, manifestó su vocación por la medicina y el servicio a los demás. Con tan solo dieciocho años fue reclutado para combatir en la guerra civil; y, allí, testigo de muchas penurias y enfermedades decidió cursar estudios de Medicina en Valladolid cuando terminase la contienda. Se especializó en ginecología ejerciendo tanto en hospitales públicos como en la clínica que fundó en los años cincuenta. Se cuenta que, a lo largo de su vida, ayudó a venir al mundo a más de veintisiete mil bebés.
Fueron innumerables los premios y reconocimientos recibidos, como la escultura con su busto colocada hace unos años en el centro de Bilbao en agradecimiento por su incansable labor. También publicó varios libros, fue vicepresidente de asociaciones solidarias como Lyons International, colaborador de radio y autor de miles de artículos periodísticos. Falleció con noventa y dos años dejando un recuerdo imborrable en la memoria de los bilbaínos y formando parte por méritos propios de la historia de Bilbao.
Pero, si algo debemos agradecerle es la creación en el año 1966 de la asociación DYA de ayuda en carretera, cuyas letras son la abreviatura de DETENTE Y AYUDA. Apoyado por cuatro socorristas voluntarios y, a pesar de contar con pocos medios y escaso dinero, el proyecto prosperó gracias a su tenacidad y a las donaciones de personas que creyeron en ellos y en su sueño de ayudar a los demás. Al principio salían los fines de semana con sus propios vehículos a auxiliar a los que habían sufrido algún percance o accidente en carretera. Doce meses más tarde, dos grandes empresas les donaron la cantidad suficiente para comprar dos ambulancias con las que ofrecer su asistencia.
Su sueño iba tomando forma; cada vez eran más los implicados en este movimiento solidario y, en 1976, ya eran diez las ambulancias amarillas, color identificativo de esta asociación.
Poco a poco la semilla del voluntariado iba germinando en el resto de provincias españolas y no solo en carretera, sino allí donde se las reclamaba como espectáculos, fiestas o eventos. Otra de las labores encomiables de la DYA son los cursos formativos que imparten sobre paradas respiratorias, primeros auxilios o prevención de accidentes infantiles dirigidos a padres y profesores. Toda esta altruista labor no sería posible sin la financiación de miles de personas que aportan donativos, así como instituciones como Ayuntamientos, Gobierno Vasco o Diputaciones.
Su lema desde el principio era que todos los conductores contaran con una asistencia digna, humana y eficaz y, no cabe duda, de que se ha cumplido con creces.

 

Foto de ANDONI RENTERIA del busto de Usparitza inaugurada en 2015 a pocos metros de la que fue su clínica.