FUNICULAR DE LA REINETA

El funicular de la Reineta se inauguró el 25 de septiembre de 1926. El objetivo de su construcción fue el de comunicar el Valle de Trapaga-Trapagaran con el poblado minero de La Arboleda. Aunque ya existía la carretera sinuosa que conocemos, no era muy apta para el acarreo de mercancías debido a las numerosas curvas y al tiempo que se tardaba en realizar el trayecto de más de siete kilómetros. Por ello se pensó en este medio de transporte que, en unos diez minutos, salva los casi 1200 metros de desnivel. Cuenta con una única vía y solo se bifurca en la mitad del trayecto, justo donde se cruzan el vagón que sube con el que desciende.

No fue el primer funicular de Bizkaia, puesto que ya existía el de Artxanda en Bilbao. Sin embargo, este se construyó con unas características especiales porque, además de personas, debía transportar vehículos con cargas muy pesadas. Fue el ingeniero Jaime de Orue y Olavarri quien ganó la adjudicación del proyecto en 1913. Desafortunadamente estalló la Primera Guerra Mundial y el plan hubo que posponerlo hasta que, un tiempo después, se transfirió a la Diputación Provincial de Vizcaya quien encargó al ingeniero Francisco Guinea las obras para su realización. En cuanto a las dos estaciones: una en Trapagaran y la otra en La Reineta, fue el arquitecto bilbaíno, Diego de Basterra quien las erigió en un estilo neovasco.

Este transporte supuso una importante mejora de las condiciones de vida y laborales de los miles de trabajadores de las minas; así como de los vecinos de La Arboleda. El precio del viaje en sus inicios era de 0,35 pesetas ida y vuelta para los pasajeros. Curiosamente, los vehículos pagaban 2,5 pesetas por tonelada al subir y 1,25 pesetas por tonelada al bajar.

En la actualidad lo gestiona Euskotren y son muchos los residentes que siguen utilizándolo a diario. Además, funciona como reclamo turístico de la zona. Montar en este histórico transporte es recordar una época de mucho sacrificio y esplendor industrial, pero también es una oportunidad para disfrutar de unas vistas inmejorables del Abra o de las montañas que rodean el Gran Bilbao.

FOTO: ANDONI RENTERIA

PEÑAS NEGRAS, PARAJE ENCANTADO

Hoy me alejo de Bilbao unos 22 kilómetros, me dirijo por la A8 dirección Cantabria y en el desvío de Zierbena-Gallarta me salgo para subir hacia el polígono industrial El Campillo. Sigo la carretera hasta la Arboleda. Una vez en el pueblo, por un camino hacia la derecha, me dirijo al Centro de Interpretación Ambiental Peñas Negras.
Este edificio se encuentra en plena naturaleza. Dispone de un amplio aparcamiento donde estaciono el vehículo. La entrada es gratuita y abren todos los días en horario de mañana y tarde. Por una puerta accedo a una sala que alberga una exposición de fotos y de paneles explicativos donde se cuenta la historia de este zona minera, de cómo extraían el mineral, de cómo se forma, o de cómo se transportaba.
En una vitrina, el tranvia aéreo de vagonetas, se pone en marcha para mostrar a los visitantes el funcionamiento y, explicar así, cómo bajaban a Gallarta el hierro conseguido de las rocas de estos montes.

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Desciendo por unas escaleras y me encuentro con una estancia grande de cuyas paredes cuelgan fotos con escenas cotidianas de aquellos años de tanto trabajo.

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Enseguida comienza un documental que, durante quince minutos, me habla del mineral, de la manera de arrebatárselo a estos montes mineros, de su lavado, su cocción y su transporte en vagonetas; de aquellos hombres y mujeres que buscaban una vida mejor aunque seguramente, no era lo que hubieran imaginado cuando salieron de sus hogares en pos de una vida mejor.
Al terminar me apetece tomar un refrigerio y decido visitar la cafetería en el mismo edificio. Me llaman la atención unos tarros de miel natural de diversas flores que se exponen en unas baldas para su venta.
En el exterior puedo observar un lavadero de mineral, unas vagonetas y un tranvía aéreo que dan una idea del trabajo y de la vida tan dura de tantos y tantos mineros.

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Por un camino me pongo en marcha hacia las peñas negras. Me han asegurado que las formas divertidas y curiosas de las rocas me sorprenderán. El color de la hierba es un verde fuerte, intenso, gracias a nuestro lluvioso clima.

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Me cruzo con dos seteros de mediana edad ataviados con botas de agua y grandes cestas de mimbre que, en ese momento, acarreaban con ligereza, posiblemente porque se hallaran vacías.

No entiendo de setas pero observo que hay muchas e intento no pisarlas, quizá alguien las coja.

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El paisaje no decepciona, es magnífico, mejor incluso de lo que me habían explicado. A pesar de subir y bajar varias laderas no cansa, es un paseo cómodo.

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Todo lo que estoy pisando fueron en su día galerías a cielo abierto, un auténtico paisaje lunar, dinamitado para extraer el tan preciado mineral.
Pero no siempre fue así, este paraje presumía de castaños, robles y muchas especies autóctonas, además de caseríos que, para nada, imaginaban que todo se convertiría en una gran mina.

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Me consta que existen rutas por este paraje, pero yo he decidido andar sin seguir un orden, simplemente dejándome llevar por la naturaleza, el aire, los sonidos…como el de unos cencerros que me hacen girar para descubrir a unas cabras negras mirándome, posiblemente pensando quién sería aquel ser extraño que parecía venir de la ciudad.
Algunas de las rocas me recuerdan a animales; un dinosaurio parece salir a mi paso, tortugas, rinocerontes… también una cara con una gran nariz, la boca abierta y asomando una lengua. Todo eso es lo que veo o, quizá, lo que ve mi imaginación.

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Transcurren los minutos y me paro a pensar que si en Cuenca tienen la Ciudad Encantada nosotros podemos presumir también de un lugar encantado y mágico en nuestros montes mineros cargados de historia.

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Alcanzo una cumbre y, subida a una piedra, me maravillan las vistas. No hay dinero que pague esta sensación de paz y bienestar.

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Os recomiendo una visita a la zona, os “encantará”.
FOTOS: ANDONI RENTERIA