CASA TORRE URIZAR

No es habitual encontrarse una casa de estas características en la entrada de una gran ciudad. Sin embargo, la Casa Torre Urizar ha sido un icono que todos los bilbaínos hemos conocido en el barrio de Irala, con gallinas en sus terrenos y su aspecto deteriorado.
Los historiadores aseguran que no fue casa torre, a pesar de que siempre se la ha denominado así; sino un caserío de algún campesino adinerado que construyó su propiedad emulando a las casas torres o pequeñas fortalezas, pero con un uso más residencial, como se aprecia por su planta más ancha si la comparamos con la de las casas torres.
Edificada en el siglo XVI, fue reformada casi completamente en el siglo XVII, aunque conserva algunas ventanas saeteras de la construcción original. Este caserío también conocido con el nombre de Gina, actualmente es propiedad del Ayuntamiento de Bilbao y tuvo que ser sometido a una reforma integral debido al mal estado tanto de la estructura como de las fachadas y la cubierta. Los vecinos vieron en la restauración una posibilidad de disponer de un edificio que se usara como lugar de actividades culturales o reuniones sociales.


En los trabajos de reforma hace más de diez años, el jefe de obra, al derribar un cobertizo, descubrió en el suelo una moneda medio tapada con el barro. Comenzó a excavar con una azada y, para su sorpresa, se encontró un total de doscientas setenta monedas y restos metálicos. lo que hace suponer que habrían sido escondidas en una caja de ese material. Estas piezas fueron datadas entre el año 1869 y 1937 y, algunas de ellas, muestran la efigie de Amadeo de Saboya o de Alfonso XII de niño, denominadas “pelones”.
Alrededor de este caserío se edificó una zona residencial llamada Torreurizar, proyectada por el arquitecto Ricardo Bastida en 1919 en la que se dio respuesta a la necesidad de vivienda barata. Casi trescientos domicilios de diferentes tamaños y distribución pensados para acoger a familias numerosas o a personas solteras.

FOTO: ANDONI RENTERIA

LA REBELIÓN DE LA SAL

La Rebelión de la Sal tuvo lugar entre los años 1631 y 1634 en el territorio de Bizkaia a raíz de una Real Orden en la que se indicaba el incremento del precio de este alimento en un 44%; además de un edicto por el cual se requisaría toda la sal que permaneciera almacenada; ya que, a partir de ese momento, sería la Real Hacienda quien la vendiera.
Aquella ordenanza iba en contra de los Fueros del Señorío de Vizcaya, por lo que el conflicto no era solo económico sino también social, puesto que afectaba a la libertad de comercio.
Los implicados en la revuelta llegaron a impedir la reunión de la Juntas Generales de Gernika obligándoles, así, a que se revocasen las medidas para aumentar los abusivos impuestos. Los problemas venían de lejos; las constantes subidas de los impuestos llegaron a tal punto que, el aumento del precio de la sal, desencadenó las fuertes disputas en las Juntas Generales.
Mil quinientas personas asistieron a las Juntas a expresar su enfado. Pero, fue en vano; el corregidor decidió implantar el estanco de la sal. Aquello fue el detonante que, en octubre de 1632, acabó con la muerte del procurador de la Audiencia del Corregidor.

A la rebelión se sumaron campesinos, marineros, sastres y demás trabajadores de diversos oficios. Todos se movilizaron en Bilbao reclamando a las autoridades la anulación de los últimos impuestos.
La situación no mejoraba y, en febrero de 1633, unos dos mil hombres se citaron en Gernika para obligar a los junteros a tomar otras medidas más favorables para estos colectivos. Exigían que no hubiera más impuestos de los que ya se les aplicaban.
Continuaron las presiones y, meses después, apresaron a seis de los cabecillas de aquel alzamiento que fueron juzgados y ejecutados.

Los comerciantes bilbaínos, temerosos por el desarrollo de los tristes acontecimientos, le ofrecieron al rey terminar con la revuelta si, a cambio, anulaba la orden del estanco de la sal. Esto sirvió para que la línea que dividía a la nobleza bilbaína y a los habitantes llanos, se hiciera más evidente.

En la fachada de la iglesia de San Antón, una placa recuerda esta trágica historia.

FOTO: ANDONI RENTERIA

EL COLEGIO DE ESCOLAPIOS

El 6 de septiembre de 1893, el padre Marcelino Ortiz y el hermano Leonardo Álvarez, ambos de la Congregación de los Escolapios, llegaron a Bilbao con la intención de buscar un edificio donde asentarse y comenzar su actividad de enseñanza religiosa. Localizaron un terreno con una casa recién construida en la confluencia de las calles Henao y Heros. Un mes más tarde, las Escuelas Pías se inauguraban con tal cantidad de alumnos de primera y segunda enseñanza que, en poco tiempo, el centro acusó problemas de espacio.
Tuvieron que transcurrir ocho años para que se adquirieran los terrenos adyacentes a este inmueble y se comenzara la construcción de un edificio proyectado por el arquitecto Alfredo Acebal. El que había sido colegio hasta ese momento se vendió para conseguir más dinero destinado a la nueva obra que, en junio de 1915, se inauguró con la bendición del arcipreste de Bilbao. Constaba de un entresuelo y dos plantas en su origen; sin embargo, con el tiempo se fue adaptando a las necesidades, por lo que ampliaron el espacio tanto en altura como adquiriendo más terreno, en este caso a la familia Alcocer Rivacoba, para la creación de un polideportivo.
Este inmueble cumplía dos finalidades: por un lado era centro educativo y, por otro, era residencia de la Comunidad de Escolapios. Además, una zona se dedicaba como internado para todos aquellos niños que venían de pueblos alejados de Bilbao.


En julio de 1936, la comunidad religiosa ofreció su edificio a las necesidades públicas derivadas de la incipiente guerra civil y fue utilizado, también, como alojamiento para los batallones del ejército vasco. Meses más tarde, el colegio quedó incautado y usado como prisión; hasta que, al cabo de tres años y tras muchas gestiones, volvió a manos de los padres Escolapios.
Muchos personajes conocidos de distintas disciplinas fueron alumnos de este colegio como el pintor Juan de Aranoa o el futbolista del Athletic Club, Pichichi.

(FOTO DE ANDONI RENTERIA)